Aquí os dejo el capítulo 3, editado y reeditado, espero que esta vez me haya quedado bien, no estoy muy convencida.

Gracias por comentar.


3 Remus

Ocho de Abril de 1981, Cerca de la Entrada para Visitantes del Ministerio, Londres.

Remus caminaba seguro, pero relajado. Llevaba tiempo preocupado por su inminente despido, y, aunque parezca mentira, se sentía aliviado de que por fin hubiese pasado. Comenzaba a volverse paranoico e irritable, y ese era el puesto de Sirius.

Se había pasado por la librería a recoger algunas cosas. Cosas pequeñas, detalles, pero eran importantes. Tenían esa importancia superflua, esa cualidad que conseguía que al verlas sintieses calor en el pecho, no mucho, pero algo.

Aun así, lo más importante de todo lo ha tenido que devolver por fin a la biblioteca de alta seguridad del ministerio. A Lord Voldemort no le hacía ninguna gracia, ya no que lo hubiesen sacado-gracias a Dumbledore-, sino su mera existencia.

El Manuscrito de Antínoo y Anu era un libro tan complicado como polémico. Había cientos de anotaciones en los márgenes, de idiomas, algunos desconocidos, que se entremezclaban según el autor del momento. Porque el manuscrito no era un libro en sí mismo, sino una recopilación de apuntes de todos los que lo habían intentado, y unos capítulos finales que resumían, más o menos, lo que había que hacer. Pero los capítulos finales eran los más complicados de descifrar, y al mismo tiempo los más útiles y comprobados.

La verdad es que había temido enfrentarse a ese proceso, imaginándose que uno de ellos tendría que quedarse embarazado, Sirius, en todo caso, gracias a la licantropía él estaría exento de ello. El manuscrito dejaba claro que eran temores infundados, y que si bien dos hombres podrían llegar a tener un hijo, no podían quedarse embarazados, pues su cuerpo no estaba diseñado para ello.

De ahí la necesidad de utilizar a Clara. Ambos habían decidido que utilizarían una muggle, puesto que según las nuevas ordenanzas, los muggles necesitarían un contrato que les uniese a un mago para poder vivir con relativa tranquilidad. Habían encontrado a Clara en una de esas instituciones en las que "domaban" muggles, y después de unas pruebas sanitarias indispensables, la contrataron. Sirius se quejaba de vez en cuando sobre que había elegido la más extraña: no dejaba que nadie la tocase, nunca sonreía y parecía tener algo que la desgarraba por dentro. En realidad, la había elegido porque era la más fea que había allí. No es que Clara fuese fea, pero no era guapa, y eso era lo máximo que había en esas instituciones. Era infantil, inmaduro y nunca se lo diría a Sirius, pero se habría sentido amenazado de tener a una mujer atractiva en casa. Después de todo, él era completamente gay, pero su marido era bisexual, y siempre había sido de natural… Promiscuo. No dudaba de sus sentimientos, o de que le quisiese, ni nada de eso, pero se quedaba más tranquilo. Infinitamente más tranquilo.

Hizo una mueca, avergonzado de ese detalle tan infantil y… Femenino. A veces se sentía como una esposa celosa y posesiva. Y ese, también era el campo de Sirius.

Claro, que ahora que no tenía trabajo y que tendría que conformarse con quedarse en casa y cuidar del niño, iba a sentirse como una complaciente esposa todo el tiempo. Oh, Merlín, los chistes que le esperaban al respecto. Si el niño le llamaba mamá se suicidaría dramáticamente. Se cortaría las venas, como en una tragedia griega. O mejor no, eso sería muy femenino, se lanzaría desde algún sitio, sí, eso haría.

El pequeño James Sirius Lupin nacería a principios de Junio. Sabían que sería un chico desde principios del embarazo, puesto que aunque ninguno había dado adivinación, leer el género de un feto antes de su nacimiento en los posos del té era una de las disciplinas más populares y simples del mundo. La llamada sabiduría popular. Respecto al apellido, Remus le había insistido en que pusiesen el de Sirius, después de todo, en el nuevo orden estaba bastante reconocido y alfabéticamente estaba en su derecho, pero él se había negado en rotundo. No pensaba dejar que su hijo cargase con el apellido Black como había hecho él.

Remus suspiró con pesadez entrando en la cabina telefónica y marcando el seis, el dos, dos cuatros y otro dos en la ruedecilla de metal.

