Durante el resto de la tarde, mientras los guardias vigilaban los alrededores del río, los ciudadanos procuraban no acercarse a las afueras, y el mensajero real viajaba hasta Akiba para avisar al príncipe Sonoda de lo sucedido; Eli comenzó sus rápidas preparaciones yendo en busca de Rin, la moza de los establos, para preguntarle sobre las condiciones en las que se encontraba su caballo Jyggalag para un viaje largo y peligroso como el que iba a realizar.

"Es una emergencia-nya, iré ahora mismo a avisar al herrero de la ciudad para que le cambie las herraduras-nya. ¡Mañana mismo podrás cabalgar con él por todo el continente-nya!"

Todo el mundo procuraba hacer su trabajo con la mayor velocidad y efectividad posible. Eso no excluía a la joven campesina que mantenía los caballos cuidados y en perfecto estado, por supuesto. Incluso en una situación de estrés como aquella, Rin mantenía su habitual euforia y dedicación, comprendiendo sin mucha dificultad la necesidad que había de hacer bien su trabajo, sobre todo, tratándose de una cuestión de tiempo.

Mientras la joven muchacha se ocupaba de su montura, Eli, por su parte, prefirió relajarse un poco, ya que el estrés no era bueno, y menos, antes de una misión de gran importancia. En ocasiones se preguntaba por qué tener una carga tan pesada sobre sus hombros cómo podría ser la vida de la princesa la hacía sentirse tan incómoda. Ella había elegido su destino, servir a la familia Minami y a su reino con alma y corazón. Había firmado un tratado, y desde entonces, su vida por completo había cambiado. Se despidió de las tierras que conocía, de su familia, de las comodidades de la vida normal, para convertirse en una sirviente. Pero se sentía orgullosa de su trabajo día a día; es decir, si tuviese algo, alguna razón que la obligase a seguir con su vida normal, quizás no hubiese firmado aquel tratado, pero la joven rubia era una persona solitaria, que no le daba demasiada importancia a los objetos materiales, y a veces, tampoco a las vidas humanas, ni animales. Era un títere, que había entrenado a sol y a sombra durante varios años para servir de algo. Eso era lo que quería, ¿no? No tener ese algo o ese alguien por el que seguir siendo uno mismo, no depender de sus sentimientos.

Aunque los pasillos estaban revolucionados completamente, con sirvientes, cocineros, plebeyos, nobles e hidalgos corriendo de unas salas a otras haciendo sabe Dios qué, para Eli, el mundo estaba en silencio. Era una situación extraña, como si alguien le hubiese dado a una palanca para eliminar el sonido del ambiente. Quizás fuesen sus nervios, bien disimulados, o quizás fuese el estrés, puede que fuese la enorme responsabilidad con la que tenía que cargar, o en cambio, puede que fuese el miedo a aventurarse en aquel lugar al que nunca nadie se atrevía a ir. Sí, tenía miedo, la increíble Ayase Eli, General de los caballeros de Otonakizaka, tenía miedo. Miedo de lo que se pudiese encontrar allí a fuera, alejada de la población en un bosque de gigantescas dimensiones, con criaturas desconocidas en su interior, sin nadie a su lado. Tenía miedo de sentirse sola, de depender de aquel sentimiento que era la soledad, y sufrir por ello. No se podía permitir recaer psicológicamente, no cuando era quién era; un caballero de la corte real.

Caminó en silencio, al igual que el mundo a su alrededor, dando pasos pesados y tranquilos, sin ninguna prisa, intentando tomarse el mayor tiempo posible para admirar su 'hogar', para poder recordar aquellas paredes tan conocidas, las armaduras protegiendo los corredores con alfombras de terciopelo, los candelabros siempre limpios y relucientes, así como las enormes cortinas de tela curtida, y el ambiente cálido que traía el palacio al completo. No estaba segura de cuánto tiempo estaría sumergida en el Bosque de Cristal, pero a juzgar por su asombroso tamaño, probablemente varios meses hasta tener algún indicio de aquel tal alquimista, o hasta que se cansase de buscar a una leyenda que quizás ni si quiera existiese. Se preocupaba por el bienestar del reino en su ausencia, por la salud de los sirvientes del palacio con los que mantenía una agradable relación, como Hanayo o Rin, y sobre todo, se preocupaba por la vida de la princesa. Estaba segura de que el príncipe Umi vendría al galope desde Akiba nada más recibir las noticias de los extraños sucesos que estaban sucediendo, amenazando la vida de Kotori, pero aún así, se preocupaba; no podía evitarlo. Mientras tanto, mientras caminaba hacia su habitación, procuraba disfrutar de su última noche en el castillo, memorizando aquellas vistas que la reconfortaban.

