Apenas habían pasado cuarenta y cinco minutos desde su llegada pero la joven repartidora ya se sentía al borde del colapso, exhausta sin ningún motivo aparente y algo mareada. Durante los diez primeros minutos de su cita acordada, Armin había intentado ser amable y empezar varias conversaciones, tal y como habría hecho cualquier ser civilizado; había intentado hablar de música, de programas de televisión, de cine, incluso se le había ocurrido mencionar algún que otro videojuego para ver si aquello provocaba algún cambio en su cita, bueno o malo, la verdad es que ya no le importaba, pero cada tema que sacaba terminaba con una muerte rápida e incómoda a manos de los tajantes monosílabos de la joven. Resultaba más que obvio que la mujer no tenía ningunas ganas de estar allí, pero sobretodo se notaba que para ella la cita no era más que un simple trámite, un mal trago que tenía que pasar si quería ser libre.
—Y uhm... —el joven de cabello color carbón miró a su hermano Alexy, desesperado. No sabía qué decir, necesitaba ideas pero por una vez su gemelo tampoco sabía qué sugerir. Armin trago saliva, notaba que su cita le miraba con cierta impaciencia y aquello le hacía sentirse como un idiota.
—¿Tienes alguna afición?
La joven arqueó una ceja, suspiró y asintió con gesto seco. —Como todo el mundo —. No había emoción en sus ojos, ni alegría, ni siquiera un poquito de curiosidad, solo asqueo y mucha frustración que tal vez se entremezclara con una pizca de aburrimiento.
Punto de vista de la chica
Me eché hacia atrás en el sofá de Alexy y me quedé mirando un punto imaginario en el suelo del apartamento. No se me daba bien interactuar con gente a quien no conocía y mucho menos si estaba sola. En el bar todo había sido fácil, demasiado fácil: mis amigas estaban cerca, yo había bebido lo suficiente como para olvidarme de mis complejos y manías… pero ahora la situación era completamente diferente.
—¿Nos dices tu nombre? —oí decir a Armin.
Negué con la cabeza. —No te tengo tanta confianza, no os la tengo a ninguno y no quiero que tengáis más facilidades para encontrarme en un futuro —hablé sin dejar de mirar el suelo ni un solo instante. No quería arriesgarme a mirar a Armin y que éste pensara que tenía algún tipo de interés en él y tampoco me sentía con ánimos de hablar con la pareja que nos observaba.
«No debí haber aceptado »suspiré una vez más, aunque en aquella segunda ocasión lo hice de forma totalmente involuntaria y no a causa de mi irritación. «Debería haber buscado otro trabajo, o mejor aún, debería haber vuelto a casa con mis padres y dejar que este enfermo me buscase por toda la ciudad..».
—¿Hace mucho que trabajas en la pizzería? —fue la voz del marido de Alexy la que sonó ahora y por ende la encargada de sacarme de mi estado de meditación. —Es decir, siempre solemos pedir en ese local y es la primera vez que te vemos —hablaba con muchísima calma, puede que incluso demasiado despacio para mi gusto y sin embargo su tono me hacía sentir más relajada, como si estuviera en un lugar seguro, protegida.
Levanté la cabeza justo a tiempo para ver como el gemelo de cabello azul le daba un codazo en las costillas a su marido, instándole probablemente a no interferir, y no pude evitar que se me escapara una débil risilla. «Quizá no sean tan malos y yo me esté comportando con demasiada cautela» —De hecho han sido amables en todo momento, aunque se hayan pasado de la raya al prepararme un encuentro con Armin... —pensé en voz alta, aunque con un tono de voz lo suficientemente discreto como para que no pudieran entender lo que decía y acto seguido, me humedecí los labios y me permití contestar a la pregunta que acababan de hacerme: —Pues la verdad es que hace unos seis meses, pero llevo repartiendo solo dos semanas —me aparté un mechón de cabello de la cara y lo puse detrás de mi oreja. —Antes solo me dejaban atender a las llamadas y cobrar a los clientes en el local.
—Y eso de los tiempos de reparto, esa competición entre repartidores, ¿de verdad se hace? —se animó a preguntar Alexy.
