Y llega el capítulo dos.


2 Régulus

Siete de Abril de 1981, Callejón Diagon, Londres.

Podría haber cambiado el curso de la guerra. Podría. Pero no lo había hecho. Porque, bueno, con sinceridad, ¿morir por un elfo doméstico? Apreciaba a Kreacher, pero no era para tanto. Después de todo, el elfo estaba vivo y le seguía adorando desde su rincón en la cocina.

Al final Voldemort había vencido gracias a un trato ventajoso con Dumbledore. Chantaje, como no. El viejo siempre había estado chiflado, pero, ¿enamorado de Grindelwald? Eso… No se lo esperaba nadie, siendo sinceros. Seguía estremeciéndose al recordar como se miraban, y ese largo y apasionado beso antes de que le encerrasen. No era por prejuicios ante la homosexualidad, es que era… Dumbledore. Nadie tendría que verle hacer eso. Debería ser ilegal.

Al final, todo se había reducido a eso.

Caminaba por las calles del Callejón Diagon, ignorando las miradas de los que le rodeaban. Después de todo, se había criado siendo el blanco de todas las miradas, era un Black. Aunque puede que le mirasen porque todo el mundo sabía que él era un mortífago. Sí. Eso tenía que ver.

Se paró en seco frente a Gringotts, sopesando sus opciones. Su madre iba mucho por allí, pero él se sentiría incómodo. Sirius estaba ahí dentro. Su hermano. Después de todo, le quería. Aunque él no tuviese hermanos. La existencia siempre le había parecido relativa.

Como echaba de menos a ese traidor a la sangre sodomita.

Se giró. Ya mandaría a alguien para que hiciese esas gestiones, respecto a las maldiciones, su madre las comprobaba regularmente, y cuando ella ya no estuviese, sería sólo una vez al año, como mucho.

Suspiró y comenzó a deshacer el camino andado, dirigiéndose hacia Flourish & Blotts a por un buen libro de magia antigua o cualquier cosa que leer esa noche.

Su capa de terciopelo negro con ribetes de plata se agitaba con cada paso, el viento era bastante fuerte, y la verdad es que eso creaba un efecto misterioso y un tanto oscuro que formaba parte de él mismo. Miró los libros expuestos en el escaparate, pero era una excusa para mirarse a él mismo. Su reflejo le devolvió la mirada de un hombre mucho, mucho más joven de lo que se sentía. Se parecía bastante a su hermano, la verdad, pero no era tan corpulento. Por algo uno era bateador y otro buscador. Además, su hermano nunca llevaría ese tipo de ropa, ni llevaría el pelo tan corto. Tampoco tenía gesto serio y ojos negros. El parecido resaltaba las diferencias, en realidad tenía lógica.

Empujó la puerta de cristal, haciendo que las campanitas azules que estaban tras la puerta repiquetearan para anunciar su presencia. Miró hacia el mostrador, en el que se encontraba su "cuñado" escribiendo notas en un enorme libro de contabilidad. No era la primera vez que se encontraban, así que le ignoró y se dirigió a la sección que le interesaba.

Los libros estaban ejemplarmente ordenados en las estanterías. Miró los títulos recién recibidos y los ojeó un poco. Dudó entre El proceso de conversión de la magia pura a la magia actual y su desdoblamiento en magia negra y magia blanca o Sirenas y dementores: Seres que atrapan el alma. Análisis de las fuerzas mágicas que dan poder a semejantes criaturas sobre nuestra alma y estudios sobre como aplicarla en hechizos propios. Ambos parecían soberanamente interesantes.

Régulus acabó decidiéndose por el primero, un libro de tres palmos de alto y dos y medio de ancho, forrado en ajado cuerno negro y con letras de plata de duendes. Contaba con la apabullante cifra de cuatro mil setecientas treinta y ocho páginas. Si, tenía bastante tiempo libre.

