Punto de vista de la repartidora

Hacía una temperatura más o menos agradable considerando que estábamos en el mes de Diciembre. Aquel año, el verano había empezado demasiado tarde y ahora, el invierno parecía que quería seguir sus pasos pues hasta la fecha, solo habíamos tenido que encender las estufas un par de días muy concretos. Además, como aquel año la gente había optado por ahorrarse las decoraciones navideñas, el ambiente que se respiraba era igual al de cualquier época del año normal, algo que sin duda me encantaba dado que a mí las navidades siempre me hacían recordar la increíble distancia que había entre mi familia y mi nuevo hogar.

Aquella noche las calles estaban prácticamente desiertas y por suerte para mí, también lo estaban las carreteras, aunque aquello no era algo que tuviera que extrañarme, al fin y al cabo era domingo por la noche, las nueve y media para ser más exactos, y normalmente a la gente no le apetecía salir cuando sabía que tenía que trabajar al día siguiente. ¡Diantres! A mí tampoco me gustaba salir en domingo, pero a diferencia del resto de mortales, yo sí tenía que trabajar todo el fin de semana o por lo menos últimamente sí tenía que hacerlo dado que uno de mis compañeros había tenido un pequeño accidente y el médico le había dado la baja.

«Suertudo… »pensé mientras conducía hacia la casa que me habían indicado. «Mil veces me he puesto yo enferma y he ido a la pizzería, ¡incluso con fiebre! Pero los demás se rompen una uña y ya les parece excusa suficiente para ausentarse durante dos semanas »pensé airada al tiempo que aparcaba. —Y quien dice una uña —hice una pausa para quitarme el casco de la moto, lo colgué de mi antebrazo y saqué las dos cajas de pizza de la maleta de mi moto. —Dice romperse un pie —terminé mi absurda queja, mientras leía el papelito que me habían dado en la pizzería, un papel dónde me habían anotado la dirección en la que me encontraba, una única dirección, ahora que me fijaba.

Me acerqué al portal del edificio, una enorme puerta que doblaba el tamaño de la de mi bloque de pisos y que protegía un amplio vestíbulo de suelos relucientes, paredes revestidas con placas de madera y lámparas de apariencia algo más que lujosa, miré los timbres situados a mi derecha y tras comprobar a cuál debía llamar, presioné el pequeño botón metálico. La respuesta no se hizo esperar demasiado y antes de que quisiera darme cuenta, ya estaba maldiciendo al arquitecto y subiendo los cinco tramos de escaleras sin ascensor que había que ascender para llegar al apartamento del cliente. Sin duda el atractivo del edificio terminaba en el vestíbulo porque aquellas escaleras tan empinadas le quitaban todo el encanto.

«Más vale que me den una propina por esto, porque si no… »pensé al llegar a mi destino, mientras ensayaba mi sonrisa amable y trataba de calmar mi agitada respiración. Pasaron un par de minutos antes de que lograra mi objetivo y otro par de minutos antes de que me abrieran la puerta. «¿Por qué tienen que ser tan lentos? ¿Acaso piensan que si tardan en abrir pasaran los treinta minutos y les regalaré el pedido? »la sonrisa abandonó mis labios un instante, pero reapareció tan pronto como el cliente se dignó a recibirme.

—¡Buenas noches! Le traigo su pedido —bajé la mirada un segundo para leer el ticket de factura y continué recitando mi saludo de trabajo. —Una pizza mediana de pepperoni, champiñones y queso y otra de carne con salsa barbacoa —le ofrecí las cajas al joven de cabello azul, notando por primera vez que su rostro me recordaba al de alguien, y finalmente le canté el importe para que pudiera pagarme.

—¡Wow! Pensé que tardarías más en llegar —el hombre de mirada rosada echó un vistazo al interior de la casa, hizo un gesto con la cabeza y después volvió a mirarme, ofreciéndome una sonrisa de su propia cosecha antes de continuar hablando. —Seguro que tu jefe te debe obligar a correr mucho para llegar antes de que pase la media hora de entrega, ¿verdad?

