Nada más descubrir el cadáver del viejo pescador a la vera del río, Eli intentó, bajo cualquier tipo de circunstancia, mantener la calma y pensar sus próximas acciones con cordura.
Hay un muerto, al lado del río sospechoso. Bien, Eli, céntrate. La reina es la primera persona que debería saberlo, pero no puedes dejar aquí el cadáver sólo, necesitan investigarlo. Vale, no pienso llevar a cuestas a un muerto. Me apresuraré e iré corriendo hasta que encuentre al guardia más cercano, le diré que vaya a avisar a su majestad y yo volveré a vigilar el cuerpo. Perfecto.
Después de haber echo su propio plan en su cabeza, comenzó a correr, metiéndose por los matorrales, hasta salir del principio del bosque. Siguió corriendo por los caminos de tierra, aunque su armadura, aún siendo su armadura diaria, y no la de batalla y expediciones, era realmente pesada, y correr con aquella tensión y aquel peso, era muy difícil incluso para un caballero experimentado como lo era Eli.
En toda su estancia en Otonakizaka, nunca le había pasado algo semejante a aquello. Era muy extraño encontrar fallecidos por otras razones diferentes a epidemias, enfermedades, accidentes, ataques animales o simplemente avanzada edad. No estaba muy segura de qué hacer, sólo sabía que necesitaba encontrar a alguien pronto.
Cuando divisó las primeras casas de las a fueras del reino dejó escapar un suspiro, probablemente los guardias de la ciudad anduviesen cerca, como de costumbre. Efectivamente, a penas tardó cinco minutos en encontrar a uno. Un hombre tosco, enorme y corpulento, vestido con la túnica de tela roja con remates dorados en las protecciones de hierro, la misma que llevaban todos los guardias.
"Oh, Ayase-san, bonito día, ¿verdad? El sol brilla más que de costumbre para estar acabándose la temporada de calor." Dijo educadamente el guardia al ver a Eli acercarse.
"Sí, un día hermoso si no fuese por el cadáver que hay junto al río, eso sin duda."
Al escuchar las palabras de Eli entre sus fatigas, el hombre se sobresaltó, no terminando de creer lo que la joven le decía.
"¿Un cadáver? ¿Aquí en el reino?"
"¡Pues claro! ¡A la vera del río! ¡Vete a avisar a la reina, deprisa!"
Sin pedir más explicaciones, el guardia comenzó a correr hacia el castillo, con un claro tono de nerviosismo y miedo en sus pasos tambaleantes pero rápidos. Por otro lado, Eli, que a penas había recobrado su respiración, se apresuró en volver junto al cuerpo del viejo pescador. No fue corriendo, estaba demasiado cansada de acarrear aquella pesada armadura en un día de calor, pero le pareció un camino mucho más corto que cuando lo recorrió a toda prisa. Quizás fuese por el miedo, pensó. Pero el verdadero miedo, lo sintió al llegar al río, cuando vio las condiciones del cuerpo.
La piel del viejo pescador había desaparecido, al igual que la gran mayoría de sus músculos y órganos. Era como si un ácido extremadamente fuerte estuviese actuando sobre él. Eli se quedó quieta, incapaz de moverse, de acercarse o alejarse de aquel hallazgo tan tenebroso como sorprendente. Cuando cayó en la cuenta de lo que le había dicho Rin hacía a penas una hora, lo de las convulsiones de los peces, optó por rodear el cuerpo lentamente, intentando respirar, ya que la impresión de lo que estaba presenciando se lo impedía. Cuando le pareció estar suficientemente cerca del arroyo, se asomó, sin perder de vista el cadáver. Pero para su sorpresa, los peces podían verse nadar libremente como de costumbre. Ninguna convulsión extraña, ningún pez muerto por causas desconocidas, sólo aquel viejo pescador; o lo que quedaba de él.
¿Cómo se supone que voy a explicar yo eso a la reina y a los guardias?
