Capitulo 42

A pesar del mayor número de efectivos que tenían sus enemigos, la voluntad de los guardianes de la naturaleza era inquebrantable. Orden contra orden, cada uno de los bandos trataban de aniquilar al otro con todo el arsenal que tenían.

Sin embargo, no les bastaba para mermar sus fuerzas. Pronto hubo un decaimiento. Algunos de los guerreros fueron acariciados por las plumas pardas de un fearow. Y pronto vieron.

Alejandro caía.

Las esperanzas también.

Helio no podía creerlo. Estaba atónito al ver que su ave había perdido la consciencia en medio del vuelo. Alejandro trataba de reanimarle. Mas no podía.

Tenía que hacer algo.

─Oh no, ¡Charizard! ¡Recoge a ese fearow, por favor!

El dragón acató sus órdenes. Sin embargo le pillaba en medio de una batalla contra un aerodactyl, lo cual su rescate se complicaba. Justo cuando trató de cogerlo, el pterodáctilo lo acosaba a más no poder. Ahuyentado al fin con una quemadura grave, cazó al ave con sus garras y frenó su caída. Alejandro no podía creer que un pokémon tan violento lo salvara. Pero no le importó. La cuestión es que estaba vivo. Helio fue corriendo hacia la posición de su jefe, tratando de evitar cualquier ataque que estuvieran lanzado.

─¡Jefe! ¿¡Estás bien!?─ Preguntó preocupado.

─E-estoy bien...

─¿Qué ha pasado? ¿¡Cuántos han caído igual!?

─¡Nadie, nadie, solo fui yo, no te preocupes tanto! Además...─ Sonrió ladino. Sabía que muy pronto cambiarían las tornas. Lo había visto desde el aire, antes de que cayera en picado.

Se pudo oír galopes ensordecidos por el colchón helado. Varias pezuñas se encaminaban prestas hacia la entrada. De un salto, pudo verse una sombra fugaz cubriéndolos y abalanzándose contra los golems del Go-Rock. Las astas níveas de aquel ciervo cubierto con un grueso pelaje blanco por el cuello les drenaba la vitalidad. Las pokéball liberaron al candelabro y a la dama floral, tumbando a aquellos que estaban en sus cercanías. Pronto un grito de guerra se pudo oír, animado por la emoción de la batalla.

─¡YIIIIIIIII-HAAA! ¡Dales duro, Sawsbuck!

Emily se giró sorprendida al oír aquella voz. No podía creer lo que veían sus ojos. Era él. No los habían abandonado como esperaba. Nada más barrer a los tanques con la ayuda del rey del bosque, se situó a las espaldas de Emily, con el capturador en alza.

─¿Cómo has estado, querida? ¿Muchos problemas en el paraíso?─ Preguntó socarrón.

─¡C-cállate! ¡Pensaba que nos abandonarías!

─¿¡Con ese dragón suelto!? ¡Por favor! Hasta yo me siento responsabilizado con este... no, mentira, os habría abandonado. Este bicho me da mucho miedo.

─¡OH, VAMOS!

─Pero... me hubiera sentido muy mal si alguno de vosotros tres hubiera muerto y no hubiera podido hacer nada. No nos llevamos bien, peeero...

Emily sonreía. Eso fue lo más amable que le había dicho en toda la temporada, por no decir la única frase que no fuera sarcástica.

─Eres un idiota, ¿lo sabías?

Una horda de armaldos y raichus empezaban a rodearlos. Soel fue el primero en ser advertido con su presencia.

─Sí, sí, como sea, haz el favor de centrarte, ¿quieres?

─Pero si empezaste tú.

─¡Dressela!─ Gritó vivaz, ignorando las quejas de Emily. La tormenta floral se alzó cual ventisca, tajando a todos aquellos que se oponían al balance del mundo. Julio vino el último, montado sobre su dodrio, capturando a velocidad de moto. Los movimientos del ave servían de timón para el disco. Y además de eso, bombas de agua caían sobre el suelo, enfriando a los simios fogosos que guardaban el templo. Carlos había llegado justo a tiempo para ayudarlos.

Ahora estaban igualados. Y con la gran habilidad de algunos, les proporcionaba la ventaja que tanto ansiaban sobre ellos. Pronto estarían a las puertas de la cúspide. Tenían preparados a los mamoswines para romper el sello. No les gustaba echar abajo las tradiciones del templo. Pero aquello era una situación de emergencia.

