La Cenicienta de Broadway

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 5


Candy se llevó las manos al rostro con horror, comprobó que la bala no la había alcanzado, pero luego del sonido del disparo, se escuchó el fuerte ruido del caballo de Terry relinchando por el susto, Terry cayó inesperadamente.

—¿Qué fue eso? ¡Terry!— Gritó Candy mientras su madrastra aún no reaccionaba.

Sin importarle nada, Candy salió corriendo afuera y encontró a Terry inconciente en el suelo, su cabeza golpeada con una roca incrustrada en la tierra del enorme terreno.

—¡Dios mío! Terry...—Candy desesperada trataba de hacerlo reaccionar.

—¡Ustedes no se queden ahí! Ayúdenme a entrarlo a la casa y busquen al doctor Martin.— Ordenó Margareth a dos trabajadores ya mayores que no se habían quedado por el sueldo, sino por tener al menos donde dormir y comer.

Candy estuvo con él en todo momento, pero él no reaccionaba. Cuando llegó el doctor Martin, despojó a Terry de la camisa, lo resfrescó y limpió con agua, jabón y alcohol la herida que tenía en la cabeza y luego hizo unas suturas.

—¿Va ponerse bien, doctor?—Candy no dejaba de llorar, lo veía tan vulnerable con los ojos cerrados, su cuerpo estaba caliente, febril, transpiraba.

—Esperemos que sí. Manténgalo fresco, que le baje la calentura... ¿por cierto, lo conocen?

—¡Sí!— se adelantó Margareth antes de que Candy dijera cualquier cosa.

—Bueno... despertará en cualquier momento.—dijo al verlo removerse en la cama, como si delirara.— avisen a sus familiares del incidente...

—Por supuesto, doctor...

Cuando el doctor Martin se marchó, a Margareth le volvió el semblante de bruja.

—¿De modo que a eso ibas todas las tardes? ¡A estar de sinvergüenza!

—¡No! Usted no sabe nada, no tiene ningún derecho a hablarme de moral, ¡precisamente usted!

—¿Y tú te crees muy digna? ¿Crees que porque lo impresionaste vestida de princesa aquella noche él te tomará en serio?

—¿De qué habla?

—¿Quieres saber de qué? ¡Quieres saberlo!

La arrastró por el pelo hasta su habitación y la empujó fuerte, golpeándose ella contra el baúl.

—¿Te resulta familiar este vestido? ¿Conoces esta zapatilla?

—¡Sí! ¡Me pertenecen! Pertenecen a la noche más feliz de toda mi vida... ¿por qué le molesta que yo sea feliz? ¡Por qué me odia tanto!

—Por creerte que lo mereces todo cuando no eres más que una vulgar sirvienta, por ilusa, por pensar que... que puedes simplemente largarte a vivir como una princesa, ¡mejor que mis hijas!

—¡Yo no me creo nada! ¡Esta es mi casa! Es la casa que era de mi padre y mi madre, ¡usted es la intrusa!—¡plaf!

Margareth la abofeteó, pero Candy, por primera vez le respondió.

—¿Así es como me pagas? ¿Así recompensas el que haya lidiado contigo?

—¿Y qué es lo que le debo? ¿Que me haya quitado todo? ¿Que me haya esclavizado en mi propia casa? ¿Estar a los pies de usted y mis "hermanas"? ¿De verdad quiere que le agradezca eso? ¿Pretende que me desborde en agradecimientos por años de ser tratada como poco menos que una animal? ¡Váyase al diablo!

Era cierto que Margareth estaba sorprendida con la actitud de Candy supo muy bien a qué se debía, pero siempre sabía cómo manipularla.

—Qué más quisieras, Candy, qué más quisieras, pero desafortunadamente, tu padre me lo dejó todo a mí... Incluso a mis hijas las consideró más dignas que tú...

Candy lloró en silencio un momento y apartó la vista, jamás entendió por qué su padre hizo eso, por qué la dejó desamparada.

Susana y Eliza habían sido ordenadas a permanecer en sus habitaciones por órdenes de Margareth, pero escuchaban pegadas a la puerta todo lo que acontencía.