Mientras su vista y sus sentidos seguían fijos en aquel proceso de putrefacción más que avanzado, su mente se concentraba en cómo contar lo sucedido de una manera creíble, o por lo menos de encontrar a alguien que estuviese dispuesto a creerla. Pero vivía en un reino en el que no había batallas desde hacía muchos años, no había demasiados bandidos y menos muertes por causas desconocidas.
En el reino de Otonakizaka, las personas rehusaban de creer cosas que no podían ver. Era una ley, un hecho.
No pasó demasiado tiempo hasta que escuchó las pezuñas de caballos galopando, más tarde frenando a la entrada del bosque. Podía oír a la perfección los pasos apresurados de las botas de cuero y metal que llevaban los guardias, unos tres o cuatro, calculaba ella.
"¡Ayase-san, estamos aquí!"
Al escuchar aquella voz, Eli giró la cabeza rápidamente hacia su lugar de procedencia, desde donde vio salir efectivamente a los guardias de la ciudad, pero no traían consigo a la reina Minami. Se preguntó si habrían tenido algún tipo de problema para no haberlo echo.
"¿Dónde está la reina?"
"Nos ordenó llevarle el cadáver del que hablaste para que lo pudiesen inspeccionar a fondo en el palacio."
"Bueno, pues esta justo a-"
Su mirada se volvió a posar en dónde estaba el cuerpo del pescador. Pero ahí ya no había nada más que un par de huesos. Ningún rastro de piel, de carne, ni si quiera de sangre. La respiración de Eli se cortó justo en ese instante, y pensó que el ruido de aquel arroyo mezclado con el silencio del bosque, era el sonido más tenebroso que había escuchado jamás.
Esto tiene que ser una especie de broma. No puede ser verdad.
"¿Ayase-san? ¿Dónde está el cuerpo?" Preguntó uno de los guardias mientras miraba por todas partes, sin ver nada.
"E-Estaba ahí... E-Esos huesos..."
Los hombres miraron hacia el lugar que la joven señalaba con su dedo índice. A penas había un par de huesos, pero no tenían restos de fluidos sanguíneos. Ni si quiera había pruebas que afirmasen que aquellos huesos eran humanos. Los guardias se miraron antes de posar su vista en Eli, con preocupación.
"Creo que debería volver al palacio y descansar, Ayase-san."
"¿Qué? P-Pero estaba ahí, yo lo vi, con mis propios ojos. Lo juro por el filo de mi espada."
Aunque por más excusas que pusiese, más plegarias que dijese, y más promesas prometiese, los guardias la seguían mirando con incredulidad. Al fin y al cabo, en las tierras en las que vivían, los sucesos sólo podían ser creídos y demostrados si podían ser vistos. Eso era algo, que por mucho rango, poder o confianza que ella tuviese, no podía lograr. Porque una vez desaparecido sabe Dios cómo, no podía regresar el cuerpo de un muerto.
"No se preocupe por nada, la llevaremos a su alcoba y podrá tomarse el día libre." Comentó uno acercándose a la rubia.
"¡No necesito descansar! ¡Necesito que me creáis!"
Estaba comenzando a perder los nervios. Eli era una mujer a la que le gustaba llevar la razón, aunque si no se daba el caso, sabía callarse y seguir delante aceptando su equivocación. Pero estaba demasiado segura de que entonces, ella decía la verdad. Tenía la razón. Era la única que al parecer había visto lo que había sucedido, y sabía que era cosa de locos querer que los demás la creyesen, pero estaba dispuesta a hacer lo que hiciese falta.
"¡El cadáver estaba justo aquí! ¿Veis?" Decía, mientras se acercaba a los restos de los huesos que quedaban, señalándolos con manos temblorosas, y hablando con furia y nerviosismo.
Los guardias por su parte, se miraron y asintieron, sabiendo qué debían hacer. Se acercaron a la rubia, y dos de ellos la sujetaron por los brazos, intentando que se calmase, que dejase de hablar sobre cosas incoherentes y no intentase escapar. Nadie quería a una loca difundiendo barbaridades por los alrededores del reino.