Mas antes de que pudieran abrirse las puertas, una funesta centella iluminó las negras nubes. Y como el presto movimiento de un látigo, azotó los suelos de las ruinas.

Era un rayo gigantesco. Un potente tiro de Zeus que fue capaz de perforar la piedra. Los desafortunados que fueron alcanzados por la ira de los cielos quedaron fulminados, irreconocibles ante los ojos de sus conocidos. Aquellos que estaban cerca recibieron leves descargas. Los asustados adoquines que huían del trueno.

Otros dos rayos cayeron. Las aves caían como moscas ante ese potente ataque eléctrico, aunque no les haya dado directamente. Helio fue una de las víctimas de aquellas generadas y fuertes corrientes. Todos los que corrían y hacían movimientos bruscos sucumbieron y perdieron la conciencia, llenos de quemaduras. La peor parte se la llevó Skarmory y Elena, pues siendo un ave de acero, atrajo gran parte de la electricidad, dejándoles en muy mal estado. El pelipper de Carlos también estaba grave. Aunque era poco lo recibido, la electricidad le recorría en el cuerpo como

Pasó un corto momento cuando el ranger de Villavera recuperó la consciencia. El cuerpo apenas respondía ante sus órdenes. Podía sentir sus carnes churruscadas por el calor de las centellas del dragón.

La furia de los cielos acallaba el sosiego de las altas cumbres. Grada por grada, se acercaban más a la gran joya ancestral que coronaba Floresta. Un viento ardiente como los mismísimos infiernos ascendía. Podían ver desde abajo sus musculosos brazos, dejando sus sangrientas autopistas a descubierto. La anterior lucha fue agotadora a más no poder; mas en esos momentos era lo de menos. Si querían terminar con ese estropicio, era ahora o nunca.

Los ominosos tonos del órgano les daba la bienvenida al fin del mundo. Un enfurecido paje los recibía, no como debía. Latias ocultó su presencia a la vista, por si acaso.

Tuvieron un breve encuentro con David. Lo único que sacaron de él fueron quejas y una carta de su hermano. Luego miraron cómo bajaba las gradas tarareando su canción. Aunque ninguno ayudara habían cambiado de parecer. No se pararon a pensar más y subieron los últimos escalones.

En frente de ellos, se plantaban, al fin, ante la enorme bestia.

Sus filosas zarpas ocupaban gran parte de los suelos, sustentando aquellos gruesos pilares venosos que tenía como piernas. Las enormes alas estaban plegadas; pero eso no quitaban que su tamaño pudieran eclipsar las centellas que caían de la tempestad. Su gigantesca negrura y sus amarillentos ojos inyectados en rojo imponía en los presentes un miedo paralizante. Pese a su ira acumulada, estaba en una pose serena, como si los hubiera estado aguardando todo este tiempo.

La entrenadora tenía un Déja Vù. Había un terrible parecido entre sus pesadillas y la situación actual. Estaban ella y el dragón, cara a cara, en un lugar estrecho entre nubarrones. El corazón bombeaba más sangre ante la reacción de miedo. Tenía el impulso de huir. Pero sus piernas estaban entumecidas. Cuerpo y mente estaban confrontados por el mismo impulso.

Pero no podía escapar. Ya no había marcha atrás.

La divina sonata se detuvo. Su dueño también esperaba su llegada.

─Finalmente habéis llegado. Me sorprende el empeño que habéis puesto. ¡Aunque debo de daros las gracias por haber venido! No habría conseguido esta belleza sin vosotros. Y tampoco habría podido conseguir mi mayor deseo...

─¿Cuál? ¿Destruir Floresta para luego provocar una Tercera Guerra Mundial? Estás chalado.

─Oh, no, me refería a eliminar a los de tu calaña con desprestigio. Aunque... tampoco estaría mal... ¡vendería a esta potentísima arma de guerra a millones!─ Reía como un poseso. ─¡Al final todo resulta ser mejor con esta bestia!

Estaba desquiciado. Acababa de darle peores ideas. La entrenadora no podía aguantar toda aquella locura. Desesperada, intentaba inculcar un poco de empatía.

─No-no sabes el dolor que vas a causar...

─¿Acaso ves que me importe? Si me disculpas... voy a tener que probarlo un poco más. ¿Y qué mejor forma de hacerlo si no matándote a ti?

