La Cenicienta de Broadway
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 4
Se quedó con la preciosa y delicada zapatilla en la mano, pensando en su hermosura, en sus bellos ojos, sobre todo, preguntándose que será eso que le suecede para que constantemente perdieran el brillo, para que esté tan triste y no sienta ganas de vivir.
Se escabulló del gentío y recorrió las calles con la esperanza de encontrársela. Volvió al lugar en donde se habían visto la primera vez, reclamándose el hecho no haberle preguntado dónde vivía cuando tuvo oportunidad, o simplemente haberla seguido.
Observó con rabia el precipicio por el cual ella había estado a punto de lanzarse si él no hubiera llegado. Se estaba obsesionando, tenía que saber qué le ocurría, de quién escapaba, quién le estaba haciendo daño.
La oscuridad de la noche parecía querer tragárselo, por lo que resignado, se fue a su casa y no durmió pensando en ella.
...
Mientras Candy subía las escaleras para desvestirse en el sótano que era su habitación, se escuchaban las voces de sus verdugas que venían llegando.
—La obra estuvo espléndida. Todo estaba de maravillas hasta que apareció la fulana esa que acaparó toda la atención de Terruce.
—Madre, no habríamos tenido oportunidad de ninguna manera, él a penas nos notó porque lo abordamos...
—¡Tonterías, Eliza! Ustedes no superion cómo ganarse su atención, son muchísimo más bellas que aquella oportunista.
—Lo extraño es que luego fue como si se la tragase la tierra.—comentó Susana.
—O tal vez fue sólo una artimaña, tiempo después, él también desapareció. De seguro que tras su apariencia de niña de cuna, alberga fuego entre las piernas.
—¡Madre!
Iban subiendo las escaleras, cada vez más cerca de Candy, esta ya se había puesto su ropa de dormir, escondía el vestido en un viejo baúl junto a la única zapatilla que pudo conservar.
—Candy...
—¡Voy!— guardaba apresurada las cosas, pero no quería entrar bien en el baúl por los nervios que tenía.
—¡Candy!— Su madrastra abrió la puerta y entró junto a sus pequeñas cuervas.
—Buenas noches, mamá, queridas hermanas, ¿cómo se lo pasaron?— se quedó parada frente al baúl, la zapatilla había caído.
—¿Qué fue eso?— Margareth se acercó con aires de sospechas.
—¡Nada! Algún ratón buscando qué comer ha de ser...—pateó la zapatilla hacia debajo de la cama disimuladamente.
—¡Jum! Haces bien en dormirte, mañana tienes que levantarte más temprano, visitaremos a la tía Gertrudis, por lo que debes preparar nuestras maletas y el desayuno a tiempo.
—¿Se van?—fingió un gran pesar.
—Será un par de días, hace tiempo que no vamos a Chicago.
—Si quieren puedo preparar sus malestas desde ya...—suspiró y recordó dismular su emoción.
—Estamos cansadas ahora, ya tendrás tiempo mañana...
—¡Bien!—dijo sonriendo, despertando dudas en las mujeres, pero se retiraron y al fin ella sintió que pudo respirar.
Se metió en su cama, por alguna razón, hasta cómoda la encontró. Pensaba en él, en el reencuentro. El color le subió al rostro al recordarlo en calzones y sus pícaras insinuaciones.
"No te fijarías en mí si supieras realmente lo que soy". "Hasta una mucama tiene mejor suerte". "Soy mucho menos que nada".
Las lágrimas mojaban sus mejillas, era absurdo soñar o fantasear con él, estaba fuera de su alcance, pero no lo podía evitar. El baile, lo cerca que habían estado, recordaba su olor peculiar, su mano varonil puesta delicadamente en su cintura mientras danzaban. Los brazos fuertes que la liberaron de la caída mortal y... cuando cayó sobre él... ese momento fue como si su cuerpo hubiera sido diseñado para conectarse con el suyo.
"Soy Candy Johnsson, huérfana, sin un chelín y sin más ajuar que los trapos que a duras penas me cubren". "Esta noche... el baile, fue sólo una ilusión".