"¡Soltadme! ¡Es una orden!"
"Lo sentimos profundamente, Ayase-san, pero a la reina no le gustaría que hiciésemos eso." Respondió uno con total calma.
"La llevaremos a palacio, pero será más sencillo si decide colaborar."
"No voy a colaborar para oponer resistencia contra mi más sincera verdad." Dijo ella, furiosa.
Era una joven demasiado noble y leal a sus propios instintos como para dejarse mangonear por los deseos de unos estúpidos guardias. Ella creía en aquellas cosas que veía, como la gran inmensa mayoría de habitantes del resto de reino y las tierras cercanas a él. No iba a permitir que nada ni nadie le hiciese rendirse a los deseos de sus superiores, incluso si la mismísima reina Minami se lo ordenaba. Puede que fuese un caballero, el mejor de toda la comarca, que fuese noble a sus gentes y fiel al reino que protegía, pero también era leal a su corazón.
"No nos deja más opciones."
Sin pensárselo más de dos veces, los guardias ataron las muñecas de Eli a su espalda con una gruesa cuerda, y teniendo en cuenta que seguía rehusándose a seguirlos y satisfacer sus caprichos, no tuvieron más que cogerla por la fuerza y llevarla hacia los caballos, los cuales estaban atados a las ramas de unos árboles en la entrada del Bosque de Cristal, uno de los terrenos menos explorados, más temidos y peligrosos del continente entero.
Los tres guardias ayudaron a posar a la rubia sobre el lomo de uno de los caballos, y sujeta por el guardia dueño de aquel animal, se dirigieron al trote hacia el castillo, sin decir una sola palabra, sin escuchar ningún otro sonido que no fuese el golpear de las herraduras de los corceles en el camino de piedra.
No pasó demasiado tiempo hasta que se encontraron a las puertas del salón del trono, donde la cabeza jefe del reino aguardaba el regreso de los guardias. Entraron, arrastrando a la joven rubia por las malas mientras ésta intentaba zafarse de sus garradas de arrogancia.
"¿Ayase-san? ¿A qué se debe esto?" Preguntó con asombro la reina, frunciendo el ceño al ver la forma en la que los hombres trataban a la joven.
"Ha enloquecido, majestad. De su boca sólo salían barbaridades, tememos que haya sido debido a un golpe de calor. De todos modos, no es normal esta temperatura estando a finales de verano."
"¿Estáis dudando de las habilidades de mi mejor caballero?" Cuestionó la reina con un notable tono de rencor.
"No se trata de eso, majestad."
"Exijo que se me ceda la palabra en este mismo instante." Dijo Eli con un tono más alto que el del guardia y el de la reina misma, caminando hacia delante, parándose justo en frente al trono en dónde su jefa aguardaba a lo que ella tuviese que decir.
"Por supuesto, Ayase-san. Se te permite decir lo que tengas que decir."
"He encontrado el cadáver de un viejo pescador de las afueras del reino. Hoshizora Rin, la moza de establos encargada del mantenimiento de nuestras monturas y demás quehaceres, me comentó durante mi guardia rutinaria que él mismo se había quejado de un extraño comportamiento en los peces que pescaba. Decidí aventurarme y comprobar que no sucediese nada fuera de lo común, pero me equivoqué, justo al encontrar su cuerpo sin vida. Busqué a un empleado de palacio ya fuese un guardia o cualquier otro tipo de sirviente para mandaros avisar, majestad. Cuando regresé al lugar en dónde estaba, el cuerpo había sufrido una especie de descomposición a una velocidad extrema, que fue incrementando, y para cuando los guardias habían llegado, sólo eran visibles un par de huesos. Insisto en mi cordura, majestad."
