Capitulo 37
Un electrabuzz aullaba de dolor tras ser lanzado contra la pared. Aunque los pétalos afilados no estaban a su máximo potencial, la danza ya era potente de por sí. No podía resistir más, y el pokémon del recluta cayó con las fuerzas mermadas. Las zarzas puntiagudas también contribuyeron a su derrota, más que el tornado floral. Soel sonreía con aquella merecida victoria. Le había costado lo suyo, pero al fin había acabado con otra molestia. Eran persistentes. Demasiado. Tanto que hasta incluso resulta agotador. Estaba cansado de dar vueltas y rodeos, y pisar teletransportadores al azar. Quería salir de aquel caldero. Y para agilizar el proceso, estaba dispuesto a acalorar más el ambiente con tal de derretir todas las paredes. Iba a darle órdenes a su chandelure. Tenía que hacer un agujero en la pared...
Miles de pies retumbaban sobre el suelo. Una horda de reclutas estaba persiguiendo al conejo negro maltrecho. Se estaba sobreponiendo ante su condición física, ante las ardientes heridas que teñían el suelo de rojo. Muchos discos trataban de darle alcance, mas se desviaban de su trayectoria. Aún con las fuerzas mermadas, podía repelerlos con pensarlo. El chico rubio miró a aquella ambiciosa estampida. En un principio, aparentaba que era los que había derrotado antes en busca de venganza. Nada más lejos de la verdad. Iban a por el gato. El umbreon no consiguió llegar a los pies del entrenador. La anemia pudo con él. Sin embargo, Dressela fue rápidamente a socorrerlo. Entonces Soel pudo ver la equis que le denegaba la salud. Sus tiras de pelo le permitieron reconocer de quién se trataba. Aquello le había dejado desconcertado. ¿Qué hacía ahí? Los reclutas se acercaban a él. Soel estaba cansado de ellos.
El candelabro soltó una risotada fantasmagórica. Sus llamas azules se avivaron. Empezó a reunir energía de las sombras para tirar una gran bola funesta. Los reclutas fueron lanzados por la fuerza del impacto. Tenían que irse de aquí. Huyeron de ellos yendo a la dirección contraria que iban aquel grupo. No tenían tiempo para sus tonterías. Tenía a un herido en sus filas.
Pero en su huida, se tropezó con otro cuerpo.
–¡Eh, tú, mira por dónde vas! Espera, ¿Soel, eres tú?
Había cruzado caminos con Emily.
–No, soy un recluta vestido de ranger de Villaestío con un umbreon sangrando como un cristo entre brazos. ¡Pues claro que soy yo, tontaina!
–No hacía falta que me lo dijeras, holgazán.– Emily no pudo evitar horrorizarse al ver a aquel maltrecho cuerpo de ébano y citrino, teñido por el carmesí de su torrente sanguíneo. –¿Pero no es ese el acompañante de Gionna? ¡¿Por qué está aquí?!
–Y a mí me lo preguntas... anda, anda, salgamos de aquí antes que esos imbéciles nos persigan.
–Mejor.
Por una vez, ambos estaban de acuerdo en algo. Retrocedieron el paso, en busca de un lugar apartado por donde pudieran darle tratamiento. Aún conservaban el mapa, por suerte. Y justamente, había una zona por donde nadie pasaba. La sala de la caldera estaba prácticamente abandonada por todos. Nadie se acercaba a aquella puerta. Y con razón. Si el interior era como un volcán, aquella habitación era un infierno. Al menos podrían tratar al umbreon con tranquilidad.
Emily tenía una baya aranja guardada. La había encontrado en la nieve. No pensó que necesitaría usarla ahora. Soel lo puso al suelo antes para acostarlo. Estaba a punto de perder la conciencia. Tenía que impedirlo. La ranger zarandeó al animal, pidiendo que no desvanezca. El pokémon pudo levantar un poco la cabeza para ver quién le estaba molestando. Luego le tendió la fruta azul. Este, confundido por la falta de sangre, quedó mirándola sin saber qué hacer.