Sacó un pañuelo que él le había dado cuando había llorado, era azúl claro y tenía sus iniciales bordadas, su olor... Durmió con él cerquita del pecho.
...
—Bebiendo whiskey a estas horas...— Richard Grandchester, su tío, lo sorprendió.
—No puedo dormir, Morfeo se ha olvidado de mí...
—¿Y la culpa es de Morfeo o de cierta señorita de azúl con la que bailaste toda la noche?— lo pinchó mientras en solidaridad, se servía también una copa.
—Rose...—murmuró y alzó la copa como si brindara.
—¿Rose?—los ojos de Richard brillaron.
—Así dijo que se llamaba. Pero todo al rededor de ella es misterio, es...
—¿Inaccesible?
—Algo así...
—Conocí a una chica como ella... hace muchos años, de hecho, se llamaba igual, era...
—Tu Julieta.—terminó Terry que conocía la historia.
—Sí... contrario a la superstición de que la pareja que interpreta a Romeo y Julieta terminan juntos, ella se enamoró de un mercader y se casaron, me la robó.
—¡Vaya! ¿Y qué pasó con ella?
—Murió hace años, según supe...
—Hasta en eso coincidimos.— dijo con ironía.
—¿A qué te refieres?
—Yo ya la había visto antes de la obra. La conocí en uno de esos paseos por el pueblo, ella... iba a lanzarse por un despeñadero.— Richard detuvo la copa que estaba a punto de llegar a sus labios.
—¿Y qué podría pasar por la mente de una señorita tan joven y hermosa para querer morirse?
—Es lo que quise saber, pero ella, la señorita Pecas sabe como mantener el suspenso.
—Brindemos pues por nuestros amores platónicos...—chocaron sus copas.
...
Como lo acordado, Candy se levantó temprano y les preparó el desayuno a sus negreras, mientras estas lo degustaban, ella apresurada les preparaba los equipajes.
—¡Ya! Pueden irse a disfrutar, espero que lo pasen de lujo.
—Cuando regresemos, espero encontrar esta casa inmaculada.
—¡Faltaba más!—Candy las iba empujando hacia la puerta.
—Quiero ver esos pisos como espejos...
—Sí, madre.
—Y no olvides darle comida a Silvia.
—No se preocupe.
—¡Ah! Durante mi ausencia, no quiero que salgas de esta casa.
Salieron asegurando la puerta, dejando a Candy encerrada y boquiabierta. Quería aprovechar al máximo su soledad, pasear a sus anchas, pero esas desgraciadas sabían siempre como estropearle la existencia.
Abrió la ventana, el día era precioso, el sol le sonreía y las rosas le coqueteaban impregnando todo con su perfume en la fresca brisa de primavera. Calculó la distancia entre la ventana y el suelo, sin pensarlo mucho, saltó.
Corrió y corrió por el verdor de la naturaleza, libre, sin sentir la presión de que en casa sus carceleras la esperaban con el látigo en la mano. Dejó que la brisa alborotara su cabello, que lo enredara. Saludó a las aves, a los conejos que asustados se escondían en sus madrigueras.
Se comió un par de manzanas y siguió andando, caminó tanto, tan lejos de casa, que se preguntó por qué no seguir andando, perderse y no regresar más. ¿Regresar para qué? ¿A la esclavitud? Antes había tenido miedo a morir de hambre en las calles, pero... ¿a caso no era una mendiga en su propia casa? Pero tenía una casa... o al menos vivía en una, eso era mejor que vivir en un burdel, que regalar su cuerpo como habían tenido que hacer muchas jóvenes para mitigar el hambre y el frío.
Recordaba los mejores años de su madre al mirar el río, recordó que le gustaba acompañar a Bertha, la lavandera, mientras ella lavaba ropa en el río, Candy nadaba como un pecesillo más. Tiempos que no volverían.
La tentación de meterse al río le ganó. Se quitó las botas y con sus sencillas ropas que poco le importaban, se sumergió. Nadaba, abría los ojos para apreciar los peces coloridos, las diminutas piedrecillas trituradas que yacían en el fondo.
