La Cenicienta de Broadway
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 2
Candy seguía mirando el volante, trazando los rasgos de ese Terry Grandchester que le parecía hermoso, guapísimo, sin duda, ese debía ser el hijo de Richard Grandchester, con quien su madre había debutado en sus días de gloria.
Desde pequeña, escuchaba las hermosas historias de su madre, había crecido amando el teatro a pesar de que nunca había pisado uno. Ese anhelo de ver una obra en Broadway no se había apagado, pero las esperanzas sí.
Dobló el volante y lo guardó en el bolsillo de su delantal. Una joven de su condición no podía tener esas aspiraciones, no podría costearse la entrada al teatro, su madrastra jamás le permitiría ir, aún si ella se esmerara en sus tareas. Su luz se había apagado y ya no creía en nada, especialmente en el amor. Susana y Eliza tenían algunos pretendientes, pero todos habían sido desalentados por Margareth, ninguno era digno de sus hijas si no venían de buena cuna y ningún joven de buena cuna quería echarse en sus espaldas a ese puñado de mujeres venidas a menos, sobre todo a Candy, la mugrienta muchacha de servicio cuyo único sueldo era comida y techo.
—Pon un filete de pescado más, el joven Anthony almorzará con nosotras hoy.—ordenó Margareth a Candy en la cocina mientras se abanicaba.
—Hay exactamente cuatro filetes, madre.—respondió sin mirarla mientras los condimentaba.
—¡Oh! ¿De modo que sólo hay cuatro? Entonces tendrás que comerte tus patatas sin filete.— Se encogió de hombros con fingido pesar.
Candy tragó seco y contuvo las lágrimas, ¿cómo fue que llegó a sobrar en su propia casa? Mientras condimentaba los filetes, disimuladamente les cortaba una tira a cada uno, fabricándose una ración para ella, para tener un almuerzo decente y no sentir los mareos anémicos y el desgaste físico que a veces la desbalanceaba.
Cuando terminó de cocinar, tomó un baño para deshacerse del olor a pescado y se colocó otro vestido limpio, no estaba raído, pero los colores sí estaban bastante desmerecidos.
—¿A dónde vas?
—Voy a almorzar...—dijo con su plato en mano a la vez que se servía en la cocina para unirse a Eliza, Susana y Anthony que ya estaban en la mesa.
—Creo que a estas alturas yo ya no debería recordarte tu lugar, comerás aquí en la cocina, no es conveniente que el joven Brower nos relacione contigo.
Candy sólo asintió y a pesar de que llevaba años recibiendo tales maltratos y desprecio, no dejaba de afectarle, era como si le hirieran el corazón y le satisfaciera presionar la yaga.
—Si buscas las tiras de pescado que guardaste, se las está comiendo Silvia.— Señaló a la gata arisca y odiosa que tenía como mascota.
Candy se comió las patatas vacías, más bien las tragó a penas masticándolas un poco, ni les percibió el gusto, sólo quería mitigar a su estómago revuelto.
Cuando la visita se marchó, Candy lavó los platos y aprovechando la siesta de las tres arpías, salió a dar un paseo, a perderse un rato.
En el enorme patio, al ver el pedazo de tronco incrustrado en la tierra que mostraba los anillos de su edad, lloró, ese árbol había crecido con ella y su madrastra lo hizo talar, decía que hacía lucir la casa en penumbras, pero ella sólo recordaba su infancia feliz, su padre que la había enseñado a trepar y las aventuras con los hermanos Cornwell quienes ahora estaban comprometidos.
Siguió caminando, recorriendo esos caminos arbolados que se sabía de memoria, muchas veces, sin ser esta la excepción, se le había ocurrido no regresar jamás, pero desechaba la idea en seguida porque... ¿a dónde se iría? ¿Cómo iba a sobrevivir en las calles de Nueva York?