–Vamos. Come.
Débil, el umbreon se dispuso a hacer un esfuerzo y darle pequeños bocados a la baya aranja. Poco a poco, por cada mordisco que daba, aquellas brechas cruzadas que tenía como herida iban quedando en una equis menos gruesa. Aún era algo profunda, pero al menos ya no perdía tanta sangre. Acabaron el tratamiento poniéndole abundante vendaje del kit de primeros auxilios del equipo en el torso. Ya estaba fuera de peligro.
–Ugh... y pensar que unos humanos desgraciados como vosotros no llegarían a auxiliarme...
–¡Pft! Si llegara a saber que no nos darías ni las gracias, le habría dicho a Dressela que te dejara al suelo.– Dijo Soel. Dressela le afirmó con las hojas cruzadas y asintiendo con enfado. Spyrox simplemente se quedó mirando al umbreon despectivamente. Pero había algo más importante que su soberbio carácter.
–Yo quisiera saber qué demonios haces aquí sin tu compañera, así herido. ¿Se puede saber qué ha ocurrido?– Inquiría respuesta la top ranger de Almia. El gato no podía evitar callarse por unos instantes. Recordó el fracaso que cometió, el intento fallido de conducirla a su propio libertinaje. Pero era por eso que había hecho el esfuerzo de buscarlos mientras dejaba un rastro rojo por el suelo. Tenía que comunicarles lo ocurrido. Pronto.
–Mi... mi señora ha...
–¿Ha qué? ¡Espera, no me lo digas! Se ha fugado, ¿verdad? ¡Vaya morro!– Se adelantó el chico rubio a la respuesta. Santa paciencia la que tenía que tener con aquellos humanos.
–Nada de eso, necio. Más bien ha ocurrido lo contrario.
–Oh, no. No me digas que...
Emily ya sabía lo que había ocurrido. Han ignorado sus órdenes, y ha ocurrido lo peor. El felino tampoco podía aceptar su fracaso. Sin embargo, su apatía le permitía tomárselo con más calma.
–Desgraciadamente. Ha sido capturada.
Gota a gota, caía el rocío de la roca sobre el suelo sin cementar, sin baldosas, sin placar. La humedad reinaba en aquel umbrío lugar. Chisporroteos de la vieja bombilla colgando sobre unos finos cables se podían escuchar, mientras esta se balanceaba. Aquel brillo que intentaba permanecer en la oscuridad era la única iluminación existente dentro de las rejas. En un rincón, estaba la rehén teniendo uno de sus típicos tormentos nocturnos. Su pesadilla se repetía cada vez más, más lúcido y con mayores detalles. Eran más largos y memorables. Destrucción, caos y muerte era lo único que podía ver dentro de su subconsciente. El gran dragón siempre aparecía para que ella fuera su almuerzo, junto al mundo entero...
Hasta que una oportuna y gélida gota del techo la sacara del sueño. Dio un respingo tras sentir la lágrima de la roca en su sien, sin levantarse. Intentó parpadear, pero después solo pudo mantener sus ojos entreabiertos. Su saliva tenía un sabor dulzón, pero metálico, sin embargo. En un principio no entendió qué había ocurrido. Su mente estaba recuperándose de un profundo y breve letargo. En cuanto se quedó sentada, lo primero que vio fue un plato con una mísera patata asada. No entendía qué hacía ahí un trozo de comida impoluta de insectos, pero sus tripas se revolvían. Tenía hambre. Gionna se iba a dirigir hacia aquel bocado. Más un consejo salió de una de las esquinas. Era una voz desconocida, nueva para ella.
–Yo que tú no me la comería. Está drogada.