Me reí con suavidad y volví a negar con la cabeza. —Para nada, pero no podemos ir diciendo por ahí que nuestro jefe es un déspota y un desalmado que nos obliga a pagar los pedidos que no se entregan a tiempo.
Hubo un silencio extraño a continuación durante el cual advertí que Alexy asentía en dirección a su hermano, cuya presencia ya casi había olvidado. Instantes más tarde, éste se aventuraría a hablar también. —Debe ser horrible trabajar así, aunque debes conocer a mucha gente distinta cada día, ¿no?—para estar hablando de un tema tan poco importante y soso, mostraba demasiado entusiasmo y aquello me hizo desconfiar todavía más de él. ¿Acaso pensaba que ir de puerta en puerta repartiendo pizza era mi trabajo soñado, me había tendido una trampa para burlarse de mí? ¿O tal vez pensaba que ir de casa en casa forzando los labios para sonreír era algo agradable?
Me mordí la lengua para no contestarle ninguna grosería, me encogí de hombros y contesté a desgana: —Supongo.
Punto de vista de Armin
Al oír el cambio de tono de la repartidora no pude evitar desanimarme. ¿Qué tenía de malo lo que le había dicho? Es cierto que quizá fuera algo forzado, pero tampoco eran mucho mejores las preguntas de mi hermano y su marido y a ella le habían parecido hasta divertidas.
—¿Alex, te importaría venir un segundo? —me levanté del sofá monoplaza en el que llevaba ya más de una hora sentado y me fui a la cocina para evitar que la muchacha pudiera escuchar nuestra conversación.
—Es un hueso duro de roer, ¿eh? —dijo Alexy nada más entrar en la nueva estancia, al tiempo que cerraba la puerta con el pie. —Cuando al fin parecía que la situación iba a mejorar-
—Necesito que la aburras —le interrumpí, quizá con demasiada brusquedad. —Necesito que tú y Gabriel seáis la pareja más pesada del universo.
Alexy se pasó una mano por el pelo y frunció ligeramente el ceño. —¿Que la aburra yo? —soltó un intenso suspiro y durante unos segundos alzó la vista al techo. —¿Cómo voy a hacer eso? No es algo que uno suela proponerse —protestó. —No es como si te levantaras una mañana y dijeras: 'Ok, hoy voy a aburrir al personal'.
Le miré divertido y le hice un gesto con la mano para que guardara silencio. —Tú solo háblale de tu luna de miel, muéstrale las fotos, los videos, esas cosas —caminé hasta la puerta, la abrí y volví al comedor en silencio, dejando que Alexy me siguiera y rezando para que mi idea fuera lo suficientemente buena como para conseguir un rato a solas con la chica.
—Está bien, fotos, vídeos… ¡puedo hacerlo! —oí que decía mi hermano. —Espera…
—No, no, no, ni lo pienses —salté sobre el mismo sofá que había estado ocupando hasta hacía poco y me llevé un dedo a los labios al tiempo que le sonreía a Alex. —Ni lo pienses, son imaginaciones tuyas.
—¿Crees que soy aburrido? —noté que sus ojos se clavaban en mí con más intensidad. —Oye que nadie te obligaba a escucharme, además… —se mordió el labio inferior, se llevó las manos a las caderas y miró a Gabriel. —Yo no aburro a la gente con mis historias, ¿verdad? —el pobre hombre se quedó callado y el gesto, aunque tremendamente simple, le arrancó a Alexy un bufido de indignación seguido de un largo silencio que culminaría con la frase: —¡Repartidora! Te voy a enseñar las fotos de mi luna de miel, verás como no son nada aburridas.
Una hora y dos álbumes de fotos más tarde…
Punto de vista de la repartidora
«Por dios, cállate de una vez, por favor »miré al joven de cabello azul y sonreí, acto seguido le solté una de aquellas frases comodín que venían bien en cualquier situación: —Vaya, ¿en serio? Es increíble…
Alexy se había pasado la última hora enseñándome fotografías, muchas de ellas eran iguales pero tomadas desde diferentes ángulos, otras tantas eran de edificios y paisajes y otras de él con su marido, pero todas, absolutamente todas, tenían una maldita anécdota escondida.