"Eli-chan,"

Al escuchar el suave murmullo de una voz conocida en sus espaldas, dejó de caminar y se dio la vuelta para encontrarse con Hanayo, la cual, con la cabeza gacha, intentaba buscar el valor necesario para mirarla a los ojos.

"¿Sí, Hanayo?"

"Eh...y-yo..."

La joven aprendiz luchaba por conseguir la valentía que necesitaba en ese momento, jugueteando con el extremo de su túnica, intentando encontrar las palabras necesarias. Cuando levantó la vista y se encontró de bruces con aquellos ojos azules tan fríos la mayoría de las veces, pero tan cálidos en ese instante, supo que las palabras no eran tan necesarias como lo eran los actos.

Se abalanzó sobre ella y la abrazó fuertemente, escondiendo el rostro sonrojado en su pecho.

"Te echaremos mucho de menos Eli-chan. Vuelve pronto, y cuídate."

La rubia se quedó anonadada ante aquel acto de aprecio. Tardó varios segundos en reaccionar y acariciar la cabellera castaña de la aprendiz, sintiendo una extraña sensación recorriendo su interior. Hacía mucho, muchísimo tiempo que alguien demostraba su afecto hacia ella; tanto, que creía firmemente el echo de que nadie sentía ningún tipo de cariño hacia su persona. No pudo evitar sentirse feliz, y sonreír ante el abrazo de Hanayo, devolviéndoselo con delicadeza, e intentando memorizar la sensación del calor de otra persona contra su propio cuerpo. Momentos después, la aprendiz se separó del caballero, aún con un sonrojo en su rostro, pero con una sonrisa también.

"Volveré tan rápido como las condiciones me lo permitan."

Hanayo asintió tímidamente y se alejó del lugar, probablemente en busca de quehaceres que realizar. El caballero sólo pudo suspirar después de aquello, y seguir el camino hacia su cuarto, esperando descansar y poder partir a primera hora de la mañana, nada más que el sol encontrase un pequeño lugar en el cielo para poder disipar la oscuridad casi total de la noche.

Cuando encontró la puerta de madera de roble que tantas veces había abierto y cerrado tras de sí suspiró feliz de poder por fin desansar después de los extraños acontecimientos que habían tenido lugar en aquel estresante día. Entró en su alcoba, cerró la puerta y lo primero que hizo, fue dehacerse de su armadura de guardia rutinaria.

Se deshizo delicadamente de sus guanteles de cuero, de su cota de ébano, y de sus botas con remates de hierro. Debajo de aquella capa protectora, sólo llevaba una túnica de tela bastante cómoda a su parecer. Guardó las piezas de su armadura diaria en su armario, colocando cada prenda en su sitio, para después sentarse en su cama, buscando aunque fuese un instante de paz y tranquilidad, en el que poder dejar su mente en blanco.

Pero un libro ocupando aquel lugar en su cama le impidió realizar su propósito.

Lo miró con curiosidad desde su armario, hasta que decidió hacercarse a él y tomarlo entre sus manos. Encima de su portada había una nota escrita en papel con tinta negra, probablemente de la biblioteca.

No todas las certezas conducen hacia el camino de la verdad. No todas las ficciones prosiguen el camino contrario. Confía, y será el camino el que te llevará a ti.

Fdo: Koizumi Hanayo

De sus labios se escapó una mueca sonriente al leer las palabras de la joven aprendiz. Era aquel libro, el que había llevado al comedor aquella misma mañana. Aquel libro de leyendas y ficciones que Eli era incapaz de creer. Hanayo la creía, confiaba en ella, sólo si ella confiaba en la aprendiz. Leer un libro no podía ser tan malo. Leer era el método para aprender, para aceptar y comprender.