─Oooh, no será capaz de obligarle a hacer semejante cosa.─ Susurró para sí misma Latias.

─¿Por qué lo decís, si se puede saber?─ Le preguntó telepáticamente el umbreon.

─Solo... no tendría que hacer esto. Es demasiado cruel.

No entendía que había de cruel en que un monstruo de persona dominara a otro demonio. Aún así, esperaba que la determinación de Gionna saliera a luz. Titubeaba. Mas logró decidir por donde ir.

─Que así sea, pues.

Sentía en su sangre que debía sublevar a ese dragón. Como noble nieta de Eldarya y heredera del clan domadragón, tenía que hacer caer a Akugamon, aunque le costara la vida.

Toda su tropa salió en un haz de luz, dispuestos a dar también su último aliento por el mundo que les había rechazado. De esta forma serían al fin reconocidos por su verdadero ser y su valentía.

Kyumbreon empezó la ofensiva con uno de sus golpes más fuertes. Una ola de serpientes umbrías se lanzaron hacia Akumagon cuales gigantescas lanzas. Lol empleó sus aguas para así plantar las semillas que le irían agotando lentamente. El resto se abalanzaron con sus cuerpos. Mientras esas afiladas cuchillas de las sombras arañaban las escamas de Akumagon, este desplegó sus alas para crear una ardiente corriente que quemaban a los contrincantes más cercanos. La piel seca de Google no podía soportar tales temperaturas. Honchpanto no podía combatir contra ese abrasador viento de los infiernos. Tal fue que acabó en el suelo, rendido. El felino no podía hacer otra que detener su salva y cubrir a su entrenadora y a sí mismo con su protección. El vapor se extendía por el choque térmico del Hidrobomba del lombre y la Onda Ígnea del dragonite.

Una vez visto cual era el estado de Google y Honchpato, no pudo hacer otra que retirarlos por temor a la pérdida. Lol y Akirosoku aún resistían por ser pokémon tipo agua. En respuesta a aquello, Gionna comandó a su slowpoke que creara sus propios aires con todas sus fuerzas. Era demasiado para él. Más debía hacerlo.

Un huracán gélido se extendió por todo el campo, devolviéndolo a su temperatura ambiente. La idea era que sus alas se helaran para que no vuelvan a batirse. Mas no lograba cristalizar en el lugar deseado. Todo y que el frío podía llegar a ser mortal para los de su especie, era una leve brisa en su gruesa piel. Ni las nieves generadas impidió que girara y azotara al hipopótamo veloz con su gigantesca cola.

Otro guerrero malherido. Otro de regreso a su cápsula.

Solo quedaban dos en pie.

Aquel formidable enemigo había tumbado a tres pájaros con una sola ráfaga. Lol tenía quemaduras por doquier, y no tardaría en debilitarse. La mejor estrategia que se le ocurrió fue correr con sus uñas afiladas alrededor de aquel despiadado ser para propiciarle a bocajarro otro chorro semillado. Esta vez pudo acertar en la pierna draconiana. No obstante, aunque eran muchas, las zarzas eran demasiado finas para aferrarse a las carnes de Akumagon y llegar a sus humores. Dos rayos cayeron sobre los cielos, electrocutando a Lol sin mesura. No tardó en caer inconsciente y ser traída de vuelta a su celda.

El único que se sostenía sobre sus patas era Kyumbreon.

Trató de propiciar golpes oscuros al monstruo como si no hubiera mañana. Todos los ataques que el dragonite le mandaban eran desviados con Protección y esquivados con sus ágiles patas. Aquellos vientos ígneos podía resistirlos con sus altas defensas.

Los rayos lo rodearon. Con su insistencia estaban logrando hacer algún rasguño. Mas no siempre podría mantener ese frenético ritmo.

Gordor pensó que era mejor darle una corriente constante con el que no podría luchar.

La Onda Ígnea se prolongó hasta largos tiempos. El felino no podía hacer más que cubrirse. Pero la barrera no era eterna. Pronto se resquebrajó y dio paso a la derrota ardiente.

La última esperanza de Gionna, al suelo.

Guardó a Kyumbreon en su pokéball. Sabían que estaban destinados a perder. Y más cuando su poder fue ensanchado a tal extremo.

─Lo lamento mucho, mi señora. No he podido hendirle siquiera.

