Capítulo 1

La luz de la luna entraba por los cristales de la habitación haciendo que viese aún más hermoso el cuerpo de la joven que aún permanecía entre las sábanas. Ella no se movía, dormía plácidamente. ¿Su nombre? Lo desconocía. Ni tan siquiera me importaba. Su cuerpo era lo que había poseído y no su corazón, o al menos esa era mi intención.

Miré por la ventana contemplando la calle que estaba desierta. Nadie paseaba ya a esas horas por ella.

Cerré mis ojos y vi los pechos de la amante que esa noche había tenido votando delante de mí. El deseo se hizo patente en mi entrepierna y volví a abrir mis ojos.

Aquella mujer era una de tantas que habían pasado por mi cama. Unas más hermosas que otras, unas con dueño y otras sin él. No me importaba apoderarme de lo que no era mío. Conseguía conquistar a cualquier mujer que desease. En mi mente solo había lujuria, no conocía el porqué de desear pasar toda la vida con una misma persona.

Fruncí mis labios pensativo y caminé hacia aquella presa que había ganado esa madrugada. Me incliné sobre el cuerpo tranquilo de aquella joven y me deshice de las sábanas que cubrían su cuerpo.

- Despierta –dije bruscamente.

La joven lo hizo de inmediato asustada por el tono de mi voz. Me miró con sus ojos castaños llenos de incomprensión. Había podido ser un amante que había dicho las frases que toda mujer deseaba oír pero ahora jamás consentiría que se pensase lo que no era. Había sido el príncipe de los sueños para que así se entregase a mí pero no dejaría que se pensase la única amante del mundo para mí pues no era así.

- Vete –musité mirándola a sus ojos.

- ¿Por qué? –preguntó aún confusa.

- Porque ya has terminado lo que viniste a hacer aquí. Vuelve a tu casa con tu esposo que te estará esperando. No creo que haya notado mucho tu ausencia ya que me dijiste que es un borracho –respondí.

Me miró frunciendo el ceño y me soltó una cachetada. Antes de que rozase mi piel paré su mano y apreté su muñeca hasta causarla daño. No me importaba lo más mínimo que me odiase, volvería amarme, volvería a necesitar mi apetito sexual para saciar el suyo que su marido no era capaz de cubrir.

- ¡Daniel! -gritó por el dolor y tapé su boca con mi otra mano.

- No grites -bramé-. Recoge tus cosas y lárgate.

La solté me dí la vuelta y miré por la ventana esperando hasta que escuchase el ruido de la puerta porque se había ido de mi hogar.

No pasó mucho más tiempo. Ella estaba dolida por los comentarios y por todo lo que había cambiado de llamarla mi amor hasta degradarle a tal nivel pero al final ella misma se había dado cuenta que lo era. Era una simple cualquiera que se había entregado a otro con tan solo unas palabras bonitas y un susurro. ¿No había oído hablar de las mentiras? No era la primera mujer que con cuatro halagos había entrado entre mis sábanas.

Si los hombres supiesen todo lo que pueden conseguir de una de esas diosas diciendo las palabras adecuadas… Reí para mí mismo mientras me giraba. Debía dar una vuelta mientras el olor a lujuria desaparecía de la habitación.

Me vestí rápidamente y salí por la puerta. El frío gélido del viento nocturno dio como una bofetada en mi rostro. Sonreí. Esa sensación era la que necesitaba en ese mismo momento, ninguna otra.

Paseé hasta que me percaté que seguía el mismo trayecto que la mujer que antes había yacido en el camastro que utilizaba para dormir. Sigilosamente me di media vuelta y volví sobre mis pasos y tomé otra ruta en la que sabía que ninguna cortesana podría molestarme.

No dejé de pasear hasta que llegué hasta una verja mirando fijamente al jardín del que eran dueños los recien llegados al poder Devonshire.

Cuanto les envidiaba a los horribles Devonshire que en tan extrañas circunstancias habían llegado y aparecido para adueñarse de un reino que ya no les deseaba aunque algunos miembros de la realeza se habían ganado el favor del público. Dos de ellos, que siempre, en todas partes aparecían juntos. Los detestaba, yo teniendo que pedir en cualquier parte para comer, consiguiendo las pocas cosas que podía por meter a cientos de mujeres entre mis sábanas.

