La Cenicienta de Broadway

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 7


—¡Mira lo que has hecho! ¿Cómo entraré a la fiesta ahora hecha una sopa?—le gritó cuando salió de la fuente, toda mojada, su vestido se podía exprimir y su peinado había pasado a la historia.

—Pues si no hubieras sido tan necia esto no pasaba.—Terry se pasó la mano por el pelo mojado, su traje, todo arruinado también.

—¿Yo soy la necia? ¡Yo! Tú has sido el bruto que provocó todo esto. Te olvidas de mí, te la pasas de lo lindo con aquella inombrable... y regresas a reclamar lo que piensas que te pertenece.

Bullía de rabia e ira, aunque bien que había disfrutado de los besos, pero aún le tenía rencor. Lo enfrentaba, lo miraba llena de dolor y celos, unos celos horribles que la retorcían.

—¡No ha sido mi culpa! Bien sabes que no podía recordar nada, ¡no me recordaba ni a mí mismo! Hablas como si tú hubieras sido lo único que yo hubiese olvidado, te empeñas en castigarme por algo de lo que no soy culpable.—le gritaba también.

—Tal vez no tengas culpa de desmemoriarte, ¡pero bien ligero que fuiste con la Susana! Sabe Dios si...

—¡Nunca!—le aclaró con vehemencia.

—No te creo... fueron muchos días y tú... eres un hombre...—esa vez su tono fue más pasivo, pero las lágrimas se mezclaron con lo mojado de su rostro.

—Ella insistió mucho, me llevó al límite y no te niego que estuve al borde de flaquear muchas veces, pero no pasó, Candy. Yo jamás toqué a esa mujer, mi instinto siempre me dijo que no cayera, tú te quedaste en mí de alguna manera... desde que desperté sin saber donde estaba, tú fuiste lo primero que yo vi, tu cara se me quedó por siempre y cuando te fuiste... yo no dejé de preguntar por ti, creo que no dejé de amarte nunca...

Ella aún quiso hacerse de rogar, pero se quedó prendida de esos ojos azulísimos llenos de sinceridad que la miraban con ardor, con deseo, con adoración. Además, lo había extrañado demasiado, esas semanas de incertidumbre habían sido desgarradoras.

—Yo te amo también y te extrañé mucho... es que aunque no fuera tu culpa, el que no me recordaras fue tan duro, y enfrente de aquellas desgraciadas fue más humillante aún...

—Te entiendo, no voy a reprocharte nada, quiero que ya dejamos ese infierno de lado y estemos juntos, que volvamos a nuestros planes, no me he olvidado de nada, si quieres te menciono todas y cada una de las pecas que te descubrí en el río...—le sonrió de lado, haciéndola sonrojar.

—Yo... yo tampoco lo olvidé, pero... ¡estaba celosa!

—¿Estabas celosa?—la miró devertido.

—¡Sí! Quisiera retorcerte el pescuezo cada vez que recuerdo cuando la vi sentada en tus piernas...

—Me temo que el aspirante a Jack el destripador te hizo ese favor...

—No me alegro de eso...—sintió escalofríos.

—Me encantó verte así, furiosa, celosa... aunque yo quisiera entrar a esa fiesta y romperles la cara a todos los que bailaron contigo...

—Eso es diferente, es mi fiesta, es lógico que baile...

—¡Me importa una mierda! Te permito bailar con tu tío porque bueno... ¡ni modo!

—¡Tú no me permites ni me prohibes nada!

—Baila con otros y te aseguro que esta noche no la olvidarán jamás.

—Lo que dices no tiene sentido, es... ¡tan irracional!

—¿Te parece irracional? Porque más irracional fue que me castigaras y me acusaras por haber estado amnésico.

—¡Eres insoportable! Eres tan odioso cuando te lo propones y... ¡ya no quiero seguir viéndote! ¡Me voy!—se giró y caminaba hacia la fiesta.

—¡Ay que ver que te gusta provocarme!

La besó con la misma rabia y la furia de hace rato, sosteniéndola muy fuerte, incapacitándola de cualquier forcejeo.

—Si sigues con esta actitud, te llevaré conmigo esta misma noche y vas a aprender a comportarte, niñata malcriada...

