La Cenicienta de Broadway

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 3


Cuando llegó al teatro, sus ojos se abrieron tan amplios como las puertas que le daban la bienvenida, tanto glamour, tanta majestuosidad, ese era el mundo que su madre había amado, con el que ella había soñado.

—Este es su asiento, señorita, primera fila, disfrute.— le dijo el portero.

Ocupó su lugar, el telón aún estaba cerrado, se escuchaban los murmullos de la multitud y ella miraba a todos. Miró hacia las últimas filas de asientos y su mirada se topó con la de su madrastra por un segundo.

—¿Quién será esa dama que está en primera fila?— Le susurró Susana a su madre, pues Candy era la única que había tenido el privilegio.

—Nunca la he visto por esta zona... ha de ser una nueva rica queriendo presumir su fortuna.— dio por toda contestación, con su gesto altivo.

—Es muy bonita, su vestido es tan pomposo que... ¿será una princesa?

—Eliza, ¡por Dios! Aunque... escuché rumores que el Duque de Grandchester se encuentra en América, podría ser ella algún miembro de la realeza, no me parece tan descabellado ahora que lo pienso...

Mientras las arpías especulaban sobre la hermosa dama de la primera fila, Candy sólo deseaba que se abriera por fin el telón para verlo otra vez y sentir eso que sentía su madre cuando estaba ahí.

Se abrió el telón, como si fuese el paraíso para ella, un nuevo cielo, uno que era otro mundo, lejos de las dolencias que ella conocía. Y apareció él, con su vestimenta, tan diferente, tan arcaico, tan apuesto...

Romeo: ¿Por qué, si pintan ciego al amor, sabe escoger tan raras sendas a su albedrío?

¿En dónde comeremos hoy? ¡Válgame Dios! Cuéntame lo que ha sucedido. Sin embargo no, ya estoy enterado. Hemos hallado el amor junto al odio; amor discrepante, odio amante; rara confusión de la naturaleza, caos sin forma, materia grave a la vez que ligera, fuerte y débil, humo y plomo, fuego helado, salud que fenece, sueño que vela, esencia misteriosa. No puedo habituarme a tal amor ¿Te ries? ¡Vive Dios! ...

Había leído esa obra una y mil veces y había imaginado a Romeo pronunciarlas de mil maneras, pero en él, en Terruce Grandchester, cada palabra era una almohada de terciopelo que acogía a su corazón, con sus rápidos latidos. Él vivía lo suyo, llevaba el personaje en su propia carne, sus ojos azules no la veían.

Llegó la quinta escena, ella miraba también a la que interpretaba a Julieta, tan hermosa, tan actractiva, más que actuar, ambos reflejaban ese amor que vendían.

Julieta: El santo escucha con tranquilidad los ruegos.

Romeo: Entonces, escúcheme tranquila mientras mis labios oran, y los suyos se purifican.

La besó, besó a su Julieta y cuánto no dio Candy por ser ella. No había conocido el amor, mucho menos había tenido beso, que no fuera el de su madre o el de su padre. Pero un beso de amor, de amor nunca...

Sus celos soportaron otro beso, su madre le había explicado que no eran reales, que eran productos de arduas horas de prácticas, con tiempo preciso, exactos, fríos... Pero ¿cómo iba ella a saber la diferencia entre los besos? Si jamás otros labios habían plasmado pecado ardiente en los suyos.

Príncipe: Una paz lúgubre trae esta alborada. El sol no mostrará su rostro, a causa de su duelo. Salgamos de aquí para hablar más extensamente sobre estos sucesos lamentables. Unos obtendrán perdón y otros castigo, pues nunca hubo historia más dolorosa que esta de Julieta y su Romeo.

Secándose las lágrimas, muy conmovida, hasta los celos habían desaparecido, había vivido y sentido ese amor trágico y el libro no hacía justicia a la actuación que le dio vida a lo ficticio. Se desbordó en aplausos y el telón se cerraba.

Se sentía feliz, como si todas las hieles de la vida se hubieran reinvindicado esa noche. Salió también entre la multitud, escuchando la amalgama de voces.

—¡Magistral!