No era la primera vez que alguien elogiaba nuestra rapidez de reparto, así que no pensé nada raro de su comportamiento y me limité a asentir y contestar con la amabilidad que me habían enseñado a demostrar durante la charla anual de la empresa al personal. —En realidad es más un reto entre repartidores que cosa del jefe —mentí risueña. —Tenemos una especie de pique para ver quién hace mejores tiempos —me quedé mirando al joven durante un incómodo silencio que debió de durar al menos un minuto entero y al ver que todavía no hacía ademán de pagar, me obligué a pedirle el dinero otra vez. —Ahora si no le importa, quisiera ponerme en marcha para no romper mi marca personal.

—¡Oh! —el cliente se llevó una mano a la frente y agachó la cabeza un instante, solo para volver a levantarla y mirarme con ojos amable y labios que parecían pedir perdón. —Verás, es que resulta que pensaba que tenía dinero en casa, pero al final no y mi marido ha ido al cajero de la esquina a-

—¡Aah! —exclamé aliviada. —Bueno, no se preocupe, esperaré aquí.

Mi respuesta pareció complacerle y pronto le sorprendí diciendo algo que nunca antes me habían dicho durante mi jornada laboral. —Pero debo insistir en que pases —se apartó de la entrada a modo de invitación y extendió la mano en dirección a la puerta del recibidor. —Deja que te ofrezca algo para beber, sé que no es algo que suela hacerse, pero me sentiría mal si encima de hacerte esperar te obligara a quedarte fuera.

Miré al interior del apartamento con una ceja arqueada y la boca ligeramente abierta. Nunca me había encontrado en una situación como aquella así que no sabía cómo actuar, ¡diantres! Ni siquiera me sentía capaz de moverme del sitio, había entrado en conflicto. Por un lado, el instinto me decía que podía aceptar su invitación sin peligro, a fin de cuentas, ¿no había dicho que su marido había ido al cajero? Marido y no mujer, por tanto sus intereses en que yo pasara no podían tener nada que ver con el sexo, pero por otro lado, ¿no era igualmente posible que mintiera y que en realidad planeara hacerme daño? «Y ahí está la paranoia otra vez »habló la voz en mi interior. «¿Y si resulta que, por ser tan desconfiada siempre, te estás perdiendo algo importante, una lección valiosa para tu vida? »continuó insistente, «no todo en la vida se rige por la lógica, a veces hay que dejarse llevar y vivir un poco. Además, ¿ no presumes siempre de tu instinto? »asentí, más para darle la razón a la voz que para aceptar la invitación, pero el joven de la puerta obviamente no podía saberlo, así que al ver mi gesto me tomó de la mano y tiró de mí hasta tenerme dentro del apartamento.

—La verdad, temía que al final fueran a mandar a otra persona, últimamente no hay forma de dar contigo, pero al ver que eras tú nos hemos quedado mucho más tranquilos —el hombre de interesante melena azul me rodeó los hombros con el brazo y abrió la puerta del recibidor.

—¿Tranquilos? —Intenté apartarme del joven, pero casi no había espacio para maniobrar y tuve que permitir que me llevara a su comedor. —¿Y qué quieres decir con mandar a otra persona? —me fijé en su rostro una vez más, llegando a la conclusión de que quizá nos conociéramos y me animé a preguntar: —¿Nos habíamos visto antes?

El joven se limitó a extender su mano hacia adelante, en silencio y todavía con una sonrisa en los labios. —Verás, me llamo Alexy y ese chico de ahí es-

A pesar de no poder verme a mí misma, pude notar como el color desaparecía de mi rostro y como los músculos de todo mi cuerpo se ponían tensos, tan tensos que el más mínimo roce habría podido quebrar mi forma. —Es un loco, eso es lo que es, ¡un maldito enfermo! —aparté el brazo de Alexy de mí y di un paso hacia atrás, resuelta a escapar de aquel piso a toda costa. —Puedo tolerar que coincidiéramos el otro día porque encontrarme con gente es algo muy común en mi trabajo —hablaba mientras volvía al recibidor, —¡pero no esto! —alcé la voz, en parte por la indignación que sentía y en parte porque sabía que si no lo hacía, no iban a escucharme. —¡Esto es surrealista! —abrí la puerta que daba al exterior pero justo entonces, un hombre de cabello castaño, ojos grisáceos, alto y moderadamente musculoso, me bloqueó el paso.