—¡Santo Dios! Pero... ¿qué es lo que estoy viendo?—Elroy los encontró en pleno beso desenfrenado.

—¡Abuela!—A Candy se le fue el alma al piso.

—¡Son un par de sinvergüenzas!

—Mamá, baja la voz, ¿quieres que se entere todo el mundo?—le dijo Albert respirando profundo.

—Señora, esto no es lo que parece...

—¡Cállese!—ordenó la señora a Terry.

—Abuela, ha sido un accidente, nos caímos y...—le hablaba a ella, pero buscaba a Albert pidiendo un auxilio mudo.

—¿Y ese besuqueo vulgar? ¡También fue un accidente!

—Mamá, por el amor de Dios, no exageres...

—¿Qué pasa?— El Duque hizo también su aparición.

Se quedó mirando a su sobrino con desaprobación al ver la escena de ambos mojados y con las caras de haber sido pillados en algo imperdonable.

—Terruce, ¿me puedes explicar que diablos era lo que pretendías con esta señorita?

—Tío, yo...

—¡No hay nada que explicar! Esto tiene una sola y única solución, ¡se casarán!—decretó Elroy y los dos jóvenes se quedaron en shock.

—Mamá, no te apresures a los...

—Mi nieta no va a quedarse deshonrada.

—¡No estoy deshonrada!—gritó Candy con horror.

—No la he tocado, ¡lo juro!

—¡Terruce, mejor cállate! Estoy de acuerdo con la señora Elroy, se casarán lo antes posible.

Terry y Candy se quedaron mirándose en silencio, aún sin poder asimilar nada.

...

La fiesta terminó y Terruce tuvo que marcharse sin despedirse de Candy, quien por Albert y su abuela había sido llevada a la casa por otra puerta para que nadie la notara.

—Señorita Candy, su baño ya está listo, si necesita algo...

—Gracias, Patty, retírate, yo me encargaré de mi nieta.—eso hizo que Candy temblara de pies a cabeza.

Cuando Patty se fue, cerrando la puerta tras sí, el corazón de Candy comenzaba a latir con pavor. La abuela era muy complaciente con ella, mas nunca había sido indulgente.

—Abuela, no hicimos nada, lo juro...

—¿A caso sus besos no son nada para ti?—la pinchó mientras la ayudaba a quitarse el vestido.

—Él lo es todo para mí, lo amo...

—Eso a leguas se ve.—respondió escueta, terminando de sacarle el vestido.

—No quiero que esté enojada conmigo, ni que piense cosas que no son... Terruce es... él es medio tonto a veces, pero es un caballero, en el fondo...

—Sí, muy en el fondo debe serlo, porque en la superficie...

—Con él he vivido los momentos más felices de toda mi vida, abuela, yo había olvidado lo que era ser feliz desde que...

La señora alzó la vista y se topó con sus ojazos verdes aguados igual a los de su hija.

—Y mi propósito es que sigas siendo feliz, pero las cosas hay que hacerlas bien, estoy segura de que se aman, pero lo que hicieron, su insensatez en esta sociedad pudo haberles costado lágrimas de sangre.

—No volverá a suceder, se lo prometo.—le sonrió con su más deslumbrante inocencia, logrando casi derretirla.

—Claro que no sucederá otra vez porque no se quedarán solos otra vez hasta que se casen.

—Pero...

—O eso o te mando a Londres a una escuela de señoritas, ¿qué prefieres?

—Haré lo que usted diga... llevaremos un noviazgo casto...—dijo con una firmeza que temblaba, levantando el mentón.

...

Candy y Terry estaban pasándolo bien a pesar de los límites impuestos, pues eran novios oficialmente, ante sus familias, la sociedad y la prensa. Se la pasaban extrañándose, pues tenía ensayos y una obra pendiente que se llevaría a cabo en Nueva York, en esos periodos se escribían y aunque la distancia dolía, el saber que en seis meses estarían uniendo sus vidas para siempre hacía que el tiempo volara y que todas las ansias acumuladas hicieran más intenso el amor.

—Yo quiero volver a la casa de Nueva York, pero la abuela no quiere...—esa tarde la estaba visitando en Lakewood.