─No, no te disculpes. Fue un error mío no abandonar este lugar.

Podía oír unas risas flojas desde dentro de su pokéball. Tenía el cuerpo muy quemado.

─Se lo dije. Mira que se nos dio opciones de escape... pero no estoy enfadado.

─Dios. Hablas como si te estuvieras muriendo.

─¿Morir? ¿Yo? Aún puedo aguantar este dolor. Pero tendré que pediros que dejéis el mundo a su merced si no queréis que perezca.

Ojalá pudiera. Pero no podía. Sin embargo, tenía muy pocos recursos para combatir el nefasto destino que se cernía. Era morir por la caída o morir engullida. Ambas opciones serían tortuosas.

Tuvo que admitir su derrota. Su único consuelo ahora era ser recordada como aquella que trajo al Armaggedon Negro de vuelta. Nadie lloraría su muerte. Y aunque Latias permanecía oculta a su lado, no quería arriesgarla.

Sin embargo, justo cuando parecía todo perdido, otro draco rasgó el morro de Akumagon. Un David se plantó altivo ante un enorme Goliath dispuesto a derrocarlo.

Su jinete también bajó, junto a sus pajes. Era quien menos se esperaba ver en aquellos lares.

─¿Helio?─ No podía creerlo. La ayuda había llegado, y con un poderoso guerrero a sus anchas.

─¡Gordor! ¡Tus crímenes acaban aquí!─ Exclamó señalándole con dedo acusador.

─¿Cómo? ¿Has sobrevivido al tiro de prueba? Bueno, no me esperaba que nadie llegara aquí. Mis felicitaciones. ¿Pero qué vas hacer? ¡Ni siquiera este charizard podrá con ese dragonite! Y encima tienes el descaro de traer esos... ¿plusle y minun? Un par de inútiles, en todo caso.

Esto era una ofensa. Los dos protestaron por aquel insulto.

─¡Ni Plusle ni Minun son inútiles!─ El ranger saltó en su defensa.

─Como digas.─ Se dispuso a tocar de nuevo. El dragonite llamó al trueno para que lo acompañe en batalla. Podía sentir el dolor que acumulaba con aquel desgarrador grito.

─Helio, no pretenderás capturarle, ¿verdad?

─Es mi deber, ¿no?

─¡Pero...! ¡He intentando derrotarlo y no-!

─¿Acaso tú no escuchas a tus compañeros cuando los ordenas?

─¿Qué dices ahora?

─¿No oyes acaso el dolor que tiene? Ni siquiera él merece la muerte, ¿sabes?

─No me digas que lo vas a capturar.

─Bueno, tú ibas a matarlo, ¿no?

Una vez más se repetían las conversaciones de aquella mañana. Aún pensaba que su método no era una solución para el problema que estaban enfrentando.

Helio pidió a Charizard que distraiga a Akumagon. El lagarto volador cabalgó de nuevo en el viento alrededor del Armaggedon Negro. Los rayos intentaban atraparle en su abrazo mortal; mas con gracia y magnificencia rozaba las chispas con su cálida piel mientras trataba de bañar a su enemigo en incandescentes llamas. Luego el disco capturador corrió veloz hacia la planta de sus pies. Tal y como temía, la línea no llegaba a encerrarlo. Más aún; cuando trató de hacer una segunda vuelta, Akumagon aplastó la luz. Tal fue el golpe que fue regresó al capturador y lo rompió de una sola descarga.

Una mano agrietada. Las manos carmesí corrían por los dedos del ranger. Tal y como vaticinó la entrenadora, su captura era imposible.

Habían hecho lo que había podido. Gordor era dueño del mundo ahora. Y tal fue su alegría que quería celebrarlo tocando la última canción. Caería como guillotina sobre sus cuellos. Rápidamente. Sin dolor. Mas antes de que las teclas sufrieran el toque de sus gruesos dedos, ocho patas se entrometieron en su trayecto.

Habían venido a por su venganza mientras estaba entretenido mirando a Akumagon destrozando sus esperanzas. Por llamarles inútiles y por la gloria de sus compañeros irían a arruinar sus planes.

Entonces Plusle y Minun danzaron sobre el órgano, emitiendo notas disonantes que desquiciaban tanto al dragón como a la máquina. Cuando el hipercapturador hizo sonar la alarma, ellos saltaron. Incluso su portador se apartó. El olor a quemado y el humo empezaban a rezumar por todos los huecos del órgano.