Llegando ya a donde se encontraba un despeñadero, se detuvo, preguntándose cómo había aguantado tanto, pero lo que le hizo sentir un dolor enorme en el pecho fue la revelación absoluta de que moriría sirviendo a su madrastra y hermanastras y que no tenía esperanzas de conocer otra vida, casarse tal vez... La sensación fue horrible, de pronto, no deseó seguir viviendo, pensó lanzarse por ese precipicio y acabar con todo de una vez.
—¿Qué va a hacer?
—¡Jam!— La voz de ese hombre la sorprendió, resbaló y quedó al filo del abismo, sosteniéndose de una rama.
El horror de su vida llegó en ese momento, había pensado lanzarse, pero ahora que estaba a la deriva reconoció lo estúpida que había sido.
—Deme la mano.— Le dijo el hombre.
—Me voy a morir...— murmuró cerrando los ojos, apretando la expresión.
—No la dejaré caer, sólo deme la mano y sujétese fuerte.
Sin otra alternativa y abrazada a la fe, le dio la mano al extraño y aunque estuvo a punto de caer varias veces, él logró recuperarla, Candy cayó en tierra firme respirando con dificultad.
Bueno, había caído sobre el hombre, una situación bastante incómoda y comprometedora, rodó para quitársele de encima. Cuando el hombre se puso de pie, le tendió la mano para que ella hiciera lo mismo.
—¿Se puede saber en qué estaba pensando cuando se paró ahí? ¡Pudo haberse matado!— Le reclamó.
—¡Usted fue quien me asustó!— Se defendió, mirando por pirmera vez al hombre, parpadeó al reconocer que era muy bien parecido, aunque rudo y pedante le pareció.
—¿La asusté? Usted iba a lanzarse, ¡yo salvé su vida!
—¡No le pedí tal cosa! Más bien, usted arruinó mi muerte...— le dio la espalda llorando y él se quedó perplejo.
—Pues cuando estuvo a punto de caer, usted tenía muy pocas ganas de morir.—espetó poniéndosele de frente otra vez.
—¡Usted qué sabe!
—Sé que es de cobardes huirle a los problemas, especialmente cuando se cree que al terminar con nuestra vida se terminan también las calamidades...
—No temo ir al infierno, pues el infierno ya lo he vivido aquí.
El joven hombre se preguntó cómo es que esa señorita podría estar tan amargada y con tan poco optimismo, estaba en la flor de su juventud y él de debía llevarle un par de años.
—Siempre hay un motivo por el cual sonreir.— él esbozó una sonrisa que lo iluminó todo y el corazón de ella comenzó a latir de prisa.
—Eso es curioso. Yo solía sonreir sin motivo alguno...— dijo con melancolía...
—¿Entonces está a falta de inspiración, eh? Le prepongo algo...
—¿Disculpe?— Candy retrocedió, desconfiando de momento.
—He notado que tiene muchas pecas, bueno, usted está repleta de ellas...
—¡Váyase al diab...!
—Por cada peca que yo cuente, usted me dará una sonrisa.
—Usted... usted está loco...
—Está sonriendo.— dijo con triunfo.
—¡No lo estoy!
—Si lo está, de hecho, si sonríe un poco más se morderá la orejas...
—Jajajajaja. ¡Qué cosas dice!— No pudo evitar reirse sin parar.
Era una risa que había estado atrapada por años y que en ese peculiar momento escapaba eufórica de su garganta.
—Soy Terry Grandchester.— Se presentó y la risa de ella se disolvió para convertirse en asombro.
—¿Te- Terry Grandchester?— tartamudeó.
—¿Has oído hablar de mí?—sonreía y su curiosidad se abría más.
—Eh... no, no, disculpe.—mintió.
Quiso evitarse la vergüenza, era mejor no aspirar a nada, y se reclamó a sí misma que no lo hubiera reconocido, aunque la imagen de los afiches no le hacían justicia, los rasgos estaban claramente definidos. ¿Y qué hacía la estrella de Broadway por esos lares?
