La Cenicienta de Broadway

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 6


Candy tomó el tren hacia Chicago con su nueva familia, dejando atrás el mundo como lo conocía, los restos de su corazón roto. Nada le había quedado en Nueva York, ni la casa, ni sus padres, ni su amor...

—No estés triste, niña preciosa. No te hará falta nada, serás tratada como una princesa.—Albert tomó sus manos un poco rudas por el injusto trabajo y las frotó con las suyas, suaves y gentiles, protectoras.

Candy sólo miró sus cálidos ojos, su hermosa sonrisa y lloró porque no podía aguantar ya más.

—Oh, no, no, ¡no niña! No llores, una Andrew jamás llora en público, nadie puede doblegar la voluntad de una Andrew, deja de chillar que no eres chicharra.— Dijo su abuela Elroy.

—Jajajajajajaja.— Candy se reía a carcajadas, su madre solía hacer la misma comparación.

—¿Ves que hermosa te ves cuando ríes?—Albert enjugó sus lágrimas.

...

Cuando Candy llegó a Lakewood, no daba crédito a sus ojos. Tantas rosas, tanta belleza, cuando abrieron el amplio y majestuoso portal, la luz de la tarde se reflejó en la fuente del jardín.

—Tu madre solía jugar aquí. Y ella... recuerdo que me mecía en este columpio. Hacía obras con sus marionetas para mí...—los ojos de Albert estaban aguados recordando.

—Mamá me regaló sus marionetas, tal vez haga algo para ti, por los recuerdos...

—¿Qué parte de prohibido llorar no entienden? Candy, ven para que conozcas tu habitación.

Elroy la llevaba del brazo luego de que ella le hiciera un saludo militar aceptando la orden, Albert se econgió de hombros con resignación.

Aún cuando en sus buenos años Candy había tenido una habitación grande y hermosa, con todo lo que una niña pudiese soñar, sin duda, nada se comparaba con esa habitación.

Una familia entera podía vivir cómodamente solo en ese cuarto. La cama era grande, de colchón mullido y un elaborado edredón de rosas rosadas, los almohadones parecían estar hechos de nubes aterciopeladas y habían dos hermosas almohadillas decorativas en forma de rosas. Las cortinas eran en un tono rosa palo y las paredes tenían un papel tapiz blanco que pintaba la escena de un jardín idílico. Tenía una pequeña salita con una mesa para té y dos sillas. Al abrir la ventana, la vista daba hacia el jardín, la brisa acarició su faz.

—Mi Rose también solía saludar al sol cuando amanecía o cuando se ponía...—Era el Elroy la que entonces peleaba con las lágrimas.

—¿Esta era su habitación?—Preguntó Candy sorprendida.

—Más que eso. Rose siempre fue muy creativa, esta habitación fue una especie de santuario para ella. Aquí leía al tal Shakespeare, hasta se cosía vestimentas para presentarnos pequeños actos de sus obras y sus marionetas... lo siento...— la señora dio la espalda para ocultar su llanto, las emociones se le habían agolpado en el pecho y tenía que sacarlas.

—Mamá... mamá fue muy feliz, me consta.— Candy le pasó la mano por la espalda.

—Mi pobre muchacha, su temple, su personalidad era demasiado para que este mundo pudiese comprenderlo... Cuando estés lista, Patty se encargará de preparar tu baño, la cena estará lista dentro de poco.—añadió recuperando la compostura.

Cuando la señora se retiró, Patty, la mucama personal que habían designado para ocuparse de Candy apareció.

—Buenas tardes, señorita Candy. Estaré a su disposición cuando usted desee, el agua de la tina ya está tibia y aromatizada.

Candy le sonrió a la chica de su misma edad aproximadamente, tenía el cabello corto y castaño, ojos también marrones y la carita afable y rellenita. Vestía un impecable uniforme de servicio y pesar de todo, su apariencia era delicada, como si servir fuera un empleo noble y no las rudezas con las que ella tuvo que lidiar.

—Gracias, Patty.