La reina se quedó pensativa durante un momento, dándole vueltas a la historia fantástica que su mejor caballero acababa de contar con una total expresión de seriedad.
"Es una historia sin duda interesante, Ayase-san. ¿Cómo podrías demostrar su certeza?"
No puedo a menos que creáis mis palabras.
Intentó encontrar una solución para aquello, pero no podía mostrarle el cadáver por más que quisiese, no podía explicar con un motivo lógico, no tenía nada para demostrar que decía la verdad. A ojos de la gente de palacio, sólo era una loca que había perdido la cabeza en un día de sol y calor. Se sentía estúpida.
"No puedo demostrar nada." Dijo rindiéndose, dejando escapar un profundo suspiro.
"Lo siento mucho, pero si no puedes demostrarlo, no puedo creer tus palabras. Hablaremos de tu condición en la noche, por el momento, retírate a tu alcoba y te pido por favor mantenerte dentro de las paredes de este castillo."
"Sí, majestad." Asintió ofreciendo una reverencia, y echando una mirada fulminante a los guardias para que desatasen sus muñecas y no volviesen a causarle aquel tipo de problemas en lo que les quedaba de servicio.
Con la cabeza gacha, sintiéndose completamente inútil por su fracaso, se dirigió a su habitación a un paso lento, arrastrando sus botas de cuero y hierro sobre los suelos de piedra y las alfombras de terciopelo rojo carmín que conducían hasta el salón del trono.
No la iban a creer en su vida, no en el mundo en el que vivían, al menos. Ni por la fuerza, ni por la lógica, ni por medio de la palabra. Lo que había visto se iba a quedar sólo y únicamente en sus recuerdos, y nunca jamás nadie más podría compartir aquellas memorias. Porque, al fin y al cabo, ¿quién en todo Otonakizaka era capaz de creer cosas imposibles, que no podía ver?
"Bienvenida de nuevo, Eli-chan. ¿Cómo ha ido la revisión de hoy? ¿Le apetece comer algo ya?"
Aquella voz, la cual creía que era su propia consciencia, le dio un pequeño rayo de esperanza. Era Hanayo, la bondadosa aprendiz prácticamente nueva en el palacio, la misma que adoraba los libros y las leyendas de Eras antiguas. Puede que ella, por lo menos, la quisiese escuchar.
"Buenas tardes, Hanayo. Tengo un poco de hambre, y necesito hablar contigo. Quizás podríamos continuar esta conversación en el comedor, dudo que a estas horas haya muchas personas allí."
Asintiendo con un poco de confusión, la joven aprendiz siguió a la esbelta y alta mujer hacia el comedor principal. Antes que nada, entró en la cocina y se tomó la libertad de tomar un par de zancas de pollo asado que las cocineras acababan de sacar del fuego, y una pinta de cerveza. Salió de las cocinas y se dirigió hacia el lugar en el que el caballero con el que iba a mantener una conversación estaba sentado.
"Bien, ¿qué tenías que contarme?"
"Es difícil de explicar."
Eli cogió un trozo del pollo que Hanayo le había traído y empezó por comérselo, mientras meditaba una manera de contarle lo sucedido a la joven si que pensase que estaba loca.
Es una buena chica, y muy joven. No debería ensuciar su mente inocente con historias de cadáveres que desaparecen, seguramente no se lo tomaría con tranquilidad.
"Hanayo, ¿alguna vez te ha pasado eso de creer en algo en lo que los demás no creen pero necesitas que lo hagan?"
"Constantemente, Eli-chan. Constantemente..."
"Y si te contase algo, algo que nadie cree, ¿tú lo harías?"
"Eli-chan, eso no depende de mí. ¿Me dejarías hacerte una pregunta?"
"Supongo que sí."
"¿Dónde crees que vivían los elfos oscuros en su gran mayoría antes de ser extinguidos por los humanos?"
"Sabes que no creo en esas cosas, Hanayo..." Dijo suspirando, masajeando sus párpados mientras apoyaba los codos en la mesa.
