Capítulo 11

Allí estaba ella. Deslumbrante. Sus ojos azules miraban de un lado a otro sin detenerse en ninguna cara concreta. Sus manos permanecían temblorosas. No avanzaba de aquel lugar. Seguía quieta en el primer escalón. Aquella era mi oportunidad de acercarme a ella por lo que decidí subir para llegar a su rescate pues parecía estar a punto de desvanecerse.

En el preciso instante que había ascendido dos escalones apareció un brazo al lado de la joven y le ofreció su ayuda para descender mientras el rechoncho portavoz comenzaba a anunciar:

- El conde Christopher Norton.

Las mujeres comenzaron a suspirar y algunas murmuraron acerca de la maravillosa pareja que hacían juntos. Apreté en mi puño la borla de mi bastón. Aquel larguirucho se había vuelto a poner entre la belleza rubia y yo. Tomé con fuerza mi bastón y me perdí entre el gentío para intentar controlar mi ira.

Me acerqué hasta donde estaban las bebidas. Con el paso de los años había aprendido que el alcohol no tenía efecto en mi nueva naturaleza por lo que podía tomar tanto como quisiera. Pedí una copa y escuchaba el revuelo de palomitas pavoneándose de sus nuevos vestidos que habían hecho coser para la ocasión.

Me giré mientras me apoyaba en una pared. No deseaba por el momento conocer a nadie. Sujeté el vaso con mis labios mientras bebía un sorbo de aquel licor que era excelente por el momento pero sabía que a medida que la fiesta avanzase se transformaría en el peor que tuviesen en la despensa.

Alcé mi mirada del vidrio hasta posarla en la joven que se estaba transformando en mi obsesión. Algunos mechones de sus cabellos caían sobre sus mejillas haciéndome desear estar frente a ella y deslizarlos tras su oreja para que me permitiesen ver por completo aquellos rasgos perfectamente deseables.

Noté como mis labios se abrían con suavidad y la bocanada de aire repleto de fragancias humanas llenaba mis pulmones produciéndome una necesidad de demostrar mi lado oscuro.

- Señor Byron -escuché a mi espalda y me giré acto seguido para encontrarme con un hombre de pelo canoso observándome.

- ¿Sí?

- Me llamo Richard Gallagher – estiró una mano hacia mí mientras intentaba sonreír-. Y esta es mi joven hija, Ammber.

- Encantado -estreché mi mano con la de aquel hombre y después besé suavemente el dorso de la de su hija.

Me fijé en aquel hombre. Sus ojos marrones estaban fijos en los míos mientras rozaba la mano de su hija con mis labios. La solté y entonces recordé de donde conocía a aquel hombre.

Richard Gallagher, dueño de la riqueza procedente de la mina de carbón del reino. La había descubierto después de siglos abandonada en precarias condiciones. Comenzó a trabajar en ella y rápidamente se volvió el dueño y la necesidad de todos los habitantes del lugar. ¿Quién deseaba tener que depender de que la madera estuviese seca si podía calentarse con un poco de carbón en cuestión de segundos? Aprovechando la guerra los precios ascendieron como la espuma pues había pocas existencias ya que no tenía suficientes trabajadores. La ley de la oferta y la demanda. Un hombre inteligente como pocos. Supo invertir y ahora tenía más dinero del que podría gastar en tres vidas.

A su lado su hija, de facciones indescriptibles, me miraba con curiosidad y por sus latidos supuse que también con deseo. Le sonreí mientras su padre comenzaba una conversación en la que no estaba interesado ni lo más mínimo. Aquella joven no era muy agraciada pero seguramente que podría tener una soltura considerable entre las sábanas.

Unas palabras de su padre me hicieron volver a intentar parecer aquel joven del que todos desearían ser la mitad de maravilloso que a simple vista parecía. Cualquiera que escuchase mis pensamientos sabría que tenía un ego tan grande como la fortuna que había heredado pero ¿a quién le importaba lo que pensasen los demás? El futuro no estaba en los hombres, sino en las jóvenes que heredarían aquellas inmensas cantidades de dinero.

- Nos complacería invitarle a nuestra casa un día. Sería muy descortés no invitar a alguien nuevo en este mundo. Mi hija, es más, desearía ser su guía para mostrarle las maravillas de este reino por si decide quedarse o fijar su residencia aquí -concluyó.

- Debería pensar en la oferta de mudarme a este lugar. Puede que su hija -sonreí a la joven-, me enseñase las ventajas de este reino sobre otros, sea suficiente para que compre cualquier lugar y decida permanecer aquí el tiempo necesario. Además desearía realizar algunos negocios. Quizá sea interesante su oferta acerca del carbón o incluso podría usted ser un gran amigo y mostrarme qué interesante podría ser que aportase ciertas… digamos donaciones a determinados proyectos -sonreí mientras él veía que entendía sobre todo ello.

- Será un placer. Esperamos que venga a visitarnos pronto, entonces -asintió.

- Por supuesto. Cuenten con mi presencia cuando menos lo esperen -alcé mi copa y tras despedirme y volver a besar la mano de Ammber caminé acercándome hasta donde comenzaban las damas a arremolinarse para ser la pareja de baile de algún joven.

Observé a todas y cada una de las posibles presas. Canturreaban, daban ligeros chillidos agudos cada vez que un hombre las miraba más de dos segundos y ellas se percataban.

La música cada vez sonaba más alto y las parejas se iban formando. Fui consciente de ser el objeto de deseo de muchas miradas pero una emanaba lujuria.

Desvié un poco la trayectoria que recorría para contemplar a la belleza de cabellos de oro que me volvía loco tanto de noche como de día. Permanecía al lado de su estúpido enamorado recibiendo sus atenciones. No había manera alguna de que ella se fijase así en mí por lo que no iba a perder mi tiempo.

Me giré y sonreí de la manera más seductora que sabía a la mujer pelirroja que desde el primer instante pensaba como hacer que ambos gritásemos de delirio.

- ¿No se anima a bailar, señora? -pregunté con una mirada juguetona.

- Señorita -me corrigió ella-. Y no hay ningún hombre que deseé bailar conmigo. ¿Puede creérlo?

Podía, pues todo los presentes querían bailar con la princesa Devonshire que aún no se había percatado de que tenía a toda la corte a sus pies.

- En absoluto -susurré mientras tomaba su mano y la sacaba a bailar.