Y entonces se hizo el milagro.

El gran subyugador de leyendas se dispersó en miles de fragmentos bajo una nube de fuego. Pronto Akumagon recuperó la noción de sus sentidos. Sus alas se extendieron por lo ancho del cielo. Como si fuera una orden, las nubes tormentosas se disiparon en un pequeño claro que dejaba pasar el sol del mediodía.

Helio estaba atónito con los recientes hechos. Se preguntaba si aquello era el fin de su pelea. Nadie podía creer tan solo unos toques aleatorios hubiera dado fin a esta cruel lucha. Esperaba a que Gionna diera por terminados los problemas.

Y sin embargo, estaba ahí, con la mirada fija en aquella obertura, a la espera de algo. Ya había vivido eso antes. Era consciente de lo que el dragón iba a hacer.

Una horda de puntos anaranjados se empezaron a disuadir desde las alturas. Debían bajar de ese pilar de piedra en cuando antes.

─¡Mierda, Helio, sal de ahí!

─¿Pero por qué, qué-?

─¡No preguntes tando y sal de ahí, idiota!

Para entonces ya era tarde. Empezó a llover roca ardiente por encima de la pirámide. En estallidos y choques, el Templo de Floresta se derrumbaba a sus pies. Las grietas dificultaban su escape. Helio pudo salir de esa demolición a tiempo, antes de que cayera. Pero la suerte no acompañaba a Gionna. Justo cuando pisó tierra firme, una avalancha de escombros se abalanzaba sobre ella como un maremoto pétreo. Esperaba a que la roca sepultara su vacía vida. Iba a recibir a brazos abiertos lo que no podía evitar.

Pero el cruel destino le tenía deparada una sorpresa aún más desagradable.

Fue empujada lejos de los restos. Luego se escuchó el sonido de un sordo impacto.

Había ocurrido el peor de los posibles. Un meteorito había aumentado el peso total del material. Un charco rojo bajo el largo cuello pálido se extendía entre los adoquines. Su estructura ósea fue machacada de modo que rasgaban sus tejidos y perforaban sus órganos. Fue una fortuna solo presenciar aquella funesta pintura entre piedras, o habría permanecido en shock eternamente.

No podía pensar con claridad. Lo único que se le ocurrió fue acercarse al desastre y mirar con lágrimas contenidas a la guardiana de su pueblo. Ni los rugidos ni Helio la apartaba de esa impotencia que crecía con cada segundo que pasaba.

Pronto, la cabeza de la dragona se movió con un leve gemido. Aún estaba viva. No por mucho tiempo.

─No-no te muevas de aquí, Latias. Te sacaré de aquí, ¿vale?

Quería salvarla. No podía dejarla ahí sola por haberle salvado la vida tantas veces. Pero la dragona sabía que sus venas estarían vacías pronto. No tenía que desperdiciar su último aliento ni dejar que ella gastara los suyos en evitar lo inevitable si quería cumplir su cometido en esta vida.

─No, Ginny. No pierdas tiempo conmigo.

─¡Pe-pero estás herida!

─Deja. Las pierdras. Donde están. Era... era mi destino, después de todo.

─E-estás delirando... no te estás muriendo. Dime que no.

El ranger gritaba desesperado por Gionna. Debía apresurarse.

─Escúchame. Ese... ese dragonite... tú lo conoces bien...

─¿Qué? ¿Qué dices de Akumagon ahora?

─¿Akumagon? Menudo nombre. ¿De verdad... no recuerdas a Drini, Gin?

─¿Drini? C-claro que lo recuerdo... ¿qué pinta él ahora?

Latias soltó unas pequeñas risas.

─Ya veo... no me extraña que tenga tanto odio ahora... ¿no te has parado a pensar que es mucha casualidad? Un amigo de diferente color desaparecido... y luego a los cuatro años... ¡puf! Aparece un dragonite verdoso. ¿No te parece raro... acaso?

─Espera. ¿No estarás diciendo que Akumagon es...?

─Sí, Gionna. Aquel que tanto trataste de herir... era Drini. Pero tampoco te culpo... ambos... habéis pasado por tanto que... os ha distanciado.