—Tiene razón, mi padre no me dejó nada. Todo esto es suyo, puede quedárselo, pero no va a quedarse conmigo. Tan pronto como Terruce reaccione me voy con él...

—¡Arrgg! ¡aarrr!— se escuchó un quejido.

—¡Terruce!— Exclamó Candy y fue a la habitación en donde él se encontraba acostado.

Margareth salió detrás de ella y pronto las curiosas y ansiosas hermanas salieron detrás.

—¡Terry! No te levantes... quédate tranquilo...—ella, sonriendo entre lágrimas hizo que él volviera a recostarse.

—¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?—se alteraba, mirando a todas partes desorientado.

El trío de culebras venenosas se miraban una a otra, esperando el momento preciso para clavar sus colmillos y matar siempre cualquier posibilidad que Candy tuviera en la vida.

—Hubo un accidente, te caíste de tu caballo... ¿cómo te sientes?— Candy pasó su suave mano por la frente de Terry.

—Me duele todo el cuerpo... ¿quién eres tú? ¿Te conozco?

El mundo de Candy junto con su expresión se cayó al suelo. ¿Quién era? ¿Cómo se atrevía a preguntar semejante cosa después de lo que habían vivido?

—Terry, soy yo... Candy, soy...

—Es la sirvienta. Al parecer estás amnésico y no la recuerdas...

—¿Qué?— Expresó Candy con horror mientras Terry seguía perdido.

—Usted es el prometido de mi hija Susana...—Margareth le acercó a su hija, que si bien estaba sorprendida con la astucia de su madre y a penas podía hablar, estaba más que contenta con esa improvisación.

—¡Mentira! ¿Cómo puede...? ¡Terry! ¡No les creas! ¡Por favor!

Terry se llevaba las manos a la cabeza por el fuerte dolor que sentía mientras que Candy era apresada por Margareth y Eliza en su habitación, le aseguraron la puerta.

—¡Déjenme salir! ¡Abran!—llorando y desesperada, Candy golpeaba la puerta, gritaba, pero nadie le hacía caso. Miró hacia la única ventana que había en ese sótano en el que dormía, pero era muy alto saltar de ahí, podía malograrse.

Presa nuevamente de la desdicha y la maldad se quedó llorando, resignada a que la suerte nuna estaría de su lado, sintiéndose ingenua por habere atrevido a soñar. El destino se reía de ella una vez más.

...

—Escúchenme bien ustedes dos. Ninguna, por ninguna razón, deben decirle a Terruce quien es realmente y mucho menos que sepa de la mentira del compromiso, para cuando lo descubra, será demasiado tarde, ustedes ya estarán casados y si el diablo es bueno... en la espera de un hijo...—sonrió de su manera perversa, correspondiendo Susana a a su sonrisa.

—Madre, ¿no le parece absurdo lo que está planificando? ¿Cuánto cree que le dure la mala memoria? ¿De verdad cree que le de tiempo a organizar una boda y...?

A parte de la envidia que sentía Eliza por no ser ella la afortunada de la treta de su madre, también era la más inteligente de las tres. Pero no conocía hasta donde podía llegar el descaro y las artimañas de Margareth.

—No tendrá tiempo de recordar nada, no si Susana sabe cómo atenderlo bien...

—¿A qué se refiere, madre?—la rubia se puso nerviosa.

—Estarás a sus cuidados, Sussy... en todo lo que él necesite mientras convalezca, todo...

—¿Se refiere a que si tengo que...?

—Eso mismo. Una mujer hace lo que una mujer tiene que hacer. Ahora, vé y llévale la cena a tu prometido...

Luego de aflojarle un poco el corsé, para que se le hicieran más notorios los pechos, Margareth le entregó una bandeja de comida para que se la subiese a Terry.

—Terry, cielo, no deberías estar de pie...

Terry volteó y la encaró, aún sin camisa. No recordaba nada, no recordaba quién era, pero sobre todo, no sentía el más mínimo vínculo con la muchacha que tenía delante.

No dejaba de pensar en la muchacha que había visto cuando abrió los ojos de su letargo, la que había mostrado una mirada compasiva en sus preciosos ojos y había acariciado su frente.