-Bienvenido al Ministerio de Magia. Por favor indique su nombre y ocupación.

-Remus John Lupin, visitante.

-Gracias- dijo la voz femenina-. Tome la insignia y colóquesela en la ropa.

Después del traqueteo y el consabido "clic", una insignia plateada cayó por el agujero originalmente diseñado para las monedas. Remus la cogió y la leyó con la ceja arqueada. "Remus Lupin, visitante al ministerio, licántropo mestizo." Habían mejorado el sistema de identificación. La enganchó en la solapa de su chaqueta de ante, resignado. La voz volvió a hablar.

-Visitante al ministerio, se le solicita que se someta a un reconocimiento y presente su varita para registrarla en el mostrador de seguridad que está situado al final del patio.

El suelo de la cabina de teléfono comenzó a temblar mientras se hundía en la tierra. Llegó un momento en el que la luz natural dejó de entrar a través de los cristales y él se vio inmerso en la oscuridad. El sonido de la cabina atravesando la tierra podía llegar a resultar muy molesto. Remus entendió que se planease trasladar el ministerio a otro emplazamiento.

Un minuto después, que se hizo soberanamente largo, una rendija de luz dorada iluminó sus pies, comenzando a iluminar el lugar. El cambio le hizo pestañear repetidamente para evitar las lágrimas.

-El Ministerio de la Magia le desea un día agradable- concluyó la voz de la mujer.

Remus salió, desembocando en el atrio.

La antigua fuente que lo presidía, demasiado hortera, por otra parte, había sido sustituida por una escultura de Lord Voldemort. Toda ella estaba esculpida en mármol. Su piel era mármol blanco expresamente importado de Italia, la túnica y la larga capa eran de aterciopelado mármol negro, y su cabello, peinado hacía atrás, era de mármol marrón. El único detalle de la estatua que no concordaba con el aspecto real de Lord Voldemort eran los ojos. Dos enormes esmeraldas lanzaban suaves destellos, engarzados en el rostro de serias facciones. Remus sabía que tenía los ojos castaños, pero no había ninguna piedra marrón y el verde simbolizaba su descendencia de Salazar Slytherin. Tenía alzada una varita de plata, de la que salía un chorro de agua turbulenta.

Las mareas de colores y el bullicio que caracterizaba el lugar habían sido sustituidos por mareas de túnicas negras o grises y el amortiguado sonido de las pisadas de cientos de trabajadores yendo de un departamento a otro.

No era un paisaje muy acogedor.

Comenzó a andar arrastrando ligeramente los pies y sin levantar la mirada, muchos de los imbéciles que trabajaban allí podían considerarlo un reto y ya tenía bastantes problemas como para pasar otra noche en la pequeña prisión del lugar.

Dejó que un mago de aspecto estúpido, que si no recordaba mal se llamaba Alexander Goyle, inspeccionase su varita con el ceño fruncido. La metió en la máquina que la inspeccionaba y le entregó el papel que salió de la base. Después, pasó un enorme palo dorado por delante y por detrás de Remus varias veces, hasta que pareció quedar satisfecho, o se le cansó el brazo, no parecía muy inteligente, la verdad.

Entró en el ascensor y dejó que bajasen hasta el nivel cuatro.

El nivel cuatro se encargaba de todos los asuntos relacionados con la clasificación de los tres grupos que formaban la comunidad mágica: seres, bestias y espíritus. Estaba dirigido por Newton Scamander, al que Voldemort había obligado a aceptar el cargo sin importarle cuales fueran sus creencias. Newton Scamander era un biólogo mágico de talla mundial, después de todo.

Los licántropos estaban divididos, el Servicio de Apoyo a Hombres-Lobo estaba en la división de seres, mientras que el Registro y la Unidad de Captura eran secciones de la división de bestias.

Él debía acudir al Registro para explicar-de nuevo- que el hijo que esperaba no sería un hombre-lobo. Parecía ser que por carta no se enteraban, y después de siete meses de acoso estaba ya un poquito hasta las narices.