Candy no podía creer que después de tantos años sirviendo a las víboras de su casa, poniéndoles todo en bandeja, ahora era ella quien gozaba de tales privilegios. Patty la había ayudado a desvestirse y por órdenes de Elroy, mandó a quemar su vestido raído.

Se metió a la tina y en seguida, el agua tibia con el olor de las rosas le fue curando el alma, borrando el cansancio y las asperezas de la injusticia. Tomó una pasta de jabón con fragancia a violetas y frotándolo en una toallita húmeda, pasándoselo por toda la piel, cerraba los ojos, porque todo era como un sueño.

Abrió los ojos de súbito. Porque en su ensoñación, había recordado los besos de Terry, sus caricias y su cuerpo sobre el suyo. Se pasó la toalla enjabonada con más aspereza, como queriendo borrar su recuerdo por puro despecho.

Cuando Candy salió del baño, envuelta en la toalla, se encontró con un sencillo, pero hermoso vestido sobre la cama y botas nuevas, hermosas, finas.

—Si no le gusta, podemos elegir otro...—Patty abrió el armario y ante sus ojos apareció toda una selección de vestidos, todos nuevos, cada uno más hermoso que el otro.

—Este está muy bien, gracias.

—Cuando se vista, hágamelo saber y en seguida vendré a peinarla.

Candy se puso el vestido, era en tonos crema y rosado, la parte de arriba era rosa con mangas abombachadas que caían bajo sus hombros y la falda llegaba hasta debajo de las rodillas porque el resto de sus piernas serían cubiertas por las botas también crema.

Se puso unos aretes diminutos, de diamante que había encontrado sobre el buró que debieron pertenecer a su madre, pues la caja aterciopelada en que venían tenía las iniciales R A.

Llegó Patty y la peinó, con su mismo pelo creó una diadema trenzada y el resto lo recogió en un moño.

—¿No le gusta el peinado, señorita? Puedo intentar otro si...

—No... es perfecto, es sólo que, me parezco mucho a mi madre...— contemplándose en el espejo, pasó su mano por su cara con melancolía.

—Será mejor que bajemos antes de que la señora Elroy se impaciente.— Candy asintió.

Elroy y Albert llevaban una animada conversación en el salón, pero cuando vieron descender a Candy por las escaleras, se les congeló todo argumento. Era como ver a la mismísima Rosemary en sus años alegres, con su ilusión, su espíritu impetuoso y sus ganas de vivir.

—¿Quién eres y qué hiciste con la que vino?—bromeó Albert tendiéndole la mano para guiarla al comedor.

La comida estaba tan sabrosa, como ninguna que Candy hubiera probado en años, olvidó la delicadeza y los modales ante cada rebanada de pavo asado que llevaba a su boca, el pure de patatas estaba suave, espeso y en su punto, cremoso, exquisito.

Elroy y Albert no dijeron nada, sabían que la pobre chica de seguro había pasado necesidades inimaginables en las que ellos preferían no indagar.

—¿Quieres más, Candy?—El dulce Albert con su tierna sonrisa, siempre tan atento.

—Por favor.— respondió correspondiendo a su sonrisa.

—Guarda espacio para el postre.—Elroy le guiñó un ojo.

—Ñam, ejem, ¿hay postre?

—Sí, y no hables con la boca llena, niña, ¡por Dios!

—Jajajajaja. Candy, procura caber en los vestidos, tendrás tu presentación oficial dentro de una semana.

—¿Presentación oficial?— Soltó su cubierto.

—¡Por supuesto! Eres una Andrew y debes ser presentada en sociedad, además debes conocer al resto de la familia.

Se comenzó a sentir abrumada de pronto. No se sentía segura de su comportamiento ante la gente, hacía mucho que no estaba entre multitudes y mucho menos siendo ella el centro de atención, pero ni modo, era una Andrew, tenía ahora una familia y debía honrarlos.

Sin duda, Candy podía acostumbrarse a esa vida, no por el hecho de los lujos, pues alguna vez ella fue una niña acomodada, pero amada, amada hacía tiempo que no se sentía y en un día había sido amada en muchas formas, alguien se preocupaba por ella, por su bienestar, alguien que le daba su lugar y la trataban como a un ser humano.