Llevó el libro al mostrador y lo colocó sobre la madera de nogal sin variar el gesto. Normalmente, en ese momento, uno de sus compañeros se le acercaba y decía que tenía que hacer cualquier cosa en el almacén, antes de encargarse de él. Ese día no.

-Bien-abrió el libro de contabilidad y Régulus se preparó para una larga espera mientras buscaba el título-. Aquí está-no pudo dejar de arquear una ceja, sorprendido de su rapidez, su compañero tardaba siglos en encontrar la referencia, se ponía nervioso y tardaba más; parecía que Remus Lupin no era así-. Muy bien, una advertencia-se preparó para el discurso de que era un libro horrorosamente caro, lleno de magia que se podía calificar como negra y que debía tener cuidado con los objetos a los que lo exponía-, si no sabe latín le hará falta un diccionario. Tiene abundantes pasajes en ese idioma, además de runas antiguas e inglés medieval. Yo de usted aprovecharía la oferta, dos diccionarios por el precio de uno.

-Sé latín-afirmó Régulus, entre sorprendido e irritado porque hiciese siempre lo que no creía que fuese a hacer-. Y no necesito otro diccionario de nada.

-Sólo se lo comentaba-repuso él-. Y, a menos que sepa árabe, le hará falta para entender la continuación.

-¿Continuación?

-Llegará el mes que viene.

Régulus salió de la librería con un libro de magia antigua, un diccionario de griego clásico, otro de árabe culto y una reserva para la continuación. Y en sólo cinco minutos. Estaba decidido, a partir de ese momento quería que fuese Remus Lupin el que le vendiese los libros. Aunque eso no lo comentaría con su madre, desde luego.

Llegó a Grimmauld Place y se quitó la capa. Aun dentro de casa se sentía el frío exterior. Ordenó a Kreacher que calentase más la casa y se sentó a leer en el antiguo butacón de su padre.

«La magia es una fuerza de la naturaleza. Un estado natural. La magia forma parte de las cosas y está inherente en la materia prima. La magia se puede transformar en cualquier tipo de energía, pero ninguna puede transformarse en magia. Por ende, sólo aquellos que contengan magia pueden hacerla reaccionar.

Definimos la magia como una energía que reacciona ante energía semejante para alterar las leyes de la física y el universo y el estado de la materia.

La magia es una energía neutra y primigenia, como todas las energías. No es ni buena ni mala, es magia. Esta energía es increíblemente versátil y depende de múltiples factores, a saber: el idioma, la intención, el gesto, el poder de la magia y su capacidad de reacción… Para los hechizos más delicados, incluso el momento cronológico, astrológico y/o astronómico tienen importancia.»

La puerta se abrió de un portazo que hizo crujir las bisagras y temblar la enorme estantería llena de reliquias. Su madre acababa de entrar en la habitación. Y estaba furiosa. Eso era malo. Su madre vencería a Lord Voldemort si este le pillase de mal humor. Y su prima Bellatrix, y su… Y Sirius. La ira de los Black era legendaria. Creía recordar que le habían dedicado una oda. Algo como:

"Llegaron a tierras de Merlín

desde lejanas tierra al otro lado del mar.

Llegaron en enormes artefactos de madera y metal

cuyas velas eran henchidas

por la tormenta de su mirada.

Ira relucía en mares de plata quemada,

una tormenta eléctrica se desataba en sus ojos.

Su ira destruirá el mundo algún día.

Llegará un momento en el que las estrellas se acaben,

y la sangre pierda su pureza,

pero nunca se perderá la ira reflejada

por esos ojos de tormenta, plata y rayos estallando.

Mares tormentosos y una serpiente marina

surgiendo en su pupila.

Black es su apellido y negra es su alma.

Su ira nos destruirá algún día,

cuando las estrellas se acaben

y el mundo toque a su fin."

No era una buena oda, pero existía.

-¿Pasa algo, madre?