"Si tu no puedes creer, yo tampoco. Es una cuestión de confianza de la que todo el mundo parece carecer."
"¿A qué te refieres?"
"Hace un par de semanas leí un libro sobre la historia de la Primera Era. Contaba las características de las razas que había en aquella época, cuando todos los seres vivían en armonía con sus distintivas cualidades. Había un par de páginas en ese libro qué explicaban las características humanas, y la gran importancia de una de ellas; los valores humanos."
"¿Qué intentas decirme con eso?"
"Los valores humanos recogían cualidades como la bondad, la sinceridad, la comprensión, y la confianza. Valores que con el tiempo, se perdieron, remplazándose por cualidades oscuras como la lujuria, la avaricia y el egoísmo, lo que destruyó al resto de las razas. La confianza de la que la gran mayoría de humanos carecen hoy en día se debe a eso, Eli-chan. La confianza que te falta para creer todas mis historias que te parecen tonterías."
La rubia sólo pudo suspirar ante aquello. No se le ocurrían palabras con las que contestar, ninguna excusa, ningún inconveniente. La joven tenía razón, le costaba admitirlo, pero así era. No creía. Tenía que creer, pero no lo hacía. ¿Por qué? No estaba segura. Quizás esos libros de leyendas de la biblioteca real fuesen ciertos, y aquella historia que le acababa de contar también lo fuese, pero aunque quisiese creerlas, no podía. Necesitaba pruebas. Al igual que los guardias y la reina. Eli se intentaba sentir diferente a ellos, quería sentir que era mejor, en muchos aspectos. Pero acababa de demostrar que era exactamente igual. Una chica incapaz de sentir confianza.
"Quiero creer. Pero no sé cómo."
"No hay ningún tipo de instrucciones, cada persona cree a su manera, Eli-chan."
Justo en ese momento, las puertas de madera del comedor se abrieron con brusquedad llamando la atención de toda la gente que allí había, causando que giraran su cabeza y posasen su vista en la joven que acababa de entrar.
La princesa Kotori, seguida de una de sus mejores amigas, su dama de compañía Honoka.
"¡Por favor, atención todo el aquí presente! ¡Se acaba de cometer un crimen! ¡Una de las cocineras ha fallecido por razones desconocidas!" Gritó la princesa, causando un montón de murmullos en toda la sala.
Al escuchar eso, Eli recordó lo que Honoka le había dicho aquella misma mañana.
"Rin me dijo que necesitaban ayuda en la cocina porque alguna cocinera se encontraba mal."
"Quizás tomaron algo en mal estado, quién sabe."
Algo en mal estado... Como el agua del río.
"¡Es el río! ¡El río de Akiba que pasa al lado de la ciudad! ¡Está envenenado!" Gritó la rubia poniéndose de pie y pegando un puñetazo sobre la mesa de roble.
Todas las personas se quedaron mirando al caballero que parecía tan furioso, incluso Hanayo, que con un gesto de preocupación, se preguntaba si eso tendría que ver con lo que la rubia había querido hablar antes.
"¿A qué estáis esperando? ¡Dejad de holgazanear y avisad a los plebeyos y nobles que viven en las afueras! ¡Esto es un problema serio!"
Sin tener que insistir más, todos se levantaron de sus respectivos bancos y salieron apresurados siguiendo las órdenes de la General de los caballeros de Otonakizaka, asustados de que alguien estuviese intentando cometer algo contra su tan querido y respetado reino.
Eli caminó hacia Kotori y Honoka, seguida de Hanayo. Necesitaba vigilar el cadáver de esa cocinera. Tenía una mínima oportunidad de demostrar con eso, ante la mismísima princesa, que no estaba loca, que no mentía. Porque estaba segura de que todo aquello que estaba sucediendo estaba relacionado.
"Princesa, mis disculpas por haberme tomado la libertad de dar órdenes a sus plebeyos, pero sentí dicha necesidad."