Despertó a la mañana siguiente cuando los rayos del sol se habían colado por su ventana, llevándose el frío de la madrugada y envolviéndola en el manto cálido del día. Parpadeó varias veces aún recostada, sintiéndose perdida, le costó varios segundos recordar donde estaba.

Se puso de pie, con una alegría inmensa en su corazón. Fue hacia la ventana y la abrió, el olor a humedad y a rocío impregnó su nariz. Pajarillos trinaban y chapoteaban en la fuente del jardín.

—Señorita Candy, buenos días, ¿cómo amaneció?— Patty entró en la habitación con una bandeja en las manos.

—Muy bien, Patty, ¿y tú?—volteó hacia la joven mucama con una sonrisa.

—¿Yo? Muy bien, gracias...—la joven se sonrojó, ningún patrón le había preguntado jamás a ella o ningún sirviente cómo había amanecido.

—Me alegro. Hace un día precioso.

—Así es. Bueno, aquí le traje su desayuno, iré a preparar su baño, su tío y su abuela la estarán esperando en el despacho cuando esté lista.

Que le hayan llevado el desayuno a la habitación fue para ella todo un acontecimiento, cuando destapó la charola, se encontró una apetitosa ensalada de frutas bañadas en una crema de limón, azúcar y nata. Un jugo de naranja dulce y fresco también la tentaba.

Apuró su desayuno sin darse ni cuenta por lo delicioso que estaba, sin duda, en esa casa, ganaría algo de peso que pondrían más color sobre sus pómulos y esconderían un poco la sobresaliente clavícula.

Cuando estuvo lista, ya aseada y vestida, Patty la condujo al despacho, respiró profundo por los nervios y entró.

—Buenos días, Candy, ¿dormiste bien?—preguntó Albert.

—Mejor que nunca, gracias, tío...—al rubio le latió el corazón más fuerte al sentirse reconocido por ella.

—Me alegro que hayas descansado, discutiremos asuntos serios, mientras más serena estés, será mejor.

—¿Qué asuntos, abuela...?—a Elroy se le detuvo el corazón un momento para luego latir con más vigor, su nieta, su única nieta la llamaba abuela.

—Candy, en torno al testamento de tu padre, hubieron unas cosas que no me cuadraban... yo no lo conocí, pero estoy seguro de que mi hermana no hubiera unido su vida a un miserable...

—Mi padre se enamoró de esa mujer y me olvidó, él no se acordó de mí en su muer...—las lágrimas comenzaron a aflorar.

—Candy, eres muy joven, ingenua y estás dolida, pero dentro de ti, ¿crees que tu padre hubiera sido capaz de dejarte desamparada?

—Yo... yo ya no sé qué creer, no se puede creer en la gente...

—Exactamente. Tu madrastra fue una mujer astuta, te ha engañado por años y ha vivido a tus expensas...

—¿Eh?—parpadeó y lo miró directo.

—Esa infeliz te quitó tu lugar, lo que te pertenecía y encima te obligó a servirla, ¡es que si volviera a tenerla delante...!

—Madre, tranquilícese, por favor.—la señora respiró profundo y se compuso otra vez en su silla.

—Continúa.

—Tu padre te dejó a ti todo lo que poseía, a tu madrastra y hermanas les asignó una pensión modesta solamente, pero al tú ser una niña, ella quedó a cargo de tus bienes, de los cuáles tú debes tomar posesión cuando cumplas la mayoría de edad, lo cual no está muy lejano.

—¡Infeliz!—Exclamó rompiendo en un llanto furioso.

—Tranquila, Candy, haremos justicia, cuenta con eso.

—No es el hecho de que pretendiera quedarse con todo, fueron... fueron años de maltrato, de esclavitud, crueldad...

—Lo sé, cielo, por favor no llores, ya eso quedará muy atrás. Haré que esa mujer pague caro todas y cada una de tus lágrimas.— Albert la abrazó.