—Siéntate, no quiero que se enfríe tu caldo...— Susana le sonrió y pasó coqueta su mano por el nacimiento de sus pechos que el corsé medio abierto dejaba al descubierto.

—¿Qué fue lo que me pasó? No recuerdo nada... ni siquiera sé quién soy ni... ni quién eres tú...

—No te preocupes, amor. Estábamos de paseo y de pronto... cuando regresamos, tu caballo se asustó y caíste al suelo, ¡fue horrible! Pensé que te perdería...—lo abrazó impulsivamente.

Terry era prisionero de un abrazo que consideraba frío, sus brazos no podían corresponder, no lo sentía, por el contrario, se sentía acosado. En cambio, aquella muchacha, sus ojos, su sonrisa y su toque...

—¿Qué pasó con la otra muchacha...?—no pudo evitar preguntar.

—¿La sirvienta?—preguntó Susana con furia y desdén mientras deshacía el abrazo.

—Supongo...

—Es una pobre infeliz, a veces se toma libertades que no le corresponden y hay que mantenerla a raya...

—¿Por qué? A mi me pareció que estaba muy preocupada...

—Eso es porque no recuerdas las veces que ha intentado robarte...

—¿Robarme?

—Tiene muy malas mañas, mi madre la ha conservado por piedad. Ahora, come tu caldo, ¿sí?

Sin más remedio, Terry se tomó la sopa completa y se fue sintiendo algo mejor, pero estaba realmente cansado, sentía la necesidad de darse un baño y dormir.

—¿Cómo dijiste que te llamabas?

—Susana.—respondió sonriente.

—Susana... me gustaría tomar un baño y descansar...

—Por supuesto...—ella se mordió el labio.

Mientras Terry se aseaba, la cabeza le dolía cada vez más, trataba de recordar, sobre todo, se reclamaba el hecho de no sentir nada por la chica que se proclamaba su prometida, no era sólo el hecho de que no la recordaba, era que simplemente no se sentía atraído por ella, más bien su cercanía lo ponía incómodo.

Otra cosa que analizó fue... si era su prometida, eso quería decir que aún no estaban casados, entonces... él no debía vivir ahí, de seguro tendría también una familia... ¿sabría su familia que...?

Le dolió más la cabeza al punto que se hacía insoportable. Cuando terminó de bañarse fue de vuelta a la habitación que había ocupado y se encontró a Susana tendida en su cama, en ropa de dormir.

—Susana... no creo que debas estar aquí...—se puso nervioso y trató de cubrirse lo más que pudo con la toalla.

—Debo cuidarte... no me perdonaría que algo te pase mientras duermes...

—Puedes estar tranquila, estaré bien...

—Déjame hacer lo que una esposa debe hacer por su marido...

Se acercó a él y le retiró la toalla, quedándose impresionada un momento, ella extrajo sus pechos de la bata, mostrándoselos a él, Terry tragó seco mientras aunque no quería, se excitaba demasiado, pero a la vez, el dolor de cabeza se le hacía más agudo.

—Susana, no me siento bien. No creo que sea buena idea...

—Déjate llevar, amor...

—No puedo... no te recuerdo, ¡no me recuerdo ni a mí! Y esto es una locura...

—Vamos, no temas, nos vamos a casar pronto y...

—¡Déjame solo!—gritó.— Por favor...añadió luego en un tono más suave, pero igual humillada Susana abandonó la habitación.

Terry estaba desesperado, sin poder recordar nada y la sola mención del matrimonio con esa joven lo envolvía en una nube de tensión, algo que le indicaba que no estaba bien. El dolor se hizo tan fuerte que se acostó, sientiendo que iba a desmayarse.

...

—Terruce ya es un hombre, Richard, de seguro que...

—Terruce nunca amanece fuera de casa sin dar un aviso, John, algo no me huele bien...

—Tu sobrino no es un santo, de seguro entra por esa puerta con su sonrisa descarada como si nada...

—Ojalá, John, ojalá, porque si no llega hoy, alertaré a las autoridades.