"No tienes que disculparte, Eli-chan. No tengo ni idea de como afrontar esa situación así que te lo agradezco." Contestó tímida y nerviosamente, intentando sonreír.
La princesa Kotori era una joven un año menor que Eli. Compartía un enorme parecido con su madre, la reina Minami, y un noble corazón de oro. Era una muchacha muy linda, tierna y adorable. Delicada como una flor nacida en primavera, y brillante como la luna llena de las noches calurosas de agosto. Todos los habitantes del reino y sus alrededores la querían, una de las razones por la que cientos de pretendientes viajaban miles de kilómetros para pedir su mano. Pero su corazón ya había sido conseguido por el príncipe Sonoda, otra muchacha de aspecto más maduro y dotes elegantes y educadas, así como buena maniobra con el arco, y una lealtad casi insuperable.
"Si no es mucha molestia, me gustaría ver el cadáver."
"Por supuesto, síguenos."
Eli y Hanayo siguieron a la princesa y su acompañante hacia la parte trasera del palacio, justo por donde pasaba un tramo con un muy estrecho caudal del río. Allí yacía un cuerpo, tirado a la vera de la orilla, al lado de un cubo de madera. No había nadie por allí, ningún guardia, nadie inspeccionando el cadáver ni buscando pruebas. Era muy extraño.
"¿Quién descubrió el cuerpo?" Preguntó Eli acercándose junto con las demás a la fallecida.
"Yo, yo lo encontré. Vi a la cocinera con un cubo y le pedí que fuese a recoger agua del río para comenzar a preparar el baño de la tarde para de Kotori-chan."
"¿Así que el agua era para la utilización de la princesa?" Siguió hablando Eli, mientras se agachaba al lado del cubo. Estaba húmedo, por lo que el agua se debía de haber derramado cuando la cocinera perdió la vida.
"Sí, para su baño."
"Creo que estamos frente a un siniestro y serio caso de conspiración." Comentó seriamente la rubia, mirando a Honoka con preocupación.
"Y... ¿q-qué significa eso?"
"Significa que alguien quiere ver a la princesa Kotori muerta."
Kotori tragó saliva y se abrazó al brazo de su amiga pelijengibre, temiendo por su vida.
"Creo que deberíamos avisar al príncipe Umi de esto cuánto antes." Aconsejó de nuevo, mirando a Honoka para que corriese a ordenarle aquel favor a un caballero de la corte. Mientras tanto, Eli siguió inspeccionando el cadáver que permanecía boca abajo. Le dio la vuelta, y se encontró algo que no esperaba.
Una herida de horrible aspecto justo en el corazón de aquella cocinera. Parecía un impacto de algo parecido al fuego, o incluso a un rayo. La piel estaba quemada, y la zona aún desprendía calor a altas temperaturas. Eli se alejó rápidamente del cuerpo y desenvainó su espada, observando los alrededores son nerviosismo, comprobando que nada ni nadie rondase por allí.
"Princesa, tenemos que irnos de aquí inmediatamente."
Ni Kotori ni Hanayo argumentaron en contra de aquella propuesta, y corrieron de nuevo al interior del palacio, concretamente, hacia los aposentos de la princesa, seguidas del caballero que seguía empuñando su arma, totalmente desconfiante de lo que fuese que estaba sucediendo en el reino.
Las tres entraron en su cuarto y cerraron la puerta tras de sí. Sólo entonces la rubia pudo sentir la seguridad de la habitación y volvió a meter su espada en la funda, mientras que Kotori se sentaba en su cama al lado de Hanayo, que acariciaba su hombro intentando, inútilmente, tranquilizarla.
"E-Eli-chan, no entiendo nada..." Murmuró, mirando al caballero de manera suplicante con sus ojos color caramelo.
"Yo tampoco, ¿cómo es posible que haya pasado algo así? ¿Qué es esto? ¿Brujería?" Replicó ella molesta.
