Capítulo 5

Cronsworld, 1835 tres años más tarde.

Abrí los ojos mientras el sonido de los cascos golpeaba contra mis oídos. Sonreí. Ya era de día. Un nuevo día. Había pasado otra noche más rememorando aquellos ojos azules que a pesar del tiempo seguían perforando mi mente a cada segundo.

No sabía quien era ni como podría acercarme a ella. La seguridad del palacio real se había doblado desde que el rey había sido amenazado de muerte. Estúpido monarca. Debían haberle matado y no solo amenazado.

Me incorporé y miré por la ventana del establo en el que estaba. Era pobre y trabajaba para un grupo de ancianos campesinos. No pagaban muy bien pero algo es algo y eran los únicos humanos que sabía no mataría por tener mi alimento. La sangre en los cuerpos envejecidos no tenía ninguna gracia para mí pero mi apetito sexual no había disminuido en absoluto sino que había aumentado. Había descubierto nuevas formas de alcanzar aquel placer divino.

Salí del establo y miré a mi alrededor. En esos instantes un caballo pasaba por las callejuelas de aquel pueblo desconocido para la mayoría de los habitantes de la capital.

El caballo al igual que el resto de los campesinos se acercaban a la plaza donde estaba construida una fuente. A la que iban todos los días para llenar sus cubos de agua y poder regar sus cosechas.

Pasé al lado de unas jovencitas que me sonrieron seductoras. Hice lo propio y contemplé sus pequeños senos que dejaban entreverse por sus desgastados corsés. Reí para mí mismo y les dediqué la sonrisa más seductora que jamás hubiesen visto.

Sus corazones se aceleraron al igual que sus pulsos y fui capaz de escuchar suspiros muy claros saliendo de sus bocas. Quizá visitaría a alguna de esas damiselas esa misma noche.

Continué mi camino hasta llegar donde el gentío se había agolpado. Parecía que todos esperaban algo y efectivamente así era. El jinete que antes había visto era el pregonero real. Todos estaban interesados en saber cual sería la noticia o nueva ley que su rey había impuesto.

Leí la mente de todos los presentes. La situación era más que estúpida. Todos estaban emocionados tan solo por la novedad. Tendrían tema de diálogo en el pueblo durante semanas solo porque alguien más rico, más poderoso y mejor vestido había estado por allí.

Supe rápidamente que el aviso era de un baile. Todas las mujeres hablarían de ello cuanto pudiesen ilusionadas porque alguno de los príncipes se fijase en ellas. Ridículo. La mayoría de ellos estarían prometidos ya con las doncellas de otras cortes o incluso con otras princesas de otros reinos.

Me giré y con las mismas volví hasta los campos de tomates que debía recoger. Sabía que aquella podría ser la oportunidad perfecta de ver a la joven que mis entrañas deseaban pero sabía que la realeza estaría en una habitación dentro del castillo y los pueblerinos estarían en medio de la capital danzando por las calles. Jamás mezclarían a la plebe con ellos.

Me dediqué a recoger los tomates durante unas cuantas horas hasta que el George Harfley, dueño de esas tierras durante más de cincuenta años, salió de la casa y se dirigió hasta donde me encontraba.

- ¡Muchacho! -gritó con su voz gangosa mientras carraspeaba-. Necesitamos que vayas a comprar los medicamentos de Sophie a la capital. El boticario está enfermo y no nos pudo traer lo que le habíamos pedido.

- Claro -asentí-. Lo de la última vez, ¿cierto?

- Así es muchacho – tomó mi mano y colocó dos monedas de oro sobre ella- No tardes.

Caminé hacia la puerta. Ellos pensaban que iría en el único carruaje que llevaba hasta la capital pero en su lugar aprovecharía mis habilidades para llegar cuanto antes y quedarme unas horas paseando por la ciudad. El ambiente siempre era distinto.

Una vez que nadie me veía, sonreí y comencé mi carrera. Todo a mi alrededor se volvía un borrón. No era capaz de distinguir que era una roca de un árbol si no fuese por su tonalidad. Por suerte nadie tenía la habilidad de verme. Era demasiado rápido para el ojo humano.

En escasos minutos estuve en la puerta de la muralla. No dejaban entrar si no tenías pase por lo que escalé hábilmente el muro y me dejé caer detrás de una casa para que así nadie pudiese verme cuando recuperase la velocidad "normal".

Reí ante lo absurdo de aquella vigilancia pues los seres realmente peligrosos podrían estar sin problema entre ellos en un abrir y cerrar de ojos sin necesidad de pasar por aquellas enormes puertas de hierro y llevar un pase.

Caminé por las callejuelas hacia donde sabía que estaba la farmacia. El boticario real era el único que tenía todos los remedios pues compraba al por mayor las plantas medicinales dejando al resto de boticarios que dependiesen de la capital del reino.

Fruncí mi ceño cuando miles de pensamientos con el baile como idea común se juntaron en mi mente. Bramé. No había perfeccionado aún la técnica para aislar tanto cacareo y poder pensar yo solo con completa tranquilidad.

Tomé la calle principal al fin y proseguí mi paseo por el suelo empedrado hasta que llegué al zoco. En el zoco estaban las últimas novedades y los tenderos ponían allí sus pequeños e improvisados tenderetes, si eran nómadas o abrían las puertas de sus establecimientos para que todo el que pudiese pasase a su tienda a comprar lo último que habían adquirido.

Llevaba bastante sin tomar aire. Sabía que no podría controlarme entre aquella multitud pero por suerte no era necesario que respirase como cuando era humano.

El dinero que llevaba era demasiado para tan solo la medicación por lo que usaría el dinero de los viajes de ida y vuelta en comprar algo si era de mi agrado.

Entré dentro de una librería. El hombre que estaba tras el mostrador me miraba con sus cejas alzadas tras las gafas de culo de vaso que estaban posicionadas sobre las aletas de su nariz.

Incliné mi cabeza en forma de saludo y me dirigí hacia la parte posterior de la librería. Si tenían alguno que me interesase sería en esa parte ya que pocos inspeccionaban esa sección al tratarse de seres mitológicos.

Algunos de aquellos tomos llevaban décadas sin ser usados pues tenían una inmensa capa de polvo.

Tomé uno de aquellos libros y pasé mi dedo índice por su lomo. Una V roja como la sangre estaba perfectamente dibujada sobre la piel de la encuadernación. Apreté mis labios y ojeé curioso sus páginas. En ellas dibujos de hombres con colmillos prominentes, con los ojos rojos como el fuego estaban impresos. ¿Me serviría para descubrí más cosas acerca de mi naturaleza? Sin pensarlo mucho me dirigí hacia el tendero y le pagué el libro.

No medié palabra. Salí de allí y caminé hasta la farmacia. Un montón de sonidos de faldas me indicó que las tiendas de telas estaban próximas. Miré hacia delante y me quedé completamente perplejo. ¿Estaba soñando a pesar de no poder dormir?