—Pues sí, en esta playa fue donde me robaron la ropa, luego descubrimos que era una playa nudista —comentó el joven entre risas.
Si no hubiera temido iniciar otra larga y aburrida charla, tal vez le habría preguntado cómo era posible que alguien no se diera cuenta de que el resto de personas iban desnudas.
—Disculpa —me levanté despacio para no caerme, me notaba las piernas algo dormidas y el trasero… bueno, mi trasero simplemente ya ni estaba allí de lo cansado que estaba por haber pasado tanto rato sentada. —¿Podría salir al balcón un momentito? —noté que todos los ojos de la sala se clavaban en mí, pero no dejé que aquello me molestara. —Me gustaría llamar a mi madre, normalmente la llamo al llegar a casa para que sepa que estoy bien, pero como hoy nos lo estamos pasando tan bien, no creo que llegue pronto —mentí con total descaro.
Alexy miró a Armin, como si tuviera que pedirle permiso a su hermano para darme una respuesta, y una vez hubo asentido me indicó la puerta que daba al balcón. Una enorme puerta corredera de cristal escondida tras unas tupidas cortinas de alegres colores salpicados sobre blanco.
Le di las gracias al gemelo de cabello azul y me fui sin decir ni una sola palabra más. Necesitaba respirar algo de aire fresco y más importante aún, necesitaba alejarme de los malditos álbumes de fotos de los recién casados, y no porque contuvieran fotos feas, sino por el mensaje que oía en mi cabeza con cada foto nueva que veía: 'todos tienen pareja'.
Agité la cabeza para apartar los pensamientos tristes de mi cabeza y me senté en el suelo para quedarme largo rato observando la ciudad. Desde aquella altura los edificios parecían más pequeños y menos imponentes pero no por ello menos hermosos, con sus distantes luces alumbrando el paisaje, sus fachadas pintadas de distintos colores y sus impecables líneas rectas.
—La ciudad tiene un encanto especial por la noche, ¿verdad? —reconocí la voz de inmediato, al fin y al cabo, era una voz que esperaba no volver a escuchar nunca más una vez que hubiera acabado aquella eterna velada.
—¿Te lo parece? —arqueé una ceja y me aparté un poco más de la puerta, apretándome contra la esquina del balcón que quedaba libre para poner más distancia entre nosotros.
Armin se quedó en silencio un instante, después se dejó caer a mi lado y se pasó una mano por el pelo, separando los dedos ligeramente para desenredar cualquier nudo que encontraran a su paso. —¿Te soy sincero? —no esperó a que le respondiera. —La verdad es que a mí estas cosas no me llaman la atención —bajó la vista hacia el suelo y sonrió para sí mismo. —No soy de esos hombres que disfrutan de los paisajes, de la compañía de un grupo de amigos o de salir. Soy una persona más bien casera y si he de ser franco, encuentro más belleza en unas cuantas líneas de código que en el cielo nocturno.
Ahora era yo la que no podía evitar mirarle, era la primera vez que percibía honestidad en sus palabras, la primera vez que me parecía realmente humano.
—¿Debo entender que no te gusta nada que no sea el interior de tu casa?
—¿Crees que es algo malo?
—¿Crees tú que ser altamente paranoica y antisocial es algo malo? —me humedecí los labios y volví a centrar toda mi atención en el paisaje.
Armin se rio, era la primera vez que le oía hacerlo y me sorprendió lo agradable que resultaba aquel sonido en mis oídos, como una melodía cálida y harmoniosa.
—No, es lo que te hace ser tú. Lo que sí me parece algo malo es que quieras terminar esta noche tan rápido —se acercó unos centímetros a mí, no los suficientes para hacerme sentir incómoda, pero sí para que me diera cuenta de su avance. —Y sin duda creo que es horrible que no seas capaz de darme una oportunidad.
Apoyé la cabeza en la pared y la ladeé ligeramente. —Y yo creo que tú te equivocas al intentar que pase algo entre nosotros —apreté las palmas de las manos contra el suelo, de pronto sentía que me ardían aunque no comprendía por qué. —¿No crees que si me interesara conocerte mejor yo misma te habría llamado? —arqueé una ceja para apoyar mi pregunta. —Todavía tengo tú teléfono, pero no ha habido un solo día que sintiera la tentación de marcarlo.