Entró en la oficina, que estaba pintada de gris marengo y tenía una ventana pequeña-lo que significaba poca importancia en el ministerio-. Allí estaba trabajando una mujer de unos cuarenta años, usaba un hechizo glamour de los malos, de esos que vendía Corazón de Bruja por dos sickles más, y que teñía su pelo de rubio platino. También abusaba del carmín rojo pasión y de la sombra de ojos gris, que combinaba malamente con su túnica gris óxido con un escote demasiado pronunciado y que le marcaba los michelines. Remus se lamentó interiormente porque esa mujer tuviese tanta autoridad sobre él.

-Buenos días, busco a Stephany Miller-le dijo a la mujer.

-Ha salido-Remus suspiró interiormente, aliviado al ver que no era ella-, volverá en unos minutos, pero…-sintió una mano sobre la suya y la miró, obviamente sorprendido- Seguro que yo podré entretenerte.

-Lo siento, pero creo que se confunde…-dijo retirando la mano.

-Oh, vamos-sus risa era francamente horrible-, te aseguro que lo pasarás mejor conmigo.

-Soy homosexual-anunció.

La mujer frunció los labios y le fulminó con la mirada, indignada. Remus arqueó las cejas, incrédulo.

-¿Remus Lupin?-preguntó una mujer tras él.

-Sí, soy yo.

-Stephany Miller, por aquí, por favor.

Remus la siguió a un pequeño despacho, exactamente igual que la anterior habitación, pero con una mesa más grande y estanterías llenas de libros.

Stephany Miller era una mujer que aparentaba ser próxima a los cincuenta-aunque por la esperanza de vida del mundo mágico debía estar ya más cerca de los setenta años- su cara tenía una gruesa capa de maquillaje-aunque de mayor calidad que su secretaria-, y llevaba el pelo cortado a la altura de la nuca con las puntas rizadas y completamente blanco. Su túnica era negra, y las alianzas de oro que colgaban de su cuello le indicaron que no era por la moda de Voldemort, sino por luto. Luto de venganza, para ser más exactos. Su marido había debido morir durante la guerra. Tenía gesto serio y manos pequeñas y rechonchas, algo sonrosadas. En ese momento estaban buscando con agilidad entre los informes.

-¿Es usted Remus John Lupin?

-Sí.

-¿Fue transformado a los seis años a manos de Fenrir Greyback?

-Sí.

-¿Fue a Hogwarts?

-Sí.

-¿Gryffindor?

-Sí.

-¿Participó en la Orden del Fénix?

-Sí.

-¿Se casó con Sirius Black, que también pertenecía a esa orden, el veintitrés de Junio de 1980?

-Sí.

-¿Espera un hijo para mediados de Junio?

-Sí.

-Bien-dijo después de comprobar los datos que había destacado en rojo-. Le he mandado llamar porque nos hemos encontrado con unos pequeños problemas de entendimiento. Usted no ha querido registrar a su hijo como licántropo. ¿Es consciente de la ilegalidad de ese acto?

-Soy consciente de lo que indica la ley, pero…

-Entonces regístrelo y acabemos con esto.

-Pero es que…

-Lo sé, lo sé, es su hijo, pero la ley es la ley. Firme aquí-le tendió unos papeles.

-No lo entiende…

-Yo también soy madre, lo entiendo perfectamente, firme.

-Mi hijo no será un licántropo.

-Una posibilidad. Posibilidad remota. Sobre la línea de puntos, por favor.

-El Manuscrito de Antínoo y Anu indica como evitar la transmisión de maldiciones, señora Miller.

-Ah, ¿sí?

-Sí. Añadiendo plata a la poción se impide que se transmita la licantropía.

-Oh, bien, me alegro, pero hasta que nazca no es seguro, así que firme.

-¿Y si no lo es? No se puede quitar a nadie de esa lista, si mal no recuerdo.

-No será para tanto.

-¿Le parezco lo suficientemente estúpido para creerlo?-preguntó perdiendo ligeramente la calma.

-Sobre. La línea. De puntos.

Remus suspiró tratando de mantener el control.

-Lo siento, señora Miller, pero no voy a firmar.

-¿Quiere usted volver a Azkaban?-preguntó apretando los labios.

-No se atreva a amenazarle.

Ambos se giraron hacia Sirius, que entraba por la puerta en ese momento y se sentaba en una silla junto a la de Remus.

-¿Qué hace aquí? ¿Quién es usted?-preguntó la mujer.

-Por el orden en el que me ha hecho las preguntas, deduzco que usted eso ya lo sabe-dijo con falsa calma-. Y, por si acaso, le anuncio que estoy aquí para arreglar el maldito asunto del registro de licántropos de una vez.