Richard no podía ignorar los avisos que le dictaban su corazón. Quería a Terry como a su propio hijo, el varón que no había tenido, sabía que su muchacho era loco, pero no lo creyó capaz de semejante insesatez como desaparecer sin explicaciones.

...

Tres días pasaron en los que Terry se fue sintiendo mejor y más calmado, como si aceptara el hecho de que esa era su vida, aunque tenía miles de preguntas en la cabeza.

—¿Qué vamos a hacer con Candy, mamá? ¿La dejaremos encerrada de por vida?

—Claro que no, Eliza. Ya no tiene caso que esté encerrada, no supondrá ningún peligro...

Los ojos de Candy a penas podían abrirse por lo hinchados que estaban de llorar, a penas había comido las miserias que Margareth le pasaba por una rendija, ya sin ganas de nada.

—¡Levántate!—irrumpió en su habitación y Candy se levantó del suelo asustada.

—¿Qué quiere?

—Terruce ni te recuerda y ha aceptado de buen agrado el hecho de que se casará con Susana, por tanto tú ya no supones un peligro...

—¿Se está oyendo? ¿A dónde pretende usted llegar con todo esto? ¿Cree que su familia no debe estarlo buscando?

—Si ese es el caso, entonces se desbordarán de agradecimiento al saber que nos hemos hecho cargo de su él mientras estuvo al borde de la muerte...

—¡Usted es más que absurda!

—Aseáte y recomienza tus quehaceres, tienes muchas tareas atrazadas...

—¡No seré parte de esta comedia!

Empujó a su madrastra y bajó las escaleras corriendo, dispuesta a salvar a Terry de las intenciones de esas brujas, más cuando llegó al salón, se le rompió el corazón en cien mil pedazos al ver a Susana sentada en el regazo de Terry.— Susana se levantó rápidamente, pero no cambió lo que Candy vio y sintió, no importaba que Terry llevara rato tratando de quitársela de encima, a ella sólo le importó lo que vio.

—¿Ves? No se acuerda de ti, ni se acordará. No eres nada para él.—le susurró Margareth.

Candy, agarrada a la baranda de la escalera trataba de no caerse, sentía que a sus pies pisaba los trozos de su corazón quebrado, ahogándose en las lágrimas que caían sobre ellos.

—Vuelve a lo tuyo, Candy, a tu lugar, yo olvidaré tu desliz... de todas formas, él no te creerá a ti, digas lo que digas, nadie creerá en una sirvienta desquiciada y ladrona...

—¡Qué! ¿Qué le dijo usted de mí?—le reclamó.

—Lo suficiente para que no vuelva sus ojos a ti. Ve a lo tuyo, Candy, si sabes lo que te conviene.

Candy asintió para quitarse a su madrastra de encima, pero de ninguna manera iba a quedarse en esa casa para seguir siendo humillada, para ver como la vida se reía de ella y le escupía la cara.

Tenía que trazar bien su plan. Con el corazón en un puño, fingió indiferencia y como de costumbre, comenzó a hacer sus quehaceres y cuando los hubo acabado, se dispuso a preparar el almuerzo. En cualquier descuido huiría de esa casa para siempre, sin importarle cual fuera su suerte, ¿podría ser peor?

—Este domingo, Dios mediante, se llevará a cabo a la boda...

—¡Jam!— a Candy, que en ese momento disponía de un plato de estofado para Terry, se le cayó todo encima de él, quemándolo.

—¡Sirvienta inútil!—expresó Susana y se puso de pie.

—No te preocupes, no pasa nada, tranquila...

Terry tomó sus manos un momento y él la miró a los ojos, sin poder apartar la vista de ellos ni siendo capaz de soltarle la mano con la que ella pretendía limpiar el reguero en su ropa. El corazón se le aceleró a ella, sufría porque él no la recordaba.

Tocaron a la puerta en ese momento, la tensión se posó en el rostro de Margareth pensando que tal vez fuera algún familiar de Terry que lo andara buscando. Tal vez el doctor Martin había abierto la boca...

Se levantó de la mesa, apresurada a ser ella quien atendiera al que llegase y no Candy, pero fue tarde, ya Candy había abierto la puerta.