—Pero lo conservas —imitó mi gesto y también apoyó la cabeza en la pared. —Y eso tiene que significar algo.
No supe qué contestar, ni siquiera yo sabía por qué había guardado el papelito que me había dado la noche que nos vimos por primera vez.
—Dejemos el tema, querías cambiar mi opinión sobre ti, ¿no? —añadí algo nerviosa. —Entonces háblame de ti, limpia tu imagen. ¿Por qué estabas emborrachándote en aquel bar de mala muerte?
El joven de cabello azabache apartó la mirada y se quedó observando la ciudad frente a nosotros. —Por amor —se humedeció los labios y esbozó una sonrisa de resignación, —bueno, sería más correcto decir que fue por desamor —hizo una breve pausa, quizá para meditar si debía dar más detalles o no, y después me devolvió la pregunta: —¿Y tú qué hacías allí?
—Beber para celebrar el compromiso de mi mejor amiga.
Armin giró la cabeza bruscamente y se me quedó mirando con expresión de: 'no te lo crees ni tú'.
—Vale, vale, pero no era del todo mentira —sonreí y negué con la cabeza. —En parte celebraba su alegría y en parte trataba de ahogar mi pena. ¿Sabes lo duro que es ser la única del grupo que sigue soltera, que aún no ha logrado siquiera tener una pareja estable?
—Supongo que es más presión para una mujer que para un hombre —se encogió de hombros. —Es decir, ¿me preocupa acabar solo? —repitió el gesto. —Claro, pero no me obsesiono, no pretendo encontrar a nadie, me conformo con terminar mis días sabiendo que tuve una buena vida.
—¡Ja! —me incliné ligeramente para mirarle más de cerca —¿Dices que no te obsesionas pero si no es así, entonces qué hago yo aquí?
El joven de cabello azabache se inclinó también, me ofreció una sonrisa que hizo que se me pusiera la carne de gallina y respondió: —¿Piensas que te he estado buscando para que seas mi novia?
Me sonrojé al oír sus palabras y noté como la temperatura de mi cuerpo se elevaba hasta hacer que mi sangre entrara en ebullición. ¿Acaso no era así?
Armin negó con la cabeza, acabó de cerrar el espacio entre nosotros, apretó suavemente su mejilla contra la mía y me susurró al oído. —Ahora creo que soy yo quien debería estar asustado, porque estoy con una chica que se acercó a mí en un bar con intenciones románticas, que ha guardado mi número de teléfono todo este tiempo y que es la única que se ha referido a esto como cita —. A pesar del significado de sus palabras, no pude evitar cerrar los ojos al sentir su respiración húmeda contra mi piel y el calor que desprendía su cuerpo contra el mío. No era la primera vez que estaba tan cerca de un hombre, pero era la primera vez que me sentía tan nerviosa y a la vez tan excitada.
—Yo solo quería demostrarte que no soy el hombre que viste en el bar —no pude verle el rostro, pero noté que su sonrisa crecía justo antes de separarse de mí.
«Eso ha sido cruel… »Agaché la cabeza para que no pudiera ver la agitación en mis ojos, me levanté sin decir una sola palabra y volví al interior del apartamento para llegar hasta la puerta de salida a paso ligero, todo mientras el gemelo moreno me pisaba los talones.
—¿A dónde vas?
Abrí la puerta y salí al rellano antes de contestar. —Dijiste que si no cambiaba de opinión podría marcharme y que no volverías a molestarme —di un paso hacia atrás para esquivar la mano que trataba de agarrar mi brazo. —Ahora yo me voy pensando lo mismo de ti y tú debes dejarme seguir con mi vida, espero que cumplas tu palabra.
Hui antes de que pudiera contestar, con el pulso desbocado, una sensación de cosquilleo en los labios y sintiendo aún el mismo calor que había notado al estar cerca del joven, pero por primera vez huía siendo consciente de que si me quedaba mi destino sería terminar con el corazón hecho pedazos, consciente de que todo aquel tiempo le había esquivado por temor a sucumbir a sus encantos.
