Capítulo 8

Clavé mis colmillos en la dura piel de su cuello llegando a la yugular sin problema alguno. Sentí el líquido rojo y cálido recorriendo mi garganta y calmando mi sed.

Cerré mis ojos y dejé caer el cuerpo sin vida de mi última víctima mientras relamía mis labios. Por la comisura se deslizaban unas gotas de aquel líquido rojo oscuro. No perdí mi tiempo y fui a buscar los papeles que me importaban.

- Christopher Hellson Turley yacía en el suelo de su despacho después de haber disfrutado de su última cena sin ni tan siquiera saberlo. Sus ojos se habían posado en una copa de brandy en el instante que un ser misterioso con ojos rojos como el vino le observaba junto a las cortinas de su ventana. Aunque se hubiese percatado de nada le hubiese servido haber gritado o pataleo pues era presa fácil.

Era el hombre más rico del lugar y toda su herencia aún no tenía nombre. Podía haber dejado su imperio a su primera exmujer que aún vivía en la residencia más cercana a Londres o a cualquiera de sus cinco hijos pero en su lugar había firmado su propia sentencia de muerte cuando aceptó deslizar la pluma por el papel para concederle ese capricho a mí, a Daniel Simmons. Ya no sería tratado jamás como tal pues en los papeles ponía claramente escrito que su nombre era William Byron, nombre que habían decidido robar a el joven sobrino fallecido del millonario.

La velada había sido encantadora. Copas de licor, un encuentro con el éxtasis y alguien dispuesto a hablar de temas de su generación mientras compartían jóvenes que vendían su cuerpo por tan solo unos billetes.

Habían reído, habían bebido, habían perdido el tiempo pensando en lo maravilloso que sería continuar la empresa ambos juntos como buenos amigos y un gran cariño paternal había surgido del viejo por una viva imagen de él en su juventud.

Los ojos de ambos se mantenían fijos el uno en el otro como un hijo que contempla con devoción a un padre y un padre que orgulloso se permite el lujo de ensanchar su pecho ante las hazañas que su sucesor realizaría en aquel mundo que necesitaba más mano dura que antes.

Entonces, cuando menos lo hubo esperado, la bestia que creía su amiga saltó y clavó sus fauces en el cuello del hombre -narré en voz alta divertido de mi gran ocurrencia-. Deberían poner en su lápida este relato.

Miré el cadáver una vez más absorto en como la vida desaparecía de los cuerpos de los demás seres con una simple punción echa en una vena determinada.

Con los papeles en mi mano me di media vuelta y salí por la puerta de madera maciza mientras me sentía dichoso pues el primer paso hacia mi nuevo destino había sido completado.