"Quizás puede que..." Comenzó a murmurar Hanayo, atrayendo la atención de las otras dos muchachas. "No, nada, no puede ser."
"¿Qué estabas diciendo, Hanayo?" Dijo Eli con furia, intimidando con eso a la joven aprendiz.
"N-Nada, de todas maneras, no me ibais a creer." Respondió ella con timidez.
"¡Por todos los Dioses, ya no se trata de creer o no! ¡La vida de la princesa está en un serio peligro! Si tienes alguna solución, por muy disparatada que sea, quiero oírla. Necesito oírla." Gritó, con desesperación, con frustración. Era el mejor caballero del reino por algo, no podía rendirse.
"Por favor, Hanayo-chan. Di lo que querías decir, por muy disparatado que pueda sonar." Suplicó Kotori casi al borde de las lágrimas. Una vista ante la cual la joven aprendiz no se pudo resistir.
"S-Si como Eli-chan dijo, el río está envenenado, o la cocinera perdió su vida a causa de algo relacionado con uno de los cuatro elementos básicos... p-puede que... sea cosa de... la alquimia."
Se hizo un extraño silencio. Ni Kotori, ni Eli, ni Hanayo de nuevo, se atrevieron a comentar. Sí, totalmente era una de esas cosas que la muchacha diría incluso en un momento crítico como aquel. La vida de la princesa Minami estaba en peligro, por ende, la reina también lo estaba, y por lo tanto, el reino entero sufría el mismo problema. Si las tierras de Otonakizaka caían de aquella manera, las guerras volverían a destruir la humanidad por conseguir un nuevo dueño para aquel terreno, y el mundo, sería un caos. Las tres chicas que estaban en aquel cuarto lo sabían de sobra, pero aún así, ¿que le hacía a una joven muchacha dar como solución una de sus historias fantásticas que nadie creía? Pensaba Eli. Pero ella misma lo había dicho, no se trataba de creer. Ya no.
"Careces de confianza, Eli-chan."
Pudo escuchar la inocente voz de la aprendiz en su mente, restregándole de mala manera aquel echo. Necesitaba superarse a sí misma si quería demostrar que era el mejor caballero del reino. Necesitaba hacer un esfuerzo y confiar. Por ella, por la aprendiz, por la princesa, por Otonakizaka, y por el resto del mundo.
"Cuando era pequeña, escuché una historia sobre la alquimia en una posada de una pequeña ciudad que solía frecuentar." Dijo la rubia, esta vez con la voz más suave, y la actitud más tranquila. Ya no poseía ese ceño fruncido de hacía unos momentos.
"Unos hombres que presumían de conocer el mundo y su historia se reunían allí cada tarde, bebían cerveza y vino, y contaban historias que me gustaba escuchar. Me gustaba oírlas, incluso intentando autoconvencerme de que no eran ciertas." Siguió hablando, al tiempo que se acercaba a la ventana para observar como toda la ciudad se revolucionaba por las noticias del río que los nobles del palacio acababan de esparcir por los ciudadanos.
"Un día, hablaron sobre un rumor que había en la ciudad, algo de un alquimista que había perdurado la antigua y extinguida tradición de la alquimia. Aquel día, fue el único día en el que me atreví a hablar con aquellos hombres, y les pregunté que era la alquimia. Me dijeron que era el estudio y la manipulación de los elementos, así como de los elixires de la vida, y demás existencias que los humanos nunca llegaron a comprender. Me pareció muy extraño aquello, porque bueno, ¿por qué hablaban de algo que según ellos, ni si quiera comprendían? ¿Cómo era entonces posible que un alquimista dedicase su vida a algo que no entendía?"
Kotori y, sobre todo Hanayo, escuchaban en silencio, cautivadas por aquella historia tan impropia de un caballero de lógica como lo era Eli.