Miré durante un largo tiempo aquel palacio. La envidia me corroía. Lo quería para mí, ansiaba cada uno de esos súbditos. Lo que haría en aquel lugar rodeado de jóvenes hermosas para satisfacer todos y cada uno de mis caprichos. Sería el hombre más envidiado del mundo.

Sonreí ante la idea de arrancarle el pescuezo al rey hasta que escuché un ruido. Pensé que era un guardia de palacio y ya había tenido muchos problemas con la autoridad como para permitirme alguno más. Me agaché lo mejor que puede pero la curiosidad me pudo por lo que mis ojos permanecieron sobre el petril para que así pudiese observar quién era el causante de semejante susto.

Vi a lo lejos una pequeña lucecita que salí de una puerta demasiado alejada de la principal como para tratarse de alguien importante el que hubiese decidido visitar el jardín a aquellas horas.

En el instante que desviaba mi mirada de la sombra un rayo de la luna me permitió contemplar los cabellos dorados de la mujer más hermosa que hubiese contemplado jamás. ¿Quién era ella y porqué razón no la había visto antes?

Su hermoso pelo descendía por su espalda cual cascada. Toda la envidia que el castillo me había hecho florecer se disipó para posarse en ese sedoso cabello que tenía la suerte de rozar aquella piel blanca como la nieve. Parecía porcelana en la lejanía. ¡Oh, dios jamás había visto semejante mujer que me hiciese perder la compostura de una manera como aquella! Mis manos se apretaron contra la verja intentando arrancar el metal con mis dedos para así poder correr a tomarla entre mis manos ya que mi erección dolía entre mis piernas y eso que ni tan siquiera había visto su figura.

Esa mujer tenía un don extraño en mí pero no quería dejar de sentirlo, deseaba poder arrancar aquellas ropas y tomarla allí mismo como un animal. Nada ni nadie me lo impedirían excepto esa odiosa verja que no me daba tampoco ningún regalo sino distancia entre su cuerpo inmaculado y el mío.

Comenzó a caminar y sin pensarlo dos veces la seguí. Quizá si tenía suerte se acercaría un poco a mí y podría contemplar de cerca esa hermosura tan extraordinaria.

Seguí aquella llamita viendo como se desvanecía de vez en cuando entre los árboles consiguiendo que mi desesperación fuese tal que terminase apretando mis puños y golpeando el petril con ellos hasta que volvía a aparecer unos pasos más adelante. Me apresuré y me quedé frente a ella ya que había rodeado un lateral de la verja hasta llegar a una pequeña esquina por la que continuaba aquel impedimento de metal.

La lucecilla despareció y la ansiedad volvió. Como loco busqué una puerta y unos veinte metros la tenía. Necesitaba contemplar ese cuerpo y meterme en él de la manera más voraz.

Abrí el candado cuando escuché un grito. El sonido de varias espadas moviéndose con rapidez mientras alguien desenvainaba un arma. No, ahora no. Cerca de donde estaba dos hombres se estaban peleando por la compañía de una cortesana. La guardia de palacio salió para evitar el altercado mientras escuchaba unos pasos como si alguien corriese. Imaginé que sería la chica volviendo al palacio por lo que lleve mi mirada hacia el altercado.

- ¡No la toques, escoria! -gritó uno de los hombres el que estaba armado con tan solo una chaqueta ligeramente roída como prenda más elegante. Era más que obvio que se dejaba todo el dinero en damas de compañía y por lo que parecía se había debido enamorar de esa cortesana, estúpidamente por su parte.
Por experiencia sabía que los amores de las cortesanas eran todos muy cortos y falsos. Quien tenía dinero para pagarlas sus caprichos era el amor de su vida mientras que todas me deseaban en sus camas mientras el otro dueño de sus almas les hacían lo que ellos pensaban que era el amor.

- No se peleen -dijo uno de los guardas del palacio.