—Buenas tardes, ¿es esta la residencia de George y Rosemary Johnson?

Preguntó un hombre rubio de unos veinticinco años, ojos celestes, muy guapo y con una sonrisa que irradiaba ternura y paz.

—Yo soy Margareth, viuda de Johnson, ¿quién es usted?

—Soy Albert Andrew, hermano de Rosemary...—Candy se paralizó en ese instante.

—Rosemary murió hace años, yo soy...

Albert no la escuchaba, se quedaba igual que Candy, paralizado, viendo lo idéntica que era a su querida hermana, cuyo recuerdo a pesar de que estaba muy pequeño había perdurado siempre en su memoria.

—Tú... tú debes ser la hija de mi hermana, ¿no es así?

Candy asintió antes de que Margareth pudiera intervenir y vio como de los ojos del rubio brotaron un par de lágrimas.

—Tienes sus mismos ojos... yo... nunca me conociste, pero yo, yo soy tu tío...

Atraído por una fuerza que no comprendía, Albert rozó el rostro de Candy, aún llorando, así recordaba ver a su querida hermana por última vez. Antes de que desafiara a su padre y se convirtiera en actriz, ganándose con eso el repudio de la prestigiosa familia y el desprecio de su padre.

—Es... ¿es ella?—una anciana se acercó también con un bastón y los ojos aguados.

—Así es. Yo soy Candy Johnson Andrew.— Dijo con la frente en alto, a pesar del desencaje en el rostro de Margareth que por cierto estaba nerviosa.

—Candy... yo... yo soy Elroy, soy tu abuela.

La señora la abrazó llorando y Candy, aunque no la había visto nunca, correspondió al abrazo, sintiéndose querida después de muchos años.

—Nos van a disculpar, pero no esperábamos visitas y estábamos almorzando, además, Candy aún tiene quehaceres pendientes...

—¿Quehaceres?— Elroy se fijó entonces en las humildes y raídas ropas de Candy.

—Al morir mi esposo, nos quedamos prácticamente sin sustento, por lo que las obligaciones las cumplimos nosotras...

—¡Mi nieta no es ninguna criada!—estalló Elroy.

—Madre...—intervino Albert.

—¡Me la llevaré de esta mísera pocilga!

Elroy nunca pudo conocer a su nieta y jamás había vuelto a ver a su hija, William Andrew era un aristócrata déspota al que siempre le temió y nunca se atrevió a desafiarlo, pero ahora que había muerto, ella no iba a morir también sin conocer a su nieta.

—No tienen postestad para...

—¿Que no? ¡Soy su abuela!—gritó la señora y dio un bastonazo que Margareth brincó.

—¡Me voy con ustedes! Por favor...—suplicó Candy.

—¡No puedes...!

—Si esos son sus deseos, vendrá con nosotros, somos su familia.

Con la discusión, llegaron las hermanas y Terry que no entendían nada.

—¿Qué es lo que pasa?— Preguntó Terry y Candy lo miró sintiendo que se le iba una parte de su alma.

—Candy, ve por tus cosas, nos vamos a Chicago hoy mismo.— Sentenció la señora.

Ante la imponencia de Albert, Margareth no pudo hacer nada y eran tan pocas las pertenencias de Candy que no tardó más de cinco minutos en estar lista.

—No temas, pequeña... vendrás a casa, a donde perteneces.

Ella asintió y miró atrás sólo una vez, despidiéndose de Terry en silencio, él no había dejado de mirarla ni un solo instante. Se fue.

Continuará...


¡Hola! Ahora sí que los huevos se pusieron a peseta jejejejeje

Gracias por sus comentar:

anaalondra28, Maquig, luz rico, princesanatalie, Gina MC, maya, thay, Dulce Lu, LizCarter, Becky70, brisi, Dali, samy, Claus mart, wendy 1987, Zafiro Azul Cielo, skarllet northman, Luisa, Soadora, taty, ELI DIAZ, Darling eveling, Roesia, Yomar, Ana, Arely Andley, cerezza0977

Es un gusto saber de todas ustedes, en especial tú, princesanatalie, gracias por tus comentarios.

Un beso,

Wendy