—Es tan apuesto ese Romeo...

—¿Será que la Julieta y él se aman en la vida real?

Se hizo una recepción, los actores compartían con quienes fueron sus expectadores, todos los actores, excepto Romeo. Candy se fijó en el gran reloj, eran las diez, aún tenía tiempo de disfrutar. Aceptó la copa de champagne que le ofrecieron. Era la primera vez que su boca lo saboreaba.

—Deberíamos acercanos a la dama de azúl.— Dijo Margareth a sus hijas.

—¿Para qué, madre?—a Susana no le atrajo la idea, no le atraía codearse con ninguna mujer que superara su belleza.

—Si esa señorita es noble, nos conviene mucho emparentarnos con ella.

—¿Y qué impresión podría llevarse ella de unas plebeyas como nosotras?—mató Eliza sus ilusiones absurdas.

—Vengan.

Sin importar el desaliento de su hija menor, Margareth hizo que ambas la siguieran hasta el lugar en que se encontraba Candy.

—Buenas noches, señorita...

—Buenas noches...— respondió Candy pálidad como el papel, precisamente su madrasta se le acercaba, ella bajó la vista.

—¿Candy?— Preguntó Eliza dubitativa y a la pobre se le fue el alma al suelo.

—Me temo que me están confundiendo, mi nombre es... Rose...— dijo por impulso el nombre de su madre.

—¿Cómo puedes confundir a tan distinguida dama con una chica tan corriente como Candy? Disculpe, señorita...

—Yo... tengo que ir al... al tocador...

Salió casi corriendo, dejando a las mujeres desconcertadas, no conocía el lugar y la verdad no sabía ni a dónde se dirigía, entró a la primera puerta que encontró y agitada, la cerró.

—¿Usted es cortesía de la casa?— Se volteó y entonces... ¡él! Había entrado a su camerino. Sus ojos se querían caer, enrojeció hasta las puntas de los pies, lo estaba viendo en calzones.

—Yo... yo-yo... yo...

—¿Se ha tragado un yoyo?— dijo él burlón, poniendo los brazos en jarra sin dar importancia a su semi desnudez.

—No sabía que era su camerino, es que... alguien me seguía, alguien que no puede saber que estoy aquí...—explicaba con preocupación, sin mirarlo a él.

—No se preocupe, no la encontrarán aquí. Todos saben que no me pueden molestar aquí.— Había tenido la decencia de ponerse un pantalón.

—Pero... ¿no se supone que usted esté atendiendo a los invitados?

—En estos momentos, preferiría atenderla a usted...— se le acercó, desnudo de la cintura para arriba.

—¡Usted es un descarado! ¿Sabe cuánta gente está aguardando por usted?

Esa actitud... le recordaba a alguien, la miraba y la miraba, buscando algo, la puso nerviosa.

—No lo sé... ¿más que las pecas que tiene usted en la nariz?

—¡Es increíble!—se indignó.

—¿Que la multitud haya superado a sus pecas?

—¡Que usted sea un pedante! ¿Podría por favor terminar de vestirse?

La furia de esos ojos inquietantes eran inconfundibles. No podría ser otra más que... ¿ella?

—Yo a ti te conozco, tú eres... ¡eres la chica que iba a lanzarse por el despeñadero!

—No... no, no soy yo... es decir, no soy esa chica que usted cree...

—Yo jamás olvido una cara, mírame a los ojos y júrame que no nos habíamos visto antes.

—¡No haré eso!

—Eres tú...

Su voz cambió, su mano tocó suave su mentón para que lo viera a los ojos, hasta su gesto arrogante desapareció.

—Pero... ¿cómo has llegado aquí? ¿qué no eres una sirvien...?

—Es complicado. Usted no lo entendería...— asustada y desesperanzada, se echó a llorar.

—¿Qué es lo que no entendería?

—Ellas no pueden saber que estoy aquí... yo no debí venir... yo pensé que soñaba, creo que aún estoy soñando...

Terry no entendía nada, pero le preocupaba verla tan afectada, tan desesperada, sobre todo, llorando, jamás había podido endurecerse ante el llanto de una mujer, sobre todo a uno tan dulce y desgarrador a la vez.