La joven rubia se sentó al borde de su cama, con el libro en sus manos. Dudaba entre abrirlo o no. Era un simple libro, un conjunto de hojas manchadas de tinta en un sentido concreto, nada más. No podía pasar nada malo al abrir un libro, sólo el aprendizaje de cosas nuevas. Pero en el fondo, Eli tenía cierto temor a aprenderlas, insistir en que los demás la creyeran, y sentirse rechazada por su propio reino. Al fin y al cabo, cualquier cosa podía pasar, pero se intentaba convencer a sí misma de que no eran más que ficciones, cuentos de hadas, historias inventadas protagonizadas por personajes inventados. Eso eran las leyendas; simples mentiras adornadas para parecer verdades. Suspiró, y abrió la tapa de cuero curtido del viejo libro con delicadeza, y con respeto.

Restos de un manuscrito entintado durante las batallas por la tierra de nadie.

Pudo leer aquello, en la parte superior de la primera página escrita. Daba a entender ser el título de un pequeño prólogo, que seguía unas líneas más abajo.

Vive Dios que no entiende de razas y lujurias perdidas. Bajo sus cielos tuvimos la fortuna de ver el mundo, sobre sus tierras nos encaramos hacia nuestro propio destino, y aún dudando de su existencia nos atrevimos a creer incluso temiendo el olvido. Vive Dios que creó las guerras y los monstruos, para hacernos temer la pérdida de lo una vez conseguido. Vive Dios que dividió el mundo en cinco puntas de sagrada sabiduría. Y viven hombres, que luchan por dejar sólo una en vida.

Eli no estaba demasiado segura de lo que significaba aquello. Claro que como buen caballero, se le había exigido aprender la historia de las tierras que tenía que cuidar, tanto las guerras como los tratados de paz. Aún así, los temas religiosos y fantásticos le resultaban indiferentes. Los respetaba, como respetaba la naturaleza y los insultos que recibía. Pero no lo podía comprender.

Prefirió echarle un vistazo rápido, en vez de obligarse a leer miles de palabras cuyo significado desconocía. Pero se paró en una de ellas, cuando una ilustración de tinta negra llamó su atención. Debajo de ella, encontró un pequeño texto que, de alguna u otra manera, le entraron ganas de leer.

Se desconoce el último avistamiento fiable de un orco. Ciertos testigos y exploradores, así como monjes y caballeros de batalla, han dado testimonios en los que afirman, ante todo, sus grandes colmillos similares a los de un jabalí. No destacan apariencias muy diferentes a las de los humanos corrientes, más es remarcable el echo de su mal carácter.

Levantó una ceja en confusión, y con sus ojos volvió a escanear detenidamente la ilustración. Parecía una persona, si no fuese por los colmillos que salían de la parte inferior de su boca, creando una ilusión óptica que daba la sensación de que tenía el mentón sacado hacia afuera. Tenía un gesto enfurecido, con el ceño fruncido, y llevaba una túnica deshilachada como única prenda. Eli se preguntó si Hanayo sabría más de aquella criatura que describían en el libro, pero antes de poder seguir hojeando las demás páginas, alguien dio unos serenos toques en la puerta de su alcoba, lo que la obligó a dejar el libro en su cama de nuevo y levantarse a abrir.

"Buenas noches, Eli-chan."

"¿Princesa?"

En frente a la entrada de su alcoba se encontraba Kotori, con un pequeño candelabro en mano. El sol ya se estaba comenzando a esconder, y las ventanas en ese corredor eran escasas, por lo que era necesaria una luz para poder encontrar sin problemas el camino hacia alguna de las habitaciones.

"¿Puedo hablar contigo un momento?" Eli asintió, y abrió la puerta en un ángulo más ancho, permitiéndole a la dama pasar a su dormitorio.

"¿Podría preguntar por el motivo de su visita, princesa?"

Cuando la rubia cerró la puerta tras de sí, Kotori le hizo una seña para que se sentase en algún sitio para conversar. Eli optó por volver a tomar siento en el borde de la cama, y Kotori prefirió sentarse en su silla de madera, una que tenía frente a su propio escritorio, dónde revisaba los informes del reino y demás quehaceres como General de caballeros.

"Quería hablar contigo sobre el viaje."

Claro. Por supuesto. El viaje. ¿Por qué si no querría hablar la princesa con ella? No tenían relación de amistad, sólo acataba sus órdenes.

"¿Y bien?"

"Supongo que como cualquier otro ciudadano sabrás que adentrarse en el Bosque de Cristal es reclamar el suicidio a llantos." Su gesto parecía amable y mostraba cierta lástima ante el destino del caballero. Sabía que la rubia no podía negarse ante el mandato de su princesa, porque era un caballero. No tenía libertad de expresión. No tenía motivos para negarse. Así que cumpliría su misión con la cabeza bien alta.