—Y hace muy bien.

—¿De qué parte estás?—le reclamó.

—De la tuya, por supuesto. Pero no podré estar tranquilo habiendo un asesino suelto.

—Pero es que no estaría sola, la abuela y Patty podrían venir conmigo y...

—No.—dijo rotundo.

—Pero...

—Candy, no.—con más carácter.

—¡Grrrr!

Se alejó hasta estar al extremo contrario del sofá, con cara de pocos amigos. Él se le acercó, no demasiado, sabía que discretamente los vigilaban.

—¿Por qué haces esto? ¿Que no ves que sólo queremos lo mejor para ti?

—Yo sólo quiero estar cerca de ti.

—¿Crees que yo no? Yo ansío que estos meses pasen ya, ansío tenerte conmigo... besarte, tengo tantas ganas de besarte, Candy...

El deseo de ambos era tanto, sus corazones se habían acelarado y justo cuando iban a unir sus labios...

—Aquí está su té, señor, señorita.—llegó Patty con la bandeja frustrando el romance de los tortolitos.

...

Los meses pasaron. Lakewood vestía la mejor primavera de ese año. Rosas blancas decoraban la catedral y nervios y sonrisas vestían al joven de veinticuatro años que estaba junto a su tío, el hombre más importante en su vida en el día más importante de su vida. Ambos con sus trajes impecables, tan parecidos. Terry llevaba su sensual cabello lacio y castaño hasta los hombros, las patillas moderadas y bien delineadas le daban el aire varonil y hasta en cierto grado, de barbarie.

Del brazo de su tío Albert iba Candy, su hermosura y su vestido eran mucho más de lo que las palabras pudieran describir. La cola era interminable, la blancura y delicadeza de esa tela era sublime. La falda era ancha, vaporosa, tenía réplicas de zafiros incrustradas y la parte de arriba que era en forma de V tenía un zafiro grande y auténtico en el centro que dividía sus pechos. Las mangas finas que caían debajo de los hombros parecían una caricia de seda, su velo, que parecía hecho de viento y agua cristalina por su transparencia exquisita también tenía incrustraciones de pequeñísimos diamantes. El pelo lo llevaba en una artesanal trenza de lado que caía en su costado derecho sin ocultar sus aretes de zafiro.

A cada paso que ella daba junto a su tío, Elroy derramaba lágrimas infinitas de felicidad y añoranza, ver a su nieta era ver a su hija, era una segunda oportunidad que la vida le daba.

Cuando Terry la vio, más cerca en cada paso hasta situarse a su lado, se enamoró más, la amó más. Era demasiado hermosa, no podía quitarle los ojos de encima, no podía asimilar lo que el cura decía, la belleza de Candy y la emoción de que pronto sería suya había nublado todo razonamiento.

—Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre.

Le echó el velo hacia atrás, acercándose a su rostro angelical y hermoso, ella sintió desfallecer al ver ese rostro tan apuesto, tan varonil, ese aire bárbaro y seductor que hacía aflorar sus instintos más ocultos, compartieron un beso que fue sólo una suave caricia de los labios porque dentro de poco, en la habitación nupcial dejarían desatada toda la pasión que llevaban dentro.

Se marcharon en un auto blanco, lujoso, obsequio del Duque. Terry había comprado una casa en Lakewood que había sido de una familia acomodada que se había venido abajo, aprovechó los seis meses y la hizo remodelar.

—Estás tan hermosa, Candy... eres un ángel...

Cuando llegaron a la habitación, él se arrodilló, besándola desde los pies y ascendía, era una reverencia, una adoración tan grande que le hacía llorar.

—Soñé con esto toda mi vida, Terry.

Se abandonaba a sus caricias, lo había rodeado con sus brazos mientras él le besaba los labios, las orejas y el cuello.

—¿Tienes miedo?—le iba abriendo los botones del vestido, descubriendo su espalda blanca y suave, curvada como una guitarra.

—No. Antes sí, pero ya no. Quiero ser tu mujer, tuya...

No tuvo idea de lo hondo que esas palabras calaron en él, en todo su cuerpo y su ser. La espera había sido dura, pero cada día había valido la pena.