-Comprendo su preocupación, señor Black, pero el deber del ministerio es registrar a los licántropos que habitan en Gran Bretaña o están en las filas del Lord Oscuro, y todo apunta a que su hijo será uno de ellos.

-¿Qué parte de: "Si le añadimos plata a la poción no heredará la licantropía" es usted incapaz de asimilar?

La mujer apretó los labios.

-Entonces, no veo donde está el problema, es sólo una medida preventiva.

-Pero no se puede eliminar el nombre del Registro si no es un licántropo, ¿no es cierto?

-Creo que están exagerando.

-Yo no.

-Mire, escuche…

-No. Escúcheme usted a mí-dijo perdiendo la poca de la paciencia que le quedaba-. Si es un licántropo vendremos y lo registraremos, sino lo es, no. Punto. No veo en que más podría usted argumentar su postura, y aunque lo viese, la vedad es que me la suda-se levantó-. Vamonos, Remus, creo que he sido lo suficientemente claro con la señora Miller.

Remus puso los ojos en blanco y se levantó, caminando tras él.

Sirius se desvió del camino y entró en uno de los ascensores reservados.

-No podemos estar aquí, Sirius.

-Permiso de Gringotts-explicó.

-¿Hay algo que Gringotts no pueda conseguir?

-Moony, guardan el dinero-explicó lentamente.

Remus tuvo que asentir a eso. El dinero no compraba la felicidad, pero les estaba facilitando muchísimo las cosas.

-Hablando de ello, ¿cómo te ha ido hoy en el trabajo?

Sirius gruñó pulsando el botón para subir, lo que venía a decir que no muy bien.

-Se ha pasado mi prima para dar un poco por culo, y no en el buen sentido. Ha presentado una queja formal sobre el estado de sus maldiciones.

-¿Y qué han dicho los duendes?

-Creo que se lo habrían tomado más en serio si ella no me hubiese criticado por un montón de cosas personales y no me hubiese mirado la bragueta cada dos minutos.

-Vaya.

-Ya.

-¿Debería ponerme celoso?

-No, deberías compadecerme. Me he pasado el día aplicando maldiciones a la cámara. Y los duendes me han advertido, si alguien entra en esa cámara y sale con la cabeza sobre los hombros estaré formalmente despedido.

-¿Hay alguna posibilidad de que entre alguien?

-Siempre la hay-confirmó de mala gana-. Pero no tantas de que sobreviva-su rostro cambió a una sonrisa perversa, antes de mudar a una orgullosa-. Hemos aplicado, por primera vez, la MT.6.G.

-¿La qué?-preguntó arqueando las cejas mientras salían del ascensor.

Desembocaron en la misma calle en la estaba San Mungo, pero el hospital mágico no se veía desde allí.

-Es una maldición nueva, llevo trabajando en ella con Amber y Christopher cinco meses-anunció orgulloso-. Hemos potenciado, mejorado y especificado la maldición de Tutankamón. Lo más complicado ha sido que no ataque a los duendes y al personal de Gringotts, pero creo que lo hemos conseguido, aunque habrá que poner más requisitos para acercarse a la cámara de los Lestrange. La Maldición de Tutankamón. es la cúspide de las maldiciones utilizadas hasta el momento en el banco. Acabaremos de aplicarla mañana a primera hora. Además, hemos añadido magia negra para proteger los objetos que guarda la cámara, pero uno ha reaccionado de forma un poco extraña, Christopher casi nos mata a todos con un hechizo desafortunado-murmuró un "enchufado incompetente" entre dientes-. Por fortuna, sé perfectamente como tratar un objeto empapado de magia negra. Era una copa bastante extraña, con el símbolo de Hufflepuff, o algo que se le parecía, al menos-frunció el ceño, sin entender eso muy bien-. ¿Por qué lo tendrá? Mi prima cree que deberían matar a todos los Hufflepuff por mojigatos.

-Y tú también.

-Yo opino que son insoportables, no que debamos asesinarlos-le corrigió-. Es distinto.