-Sirius-escupió-. Ese traidor a la sangre, vergüenza de mi estirpe, carne maldita y deshonra de la casa de mis padres y su apellido. ¡Maldito sea él y malditos todos los suyos!-chilló furiosa.

-¿Qué ha hecho esta vez?

-Me ha retado, ¡a mí! ¡Se atrevió a mencionar el nacimiento de esa criatura diabólica concebida con magia degenerada y maldita! ¡Delante de mí! ¡Delante de mí que en su día fui su madre, que le di la vida y puse en él mis esperanzas antes de que mostrase ser una deshonra para esta casa!

Algo que las crónicas no mencionan de su madre, ocupadas en su porte, su elegancia, su fanatismo y su carácter, era que tenía un arraigado gusto por el dramatismo. Demasiado exagerado, si había de ser sincero.

-¿Y tú que hiciste?

-¡Insultarle! Le insulté y me fui-se sentó en el butacón, algo jadeante-. Los duendes se niegan a echarle.

-Hay que reconocerle su eficiencia, madre.

-¡Me da igual que sea eficiente!-volvió a levantarse y comenzó a andar por el salón- ¡Es la deshonra de mi casa y la vergüenza de mi estirpe!

La palabra "deshonra", era la favorita de su madre para insultar a Sirius; por otro lado, la palabra "estirpe" le encantaba y la usaba siempre que podía.

-El banco no nos pertenece-le recordó con calma.

-¡Somos la familia con más cámaras que ha existido nunca!

-Pero pertenece a los duendes.

-Deberían obedecernos y mostrarnos respeto.

-A él también. Te recuerdo que tiene una de las cámaras más grandes que existen, el tío Alphard era un hombre soberanamente rico, madre. Y cuenta con el apoyo de los Potter, cuya fortuna tampoco puede ser despreciada.

-¡Me da igual!-suspiró tratando de calmarse, la vena de su frente estaba hinchada, le temblaban los labios y estaba pálida-. Me encuentro indispuesta, hijo. Si me disculpas…-dijo retirándose a su habitación.

Régulus la miró preocupado, parecía que cada vez estaba peor. No le quedaba mucho tiempo de vida. Mañana hablaría con ella para que no volviese a Gringotts, le hacía mal ver a Sirius.

Se le habían quitado las ganas de leer y de cenar, así que, con un suspiro, se fue a su habitación. Al día siguiente quería madrugar.


Ocho de Abril de 1981, Cafetería Aries, Haymarket, Londres.

Hacía un frío horrible. Los dementores debían estar sobrevolando esa zona. Régulus estaba tomando un café en una cafetería muggle, los magos eran superiores, desde luego, pero no sabían preparar un buen café.

Estaban en Haymarket. Esa calle era un terreno franco para muggles y magos. Siempre que tuviesen dinero, claro. Nunca se había encontrado por allí con ningún mortífago, pero sí con varios magos del ministerio, que habían mencionado planes para transformar la calle en una especie de sucursal del Callejón Diagon. Bueno, mientras que esa cafetería no fuese clausurada, a él no podía importarle menos. Andar entre muggles no era su hobbie favorito, y menos teniendo en cuenta las miradas que les dirigían.

En cualquier caso, esa calle solía utilizarse como punto de encuentro entre magos y muggles, ya fuese por negocios, amistad, o relaciones que el ministerio ya no aprobaba. Por eso, no debería haberle extrañado. No era extraño que su "cuñado" fuese por allí. Claro que no parecía un punto de encuentro para él, sino un lugar donde poder quedar con una muggle sin que le dijese nada. No había muchas mesas libres, así que les pusieron en la que estaba justo detrás de él. Su "cuñado" estaba tras él, podía sentir el calor que desprendía su espalda de lo cerca que estaban. Esa cafetería era demasiado pequeña.

-¿Quieres tomar algo?-la voz ligeramente nasal le sacó de sus reflexiones.