Se acercó a una charca no muy profunda, se metió ahí y dejó que la cascada que caía bañara su alma, movía su cabeza, su cuerpo, como si con eso se bautizara contra de la desgracia y empezara de nuevo.
Y detrás de unas rocas estaba él, que se había estado bañando cerca de ahí y no podía creer lo que veía. Le pareció una diosa, una sirena que lo atraía a ese canto embriagante que era su risa mientras chapoteaba en ese charco de agua idílico.
Su fina ropa se había vuelto transparente, ella alzaba los brazos, pasándose las manos por la cara y sus pechos podían notarse a través de la tela mojada, era como una Venus del río.
Tan penetrante y fija fue su mirada en ella, que de pronto ella salió de su éxtasis, abriendo los ojos, pillándolo.
—¡Oh!—nunca se había sentido tan expuesta.
—No, no, no te asustes, por favor, no te vayas...
Suplicó mientras salía de su escondite, poco a poco se le acercaba, vistiendo sólo un pantalón arremagando hasta los tobillos, viendo ella su cuerpo monumental, sintiendo que se ahogaba.
—¿Qué haces aquí?—le reclamó como si el río fuese exclusivamente suyo.
—Me temo que lo mismo que tú.— Descaradamente, entró con ella a la charca, haciendo que ese agujero se achicara hasta parecer una simple gota que los abarcaba a los dos.
—Yo estaba aquí primero, usted está invadiendo mi espacio, mi privacidad, mi...
—¿Tu privacidad? Cualquiera que se pase por aquí podría verte, ¿lo sabías?—hubo algo de reclamo en su tono porque si bien estaba muy contento con lo que veía, no deseaba que hubiesen más expectadores.
—Soy muy pocas personas las que conocen de este lugar, pero si tanto le preocupa, quédese y mójese a sus anchas, me iré.
—¡No! Por favor... no huyas esta vez...
A ella le costó respirar cuando sus posesivas manos retuvieron sus caderas y sus ojos azúles la consumieron con su mirada ardiente e intensa.
—Tengo que hacerlo...
—¿Por qué? ¿Por qué, Rose? ¿Quién te tiene prisionera?
—Sólo, sólo déjame ir, por favor...—intentó liberarse de él.
—No... no puedo.
La atrajo un poco más hacia él, su voz fue muy suave, pero firme, la miró a los ojos por incontables segundos e impulsivo, comenzó a besar sus labios, sintiéndolos dulces, entregados a los suyos, era conciente del respirar forzado de ella, de su cuerpo frágil que temblaba muy cerquita del suyo. Buscó su lengua inocente y la invitó a danzar con la suya, luchando por mantener sus manos quietas para no asustarla.
—No puedo hacer esto, ¡no puedo!
—¡Por qué! ¿Qué te lo impide?
—No lo entenderías...
—¡Explícame entonces!
—Déjame ir...—le dio rabia que ella insistiera con eso.
—¿A caso eres de otro? ¿Es eso? ¿Es por un hombre?—le gritó.
—¡No!
—Entonces no tengo por qué dejarte ir. Si no eres de otro, no veo por qué no puedas ser mía.
Sin darle tiempo a nada, tomó sus labios nuevamente, besándolos con más pasión, con un deseo grave. Ella se le había metido entre los huesos desde que intentó salvarla.
A pesar de la pasión que se desbordaba, el frío comenzó a sentirse, la sacó cargada del agua, se quedaron cerca de la orilla del río y la cubrió a ella con su camisa.
—Haré una fogata para que te calientes.—ella sólo sonrió asintiendo.
Lo observó recoger varios pedazos de troncos de por ahí y los prendió. Era gratificante sentir el calor cerca de sus rostros.
—¿Ahora sí me dirás de qué huyes?—sacó un cigarrillo y lo encendió, estaban frente a frente.
—No huyo, por el contrario, acepto mi realidad.
—¿Y cuál es esa?— con la misma mano con que sostenía el cigarrillo, acarició con cuidado su mejilla, exhalando luego el humo mientras sonreía de lado.