—No importa, es mejor así, es abrumador a veces.— sacó un cigarrillo y lo encendió.
—Supongo...
—¿Y tú cómo te llamas?— sonrió y luego exhaló el humo, esperando su respuesta.
Candy se puso nerviosa, ese joven apuesto y alto, de veintitrés años, con aquella sonrisa, el descaro, esos ojos insultantemete azules con el pelo oscuro y largo, moviéndose como el viento le parecía un sueño, un sueño inalcanzable.
—Vale, no me digas, no será muy difícil de adivinar de todas formas.
—Lo siento, me llamo...
—¿Pecas? Señorita Pecas...
—Tengo que irme, disculpe.
Terry se encogió de hombros, la veía alejarse. Adivinó que era una muchacha humilde por su comportamiento, además de su vestido desgatado y el delantal, alguien que venía de un mundo muy diferente al suyo. Era linda, eso lo reconocía, pero tenía su mente puesta en lo suyo, no iba a distraerse por andar tras las faldas de cualquier muchacha. Tomó su libreto para ensayar sus líneas, sentado sobre la hierba apoyado a un árbol, no se le borraba el rostro de Candy de la mente, sobre todo las circunstancias en que se había dado el encuentro. ¿Y si él no hubiera llegado a tiempo...?
—Lalalalala...— Candy cortaba vegetales para la cena con un nuevo ánimo, hasta cantando...
—¿A qué debemos tanta alegría?
—¡Ahh!—ante la abrupta aparición de Margareth, Candy se cortó un dedo con el cuchillo.
—¡Eres tan torpe! Busca cómo detener la sangre, no sea que arruines la cena.
Candy se retiró sin decir nada más y agradeció el haberse cortado, aunque le dolía y le ardía, pero al menos no tendría que verles las caras durante la cena, se internó en su habitación, que no era otra que el oscuro y húmedo sótano cuyo suelo de madera crujía terroríficamente con cada paso, pero se había acostumbrado. Se amarró el dedo con un pedacito de tela y al recostarse en su dura y pequeña cama, el único pensamiento que atravesó su mente fue el de Terry Grandchester...
Terry Grandchester, el que la había salvado de sí misma ante la locura de acabar con su vida. Terry el actor de Broadway a quien todavía creía que había alucinado, a quien sin duda, jamás volvería a ver. No pudo evitar llorar, porque todo era tan injusto, tan cruel, se quedó dormida, ya muerta de cansancio, muerta de tristeza.
...
En la mañana, o más bien en la madrugada, Candy despertó por sí misma, no esperaría a que la despertara Margareth con sus gritos o peor aún, con un salpicón de agua helada, para cuando las brujas vinieron a despertar, ya la casa estaba reluciente, olía a pan recién horneado y los huevos estaban hirviendo.
—Siéntense.— Les dijo sonriente, con un ánimo que había desconcertado a las tres.
—Desde ayer andas algo extraña...
—No sé por qué lo dice, madre, ¿desea sal?— Le puso su plato delante, con exagerada diligencia.
—Quién sabe, ayer salió de tarde...—dijo Eliza con toda la ironía.
—Ya vengo con el jugo.— Se apresuró Candy para evitar penosas explicaciones.
—A mi pan ponle mantequilla, por favor.— Susana le tendió su pedazo de pan a Candy sin mirarla siquiera, con su gesto déspota.
—Como gustes.
Candy quería mantenerlas contenta, su espíritu joven albergaba una vaga esperanza de que tal vez, algo de sensibilidad podría tocar el corazón de Margareth y concederle su gran y única petición, ir a la obra.
Candy se había desgastado todos esos días previos a la obra en dejar la casa inmaculada, hasta confeccionó cortinas para el salón, remendó varios vestidos a sus hermanas y cada tarde, llevaba una bandeja con té y panecillos a su madrastra.