Fue un momento muy íntimo, un momento de consuelo para su alma resquebrajada, estaba tan falta de amor que los brazos de ese tío fueron un bálsamo para ella.

Salieron del despacho a tomar una merienda en el salón. Como si volviera a ser una niña, Candy se había sentado a los pies de su abuela y esta le acariciaba el cabello como solía hacerlo con su amada Rosemary.

—¿Desaparecido? Pero... ¿es posible?— Se decía Albert hojeando el periódico.

—¿Quién está desaparecido?—preguntó Elroy con poco interés.

—Terry Grandchester, el actor de Broadway... el sobrino del Duque de Grandchester.— Candy dio un salto.

—¿El sobrino del Duque? Esto es muy grave...

Fue entonces cuando Candy abrió los ojos y dejó de lado su despecho y regresó a ella la sensatez. ¿En qué estaba pensando? Había dejado a Terry a la deriva con esas vívoras... ¡malditos celos! Los celos hacia las intenciones de Susana no la habían dejado pensar con claridad, los celos, el miedo y tanta decepción... el que Terry no la recordara tras lo vivido.

—¡Yo sé donde está!— su abuela y tío la miraron perplejos.

—¿Cómo?—Albert pensó haber escuchado mal.

Candy les contó su triste historia con él y la forma en que Terry fue a parar a merced de esas brujas.

—Pero muchacha, ¿cómo te callaste algo así? Eso es... es secuestro, ¡es un crimen!

—Tenía miedo, ustedes no saben de lo que es capaz Margareth... además... ¡él ya ni sabe quién fui yo! Y... el balazo que asustó a su caballo estaba destinado a mí, Margareth es una mujer muy mala...

—Ya no tienes que temer, Candy. Yo voy a encargarme de todo esto, esto tienen que saberlo las autoridades.

...

Mientras Nueva York estaba siento puesto sobre aviso debido a un asesino serial de mujeres que llevaba un total de diez víctimas en diferentes sectores del estado, Margareth seguía tejiendo su telaraña.

—¿A qué me dedicaba? ¿Quién es mi familia? No creo que mi vida consistiera en el ocio en que he vivido aquí estos días.

Terry se comenzaba a impacientar, el no poder recordar le provocaba mal humor, preocupación y además lo agobiaba el apuro de Margareth porque se casara con su hija y la insistencia y necedad de ella por meterse en su cama a como diera lugar.

—Su familia será la que procree con mi hija, ella es su mujer, es todo lo que necesita saber...—furioso, Terry se fue acercando hacia Margareth a grandes zancadas, poniendo a la mujer a temblar.

—No recuerdo mi pasado, no recuerdo quien soy, pero conciente soy de tener un cerebro, señora. Ninguna mujer pone en riesgo su honra por nada, no sé cuál sea la desesperación que tiene su hija por abrirme las piernas, pero mi instinto me dice que no es nada bueno...

—¡Cómo se atreve!—Margareth le levantó la mano para abofetearlo, pero Terry la detuvo violentamente, presionándole la muñeca hasta lastimarla.

—Según usted, su hija y yo estamos comprometidos... ¿dónde está su anillo?

—Eh...

—Dicen que yo soy un don nadie, sin oficio ni fortuna... ¿por qué me querría usted con su hija? ¡Conteste!

—Terry, por favor, amor... yo te amaba así, y tú me amabas también, nunca nos importó el dinero...— Susana formuló un rostro angelical y se le acercó melosa.

—Mamá, hay unos oficiales y uno señores que la andan buscando...—anunció Eliza.

Margareth se cubrió de una palidez fantasmal, Susana casi se desmaya.

—¿Oficiales...?—preguntó con un hilo de voz.

Terry se encaminó hacia la puerta para recibir a quienes hubieran llegado y ninguna de las mujeres pudieron detenerlo. Cuando apareció ante el umbral...

—¡Terruce!— Exclamó Richard cuando lo vio.

—¿Quién es usted? ¿Por qué están todos ustedes aquí?—Preguntó con un fuerte dolor de cabeza.

