Tardó meses en convencerse a sí misma de que Armin no iba a volver a aparecer por su vida, meses encerrándose los fines de semana para meditar sobre lo que le había dicho aquella horrible noche. ¿Había hecho bien marchándose? ¿De verdad había sido correcto cortar toda relación con el joven? En el momento de tomar la decisión le había parecido lo más sensato pero ahora no podía evitar castigarse a sí misma por haber sido tan idiota. ¿Qué importaba si el chico había tenido intenciones románticas o no? ¿Qué importaba si lo único que quería era ser su amigo? ¿Acaso no habría sido mejor tenerle cerca a sufrir por su ausencia, no habría sido preferible arriesgarse a acabar con el corazón roto a romperlo de una forma tan cruel?
Ainikki Somers, la ex repartidora de pizzas, cogió su monedero de la mesita de té que tenía frente al televisor, se desplomó sobre la superficie de madera de la mesa y sacó el número de teléfono de Armin del compartimento dónde guardaba las tarjetas. Lo había guardado durante casi cuatro meses pero ya no podía decir que no tuviera ganas de marcarlo, de hecho, últimamente no pensaba en otra cosa, pero el miedo a la respuesta del chico le hacía echarse atrás. ¿La recordaría, seguiría estando interesado en ser su amigo? Se moría de ganas por despejar sus dudas pero al mismo tiempo no se atrevía a hacerlo, no sabía si podría soportar una reacción negativa por parte del chico.
—¡Qué diantres! —estiró el brazo, cogió el teléfono inalámbrico que reposaba en su base y marcó el número sin pensar, resuelta a acabar con aquel sufrimiento ilógico que no la dejaba dormir por las noches.
—¿Diga? —le respondió casi al instante la voz de una mujer joven.
—Uh… disculpe me he equivocado de número —Ainikki colgó de inmediato, después revisó el número y aunque le pareció que lo había marcado bien la primera vez, volvió a llamar una segunda, solo para volver a escuchar la voz de la mujer, aunque en aquella ocasión, también pudo oír la voz de Armin de fondo. Colgó sin decir ni una sola palabra y tiró el teléfono tan lejos como pudo, provocando que la tapa de éste saltara y que la batería se saliera de su sitio.
Así que al final Armin había encontrado pareja… no le extrañaba. Era un chico encantador, testarudo pero tremendamente simpático, ¡claro que iba a encontrar a alguien! «Estoy como una cabra… ».
Punto de vista de Armi
Mi prima Evelyn, que había venido a pasar unos días a casa mientras intentaba buscar un piso de alquiler que le quedara más cerca de la facultad, volvió a dejar el teléfono sobre el sofá y vino a buscarme a la cocina. —Creo que era la misma mujer de antes, la que se equivocaba, pero ahora ni siquiera se ha dignado a hablar —traía el ceño fruncido y hablaba con un tono obviamente molesto. —La gente es increíble, te molestan en tu propia casa y ni siquiera se disculpan.
—Olvídalo, tampoco es como si lo hubiera hecho con malas intenciones —contesté despreocupado mientras acababa de secar el último plato y lo dejaba en su sitio. —Ahora solo concentrémonos en encontrarte un buen sitio para que puedas vivir —le sonreí, entré en el comedor para coger mi teléfono y añadí casi en un susurro: —y para que puedas dejarme jugar en paz…
Era martes, un martes soleado de finales de Abril. Fuera hacía un tiempo agradable, tanto que con llevar manga larga era suficiente, ya no hacía falta ponerse chaqueta y tampoco prendas que abrigaran demasiado. Para mí aquel detalle era sin duda positivo, sin embargo la idea de salir seguía pareciéndome algo negativo, lo planteara como lo planteara.
—Vamos, te vendrá bien tomar el aire y si quieres a la vuelta te invito a algo, una taza de café, una bebida con gas-
—Una apariencia nueva para mi arma en Tera[1]
—¡A algo real! —añadió fulminándome con la mirada.
Punto de vista de Ainikki
La idea de que la mujer del teléfono fuera la novia de Armin me había afectado tanto que ahora era incapaz de estar en mi propia casa, ¡patético! En condiciones normales habría llamado a mi madre para que me ofreciera consuelo pero sabía que a aquellas horas debía estar trabajando, así que no quería molestarla. Además, el motivo de mi malestar era tan estúpido, tan ridículo que me daba vergüenza comentarlo. —Hola mamá —me puse finalmente en pie, cogí las llaves de casa y salí al rellano. —Te llamo porque estoy deprimida —iba diciendo mientras bajaba las escaleras. —Un chico que apenas habré visto un par o tres de veces ha encontrado novia y eso me deprime —abrí la puerta que daba al exterior y negué con la cabeza. «Se diga cómo se diga, y se mire cómo se mire sigue pareciendo absurdo…».
Me paseé sin rumbo por las calles durante al menos una hora, hasta que finalmente di con una cafetería encantadora; un establecimiento inspirado en las cafeterías Americanas de los años sesenta, con asientos de piel, las paredes pintadas en un tono de verde pastel, el suelo adornado con baldosas blancas y negras que hacían que uno se sintiera en un tablero de damas e incluso con el típico tocadiscos antiguo con luces de neón.