Tranquilamente, sin poder deshacerse de su sopor, giró su mirada hacia la procedencia de aquellas palabras. No podía distinguir muy bien su aspecto. Tan solo podía ver que llevaba unas deportivas rojas y blancas con unos calcetines negros que le llegaban hasta el muslo, si se podía decir que tenía. ¿Dónde había visto esas bambas? Por lo menos sabía que era una chica. Pero aún no sabía nada.
–¿Quién eres?– Tuvo que preguntar la entrenadora. Su desconcierto podía con ella.
–¿Eh? ¿No te han informado sobre mí? ¿No te han dicho que ha desaparecido una ranger de Villavera?
–Espera... me suena. Me suena haberlo oído. Ugh, piensa, piensa, ¡acuérdate, cabezota!– Se dijo a sí misma. Al no lograr recordar los acontecimientos, pensó que tenía que consultarlo con Kyumbreon.
Trató de quitarse la mochila de su espalda; mas lo único que pudo tocar fue su hombro. La ausencia de la tira la despertó como un balde frío de agua. Abrió los ojos de par en par y buscó con sus manos su almacén de tela. No estaba por ninguna parte. Pronto se acordó de lo que había ocurrido. Pero aquello no importaba nada. Lo importante era que la mochila la tenían ellos. Y con ella, la caja de Pandora y sus pokémon. Esto no estaba pasando. No podía aceptar lo que ocurría. Entonces tomó consciencia de lo que ocurría. Vio los barrotes que delimitaban su espacio, el terreno rocoso por donde se situaba... Había fracasado. Lo había perdido todo. No podía evitar que los ojos se le humedecieran, ni que sus manos se entumecieran. Al final, su pesadilla iba a ser cierta. Y estaría sin sus compañías. Al menos esperaba que su umbreon hubiera salido adelante. Entonces, tal vez, tendría una esperanza de salir. Pero para entonces, el verdadero encuentro de todo el odio contenido será inevitable.
–¿Te ocurre algo?
Ignorando la pregunta de la otra ranger, le contestó, intentando retener el llanto.
–Se-se han llevado a mis compañeros... y... y...
–¿Y-y-y-y a qué?
–Ugh... no sé si decírtelo... um... es... ¡algo muy importante y peligroso que se suponía que NO tenía que dárselo a nadie! Y me lo han quitado... Soy un fracaso.
–¿Importante y peligroso? ¿Qué es eso?
Gionna no podía evitar temblar al pensar en aquella cosa saliendo de su celda. Sin embargo, parecía que su compañera de celda era de fiar. ¿Por qué le advertiría sobre la patata, si no? De todas formas, no estaba en condiciones de desconfiar de nadie. Tenía que hacer tripas corazón e informarle.
–Es... es... es un pokémon...
–¿Legendario?
–Peor.
–Tsk. Tienen ya seis legendarios y a un pokémon del espacio. No creo que sea peor que eso.
–¿Ah, no? ¿Y si te digo que son todos estos legendarios manifestados en un solo cuerpo de diez metros?
La chica, que padecía el agotamiento de la desnutrición, se quedó un rato callada. Luego pronunció la respuesta a su pregunta:
–Diría que estarías exagerando. O inventándote una trola.
–Una trola, ¿eh? ¿Tú qué crees que ha causado el derrumbe Ciudad Embarque? ¿Que fue un grupo terrorista manejado varios tipos de pokémon?– Fingió que se reía, sin ánimos. Eso era lo que los medios más rastreros y con el mayor prestigio decían.–Aaaah, no, querida. Los truenos, los terremotos y las llamas vinieron de una misma bestia. ¡Y eso es lo que me han quitado! ¡Se suponía que tenía que llevármelo a mi tumba con mi cuerpo! Pero nooooooo. ¡Tenían que enterarse estos tíos y revivir ese miedo que tenía! Jej, jej... insensatos.
–¿Una bestia...? Espera, un momento, ¿realmente eres la chica esa que comentaron?
–¿Ah? ¿Hablaban de mi en este lugar oscuro y maloliente?