"Lo sé, princesa. Pero no nos sobran ni las opciones ni el tiempo."

Kotori dejó escapar un suspiro mientras observaba con atención los mechones rubios que Eli dejaba fuera de su mítica coleta alta, aquellos que caían tras sus orejas hasta sus hombros, dándole un tenue aire desaliñado y maduro.

"¿Sabes cuándo llegará Umi-chan una vez que el mensajero real le informe de lo que está pasando?"

Eli sonrió con ternura ante sus palabras, ante la manera tan cariñosa con la que se refería al Príncipe Sonoda. Cierto era que estaban prometidas, y se habían visto en varias ocasiones, en visitas de varios días a ambos reinos. Todas las personas de todos los reinos cercanos a Akiba se referían a Umi de una manera exageradamente formal, tratándola como un apuesto príncipe de familia real, que en cierto modo lo era, pero no dejaba de ser una chica como otra cualquiera, abrumada por sus responsabilidades y por la imagen que tenía que dar a su reino. La rubia estaba contenta de que su querida princesa hubiese encontrado a una pretendienta tan buena como Umi; hermosa, amable, leal, romántica, y muchas cualidades más que derretirían varios corazones.

"No puedo saber con certeza si se decantará por venir al galope en su propia montura o en un carruaje. Pero sabiendo que tratamos del Príncipe Umi, estoy segura de qué elegirá la manera de viajar más rápida y eficaz."

Kotori sonrió complacida ante su respuesta, y mirando una vez más a través de la ventana del cuarto de Eli, desde la cual se podía admirar a la perfección la belleza de la luna y su brillo audaz, se levantó, para acercarse al caballero un poco más.

"Eli-chan, deposito en ti todas mis esperanzas. Sé que Umi-chan me cuidará, pero, si pasa algo, ¿quién la cuidará a ella?"

"Princesa, Umi sabe luchar, tiene una maniobra con su arco que muy pocos arqueros pueden igualar en gran parte del continente. Tiene a todos los caballeros de Akiba y Otonakizaka a su disposición, así como al buena fé de sus gentes. No tiene de qué preocuparse."

"¿Y quién te cuidará a ti?"

Esa pregunta rompió al caballero en mil pedazos, porque sabía la respuesta.

Nadie.

"Preocúpese por su propia vida, princesa. Con eso es suficiente." Respondió, formando una sonrisa en sus labios. Kotori respondió esa sonrisa con otra, y antes de que Eli pudiese reaccionar, sintió el cálido cuerpo de la joven dándole un fuerte abrazo.

"No dejes que te pase nada." Susurró la dama de cabello grisáceo a su oído, antes de separarse de ella, hacer una formal reverencia, y salir del cuarto, para dirigirse a su propio dormitorio.

No me va a pasar nada, princesa. Puedo con todo.

La oscuridad acechaba en todo los rincones del palacio, menos en la habitación de la joven rubia, quién mantenía encendido un candelabro para disipar el color negro azulado de la noche. Estaba acostada en su cama, observando el lomo del libro que Hanayo le había prestado, el cual estaba posado en una pequeña mesita de madera de abeto, justo al pie de la cama en la que intentaba conciliar el sueño.

Mañana empieza la aventura. No estoy segura de qué debería esperarme de ese bosque. Sólo espero que el destino esté de mi parte.

Poco a poco, la luz del candelabro se empezaba a apagar, así como los ojos de Eli se comenzaban a cerrar por obra de la gravedad.

Soy un caballero, ante todo. Tengo que encontrar a ese alquimista legendario.

Las llamas de las velas medio derretidas se apagaban con una perfecta sincronización, siendo sustituidas por los destellos de las estrellas que se apreciaban a través de la ventana.

Tengo que encontrarlo, aunque no exista. Aunque sea una pura invención. Lo tengo que encontrar.

Y con la misma decisión con la que aceptó su misión más importante, dejó que su mente pensase un último y decidido propósito antes de caer dormida en un profundo sueño. El último entre las paredes de aquel castillo.

Lo encontraré.


A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos del sol del nuevo día irrumpieron en su alcoba, se incorporó sentada, tardando unos instantes en analizar lo que tenía que hacer. La misión que tenía que realizar, el viaje que iba a comenzar.