La muerte estaba a punto de llevar su alma. No faltaba nada para que desvaneciera. A medida que su tiempo terminaba, fue formándose una gota de rocío que se cristalizaba cual agua en una mañana de pleno invierno. Las leyendas de los domadores empezaban a cobrar vida en aquel cuello débil, en todo su esplendor. Pronto esa gota fue formando una pequeña esfera conteniendo un aura etérea en su interior. Era una forma de burlar a la parca. Nunca pensó que presenciaría la formación de un Rocío Bondad.

─Pero... confío en que podréis reconciliaros... ve. Toma mi alma... úsala... y sal viva de esta... por todos...

En un último suspiro, los ojos de Latias se cerraron para siempre. Gionna quería llorar. Se negaba a usar su alma para capturar a Akumagon.

Mas los rugidos seguían acompañando a la tormenta como las trompetas de los jinetes. Sin embargo, pudo escucharlos con otra nota. Disonante. Triste.

Cada noche se preguntaba desde su desaparición cómo hubieran sido las cosas si le hubiera acompañado en su travesía. Lloraba cada noche debido a la nostalgia de estar en casa e ir al estanque del jardín a ver a su pequeño amigo. ¿Pero quién diría que ese mismo compañero de juegos era el mismo que derrumbó una ciudad entera?

Se apenaba por no haberle reconocido. Y más teniendo en consideración lo que tuvo que pasar para convertirse en ese monstruo. Todo esto era para que se volvieran a encontrar y poner fin a ese mártir.

Se sentía bien. Aunque sufrió la desdicha de presenciar la muerte de Latias, le agradecía de corazón aquel noble sacrificio. Acarició por última vez su cuello y con el pulgar tomó aquella perla reluciente. Iba a asegurarse de que aquel sacrificio no fuera en vano.

Calma, amigo mío... ya estoy aquí.

No perdió más el tiempo. Dio unos pasos al frente para sentir esos calurosos vendavales en su tez. El Armaggedon Negro observaba con ceguera a aquel punto minúsculo que se plantaba ante él. Helio apartó sus lacrimosos ojos del cuerpo inerte de la dragona para ver cómo plantaba cara al iniciador del fin. Podía ver la antena del capturador en su mano y su mochila en la otra.

─¿Helio?

─¿¡S-sí!?

─Si no salgo viva de esta... ¿podrías... cuidar de mis pokémon, por favor? No tengo a nadie más que se pueda hacer cargo de ellos, así que...

─¿¡Qué!? ¡No, no puedo! ¡¿Cómo voy a entrenar si las normas ni siquiera me permiten-!

Un golpe seco en su cara lo acalló. Su mochila le rompió unas cuantas venas de la nariz, como si se rehusara de no tener dueño.

─No era una pregunta. Idiota.

Tenía que avanzar en cuanto antes. Las nubes volvían a arremolinarse sobre sus cabezas. Pensaba que si lo llamaba por su nombre, tal vez la tormenta cesaría.

─¡Drini! ¡Soy yo! ¡Gionna!

Craso error. En vez de responderle con cariño, el dragón llamó a los rayos para que la calcinaran. Aquel azote celestial hizo que gritara de dolor. Sabiendo la potencia que esos Truenos tenía, el que acababa de recibir era muy suave. El anterior Cometa Draco había mermado sus fuerzas levemente. No la dejó abstente de secuelas, sin embargo. Parte de su cuerpo había sufrido quemaduras de tercer grado. Pero no estaba dispuesta a caer. Aún no.

El capturador también sufrió su alto voltaje. Parte de sus circuitos estaban dañados. Chisporroteaban por sus interiores.

Helio fue rápido a socorrerla. Pero ella se levantó sola, soportando el peso de su dolor.

─Jej. Sigues enfadado por lo que te hice, ¿verdad?

─No, ¿por qué iba-?

─No te hablaba a ti.

─¿Entonces a quién...?

Chácharas. Era justo lo que menos necesitaba en esos momentos. La ranger hizo un tiro de prueba para ver el límite de longitud de su capturador. Tal y como pensaba, no alcanzaba a rodear ni uno de sus pies. Además de que no podía separarse del suelo. El leve toque de sus zarpas hicieron desvanecer la línea de captura mientras se separaba de la tierra.

Y pensar que no necesitaría la violencia... ¡ingenua!

─¡Mierda! Ahora tenía que emprender vuelo.

─¿Necesitas ayuda?