—Madre...
—¿Sí?—sorbió de su té y no apartó la vista del libro que leía.
—No quisiera importunarla y le ruego que me disculpe si es así, pero yo quería pedirle, más bien suplicarle que por favor...
—Mamá, llegaron las telas...— Eliza irrumpió en la habitación junto con Susana.
—¡Ya era hora!— Margareth se puso de pie, olvidando la conversación con Candy y esta resignada se quedó en el mismo lugar, contemplándolas a las tres.
—¡Están divinas! Aún no creo que las haya conseguido a ese precio...
—Ya quiero que llegue el sábado... Romeo y Julieta... Terry Grandchester...— Susana danzaba en su propio mundo de ensoñación.
—Habrá una recepción cuando culmine la obra, podremos codearnos con los actores... tengo que lucir bien, quiero que Terry Grandchester me note...— Dijo Eliza.
—Difícil estará, a menos que tu subas en unos zancos...
—¿Y crees que tu altura de jirafa te hace atractiva?—Discutían las hermanas.
—Eh, madre...— Candy quiso retomar la conversación.
—Candy, la obra es dentro de pocos días, asegúrate de que nuestros vestidos queden a la altura.
La cubrió con todas las yardas de tela y la motivación que Candy había sentido por pedirle una oportunidad para asistir se había esfumado, ahora tenía que hacer tres vestidos.
Era mejor así, pensó. No quería hacerse ilusiones, sabía que acabaría muriendo de desengaños. Se durmió cuando ya el cansancio había entorpecido sus manos, al punto de pincharse varias veces con la aguja.
Cuando se despertó en la mañana, no le tocó hacer el desayuno ni la limpieza, pues Margareth había decidido que pusiera todo su cerebro y energía en los vestidos.
Ya tenía los modelos planificados, aún había que terminarlos, pero se sentía satisfecha del trabajo que había realizado hasta el momento, tanto, que bajó las escaleras emocionada con los vestidos para mostrarlos.
—¡Madre! Necesito que se los prueben a ver si les gustan...— Las tres mujeres bordaban en el salón, luego Candy se fijó que había una cuarta.
—Te he dicho hasta el cansancio que no corras, que no grites y sobre todo, ¡que no soy tu madre!
—Lo siento, la llamo así por respeto a usted... ¡Oh! Annie, no sabía que estabas aquí, ¿cómo estás?
Candy le sonrió a Annie Britter, la niña a la que ella solía visitar porque siempre había sido enfermiza, juntas pasaban horas jugando a las muñecas y mil cosas más que inventaban. Pero Annie Britter la miró con desprecio e intercabió sonrisas con las hermanas Leagan.
—¿Me podrías traer un vaso de agua, por favor?— Esa fue la respuesta de Annie, la pelinegra de ojos azules y apariencia delicada.
—En seguida.
—Que sean tres, hace mucho calor.— Dijo Eliza.
—Bien. ¿Podrían probarse los vestidos antes de...?
—Lo haremos cuando los hayas terminado, hasta ahora sólo parecen retazos.— la desairó Margareth.
—Y por favor, apúrate con el agua.—demandó Susana.
...
Candy trabajaba sin tregua en los vestidos, se esmeró y creó preciosidades, tenía gracia para todo, se sintió satisfecha de su trabajo.
—¿Cómo me veo?
—Como una reina, hija, como una reina...—Margareth admiraba a su hija mayor.
—Estoy segura de que no pasaré desapercibida ante los ojos de Terry...
—Me parece que se te fue la mano con el escote, Eliza...
—Madre, por favor...— Se quejó la peliroja que no dejaba de admirar su figura en el espejo.
—Y... ¿qué es eso?— Margareth señaló un sencillo, pero bonito vestido que reposaba sobre la cama de Candy.
—¡Oh! Me lo hice con la tela sobrante, espero que no le moleste...