Llevaban varios metros avanzados, y por fin encontraron la cabina de desapariciones. El ministerio había levantado una barrera que impedía desaparecerse a más de diez quilómetros. Era un poco tonto, teniendo en cuenta que si querías viajar sin que fuese registrado, podías desaparecerte de diez quilómetros en diez quilómetros. La cabina era de cobre, y tenía una pequeña rueda dentada, que era una mezcla entre el engranaje de un reloj y la rueda de un teléfono muggle.

Ambos se introdujeron en la estrecha cabina y giraron dicha rueda.

-Identifíquense y digan el motivo de su viaje-indicó la misma voz femenina de la cabina del ministerio.

-Sirius Black y Remus Lupin. Volver a nuestra casa.

La luz roja se encendió, dándoles la señal de que podían desaparecerse.

-¿Me llevas?-preguntó Sirius- La maldición me ha dejado hecho polvo, si me desaparezco acabaré sin un brazo o algo así.

Remus asintió y le agarró del brazo antes de desaparecerse.

Se aparecieron delante del portón de su casa y entraron en el lugar.

Cruzaron el camino a la puerta charlando sobre los intentos de James de que les levantaran por fin la restricción de patronum-impuesta para evitar que se comunicaran entre ellos- y la dificultad que estaba teniendo Sirius para que le conectasen la chimenea del despacho a la Red Flu, ya que no podían controlarla y grabar las conversaciones como hacían en la de su casa si la chimenea estaba en Gringotts.

Remus golpeó la puerta con la varita y esta se abrió reconociéndola.

Antes si quiera de entrar en la casa, oyeron el llanto de un bebé. No podía ser. Se precipitaron al interior de la casa sin pensarlo dos veces. El llanto venía de la habitación de Clara.

Cruzaron la cocina con las varitas en alto y abrieron la puerta de una patada-vale, Sirius, abrió la puerta de una patada-. En el interior de la habitación, se encontraron con un macabro espectáculo.

Lily Potter, con la cara manchada de sangre y otras cosas que no quisieron identificar, estaba aplicando puntos de sutura al vientre de Clara, mientras un niño pequeño sollozaba, cubierto de sangre y envuelto en una sábana, en el interior de una mezcla entre cuna y almohada transformada a toda prisa.


En primer lugar, he cambiado el nombre del fanfic porque he preguntado a mi profesor de latín y antes el orden estaba mal, pero creo que no ha tenido muchas repercusiones.

En segundo lugar, según la wiki de Harry Potter, he escrito mal el nombre de Régulus, pero, con sinceridad, Régulus suena mil y una veces mejor que Regulus. Regulus, me suena a medicamento para el ácido estomacal.

Sé que todavía no se sabe que ha salido mal en el parto, lo siento, pero quería explicar un poco lo de la situación en la que se encontraba el ministerio.

En cuarto lugar, lo del luto de venganza no es mío, sino de HelenaDax, simplemente, cuando me imaginaba la escena lo vi y no supe como explicarlo de otra forma, pero por ahora es el único guiño que le hago a Alianza (el segundo mejor fic de slash que he leído).

El otro día comente que no me creía que tuviese tres comentarios, pero ahora tengo CUATRO, y dos favoritos y dos followers(sea lo que sea), muchas gracias. Es desconcertante, pero muy agradable, gracias.

kary muggle: Querida, siempre es un placer leer tus comentarios:) Vas a conseguir que me sonroje. Régulus es un GRAN personaje sobre el que escribir, es irónico, sarcástico, lleno de contradicciones y con un mundo interior confuso y complicado. Y sí, intento que todos mis personajes sean grises, los personajes negros y los personajes blancos no me gustan son tan... Predecibles... Por cierto, eso de "Wolfstart" me encanta, es un buen nombre.

Cmila: No, querida, yo no escribo como George R. R. Martín, escribo con el mismo estilo, que es distinto. Yo a George R. R. Martín no le llego ni a la suela de los zapatos, pero muchísimas gracias por decir que me está quedando genial.

Deadloss: Lo entiendo, a mí también me resulta un poco incómodo cuando lo piensas bien, pero me he habituado a pensar en el mundo de SN con todos los personajes que estaban planeados originalmente y ahora no puedo concebir ese universo sin el bebé y compañía. Hacer despotricar a los personajes me encanta, será porque yo también despotrico contra todo XD. Gracias por seguir la historia.

Bonnie: Trataré de hacerles seguir en la misma línea, aunque con el número de capítulos que tendrá, será un poco complicado. Muchísimas gracias por los halagos, eres un amor.