Le fue quitando todo, cada prenda, de a poco, entre besos y caricias hasta dejarla en la más absoluta desnudez. Había pensado cubrirse, pero amaba esa mirada sobre ella que él ponía, una mirada que lanzaba llamaradas de fuego sobre su cuerpo desnudo, una mirada que hacía que sus pezones le rindieran homenaje, irguiéndose, endureciéndose, que su piel se erizara y el corazón se le agotara de tanto latir.

De pie, Terry tocaba, acariciaba y besaba... adoraba y admiraba cada rincón de esa piel. Los pies pequeños y delicados a los que se arrodilló y cubrió de besos, las piernas perfectas, tan femeninas y atractivas, los muslos ligeramente carnosos y esbeltos, la redondez de sus caderas suaves y levemente pronunciadas y ese violín que formaba su cintura que culminaba en la V de su pubis intacto, virginal... su vientre plano y ese ombligo le causaba delirios, lo besó también, así de rodillas, sosteniendo firmemente sus caderas con sus manos que luego ascendieron por el contorno de su cintura hasta tocar los pechos pequeños, redondos, llenos y lozanos, los pezones rosaditos. ¡Dios, cuánto la deseaba!

Cuando él se puso de pie, ella notó aquella virilidad que quería traspasar la tela de su pantalón, se puso nerviosa, pero a la vez la invadió una fuerte excitación que hizo que una parte muy pequeñita en el centro de su intimidad latiera hasta producir dolor.

Se acercó a él, con las manos temblando, reteniéndole la mirada de pasión y sorpresa. Le quitó el saco y con los mismos dedos temblorosos le fue desabotonando la camisa hasta quitársela y perderse en su torso perfecto, recordando aquella vez en el río. Él seguía mirándola con pasión y curiosidad, su miembro seguía batallando porque lo liberaran, cada vez más duro, más potente y grande.

Cuando ella le quitaba el cinturón y más adelante bajaba su cremallera, él la atrajo un poco hacia sí, colocó las manos en sus caderas y sutilmente acariciaba sus glúteos redondos, erguidos, suaves y lozanos.

Terry se deshizo de los zapatos para que el pantalón pudiera salir de sus pies, entonces sólo el calzoncillo se interponía. Sin pensarlo mucho, para no arrepentirse, Candy se lo bajó, respirando con dificultad cuando por fin él estuvo completamente desnudo ante ella.

Consciente de su timidez, se acercó a ella para arroparla con el calor de sus labios y de su propio cuerpo que rozaba el suyo, enloqueciéndola.

—Terry... ¿esto está bien?

—Absolutamente. Todo es perfecto.

—¿El que esté totalmente desnuda y... que desee que tú me...?

—Dilo, Candy, ¡por Dios! Quiero oirlo, quiero oírtelo decir...—besó sus pechos con desesperación y apretó su trasero y sus caderas.

—Deseo que tú me hagas el amor, ya...

La levantó, abrazando ella sus piernas a su cintura hasta que él la soltó en la cama, inmediatamente, la cubrió con el peso de su cuerpo sobre el de ella.

Mientras él la besaba y la acariciaba, ella abría las piernas por instinto, invitándolo a entrar cuando quisiera. Sus labios besaban sus pechos, sus dientes mordían suavemente sus pezones y como el hombre de experiencia y pícaro que era, sus dedos encontraron el camino de su intimidad entre la suave mata de rizos que la cubría.

Se revolvía bajo él, le notó los labios apretados, reprimiendo todo pronunciamiento de placer. Pasó su dedo índice por sus labios, haciendo que inevitablemente se abrieran un poco y poder escuchar sus gemidos.

—¡Ah! Terry...—murmuró su nombre y desesperadamente buscó sus labios.

—Te haré mía, Candy. Quiero que me sientas ya...

Agarrándola firme de las caderas, sin abandonar sus labios, la penetró, el grito de Candy se ahogó, pero mordió el labio de Terry, haciéndolo sangrar.

Ella se aferró a sus hombros, no para apartarlo, sino para tener un soporte ante el dolor que sus embestidas le producían, pero a través de ese dolor, de esa invación, se sentía inexplicablemente libre, aunque poseída y tan suya.