Dio un sorbo a su taza sin dejar de leer el Profeta, o de fingir que lo leía, más bien. Le interesaba lo que pudiesen decir, no debería, pero le interesaba.

-No, gracias-contestó con voz fría-. Estoy algo revuelta esta mañana.

-¿Sabes ya que vas a hacer después de este trabajo?

-No. Supongo que volver al recinto de doma, si me admiten-añadió.

-Sirius y yo hemos hablado, y hemos pensado que a lo mejor te interesaría trabajar para nosotros en la casa. Pensábamos contratar asistentas.

-¿Asistentas? ¿No hay una opción mágica para ello?

-Sí, los elfos domésticos-supo que asentía tras él-. Pero no queremos tenerlos. Sirius los odia.

-Parece que Sirius odia muchísimas cosas-mencionó.

-Él es así.

-Ya-la joven hizo una pausa-. No tengo ninguna opción mejor, me quedaré.

-Bien-la sonrisa se oía en su voz.

-¿Quieren algo?-preguntó la rasposa voz del camarero.

-Yo un café solo, para llevar.

El camarero se retiró.

-¿Te vas ya?

-Sí, tengo que recoger algunas cosas que me he dejado en Flourish & Blotts. Aprovecha para dar un paseo, si quieres, pero ten cuidado.

-Tranquilo.

El camarero le entregó el café y él se levantó.

-Cuida bien del pequeño, ¿vale?-dijo con suavidad, antes de irse y dejar a la chica sola.

Ella se acabó su café y se levantó para retirarse, Régulus la observó en un pequeño espejo al otro lado de la barra. Parecía regordeta, aunque podía ser por el embarazo. Llevaba el pelo recogido en una coleta que caía por su espalda, rizado, castaño e increíblemente seco. Su rostro era ligeramente moreno, con pecas por todo el puente de la nariz y las mejillas, tenía los ojos marrones y los labios rotos. Parecía sana, pero muy descuidada. Aun así, lo más destacable era el hinchado vientre de embarazada que se veía con claridad a través de su grueso abrigo gris.

No sabía porque tenía el impulso de seguirla, pero lo hizo.

En realidad, retorcidamente estaba en su derecho, el niño que llevaba dentro era su sobrino.

La mujer, que sabía que se llamaba Clara, salió del punto neutral, parecía que iba a coger el Autobús Noctámbulo, porque sacaba una especie de palo violeta con el que los muggles lo llamaban, y que sólo podía ser expendido por el ministerio.

-¡Tú!-gritó alguien.

La joven se giró y quedó pálida al ver a dos aurores-mortífagos, distinguibles con facilidad por el brazalete en forma de serpiente que llevaban en el brazo izquierdo, acercarse a ella. No eran una fuerza del orden de la que te pudieses fiar siendo muggle, la verdad.

La calle estaba desierta, y él era el único testigo, pero eso ellos no lo sabían, siempre había sabido pasar desapercibido. Para ellos, era un momento perfecto para matar muggles.

-¿Qué queréis de mí?-preguntó dando un paso atrás.

"Alza el palo, estúpida, no se atreverán ante más gente."

No alzó el palo.

Uno de ellos le pegó una bofetada que le partió el labio inferior.

-¿Cómo has conseguido eso?-preguntó con severidad.

-Me fue entregado por el ministerio-respondió.

El de la izquierda soltó una risa seca, mirando a Clara y a su compañero alternativamente, antes de volver a pegarla con más fuerza. La joven cayó al suelo.

-¿A una muggle? ¿A la escoria de la humanidad?-la pateó en el vientre, haciendo que soltase un aullido de dolor.

Antes de que se diese cuenta ya había lanzado sendos desmaius hacia los aurores-mortífagos, que cayeron al suelo sin oponer resistencia. Bueno, ella era una muggle, vale, pero llevaba dentro a su sobrino, después de todo.

Se acercó a ella, el abrigo estaba mojado entre sus piernas. Oh, genial, había roto aguas, que bien, genial. ¡La hostia!