—Señores, quiero que busquen a la señora Margareth Johnson en cada rincón de esta casa.— ordenó el oficial jefe.

—Terry... yo soy tu tío, soy tu familia... llevas cuatro cinco días desaparecido, había imaginado lo peor...— Richard Grandchester lo abrazó llorando.

—Papá, no... mamá...—lloraba un niño de diez años, la desolación se escapaba en cada lágrima que se desprendía de sus ojazos azules.

Sus padres habían fallecido en un trágico accidente en Londres, iban en un coche, de regreso a casa, era de noche y los sorprendió una tormenta, inundándolo todo, fuertes ráfagas y lodo que dificultaban el camino. La tormenta inescrupolosa derribó el puente que debían cruzar para llegar a su destino, cayendo hacia el vacío, pereciendo en el acto.

—Ya no llores, niño, no estás solo...— un caballero, su tío, lo abrazó y lo confortó, a partir de entonces, lo llevó consigo, lo cuidó y crió como si fuera su propio hijo.

—Tío Richard...—lo reconoció a pesar de que su cabeza quería estallar.

Fue entonces cuando lo comprendió todo. El engaño, las intenciones de esa mujer y... ¡Candy!

—Esa mujer... esa mujer...—comenzó a decir y se le trababa la voz.

—¡Arréstenla!— Gritó el jefe de policía mientras Margareth trataba de escapar.

—¡Suéltenme! Yo cuidé a este muchacho inútil por días, deberían agradecerme...

Por más que Margareth gritó y luchó, terminó asumiendo todo el peso de sus crímines, declarándose como culpable y única autora de los hechos para de esa forma librar a sus hijas del castigo. No sólo pesaban contra ella el secuestro de Terry, sino el delito de impugnar un testamento y con la influencia de los Andrew se le acusó también de intento de homicidio hacia Candy.

—Mi madre me obligó a... compartir el lecho con ese señor...—Susana declaraba en su contra haciéndose la víctima para librarse de cualquier castigo y a la vez hundía más a su madre.

—Si no cumplíamos sus órdenes nos amenazó con matarnos también... somos inocentes, señoría.— Eliza derramó un par de lágrimas de cocodrilo.

Maragerth fue apresada de por vida y debido a los estragos que sufrió su salud mental, fue ingresada a un sanotorio.

—¡No! ¡Déjenme! ¡No me coman!— Les hablaba a unas ratas que la perseguían, producto de su imaginación. Ella las sentía sobre ella, recorrerla entera y clavar sus dientes roedores en su cara.

—¡No! ¡Quítense!

Susana y Eliza se libraron de la cárcel, pero no de lo que el destino les tenía preparado. Margareth había malgastado cada centavo que George hubiera dejado para su sustento y la casa familiar no les pertenecía, por lo que se vieron libremente en la calle. Para mitigar el aire y el frío que el otoño iba trayendo consigo, no les quedó más que ejercer el oficio más antiguo del mundo.

—¡No me bese! Haga lo suyo y no me bese.—Eliza manoteó al hombre obeso y borracho que estaba sobre ella, tomándola con brutalidad.

Cuando terminó su jornada, en la que recibía hasta quince hombres por día, salió a dar un paseo por el río, a distraer su mente de la desgracia y denigración en la que había caído.

Se preguntaba por qué Susana no había regresado. Un hombre había solicitado sus servicios y se la llevó consigo, desde entonces, ella jamás había regresado. Mientras caminaba, tropezó con algo, al mirar al suelo, el horor la invadió entera.

El cuerpo de Susana estaba a sus pies, la garganta cortada y su cabello había sido cortado, su cuerpo tenía varias cortaduras que mostraban símbolos de ocultismo.

Cuando alzó la vista, se topó con el asesino en serie que todos temían y fue lo último que vio en su vida, su filoso cuchillo cortó su garganta antes de que cualquier grito fuera emitido.

...

En Lakewood, Candy ya había sido presentada en sociedad, pero había ahora otro motivo de festejo en la casa Andrew, cumplía sus dieciocho años y Elroy quiso celebrarlo por todo lo alto, se desvivía por su nieta.