Él se movía suave en su interior, entraba y salía con delicadeza, pero eso en el fondo sólo aumentaba la tortura, necesitaba romper por completo esa barrera y dejar de infligirle dolor, cambiar cada quejido por un gemido de absoluto placer, aunque eso tendría un precio.

—Te amo.—le dijo nuevamente.

—¡Ohh!—no pudo evitar el grito por el dolor que le produjo esa estocada fuerte y precisa que le llegó hasta el fondo, llevándose a su paso aquella membrana fuerte que se aferraba a que siguiera siendo niña.

Sufrió un dolor desgarrador al principio, pero una vez fue liberada de esa barrera, las embestidas se tornaron más placenteras, sus entradas y salidas más cómodas y los besos y caricias que él le daba a sus pechos la excitaban hasta mojarla tanto que cada embestida pasó a ser un toque de éxtasis.

Con sus piernas amarradas a su cintura, se movía junto con él, como le dictaba su instinto, el placer era absoluto, para Terry ella seguía sintiéndose estrecha, lo cual aumentaba su placer en magnitud, cuando sentía en su miembro las contracciónes del útero de Candy que ya estaba a las puertas del orgasmo, la aferró fuerte para vertirse en ella en un clímax que no pudo predecir y que se juntó con el de ella, explotando ambos en algo increíble y abrasador.

—¡Aahhh! Te amo, te amo...

Le dijo Candy a Terry casi sin voz, acomodándolo sobre ella, besando con adoración su cabello oscuro, húmedo de sudor.

Quería que se quedara así, cuidarlo porque le pareció que se veía cansado, agotado, lo vio tan vulnerable y tan cómodo en sus brazos que no quiso otra cosa más que acurrucarlo y cobijarlo con su calor.

...

El bebé de ambos llegó un año después, llenando de ilusión y alegría a ambas familias.

—¿Cómo le llamarán?— Elroy sostenía al niño precioso, de bucles dorados y ojazos azules.

—Henry George Grandchester...—dijo Candy con la voz aún cansada por el parto, el niño llevaba los nombres de los padres de ambos.

—¿Puedo cargarlo?—preguntó Terry feliz y nervioso.

—¡Por supuesto! Pero con mucho cuidado, no dejes ir su cabecita...—se lo entregó la emocionada bisabuela.

Terry no había visto nunca tanta perfección y belleza en un ser tan pequeño, un pedacito de él y de Candy. Quería muchos más como ese, estaba muy seguro...

—Se parece tanto a Albert...—la señora estaba nostálgica.

—No lo creo, abuela. Es rubio, pero se parece a Terry, mire sus ojos... su nariz, su...— Terry le hizo un gesto para que lo dejara así, que cada quien lo comparara con quien quisiera.

—¿Quieres cargarlo, tío?

—¿Yo?—preguntó Richard temiendo que esa criatura diminuta se rompiera en sus brazos.

—Vamos, Richard, sólo falta usted.—de los brazos de su tío-abuelo Albert, Henry pasó a los de su tío-abuelo Richard, abriendo sus ojitos azules que tanto le recordaron a los de su adorado sobrino que ya era todo un hombre y del que se sentía orgulloso a más decir.

El niño comenzó a llorar, como exigiendo que lo dejaran ya solo, tenía hambre.

—Desalojen todo el mundo, este pequeño necesita comer.—Elroy se quedó junto a Candy tras sacarlos a todos, incluyendo a Terry. Con algunas instrucciones brindadas por la partera y por la misma Elroy, Candy alimentaba a su bebé, derramando lágrimas de alegría, imaginando a sus padres siendo partícipes de esa dicha tan grande.

...

—¿Ya gateas? ¿Desde cuándo?—Terry levantó a su hijo de ocho meses ya.

—Ha comenzado hoy, y ha hecho estragos con todo...—Candy hablaba de su hijo con orgullo e indulgencia.

—¿Todo eso es cierto?—le preguntaba Terry al niño con falsa severidad a lo que él respondía con una sonrisa picarona.

—¿Tuviste un buen día? ¿Cómo está tu tío?

—Todo está bien.—le dio un beso en los labios sin soltar al niño.