-Las muggles no podéis ir a San Mungo, ¿adónde se supone que tengo que llevarte?-preguntó sin ninguna inflexión en la voz.

-Lily Potter-gimió-. Debe… Avisar a Lily Potter-aulló de dolor encogiéndose sobre su vientre.

Él la miró y suspiró. Sacó la varita y murmuró un expecto patronum. Una pantera plateada surgió de la nada y comenzó a correr, lánguida y elegante, en busca de Lily Potter.

La mujer de Potter tardó dos minutos en aparecer. Nada más llegar se precipitó hacia el cuerpo de la joven, que seguía gimiendo en el suelo, sin dejar que Régulus la tocase ni siquiera para acomodar su cabeza, que sangraba ligeramente sobre el asfalto.

-Lily-le llamó ella con un quejido.

-Ya estoy aquí, Clara, tranquila. Ahora mismo iremos a tu casa, no pasará nada, respira-la tranquilizó, antes de mirar a Régulus insegura.

-La han atacado, esos de ahí-hizo un gesto con la cabeza-. La han tirado al suelo y han pateado al niño. Espero que estén bien. Mucha suerte señora Potter. Felicite a los padres del niño de mi parte, si todo sale bien.

Se giró con un movimiento de la capa y comenzó a andar hacia Haymarket.

-¿Quién es usted?

Él se paró un segundo.

-Régulus Arcturus Black-contestó antes de seguir su camino.

Cuando Lily iba a reaccionar ante esa información, el hermano de Sirius ya se había desaparecido.

Acababa de aparecerse delante de Grimmauld Place. Pensó en decirle a su madre que iba a nacer esa criatura diabólica concebida con magia degenerada y maldita, pero decidió que era mejor callarse.

Lo que tenía claro, es que al día siguiente iba a leer las crónicas de nacimientos y las esquelas del Profeta para saber como había salido todo.

Después de todo, era su sobrino.


En primer lugar, me ha encantado escribir sobre Régulus porque es un personaje praticámente desconocido y del tipo que a mí me gustan: propenso a la ironía y el sarcasmo mental, complicados y con el apellido Black. ¿Qué más se puede pedir?

El que no salvase a Kreacher no es sólo bashing hacia el maldito elfo, es que era la opción más lógica desde mi punto de vista y podía ser la razón por la que el destino ha cambiado. No esperéis una detallada explicación de en que se diferencian los actos de una dimensión con los de la otra, porque ni siquiera yo lo sé. Son diferentes, eso es lo importante.

Debo reconocer que el personaje de Walburga también me gusta y lo exploraré un poquito más muy pronto.

Sólo diré una cosa con respecto a la que pasará en el próximo capítulo respecto al niño y a Clara. No será un parto fácil, no todo va a salir bien.

Ahora, pasemos a mi incredulidad por haber recibido TRES comentarios(no me lo creo ni yo):

Bonnie: Será largo, Bonnie, quizá hasta te hartes de él por ser demasiado largo, la verdad. Tu comentario me ha arrancado una sonrisa y me ha sonrojado. Yo también quería leer algo así, y como apenas encontraba-y menos de un pairing que me gustase- me decidí a escribirlo yo. Es un alivio saber que, por ahora, todavía no he destrozado la idea.

kary muggle: Un placer volver a leerte kary, me alegro de que te haya parecido Wow, es un gran halago, creo que el mejor que me han hecho. El gran amor de Dumbledore es Grindelwald, aunque creo que eso ya lo he mencionado en este capítulo.

Camille Lee: Gracias, muchísimas gracias, sé que exageras un poquito, pero gracias de todas formas. Espero que te haya gustado este capítulo también.

Sólo os recuerdo a todos/as que cada vez que no comentáis se muere un kneazle, y según Animales Mágicos y Como Encontrarlos, en cada parto nacen ocho. Yo sólo lo digo.;)