—¿Quiénes son ellas? ¿De quién estás huyendo?

—Tengo que irme. Lo siento...— fue a girar el pomo de la puerta.

—¡Espera! Déjame acompañarte.

—¡No! No se involucre en esto, por favor...

—No puedo. ¿Cómo sé que no irás a saltar del primer precipicio que veas?

—Yo ni para eso tengo el valor, ni para terminar con mi...

—¡No lo digas!

Puso su dedo índice en los apetitosos labios de ella, silenciando sus terribles palabras.

—¿Qué desgracia tan grande has de estar enfrentando que prefieres el infierno?

—Déjeme ir, por favor...

—Sólo si me dejas acompañarte.

—Usted no entiende, no puede...

—Si no, no hay trato.— Plantó su imponente figura en la puerta.

De su mano, confiando en que no tenía nada que perder, salió con él, mas fue imposible que escaparan, la multitud lo acaparó y lo más que consiguió hacer para safarse fue invitar a Candy a bailar.

—Estás sonriendo...— le dijo él mientras bailaban.

—He bailado esta canción antes...

—¿Ah, sí? ¿Con quién?— le dio un giro algo brusco.

—Con mi padre. Era un gran bailarín.

—¡Oh!—se sintió avergonzado de sus celos absurdos.

—Estoy segura de que ahora baila en el cielo, con mamá...

—Eres huer...

—Yo ya no soy nadie.— expresó con amargura, pero lo disfrazó con una sonrisa a la vez que giraba en sus brazos otra vez.

—Nunca me has dicho tu nombre.

—Rose.

—¿Rose...?

—Sólo Rose.—él asintió.

Desde una esquina, Margareth y sus hijas los observaban envenenadas de ira.

—Ahora entiendo el lugar privilegiado que tenía...—Susana resopló.

—De seguro ha de ser su novia o alguna querida...

—¡Eliza! Tal vez sólo sea una fulana con suerte, además, ¿quítale ese vestido y qué queda? Nada, una simple mosca muerta, ustedes sí son mujeres enteras, no olviden su origen franc...

Bailaron tres piezas corridas, despertando envidia en todas las féminas, incluso muchos caballeros habían quedado intrigados con la hermosa dama de azúl.

—¿Quieres tomar algo?

—Sí, por favor.— Candy se iba sintiendo relajada, sabía que esa noche no se repetiría jamás, sin sus carceleras cerca, no había que temer. Acompañó a Terry hacia uno de los mozos, pero ella pidió una copa con agua, abusar del champagne no era digno de una dama.

—Buenas, noches, señor Grandchester.— Margareth lo había sorprendido, pero no tanto como a Candy que en seguida se puso disimuladamente una mano en la cara.

—Buenas noches, señora...

— Soy Margareth, viuda de Johnsson, sólo me acercaba un momento para decirle que su presentación fue maravillosa.

—Gracias.— Candy le hacía señas de que se deshiciera de ellas.

—¡Oh! Permítame presentarle a mis bellas hijas, Susana y Eliza.

—Mucho gusto, señoritas. Ahora, si me disculpan, debo retirarme...

Miró hacia todas partes, pero no dio con Candy. Peinó el teatro buscándola, la vio salir por la puerta trasera, corrió tras ella, pero encontrándose en el extremo contrario del salón, no pudo alcanzarla.

Frustrado, se sentó sobre la escalera de la salida, algo brillante llamó su atención. Un delicado zapato de cristal.

—¿A qué le temes tanto, señorita Pecas?

Continuará...


¡Hola!

Como ven, no he olvidado esta historia, espero que les haya gustado el capítulo.

*No hago la historia apurada, recuerden que es basada en un cuento, los cuentos, a diferencia de las novelas son mucho más cortos y sencillos y este fic es una especie de "especial" que planificaba, no será un trabajo extenso, aunque sí complete.

*Los diálogos de "Romeo y Julieta" obra de William Shakespeare están ubicados en el primer acto y el ultimo.

Gracias por comentar:

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Hasta pronto,

Wendy