Entré en el recinto sin pensármelo dos veces y pedí la comida cliché para las depresiones, una copa de helado con bolas de distintos sabores y bañado con sirope de chocolate. El dulce no me hizo sentir mejor, pero por lo menos estaba delicioso y además, si miraba el lado bueno de las cosas, acababa de encontrar mi nuevo local favorito para pasar las tardes de bajón.
La campanita de la puerta sonó haciendo que perdiera el hilo de mis pensamientos y la pareja que entró por la puerta acabó de asestarme la estocada mortal. Eran Armin y una joven de rostro encantador; piel fina como la porcelana, ojos verdes, labios de fresa y melena del color del chocolate. Considerablemente más alta que yo y con unas piernas mucho más aptas para lucir: largas y al mismo tiempo delicadas.
Aparté la mirada tan pronto como ésta se hubo cruzado con la del joven, abrí el menú que había sobre la mesa y lo coloqué justo en frente de mi cara para que no pudiera verme, rezando para que nuestro breve encuentro no hubiera sido suficiente como para que me reconociera, lo cual no era tan descabellado si tenía en cuenta el hecho de que me había cortado el pelo y de que aquel día había decidido llevarlo algo ondulado.
Para mi sorpresa, Armin no dijo nada, ni siquiera se acercó a mi mesa, simplemente tomó asiento junto a la ventana, de espaldas a mí y frente a su cita.
«¿De verdad? »dejé el menú sobre la mesa con innecesaria fuerza, aparté el helado de delante de mis narices y me crucé de brazos, disgustada y al mismo tiempo decepcionada. Una cosa era que el chico me hubiera prometido no molestar y otra muy distinta que fuera a ignorarme con tanto descaro, «¿cómo se atreve? ».
Pasé unos buenos diez minutos reflexionando sobre mi situación hasta que finalmente me decidí a pedirle un trozo de papel y bolígrafo a la camarera, quien accedió a mi pedido con cara de no entender nada. Después escribí una nota, la doblé y con piernas temblorosas me puse en pie. Seguramente mi plan acabara estallándome en la cara, pero por lo menos me quitaría aquel dolor tan fuerte que sentía en el pecho y con suerte, también las ansias de estar cerca de Armin.
—Oye tú, estúpido descarado —dije tan pronto como me hube situado junto a la mesa de la pareja.
Armin y su novia se me quedaron mirando con los ojos muy abiertos, sorprendidos.
—¡Repartidora! —Armin hizo el gesto de levantarse, pero antes de que pudiera llegar a hacerlo le empujé para que volviera a caer sobre su silla.
—Nada de repartidora —di un golpe en la mesa con la palma de la mano y le dejé la nota delante de las narices, una nota dónde había escrito mi número de teléfono y mi nombre.
—¿Ainikki? —cuestionó el joven al leer el trozo de papel.
—¿Armin quién es- ?
Me llevé un dedo a los labios para pedir silencio a la joven y continué con mi plan. —Lo siento mucho, pensarás que soy una mala persona por hacer esto, pero siento que si no lo hago reventaré —dije mientras miraba a la chica, y al terminar, me incliné para poder susurrarle algo al oído a Armin, algo que debería haberle dicho la noche de nuestra 'cita': —Sí, pensaba que me habías estado buscando para que fuera tu novia, pero eso ya no importa porque ahora soy yo quien te busca a ti y quiero recordarte que sé dónde vive tu hermano y que aún tengo tu número de teléfono.
El joven de cabello azabache soltó una suave risilla, se apartó ligeramente de mí y se me quedó mirando con ojos divertidos. —¿Eras tú quien ha llamado dos veces esta mañana?
Asentí seca. —Pero a partir de hoy dejaré que seas tú quien me llame —me volví a incorporar, volví a mi mesa para coger mis cosas, dejé el dinero para pagar mi helado sobre la mesa y caminé hasta la puerta, pero justo al llegar a ésta, una última idea invadió mi mente, una idea imposible de ignorar.
Me giré para volver a la mesa de Armin de nuevo, me volví a inclinar para quedar cara a cara con el chico y junté mis labios con los suyos, rezando en todo momento para que no me apartara, y tras varios segundos de aturdimiento me separé de la cálida boca del joven, asentí a modo de despedida y salí de la cafetería con la cabeza bien alta y el pulso desbocado.
Fin del flashback
Me quede mirando a mi novio, todavía en silencio aunque con una sonrisa fija en los labios. No puedo decir que su proposición me hubiera tomado por sorpresa pues días antes le había pillado ensayándola, sin embargo el hecho de saberlo de antemano no estropeaba en absoluto la magia del momento.
—Si no me dices algo en los próximos treinta segundos te juro que seré yo quien diga que no y dejaré que seas tú quien se declare.
Me reí del comentario, caí de rodillas junto a Armin, le rodeé el cuello con los brazos para envolverle en un fuerte abrazo y acepté, ¿y cómo no podía hacerlo cuando el destino me había dejado tan claro que era con él con quien yo debía acabar?
[1] Tera: juego mmorpg.
