Capítulo 14
Cerré mis ojos y respiré profundamente. Decidí pasear por aquel jardín hasta que la joven apareciese. Podría ser una mentira convincente el haberme quedado observando la belleza de la naturaleza. Según tenía entendido a las mujeres les gustaba ese tipo de sensiblerías.
Aquel jardín era inmenso. Mis ojos buscaron algún indicio de vida alrededor pero por suerte no era así.
Encontré un pequeño lago en el que varios peces revoltosos de colores jugaban entre ellos bajo aquella luz blanquecina que hacía ver el mundo desde otra perspectiva.
Me senté en la orilla observándolos. Su existencia era tan insignificante. Su único objetivo era procrear y alimentarse mientras nadan en aquellas turbulentas aguas. ¿Sentirían frío alguna vez? El agua es agradable pero cuando está a determinadas temperaturas superiores a su propia congelación.
- ¡Oh, me enganché!
La voz de la joven Helen llegaba a mis oídos bastante cerca del lugar donde me encontraba. Me levanté y fui en su auxilio como un completo caballero a pesar de que me era más que indiferente que se quedase allí media vida.
Al llegar a dónde se encontraba vi como las tiras de su corsé se habían enredado con algunas ramas. No era capaz de desengancharse por si sola y a decir verdad la situación me resultó realmente divertida. Pensaba, incluso, en la posibilidad de desnudarse en aquel lugar para ser capaz de escapar de aquella presa.
- ¿Me permite? -susurré cerca de su oído.
Ella rápidamente volvió su rostro hacía el mío mientras su corazón se disparaba ya que había recibido un gran susto.
Antes de que pudiese responderme, deslicé mis dedos por las ramas y rompí las puntas para que así pudiese seguir caminando.
- Salvada -sonreí mirándola.
Sus ojos azules no dejaban de observarme ni un solo momento. Estaba visiblemente desconcertada y se preguntaba lo que estaba haciendo allí en ese momento. Después sus mejillas se volvieron de un rojo intenso al avergonzarse por como debía haber sido para mí encontrarla atrapada por unas pequeñas ramas. Se sentía torpe y dejó escapar un suspiro.
- Gracias -susurró y bajó su mirada.
Se separó unos pasos de mí y después, como si acabase de darse cuenta de mi presencia se giró y con su mirada completamente fija en cada uno de mis posibles movimientos, frunció su ceño y arrugó sus labios mientras formulaba la pregunta.
- ¿Qué está haciendo usted aquí?
Su expresión me inquietó. Había parecido tan segura durante todo el baile y ahora parecía temerme. Bien hecho por su parte pues podría romperle el cuello en cualquier momento.
- ¿No puede pasear uno de sus invitados por el jardín?
A pesar de que intentaba ser inocente ella pareció no creérselo mucho. Se alejó de mí otro paso más y agarró con fuerza su falda alzándola suavemente por si tenía que salir corriendo.
- El baile terminó hace al menos una hora -respondió-. ¿No se percató que la música hace tiempo que dejó de sonar?
Un razonamiento muy lógico. A pesar de ello debía hacerme el tonto para que mi excusa por permanecer entre los árboles resultase creíble.
- Para serle sincero -bajé mi mirada fingiendo avergonzarme-, no hace mucho que recuperé la consciencia. Había salido a pasear y al encontrar ese hermoso lago, me senté en la orilla. Para mi mala fortuna, me apoyé en un tronco y digamos que el alcohol ingerido hizo su efecto. Me quedé dormido – alcé de nuevo mi mirada hacia la de ella-. Espero no ser una molestia.
- En absoluto -negó con suavidad-. ¿En serio se quedó dormido?
- Con gran vergüenza, debo admitir la verdad -sonreí.
Ella se rió mientras comenzaba a relajarse. Me hizo una pequeña inclinación de cabeza indicándome que podía seguirla si lo deseaba. Caminé tras ella observando cada pequeño gesto de su rostro y deleitándome con el latido de su corazón. La sed comenzaba a quemar mi garganta pero intenté centrarme en la situación y en mi propósito antes de beber hasta la última gota de su sangre.
- ¿Le gustó el baile, señor Byron?
- Es el primer baile al que voy desde hace tiempo. No es que sean mucho de mi agrado pero hay realmente pocas maneras diferentes para distraerse, ¿no cree?
Helen frunció sus labios pensativa antes de responder mientras llegábamos a la orilla del lago en el que antes había estado.
- En realidad, es una de las maneras más agradables. No es usual que en los bailes una persona inocente resulte herida -giró sobre sus talones para mirarme-. He de reconocer que la frivolidad que se respira en las reuniones sociales tampoco es de mi agrado pero lamentablemente deberé convivir con ellas toda mi vida. Negocios, placer, aburrimiento, diversión… suelen ir de la mano en estos eventos. La mezcla entre clases lleva a buenos negocios, es cierto, pero detesto que la mayoría de todos los magnates que estuvieron entre esas cuatro paredes hace tan solo una hora, sean tan poco caballeros cuando se trata de sus ganancias. No importa si el resto de familias deben morir de hambre mientras sus bolsillos estén llenos hasta los bordes. ¿Para qué ayudar si puedes poseer más dinero del que puedes gastar en toda tu vida? Sinceramente, ridículo.
La miré perplejo y después sonreí. Era la primera mujer a la que había escuchado hablar sobre un tema semejante y más con una opinión tan firme acerca del egoísmo de aquellos hombres que podían limpiarse con billetes que algunas familias de aquel reino no habían sido capaces de volver a ver desde la guerra.
- Envidio su valentía, señorita. Siendo capaz de hablar de los egocéntricos magnates teniendo delante a uno de ellos.
- Me he percatado, pero créame que conozco su historia. Usted, más que alguien increíblemente inteligente para los negocios, fue alguien extraordinariamente afortunado por aquella repentina muerta de su antecesor en poseer esa enorme fortuna -sonrió.
- Es encantadoramente inteligente como para insultar a un hombre pero después regalarle su sonrisa para que así el dolor o sus palabras venenosas dejen de tener ese efecto tan dañino -le devolví la sonrisa.
Me miró fijamente a los ojos mientras su sonrisa se borraba por completo de sus labios y agarraba su falda entre sus dedos para caminar de nuevo hacia la puerta del palacio.
- Será mejor que se marche o rápidamente enviaré a los soldados -me previno.
- Gracias por su consejo.
- No era ningún consejo. Pero ahora si le daré alguno -se giró para mirarme con una expresión realmente fría-. La próxima vez que desee que una princesa acceda a sus favores, seas cuales sean, piense bien con quién está hablando -se volvió a girar y corrió hacia el edificio.
Alcé una ceja por sus palabras y después me percaté de una presencia. Alcé mi mirada hacia donde pensaba que me estaban observando y vi allí a la princesa.
¿Cómo había llegado tan deprisa hasta su cuarto? Era completamente imposible.