—Supongo que te lo mereces, has hecho un buen trabajo, aunque no entiendo para qué querrías tú un vestido nuevo...
—Eso mismo, la mona aunque se vista de seda...—comenzó Susana.
—Mona se queda.— Terminó Eliza.
—Madre, yo quería pedirle, en vista de que he cumplido mis tareas al pie de la letra, con todo mi corazón le imploro, déjeme acompañarlas a la obra, por favor, ha sido mi sueño de toda la vida...
—Candy, Candy... eres tan joven, entiendo que tengas sueños, ilusiones... pero niña, ahí asisteremos personas decentes, respetables, ¿imaginas el espectáculo que sería presentarnos acompañadas por la sirvienta?
—¿Sirvienta? Yo soy la hija legítima de...
—¡Calla!—¡plaf!— Margareth abofeteó a Candy.
—Madre...— se frotó la mejilla.
—No necesito que nos saques en cara el hecho de que seas la hija legítima, yo he tenido que criarte, lidiar contigo, sacrificarme, como si no fuera sufiente con mis dos hijas, me debes respeto y honra. Pude echarte a la calle, pero tengo buen corazón, pero no quieras pasarte de lista, no pretendas hacernos quedar en ridículo.
Como si no fuera suficiente humillación, Silvia, la gata, se enzañó con el vestido de Candy, rasgándolo. Pero lo que sufrió el vestido no se comparó en nada con los arañazos que había sufrido el corazón de Candy, jamás pensó que encontraría tanto desprecio en su vida.
...
—Vamos, niñas, el coche espera.
Candy las vio marcharse, llorando por dentro, pero mantuvo el gesto digno hasta que las vio desaparecer a lo lejos. Tomó el afiche de su bolsillo y sus lágrimas cayeron sobre el rostro de papel arrugado de Terry.
Sus lágrimas, puras, derramadas desde lo más hondo de su corazón, se convirtieron en un mágico fulgor que iluminó aquél sótano sombrío.
—Candy... ¡coff!— Se apareció de pronto una ancianita pequeña y regordeta estornudando.
—¡Jam! ¿Quién es usted? ¿Cómo entró aquí?
—Tranquila, niña, no temas. Soy tu única esperanza.
—¿Mi única esperanza?
—¿Aún quieres ir a la obra, no?
—Es lo que más anhelo en el mundo, pero...
—Soy Miss Pony, tu hada madrina.
—¿Mi qué? Esto es absurdo, sé que debo estar soñando...— de pronto comenzó graznar como pato, el hada molesta había provocado aquello.
—No hay tiempo para replicar, tienes que llegar antes de que la obra empieze.
La tomó por el brazo y jurando aún que se trataba de un sueño, Candy dejó que el hada obrara. Se vio con el vestido más deslumbrante que pudo imaginar jamás, azúl celeste, guantes en combinación, una preciosa diadema que adornó su cabello recogido, sus pies fueron calzados por unas delicadísimas zapatillas de cristal, se veía tan distinta, tan hermosa y llena de vida que le costó reconocerse en el espejo.
—Por lo que más quiera, no me despierte...—pidió.
—Déjate de tonterías, niña y sal ya, el coche te está esperando.
—¡Oh!
Candy se apresuró a la puerta, cuando la abrió, efectivamente un coche esperaba por ella.
—No puede ser real...—murmuró...
—El mismo cochero te traerá de vuelta a la doce en punto, ni un minuto más...— le advirtió el hada.
—Gracias, hada del sueño...
—¡Espera, muchacha atolondrada! Toma.— Le dio su boleto.
Lo tomó sintiendo que el corazón se le detenía por el miedo a desprtar, porque debía ser un sueño... tenía que serlo. Sueño o no, abordó el coche.
Continuará...
¡Hola!
Gracias por sus comentarios hacia el primer capítulo, espero que queden igualmente satisfechas con este, las quiero,
Wendy