Se levantó decidida, y buscó en el baúl de madera de abedul que tenía a la izquierda de su cama las piezas de su armadura de batalla. Era un conjunto bastante diferente al que solía usar en sus guardias rutinarias por la ciudad, una serie de piezas que la protegían mucho más ante cualquier tipo de peligro que la pudiese llegar a acechar. Comenzó por ponerse una túnica de tela que cubría sus brazos y su cuerpo. Encima de ella, se colocó un peto de placas de acero para proteger su pecho, evitando que nada dañase sus músculos vitales. La túnica que usaba terminaba en algo similar a una pequeña falda con volantes que dejaba libres sus piernas y por ende le resultaba más sencillo correr, por lo que para protegerlas, eran necesarias una variedad de piezas articuladas de metal que le permitían mover sus articulaciones con simplicidad. Alrededor de sus antebrazos, ató con unas hebillas unos guanteles de acero, así como después unos cinturones alrededor de su cintura para sostener la funda de su espada. Por último se acercó a su armario, y de él sacó una asombrosa y pesada capa roja aterciopelada de tela que enganchó sobre sus hombros, dónde también añadió unas hombreras protectoras de hierro.

Suspiró profundamente antes de salir de su cuarto con pasos pesados y rápidos. La luz del día que comenzaba a emerger y crear misteriosas sombras en los rincones menos inexplorados del palacio guió a la rubia hasta la puerta principal, donde ya a esa hora unos guardias conversaban animadamente mientras guardaban el hogar de la familia real. Cuando vieron al caballero estar a punto de salir, le dieron los buenos días con amabilidad.

"Buenos días, Ayase-san."

"Buenos días." Respondió ella con propiedad y una sonrisa.

"Hoshizora ya debe de tener vuestro caballo ensillado y listo." Informó uno de ellos.

Eli asintió y se dirigió hacia las caballerizas donde Rin se pasaba la mayor parte de sus días. Para su sorpresa, la muchacha no estaba allí en ese momento, pero sí Jyggalag, con su silla de montar encinchada, su bocado, sus riendas y disfrutando de una buena cantidad de avena para comenzar el viaje con energía.

Se acercó a él y acarició su ancho y fuerte cuello, ganándose por su parte un pequeño movimiento de orejas.

"Al menos te tendré a ti allá afuera." Susurró, esperando que el animal comprendiese sus palabras.

Pocos segundos después los sonidos de pasos veloces acercándose a su posición la alertaron, y se giró rápidamente. Una joven pelinaranja caminaba a un ritmo muy animado acarreando a su espalda unas bolsas de tela cargadas de algo concreto.

"¡Buenos días-nya!" Gritó con una sonrisa en su rostro. Eli asintió devolviéndole el gesto, y cuando Rin estuvo suficientemente cerca suyo, le ayudó con las pesadas bolsas y las sujetó con varias cinchas a los lados del lomo de Jyggalag. Contenían diversos alimentos para el caballero.

"Creo que todo está preparado y en órden-nya."

"En ese caso ha llegado el momento de mi partida." Afirmó en un susurro firme.

Con una facilidad casi inaudita, subió al lomo del enorme semental blanco, y se acomodó sobre él. Antes de nada, volvió a mirar el paisaje que se veía desde los establos. Las cabañas de los plebeyos y los nobles, los pocos guardias que a aquella hora de la mañana ya habían comenzado su rutina al igual que los rayos de sol, las gotas de rocío que habían empapado durante la madrugada las hermosas flores de los jardines reales, la belleza implacable del palacio de Otonakizaka, incluso la pequeña humareda que comenzaba a asomar a través de la chimenea de la forja del herrero.

"Rin, necesito que cuides a Hanayo en mi ausencia. ¿Podrás hacer eso por mí?"

La joven asintió y puso su puño izquierdo sobre su corazón.

"La cuidaré con mi vida, Eli-chan."

"Bien, eso quería oír. Intentaré volver pronto. O al menos, intentaré volver. Pero no puedo prometer nada." Nada más acabar esa frase con un tono frío y seco, le dio con su espuela al caballo, causando que comenzase a trotar, para poco después galopar, en dirección a una de las muchas entradas al bosque, lejos de las cabañas, y lejos del palacio.

"Volverás, Eli-chan. Sé que volverás." Dijo para sí misma la joven moza de los establos, antes de proseguir con sus tareas diarias.