Al fin, la entrenadora se dignó a girar su mirada acuosa hacia la procedencia de aquella voz madura, llena de cansancio. Pudo ver sus rojas vestimentas, su extraña coleta celeste alzándose hacia el techo, la badana roja que se veía por la frente, sus ojos de color marrón rojizo... luego reconoció quién era. No porque la vio en un pasado. Era un tema constante entre aquellos forestales policíacas. Aquella que había desaparecido en un día lluvioso en la selva tropical, aquella que reemplazaba... había hallado al fin su destino. Mas no fue el júbilo que la llenó.
–¡AH! ¡TÚ! ¡TÚ ERES LA SECUESTRADA!
–Joder, ¡aleluya! Empezaba a pensar que solo eras alguien con uniforme.
–Y soy alguien con uniforme, que me han obligado a llevar todo el maldito rato, ¡QUE LA HAN METIDO A NOSECUÁNTOS LÍOS POR TU CULPA!
–Guau...
–¡He tenido que hacer trabajos forzosos en un bosque que no conocía de nada, limpiado una alcantarilla de koffings, casi morir aplastada por un pedrusco en un desprendimiento en una cueva, a punto de ser violada por uno de esos cretinos que están aquí en una fábrica, enfrentarme al mismísimo Entei dentro de unas ruinas ancestrales, Y TODO PARA PREPARARME PARA RESCATARTE! ¡Pero noooooooo! ¡Tenían que tenderme una trampa Y ESTAR EN EL MISMO ESTADO QUE TÚ!
Selena intentó no reírse por aquella extensa queja vociferada, sin poder evitar dar una pequeña pero sonora carcajada.
–Ah, ¿¡te parece gracioso, eh!? ¡Sabiendo que vamos a morir todos como logren liberar a ese dragonite...!
–No, que va. De hecho me aterroriza. Nunca pensé que la misma que me rescataría sería la misma chica que tendría ese monstruo que hablaban.
–Anda, mira... ¿hablaban aquí en este lugar sombrío? Bah, mira, no contestes, no me interesa. Voy a dormir, a ver si me muero y no me entero.
Sin más dilación, Gionna se volvió a acostar en el duro suelo para dormir una vez más. Selena se quedó un rato callada. Ahora era cuando más le urgía salir de aquel hoyo.
–¿Te vas a quedar aquí sin hacer nada?–Preguntó con indignación.
–¿Servirá de algo intentar? ¿Acaso has encontrado una forma de salir?
–No.
–Pues ya está. Estamos todos perdidos. Igual que mis antiguos compañeros de clase, igual que aquella ciudad, igual que la otra, igual que todos ahora. C'est finit.
–¡Pero aún así no podemos quedarnos aquí! Tenemos que averiguar como salir de aquí.
La entrenadora hacía caso omiso a aquel intento desesperado de ánimo. Solo podía llorar y llorar hasta que pase un milagro. Finalmente, Selena también desistió, y se quedó callada. Ambas se quedaron dormidas, esperando a que ocurriera algo.
Fue cerca de media hora cuando Selena, con el sueño ligero, se despertó. No podía descansar bien recostada en la pared. Era muy incómodo. Lo primero que hizo fue mirar si esta seguía dormida. Era comprensible, sin embargo. Aún no se le pasaron del todo los efectos del propofol. Después su mirada se desvió hacia lo que había en frente de aquella chica durmiente.
Tras las rejas, un par de puntos rojizos resaltaban entre la oscuridad, junto a unas cinco vivaces llamas azules. Aquel par de ojos carmesí carentes de expresión y ese vivaz fuego fantasmagórico le provocaron un pequeño escalofrío. ¿Qué era lo que les miraba con tan diminutas pupilas? Sus marcas amarillas se iluminaron bajo la penumbra con intensidad, relevando así su rostro. Una voz de ultratumba fue lo que le acabó de llenar su temor.
–¡Bienvenidas seáis a vuestro más horrendo infierno, escoria humana!