"Los hombres siguieron hablando, contando que aquel alquimista legendario estaba vivo, pero nunca nadie lo había visto. Me preguntaba por qué creían en algo que no habían visto, pero, de alguna manera, me lo quería creer. Claro que, con el paso de los años, la madurez y mi deber alejaron cualquier sueño de creer fantasías de mí. Aquel alquimista se quedó en mis recuerdos del pasado, pero la curiosidad me ha perseguido desde entonces."
"Eli-chan, yo te creo." Dijo con firmeza la joven aprendiz, ganándose una mirada sorprendida por parte de la rubia, y una sonrisa por parte de la princesa.
"¿Qué?" Replicó con incredulidad.
"Te creo. Porque yo también oí un rumor sobre el alquimista legendario. Y quizás él nos pueda ayudar a solucionar esto."
"Hanayo, incluso si existe, no sabemos dónde está. No sabemos si, desde que yo era a penas una niña, sigue con vida, ni si quiere colaborar."
Hanayo sonrió, con un brillo especial en los ojos que cautivó a la rubia de una manera un tanto extraña.
"Escuché el rumor hace un par de meses. Decían que el alquimista residía en las profundidades del Bosque de Cristal, uno de los únicos lugares dónde nadie se atrevía a adentrar."
"¿El Bosque de Cristal? ¿Nuestro bosque?" Preguntó con inseguridad la princesa, sonriendo, al igual que la aprendiz.
"Sí, Kotori-chan. Nuestro bosque."
"Pero la extensión del bosque se sale incluso de los terrenos de Otonakizaka... Dudo que alguien pueda vivir en medio de un lugar como ese." Siguió hablando Kotori.
"Es un alquimista. Seguro que los alquimistas de épocas antiguas hacían cosas extraordinarias."
Mientras Hanayo le explicaba a Kotori las razones por las que aquel rumor tenía todas posibilidades de ser cierto, y ésta parecía más y más convencida, Eli sólo podía escuchar con atención, con intriga y, de una u otra manera, con esperanza.
"Eli-chan, ¿qué opinas?" Preguntó Kotori con una sonrisa en su rostro.
"Es una locura." Contestó la rubia, haciendo que la sonrisa de las muchachas desapareciese al instante. "Pero confío en esa locura, así que princesa; sus deseos son mis órdenes."
El caballero de rubios cabellos se arrodilló galantemente ante Kotori, esperando que le diese detalles para su próxima misión. La princesa no pudo contener su entusiasmo, así que nada más ver la aceptación por parte de Eli ante su idea, se levantó de la cama de un salto, y comenzó a reír.
"Ayase Eli, General de los caballeros del reino de Otonakizaka, con el poder que me ha sido concedido como la princesa Minami Kotori, yo te ordeno que te adentres en los abismos inexplorados del Bosque de Cristal, encuentres al alquimista legendario, y con su ayuda, termines con estos serios problemas antes de mi boda."
Eli sonrió, asintió, y no decidió perder más tiempo para preparar todo para su peligroso viaje.
"Como desee, princesa."
A/N: Antes que nada, me gustaría volver a darle mil gracias a Shin'ya Natsuko Sasaki por su maravilloso fanart de Eli con su armadura de caballero, ¡es increíble! Incluso tiene el mismo diseño que yo le di. Me siento famosa xD Pero de verdad, me encantó, invito a todos los lectores a buscar dicho dibujo en mi tumblr (lorenapineapple), ya que lo compartí desde su propio blog.
Y empezaré a contestar reviews aquí, por si alguien hace una pregunta, que todos puedan salir de esa duda también.
avemari: Incluso yo tengo ganas de que aparezca Nozomi~ Y eso que yo misma lo escribo xD
Nashi T.H.D.H: ¡Muchas gracias! Me alegro tanto de que te guste, es todo un orgullo. Y bueno, no soy una escritora tan buena, pero me gusta escribir, y la intención es lo que cuenta, ¿no? Eso dicen :) El NozoEli nunca se acabará si yo lo tengo que suministrar, no te preocupes ;)