—Mi marido y su hermano te han asustado, ¿verdad? —intenté esquivar al hombre, pero éste insistía en ponerse en medio, probablemente para ayudar al par de desquiciados que había en la casa. —Les advertí que esto pasaría pero claro… ellos no escuchan a nadie —suspiró al tiempo que apartaba su mirada de mi rostro para dejarla vagar por el interior de la casa. —Intenta no tenérselo en cuenta, son buenos chicos, aunque sus formas de actuar sean poco ortodoxas.

Le miré durante menos de una fracción de segundo y luego decidí suplicar: —Deje que me marche —el desconocido parecía un buen hombre, de hecho, si no fuera por su constante bloqueo me habría parecido el más cuerdo de los tres, así que debía intentar ganarme su compasión. —Mire no, no voy a causar problemas, solo quiero volver a la pizzería, seguir con mi trabajo y olvidar este asunto, juro que no voy a contarle esto a nad-

—¡Pero qué tonterías dices! —Alexy volvió a cogerme de la mano y a regañadientes me arrastró hasta el interior del apartamento, todo mientras yo no dejaba de suplicar en silencio. —Hablas como si quisiéramos hacerte daño —me llevó hasta el sofá y me colocó las manos en los hombros. —Pero nosotros solo queríamos que dieras a Armin una segunda oportunidad —dijo como si fuera lo más normal del mundo, al tiempo que aplicaba presión sobre mis hombros para obligarme a tomar asiento.

—Una oportunidad…—murmuré nerviosa. —Está bien, una oportunidad, una oportunidad… ¿pero para qué? —hice ademán de levantarme, pero tan pronto como el chico intuyó mis intenciones, vino a sentarse a mi lado y volvió a rodearme los hombros para inmovilizarme. —Mira, no sé qué os habrá contado Armin, pero él y yo no nos conocemos de nada —miré a Alexy, después al hombre que decía ser su marido y finalmente al joven de cabello negro que no había dejado de observarme desde que había entrado en el comedor. —Nos vimos una noche en un bar, me acerqué a saludar, me di cuenta de que la había cagado y me alejé —me llevé las manos a la cabeza, me sentía tan impotente y frustrada que tenía ganas de gritar, pero me contuve. —¡Si incluso le pagué una copa para disculparme por las molestias ocasionadas!

—Y me llamaste patético —añadió el joven de cabello oscuro sin perder ni un segundo.

Apreté los labios, su respuesta me había dejado con la mente en blanco, era cierto que le había dicho aquello, pero por el amor de dios, ¿qué probabilidades había de que alguien tan borracho se acordara de una desconocida de un bar? «Pues obviamente el porcentaje no era tan bajo… »Maldije mi estúpida bocaza por haberle dicho aquello y aproveche para dedicarle algún insulto a la voz sabelotodo de mi conciencia. —B-bueno pero yo-

—Y yo te dije que no lo era y que te lo iba demostrar —habló de nuevo mi acosador. Para mi sorpresa, con demasiada calma y muy risueño. ¿Estaría loco de verdad o es que todo aquello se trataba de una de esas bromas de cámara oculta y yo era la única que no se enteraba de nada?

—Pues así solo me demuestras lo contrario…

Armin se mordió el labio inferior y miró a su cómplice de cabello azul con ojos que parecían preguntar: '¿Y ahora qué?'.

—Está bien, vale. Estoy dispuesto a reconocer que esto quizá haya sido excesivo.

—¡¿Quizá?!

El joven me hizo un gesto con la mano para que esperara y añadió: —Pero dame una última oportunidad para intentar que cambie el concepto que tienes de mí, una última oportunidad y si al final terminas pensando igual prometo que no volveré a molestarte, no volveré a tenderte ninguna trampa ni intentaré contactar contigo —Armin extendió su brazo y me ofreció su mano para que la estrechara —será como si nunca nos hubiéramos conocido.

Le miré con descarada desconfianza y finalmente decidí que su trato era justo, o por lo menos tan justo como podía esperar de un acosador.

—Pero si vamos a hacer esto, si vamos a tener esa especie de cita que estás sugiriendo, exijo que sea aquí y ahora —Vi que Alexy miraba a Armin y asentía, supongo que para darle su consentimiento. —Cuanto antes termine esto, mejor… —suspiré.

Armin no dudó demasiado en aceptar mis condiciones y tras lograr que mi jefe me dejara el resto de la noche libre, empezó nuestra temida cita. ¿Habría hecho bien en aceptar?