—Me alegro. Te extrañamos mucho, sabes.—dijo con algo de tristeza.

—Lo sé, pero mi tío necesita ayuda y no puedo dejarlo sólo con sus obligaciones cuando él ha hecho tanto por...

—Lo sé, no te estoy reclamando nada...—le dio otro besito y le sonrió.

—Candy, hay algo de lo que te quiero hablar...—el rostro de ella se cayó.

—Te vas otra vez de gira.—se notaba su enfado aunque pretendía disimular.

—No.

—¿Entonces?

—A Londres.

—¿A Londres? Pero...

—Mi tío tiene pendientes también allá y...

—Está bien, vete. Dame a mi hijo.—le pidió visiblemente enojada y extendiéndole los brazos para que se lo entregara.

—Candy...

—Te puedes ir a la China si quieres, dame al niño, ya es hora de su baño.

—Desafortunadamente no tenemos asuntos en China, pero si quieres acompañarme a Londres, has tus maletas y las de Henry.—Candy se desconcertó.

—¿Po... podemos ir contigo?

—Hace rato que intentaba decírtelo.

—Pues hubieras empezado por ahí, ¿cuándo nos vamos?

—En una semana...

—¡Genial!—salió corriendo dejándole al niño en brazos.

—Candy, ¿a dónde vas?

—A hacer las maletas.—gritó ya lejos donde él no la veía.

—Pero es que Henry se acaba de...

...

—¡Es hermoso! Me encanta...—como una niña pequeña, Candy recorría el castillo Grandchester.

—Me alegra que te guste, Candy.—dijo Richard.

—¿Gustarme? Este lugar es mágico.

—Entonces me alegra, así te acostumbrarás más fácil a vivir en él.

—¿Vivir?—preguntó confundida.

—Pero claro, muchacha, eres la esposa de mi sobrino, muy pronto el nuevo Duque de Grandchester.—por más señas que Terry le hizo a su tío para que se callara, no se percató.

—¿El nuevo Duque?—le preguntó a Richard, pero miró a Terry.

—¿No lo sabías?

—¡No! Supongo que fue algo que su sobrino convenientemente olvidó u omitió.

—Candy...—Terry fue a acercarse.

—Creo que tienen mucho de qué hablar.— Richard se llevó a Henry y los dejó solos.

Terry se quedó en silencio un rato, sabía que debía decirle a Candy, pero no encontraba cómo y se le hizo tarde, ahora ella se sentía engañada y furiosa.

—Candy, mi tío no tuvo hijos y no hay más varones...

—No tenías derecho a ocultármelo, me dijiste que eras un simple sobrino...

—Efectivamente soy su sobrino, pero él me adoptó cuando mis padres murieron, legalmente soy su hijo...

—¿Hay algo más que me quieras decir?

—Sí.

—Adelante.

—Que te amo y que renuncio a ese cargo si tú me lo pides.

Nada la preparó para esa declaración, la miró a los ojos, ella supo que no mentía, esa mirada la desarmaba.

—Sabes... sabes que yo no sería capaz de pedirte semejante cosa...

—¿Entonces quieres ser mi Duquesa?

—¡Claro que sí! Pero por favor, no vuelvas a mentirme, no quiero más secretos.

—No más secretos, te lo prometo.

Entrelazaron sus manos y se fundieron en un beso.

—¿Quieres que te muestre la habitación?

—Sí, cuánto antes...

En su nueva habitación dieron riendas a la furia y la pasión que hacía rato los venía desbordando.

—Te amo, eres lo mejor que me ha pasado en la vida, yo te seguiría al fin del mundo.

—Tú eres todo mi mundo...—la besó, aún sobre ella, acarició su rostro.

—¡Dios! Tengo que ver cómo está Henry, debe estar hambriento...

—Tiene un séquito de sirvientes para él, no creo que se lo esté pasando mal.

—¿Tiene sivientes?

—Es un Duque también, por supuesto que los tiene y de hecho, creo que actúa como si ya supiera que es un Duque.

—Aún trato de digerirlo. Terry...

—¿Sí?

—No más secretos, ¿verdad?

—No más secretos.

—Entonces tengo que confesarte uno.