Reí internamente al ver quien era la fulana motivo de tal discusión. Lorelaine, la mujer más vanidosa que jamás había conocido y por supuesto la más mentirosa. Se metía entre las camas de todos los ricos solo por el dinero mientras pensaba que en dos horas más iría a visitarme a mi casa pidiéndome o incluso podría decir rogándome que la hiciese mía para así borrar de sus entrañas que otro hombre la hubiese reclamado como suya por el dinero que fuese.

- Estúpidos -susurré.

- ¿Qué ocurre? -dijo una voz tímida a mi espalda y me giré sorprendido.

Allí estaba ella. La mujer que me había cautivado en la lejanía estaba a escasos centímetros de mí mirando el altercado y preguntándome que estaba sucediendo. ¿Acaso se daba cuenta que se estaba poniendo en peligro al no haber vuelto al palacio?

Sus ojos azules estaban fijos en la batalla mientras su cabello jugueteaba con sus mejillas entre los rasgos de su perfecta piel poniéndome enfermo de envidia.

- ¡Quieto! -gritaban algunos miembros de la guardia desenvainando algunos las espadas mientras que otros optaban por el arma.

- ¿Podría explicarme lo que sucede? -susurró aquella joven y volví mi vista a ella sin poder ahora quitarla ya que sus hermosos ojos contemplaban los míos de una manera tan hipnótica que me hacía desearla aún más.

Apreté mi mandíbula para controlar mis impulsos. No quería que gritase o algo por el estilo con la guarda real tan cerca de nosotros. Sabía que el castigo por tocar a un sirviente de palacio sería mínimo una tortura.

- Se están peleando por una cualquiera -resoplé y me apoyé en la verja-. Esa es una simple ramera que tan solo se mete en la cama de aquel que la paga lo suficiente. Se mueve por dinero, nada más. El tipo de la pistola es un viudo reciente que olvidó sus penas entre las piernas de la mujer y el abrazo de las botellas de licor. El otro simplemente quiere llevársela a la cama por un módico precio mientras que la golfa le habrá dicho miles de veces al armado que lo ama y al mejor vestido mientras fantasea con su verdadero amor -dije como escupiendo la última idea del asco que me daba.

- Así que la joven.. -susurró escondiéndose poco a poco detrás de mí- está enamorada de otro pero duerme en brazos de otros hombres. ¿Pagan porque una mujer se duerma a su lado? Eso es muy raro. Mis padres duermen separados. ¿Por qué alguien desearía dormir con una persona que no sea su hermana?

La miré completamente perplejo. ¿De verdad estaba preguntando eso? Entrecerré mis ojos mirándola expectante pensando que si la concedía unos instantes ella entendería eso lo que quería decir acostarse con una mujer, pero parecía que no. ¿Realmente esa mujer era tan inmaculada como parecía?

La miré observando su rostro mientras ella seguía pendiente de la situación que estaba sucediendo.

- ¡Aléjate de ella! -gritó de nuevo el hombre armado.
- Tranquilo.. -susurró el otro hombre al que estaba apuntando con el arma.
- Vámonos, a… -entonces los ojos de la cortesana se posaron en mí.

Contemplé como enrojeció como era su costumbre y rodé los ojos para volver mi mirada al inmaculado rostro de la mujer que estaba a mi lado. Ella sí que era digna de aquella batalla, tan hermosa, tan excitante y a la vez tan seductoramente ignorante.

Volví a sentir como mi entrepierna se encendía cuando noté como sus pechos se asomaban ligeramente por la inclinación que tenía a través de su escote. ¡Oh, Dios mío! Aquella mujer era la tentación hecha mujer.

- ¡O suelta el arma ya o nos veremos obligados a intervenir! -gritó uno de los guardas.

La cortesana hizo ademán de acercarse a mí pero entonces me giré y miré fijamente a la joven que estaba aún pendiente de la situación.

- Señorita, corra -susurré-. Esta situación no tiene buena pinta. Vuelva al palacio.
- ¿Por qué? -susurró con aquella voz angelical mientras sus labios carnosos estaban demasiado cerca de los míos como para su seguridad.
- Porque va a intervenir la guardia -respondí mirándola.

Ella sin comprender abrió la puertecilla que nos separaba y al escuchar un nuevo disparo agarró mi brazo y emitiendo un ligero grito de espanto ambos caímos en el césped del jardín.