—Te empeñas en hacérmelo difícil. Es más fácil que te vayas y te evites la decepción.
—No voy a irme, ¿que no te ha quedado claro?
—Yo ni te conozco, no tengo por qué confiar en ti...— iba a ponerse de pie, pero él hizo que fallara en el intento.
—Mi nombre ya lo conoces, sabes quién soy, a lo que me dedico... ¿quieres conocer a mi familia?
—¡Como si a tu padre, el Duque fuera a hacerle gracia!
—¿Mi padre, el Duque? Soy su sobrino...
—¡Oh! Es que pensé que... ¡olvídalo!
—No tengo nada que esconder, Rose. Lo que has visto es lo que soy.
—No soy lo que tú piensas,¡y no me llamo Rose! no sabes lo que soy y no te gustará descubrirlo.
—¡Pruébame!—ella le hizo perder la paciencia.
—Tengo que irme a casa.
Iba a ponerse de pie y al Terry tratar de impedirlo, lo que consiguió fue que se enredaran, cayendo sobre ella, volviendo el ambiente más tenso por la pasión que los envolvía.
—Terruce...
—Dime quién eres, dímelo...— su voz ronca y atercipelada a la vez se matizaba con los besos que le iba dando.
—¡Soy una maldita sirvienta!—gritó desesperada y bruscamente se rodó, por intentar safarse de él, quedó encima.
—Eso ya lo sabía.— se volvió a girar, quedando él encima nuevamente.
—No lo sabes. No sabes lo que es... esa mujer, mi madrastra aún tiene poder sobre mí... puede dejarme en la calle si lo quisiera...
—Pues vente conmigo. Ven conmigo, Rose...
—Me llamo Candy, Candy Johnsson... No es así de simple. Tengo diecisiete años aún, ella no descansaría hasta encontrarme, hasta debajo de las piedras me buscaría y...
—Yo te protegeré, no dejaré que te ponga una mano encima. Ni ella ni nadie, Candy...
Sobre ella, apoyando sus manos de la hierba, mirándola a la cara, sus ojos eran una mezcla de súplica y mandato. Ella recordó que estaba sola, era la oportunidad perfecta para huir.
—Está bien. Me iré contigo.
—¿Lo dices en serio?—sostuvo su rostro con ambas manos y la miró a los ojos, quemándola con los suyos.
—Sí... debemos aprovechar que la casa está sola...
—No te vas a arrepentir...—fue una promesa sellada por ardientes besos.
Candy se subió con él en Theodora, una yegua preciosa, blanca. Le mostró el camino hacia su casa y aguardó afuera en lo que ella iba por las cosas que consideraba sus tesoros.
Fue hacia su habitación para llevarse el libro de teatro que tanto amaba, el que había sido de su madre. Sus muñecas, sus marionetas, cosas que guardaban lo más bello de sus recuerdos.
—¿Dónde estabas?
—¡Madre!
Se puso blanca como un fantasma, no esperaba verla en la casa.
—Madre, yo pensé que...
—Te puse a prueba, Candy. Fallaste. ¡Mírate! Eres una cualquiera. — señaló sus ropas mojadas.
—¡Usted no tiene ningún derecho! Ya bastante me ha maltratado, se ha adueñado de todo y yo la he servido como una esclava indolente, ¡pero ya no puedo más!— se dirigió a la puerta.
—¿A dónde vas, pedazo de ingrata?
—¡Lejos de usted! Puede sentirse feliz, ya se librará de mí, puede quedarse con todo...
—¡No vas a ninguna parte!
La amenazó con una escopeta y accidentalmente disparó.
Continuará...
¡Hola!
Espero que les haya gustado, gracias por su fiel respaldo, chicas.
LizCarter: Estoy muy bien, gracias. Me ha ido bien en la uni y en lo emocional me encuentro bien también, ya sabes,a ando muy inspirada, como siempre jejeje. Espero que te encuentres bien también!
Gracias por sus comentarios, amigas lindas, aprovecharé estas vacaciones al máximo para seguirles publicando y una vez más, gracias por formar parte de mi locura.
Las quiero,
Wendy