—¿Ah así?—enarcó una ceja.

—Cuando me dijiste hace una semana que tenías que irte y yo me enojé mucho porque pensé que nos abandonarías por mucho tiempo...

—¿Ajá?

—Ese día yo iba a decirte que... que vamos a tener otro hijo.—sonrió esperando su reacción.

—¿Otro? Y... ¿y me lo dices ahora?

—Bueno... es que...

—Si yo hubiera sabido que estabas embarazada no te habría hecho subir a un barco hasta aquí, hubiéramos podido esperar y...—se había puesto de mal humor. Se puso de pie, desnudo y con el gesto visiblemente enfadado.

Candy, que estaba más sensible que nunca, se puso a llorar inmediatamente.

—Se suponía que te pusieras contento...—dijo sollozando.

—Estoy contento, Candy... es sólo que... a veces haces cosas que... ¡olvídalo!—volvió hacia ella y la abrazó para consolarla.

—Estamos muy bien, me había revisado el doctor y sigo teniendo náuseas, mi bebé está bien, no pasamos ningún contratiempo...

—Lo siento, Candy, tal vez yo exageré, me criaron en un mundo en que a los hijos, los herederos, se les cuidaba como si fuesen de oro...

—Creo que tendremos pronto otro duquecito...

—Seguro que sí.—besó su vientre desnudo.

Siete meses después nació Rosemary Grandchester y dos años después Eleanor Grandchester y fueron ellas y Henry los hijos del amor profundo de Terruce y Candy Grandchester cuyo ducado y amor hacia el prójimo, hacia la nación y buenas obras serían legendarias.

Fin


Hola, chicas!

Me complace el poder terminar esta historia la cual disfruté mucho escribiéndola, así como la compañía de todas ustedes que siempre me han apoyado, ustedes son las que me engrandecen cuando mis circustancias me hacen sentir muy pequeña.

Cada vez que cierro una historia, abro un poco la nostalgia, pues en cada una no solo se cierra un capítulo de mi vida, sino un pedacito de cada una de ustedes que comparten conmigo, es lindo contar con ustedes, es esperanzador y alentador y contrasta con toda la fealdad que a veces encontramos en este mundo incierto.

GRACIAS:

PrincesaNatalie, bruna, Dulce Lu, thay, maya, Zafiro Azul Cielo, Merlia, Maquig, Gina MC, ELI DIAZ, Claus mart, Maride de Grandchester, Luz rico, Dali, skarllet northman, Yomar, Mirna, VERO, brisi, Smile, LizCarter, Luisa, wendy 1987, EDICHI, Vada March, CONNY DE G, arely andley, Noemi Cullen, Mazy Vampire, cerezza0977, MarceGrandcheste, Becky70, Darling eveling, Soadora, anaalondra28, Chica Zafiro, Samy, taty, Roesia, Ana, RICHIE PECOSA, lucero, Guest, Jan y Gladys


Bruna: Que bueno verte por aquí otra vez, amiga, por supuesto que me importas y te había extrañado, nos seguiremos leyendo, amiga.


PrincesaNatalie: Amiguita, déjame decirte que eres un encanto de niña, que admiro la forma en que te expresas y estoy muy orgullosa de tus notas, hoy en día son pocas las jóvenes como tú, que se esfuerzan en sus estudios, gustan de la lectura (aunque me pareces muy pequeña para leerme a mí) jejeje. Princesa, sobre tu petición de la historia de vampiros y lobos, con sinceridad te digo que nunca he gustado de ese tema, ni siquiera soy fan de Twilight, por lo que se me hace imposible poderte complacer ya que esos temas no me inspiran, pero en la forma en que escribes y te expresas, pienso que tú podías hacer esa historia más adelante, pienso que tienes dentro de ti una pequeña escritora y si tú te animas a escribirla, yo me ofrezco a ayudarte en lo que necesites y de hecho, le conté a una amiga que también escribe aquí sobre tu petición, ya que ella sí gusta de esos temas tal vez se anime a crear esa historia que pides (pero no te aseguro nada). Te mando un beso y un abrazo fuerte y gracias por tu atención.


Hasta siempre, chicas

Wendy