No pensó que tendría que pedirlo, pero...

─Qué remedio. ¿Cómo está Charizard?

─Puede encargarse.

─Bien. Necesito que lo haga bajar a tierra firme. No puedo capturarlo si está en el aire.

─¡Entendido! ¡Charizard!

Se invirtieron los papeles. Charizard trabajó bajo los comandos de de Helio para que lo persiguiera. La salamandra aérea fue danzando con fiereza entre los vientos para evadir las garras que trataban de aprisionarlo. Después, el ser ígneo azotó su cola contra el gigantesco morro. El dolor fue suficiente para que aquel titán bajara de los cielos y aterrizara en el suelo.

Ahora sí estaba furioso.

Con su pesada cola, removió tierra para abrir múltiples grietas en ella, solo pensando en la destrucción de aquellos muros. Gionna intentaba no caer en esas brechas. Ahora era el momento.

─¡Sigue entreteniéndolo!

Ambos dracos seguían luchando, igualados en condiciones. Era difícil que uno de los dos cayera. Charizard era pequeño, pero ágil. Su potenciada fuerza le permitiría incluso quebrar la dura coraza de un aggron. El exagerado tamaño de Akumagon le proporcionaba una resistencia admirable; pero sus ataques especiales estaban mermados, y sus garras no superaban al presto vuelo de la salamandra.

Era el momento de cumplir la voluntad de Latias. Sin pensarlo dos veces, ni el hecho de que había sido utilizada por el cruel destino, colocó la perla etérea en el disco.

Y entonces se hizo la luz. Una luminancia que dejó ciegos a los presentes por unos instantes. Cuando se desvaneció aquel destello, algunos no pudieron salir de su asombro.

El disco se había transformado en un artilugio imbuido con luz propia, cuyo centro resplandecía el alma añil de la caída. Tal objeto no podía ser de este mundo. Podía sentir como la energía fluía en ella a través del capturador. Como si unas descargas que la mantuvieran en vilo y con vigor.

Estaba dispuesta. Lanzó el disco y blandió la brillante antena para que el dragón volviera a ser el mismo. Por desgracia, Akumagon le molestaba aquella luz, y trató de partir la línea de captura con sus brazos; cosa que consiguió en un par de ocasiones. Aquellas palizas le dolían más de lo que solían; pero sorprendentemente, parecía que no quemaban tanto los circuitos.

Su enemigo aún era formidable. Pero no podía hacer más que seguir luchando contra aquel fantasma destructor y rogar que su amigo volviera.

Las creencias de los rangers se volvieron ciertas cuando el disco tomó un resplandor más etéreo, como si respondiera a sus anhelos. Desesperado, lanzó una horda de truenos para que acabaran con ese rayo de esperanza, partiéndola de la forma más brusca posible. Incluso hizo que volviera a llover fuego desde la cumbre del mundo.

Estaba entre las cuerdas. Parecía que su derrota era inevitable. Su cuerpo no resistiría otro choque más. Pero notó algo. El Armaggedon Negro No movía ningún otro músculo más que sus cuerdas vocales para estremecer la tierra mientras aquella mortífera ráfaga caía.

Era ahora o nunca.

Dirigió suavemente el capturador, como una fina vara de un director de orquesta. Sincronizando sus suaves movimientos con la peonza divina, pasaba al lado de los meteoritos como una grácil bailarina. La templanza y la tranquilidad de aquella danza había vencido a la rabia colérica acumulada. Había alcanzado a Akumagon. Ingenuamente, seguía esperando a que uno de los meteoritos eclipse aquella luz.

Pero para aquel entonces ya lo había lazado. Siete veces fueron suficientes para que empezara a rendirse.

Entonces empezó a recordar aquellas tardes en el lago, salpicando a una menuda chica. Los panes dulces que traía a veces del colegio, aquellos consuelos que él daba en cambio. También recordaba las pequeñas travesuras que hacían cuando ambos eran pequeños, y su entrega cuando caía enfermo.

La ponzoña que tanto nublaba su mente había desaparecido de su organismo. Los dolores habían pasado. Recordó la naturaleza bondadosa que los humanos podían tener. Y ella... ella estaba en frente. Agotada. Sin fuerzas.

Lo había conseguido. Había apaciguado a la bestia. Quería darle un abrazo. Pero bastó un paso para que desvaneciera y cayera al suelo sin conciencia.