En las afueras del reino de Otonakizaka se escuchaban los golpeteos de unas herraduras sobre la tierra, el único sonido destacable en un área prácticamente inhabitada, salvo por ciertas aves que encontrabas paz lejos de la civilización y demás animales que preferían vivir en la tranquilidad de la naturaleza.

La respiración agitada del caballo que ocasionaba el anterior sonido descrito daba a entender sin mucha dificultad el prolongado tiempo que llevaba galopando y trotando hacia la entrada del Bosque de Cristal más alejada del centro de la ciudad, la cual comenzaba a vislumbrarse en la lejanía. Su jinete hundió una de sus espuelas en un lado del cuerpo del gran animal; quería llegar a aquel bosque cuánto antes. Quería llegar, encontrar a aquel alquimista y salir de allí tan rápido como fuese posible, antes del anochecer si pudiese. Soñar era gratis, o eso pensaba la rubia, por eso tenía esa mínima esperanza. Aunque sabía de sobra que tardaría bastante más de un sólo día en encontrar, si es que existía, a aquel misterioso personaje, sabía que le iba a costar sobrevivir a la intemperie sabe Dios por cuánto tiempo, con un caballo como única compañía, y la luz de la luna como única fuente de luz en las últimas noches veraniegas.

Quizás fuese por eso, por todos esos pensamientos y esos malos presagios que tenía, que justo a la entrada del bosque, algo hizo que Jyggalag frenase en seco.

"Tenemos que hacer esto, pequeño. No nos podemos permitir el lujo de elegir."

Jyggalag respondió con un par de pasos hacia atrás y un movimiento brusco de cabeza.

"Lo siento, amigo." Eli tragó saliva, y muy a su pesar, se obligó a sí misma a clavar la espuela con tanta fuerza en el lateral del lomo de su caballo, que éste no tuvo más opción que enfrentarse a aquel paraje que les esperaba unos pocos metros por delante. Relinchó con fuerza, y los dos desaparecieron entre la densa maleza del Bosque de Cristal.

No comprendo a qué venían tantas advertencias. Llevo varias horas aquí y no hay nada más que árboles, arbustos, flores, y algún que otro ciervo, o conejo.

Varias horas más tarde en las que lo único a lo que se limitó el fiel caballero fue cabalgar en la misma dirección, todo seguía exactamente igual que a la entrada del bosque. No es que no le gustase, es más, apreciaba que fuese un espacio natural normal y corriente y tantos mitos aterradores que le habían contado no fuesen más que mentiras, pero sinceramente, se esperaba algo fantástico.

Al igual que se había adentrado allí para buscar una criatura legendaria profesional en el campo de la alquimia, una criatura que probablemente nunca hubiese aceptado ir a buscar por lo loco que sonaba, también había imaginado que aquel bosque albergaba en su interior más sorpresas. Era normal pensar aquello, se decía. Al fin y al cabo, todos los habitantes, no sólo de su reino, si no de todos los reinos y todas las tierras que lindaban con las diversas entradas al bosque vivían lo más alejados de ellas que podían. Corrían rumores de los monstruos que allí se escondían, de los estragos que la naturaleza del bosque causaba a cualquiera que se atreviese a perturbarla de su tranquilo letargo sin humanos. Seguramente por esa misma razón los árboles fuesen tan grandes y sus ramas tan frondosas, mantenerse a salvo del contacto de las personas podía salvar muchas de sus plantas y muchos, muchísimos de sus animales. Era un bosque precioso, pensaba Eli, admirando cada hoja, cada rayo del atardecer que se colaba a través de las copas de los árboles más altos, apreciando cada diminuta huella que veía por el camino que recorría al paso a lomos de su querido Jyggalag.

A medida que se adentraba más y más kilómetros a dentro a un paso tranquilo, veía más pequeñas maravillas que no habría sabido apreciar si siguiese en el reino. Flores que jamás había visto, especies de pájaros exóticas, árboles de tamaños desproporcionados. A medida que se adentraba más, el sol también lo hacía, hasta que desapareció por completo del cielo. Ese fue el momento en el que Eli recordó que no tenía con ella ningún candelabro, los árboles impedían la visión de la luna. Y estaba allí, sola, en aquel infierno sobre la tierra que todo el mundo evitaba.

No, Eli. No puedes tener miedo. Has llegado hasta aquí, y tienes que seguir.