Toda la familia y amigos cercanos habían sido invitados, especialmente todos los jóvenes solteros de familia acaudalada. Candy apareció como una princesa, con un vestido esplendoroso, blanco y verde.

—Candy, querida, déjame presentarte al señor Thompson, su esposa Jenna y su hijo, Michael.—presentó Elroy a esa familia.

—Un placer, señores, señora...—les sonrió y se inclinó.

Candy bailó con muchos jóvenes hasta cansarse, entonces todo se paralizó para darle la bienvenida al Duque de Grandchester y a su sobrino.

—Su Excelencia.— Albert, Elroy y todos hicieron su reverencia ante Richard Grandchester, incluyendo Candy.

A la pecosa se le quería escapar el corazón cuando vio a Terry otra vez. En su traje de gala, guapísimo con esa sombra de barba de dos días y su cabello oscuro recogido en esa coleta baja y varonil, pero disimuló sus emociones.

—Felicidades, señorita Candy. Usted es mucho más hermosa de lo que me han dicho.— Richard tomó su delicada mano y la besó.

—Es un placer conocerlo finalmente, Excelencia.— ni siquiera miraba a Terry.

Candy lo ignoró por completo y eso a Terry le llegó como una patada al corazón.

—Candy...—murmuró su nombre, pero un joven la sacó a bailar en ese momento.

—No se te ocurra, Terruce.— Su tío lo detuvo, le vio el aire decidido y la mandíbula apretada, sabía que iba a formar un escándalo.

Esperó a que el baile terminara, valiéndose de un autocontrol sobrehumano y fue a acercarse a ella otra vez, por si acaso, Richard se mantuvo cerca.

—¡Candy!— Terry la llamó con exigencia y le tomó la mano, taladrándola con la mirada.

—Disculpe, caballero, ¿lo conozco?—puso un gesto tan frívolo que Terry quiso sacudirla en ese instante.

—Sé muy bien lo que estás tramando, tu juego infantil...

—¿Me concede esta pieza, señorita Candy?—fue el mismísimo Duque quien la invitó, entonces Terry quería matarlos a ambos.

Cuando terminó el baile, Candy se sentía ya bastante abrumada. Quería estar con Terry, lo amaba, pero resentía el hecho de que hubiera estado muy a gusto según ella, retozando con Susana. Se fue al jardín a respirar el aire puro de las rosas, lejos del gentío y el bullicio.

—Con que no me recuerdas, eh, Candy.

—¡Jam!— se asustó.

—Permíteme que te refresque la memoria.

Era tanto su deseo, pero igual de fuerte era su rabia. Con brusquedad, la atrajo hacia sí y comenzó a devorar sus labios, sin darle oportunidad ni de respirar. La besaba junto a la fuente del jardín, si no fuera un beso tan posesivo y forzado, sería un momento muy romántico.

—Y ahora, ¿me recuerdas, Candy?

—¡Animal!— lo abofeteó por sentirse humillada, pero más que eso, furiosa consigo misma por haber disfrutado ese beso de manera pecaminosa, con muchas sensaciones que le daban hasta temor describirlas o revivirlas.

Furioso porque ella lo hubiera agredido, la tomó con más fiereza y volvió a besarla.

—¡Suéltame! Terry...

—Oh, veo que recordaste mi nombre, pecosa...

—¡Basta!—forcejeó mientras él seguía besándola sin tregua.

Su movimiento brusco hizo que ambos cayeran en la fuente, él sobre ella, ensopados, sus ropas arruinadas.

Continuará...


¡Hola!

Tras mi ausencia, espero que este capi les haya gustado. Como han visto, esta historia no es larga, la hago lo más parecido a un cuento y realmente la he disfrutado mucho, ha sido mi cuento favorito de todos los tiempos, ojalá a ustedes les esté gustando este fic tanto como a mí realizarlo.

Me despido, niñas, tengo un hambre de siete pares que ya no me deja pensar demasiado!

Besos,

Wendy