Intentó, a duras penas y en vano, ignorar la falta de luz. Intentó guiarse por las tenues luces de familias de luciérnagas que volaban por los alrededores, y sobre todo, se negó internamente a pisar aquel suelo que ni si quiera podía ver. Sí, Eli le tenía miedo a la oscuridad. Un miedo increíble, pero intentaba tragarse sus propios gritos, y aún allí, dónde nadie la veía, montaba su caballo con la cabeza bien alta. ¿La razón? Eli era una muchacha valiente, mucho más valiente de lo que nadie se podía ni si quiera imaginar. Estaba sufriendo, y el miedo a la oscuridad era algo que jamás podría superar, pero aún así, por ella misma, intentaba fingir que podía con ello. Intentaba autoconvencerse de que el mejor caballero de todo Otonakizaka no le tenía miedo a nada. Podía liderar un regimiento de mil soldados, podía luchar en una batalla en primera línea con sus manos desnudas, podía vivir sin nadie a su lado, podía acatar todas las órdenes que le diesen, podía ser el títere que le pedían ser, y por eso mismo, podía estar sola ante una de las oscuridades más negras que jamás había tenido que ver. Si es que la oscuridad se podía ver. Porque más que eso, Eli la sentía. Desde su coleta alta hasta la punta de los dedos de sus pies. Sentía la desesperación por alejarse de aquel lugar tan inseguro, sentía el miedo agujerear todos sus órganos con cada ruido, con cada pisada de su caballo en aquella hojarasca inmensa que no podía evitar temer, sentía, sentía, y no podía dejar de sentir. Los murmullos de la naturaleza justo en sus oídos, estaba encerrada en aquella cárcel de troncos rollizos y milenarios, estaba atrapada en su peor pesadilla. Y allí estaba sola. Sintiendo. Sólo sintiendo. Porque no podía hacer otra cosa que sentir. Sus ojos estaban abiertos, pero no podía ver. Todo el mundo sabía que los ciudadanos de Otonakizaka, y probablemente del resto del continente, sólo creían aquello que veían. Pero, si Eli no podía ver la vida frente a sus ojos, ¿cómo iba si quiera a creer que seguía con vida en aquel mundo extraño? Al fin y al cabo, sólo era un alma solitaria en el bosque.

O al menos, hasta que escuchó el sonido rompiente de unos pasos apresurados justo a su derecha.


A/N: Muchas gracias a todos por vuestros comentarios, e incluso por vuestros maravillosos dibujos. Dar las gracias a kali9105 por su coloreado y a Shin'ya Natsuko Sasaki por su adorable dibujo del Príncipe Sonoda, la Umi más sensual y arrebatadora que vais a ver en mucho tiempo. Buscadlos en mi perfil de Tumblr si queréis echarles un vistazo, los compartí desde sus respectivos blogs.

avemari: La verdad es que tomar a alguien por loco siempre fue, es y seguirá siendo algo normal si no tienes pruebas suficientes para demostrar tu verdad. En cuanto a mis autores favoritos, esa es una complicada pregunta. Me gusta mucho la simplicidad de los libros de Paulo Coelho, la manera en la que expresa tanto y tan profundo con pocas palabras, hace que sus mensajes me lleguen al alma. También aprecio la organización y las descripciones de Ken Follet, te hace vivir más la historia. Por supuesto también hay libros sueltos que disfruto, cada uno de un autor distinto, así que sería más destacable el argumento que el autor propio. A parte de la narrativa, adoro los poemas de Mario Benedetti. Lloro con ellos, y para mí llorar con un libro, es sentir sus palabras en lo más profundo del alma. ¿Qué hay de ti? Tus historias atraen a un montón de gente, así que de algún lugar tendrás que haber sacado esa manera de escribir ;)

Shin'ya Natsuko Sasaki: ¿¡Vas a dibujar a Nozomi también!? Me matas, en serio. Lo aprecio muchísimo, logras que me sienta famosa cada vez que veo uno de tus adorables y preciosos dibujos. Y respecto a las dos tsunderes de la historia, tendrás que esperar para saber dónde se encuentran jeje.

kali9105: Si confías en Eli, entonces encontrará la fuerza necesaria para lograr arreglar todo ese problema. Bueno, o quizás no. Quién sabe. ;)

KanadeShiro: No sé cuándo aparecerán esas dos, la verdad, sólo te pediré que esperes por ello. Y sí, el papel de Nozomi se sale de ser una indirecta.