Capítulo 15

Los rayos del sol habían comenzando a entrar en su cuarto por el gran ventanal. Llevaba varias horas sin moverse. Su rostro indicaba lo maravilloso que era soñar.

- Humanos -susurré mientras sentía como mis pupilas se iban contrayendo para acostumbrarse a la luz.

Caminé por la habitación de la joven observando cada uno de los objetos que allí estaban. Le gustaba la lectura. Sus favoritos no eran nada más que basura pero a pesar de ello parecía culta.

Cientos de partituras adornaban el pequeño escritorio que sus padres habrían puesto allí para las clases particulares que daban las damas. Una joven de bien siempre debe educarse en todas las artes, algo que me parecía sumamente absurdo pues todas terminaban como esclavas en sus casas.

Cerré los ojos y pude recordar lo ocurrido aquella noche. Había matado a una mujer, había seguido cual psicópata a otra y tras ello había decidido entrar en la casa de los Gallagher a escondidas para observar como la joven poco agraciada dormía.

Aquello no tenía sentido pero era el único lugar cercano en el que podía pensar sobre el extraño suceso en palacio.

No era posible que hubiese llegado tan rápido a su habitación ni tampoco que hubiese sido tan descortés cuando era la persona más amable del reino según todos decían.

Cerré mis ojos mientras me acomodaba en el sofá de lectura de la joven. Imaginé el rostro perfecto, los labios rojos y su mirada profunda. Aquella rubia me tenía delirando por su cuerpo como ninguna otra mujer antes.

Escuché un ruido pero no le dí importancia mientras me recreaba en la parte superior de los senos que se podía ver por su vestido. No mucho, solo lo pudorosamente correcto pero lo suficiente para despertar el deseo de querer conocerlos por completo.

- Mmm… princesa -murmuré y mordí mi labio inferior.

El deseo de abarcarlos en mis manos era tal que empezaba a sentir un cosquilleo en mis palmas mientras mi imaginación se disparaba. La sed gobernaba mi garganta como si cientos de cuchillos al rojo vivo se clavasen en sus paredes. Quemaba pero ese incontrolable picor se volvía adictivo.

Abrí mis ojos mientras me encontraba con los de la dueña de la sala. ¿Cuánto tiempo llevaría despierta? No me importó, me gustaba jugar y lo haría.

- Buenos días, bella dama. ¿Ha dormido usted bien? -siseé de la manera más seductora como si desease domar a una serpiente.

- Bue.. buenos días -titubeó y se apresuró a taparse acordándose del decoro-. ¿Qué hace aquí?

- ¡Oh, mi buena señorita! ¿En realidad piensa que estoy aquí? Me temo asegurarle que no soy más que un producto de sus más fervientes fantasías.

Me desabroché la pajarita que llevaba dejando que a ambos lados de mi cuello se quedase la tela de cada extremo. El primer botón de mi camisa quedó así libre al contacto con mis dedos que hábilmente lo libraron de la cárcel que su correspondiente ojal alrededor de él.

- ¿Fantasías? -preguntó incrédula o quizá le costaba asimilar mis palabras al estar recién despierta.

- Así es, mi joven ama. Verá -sonreí ampliamente extasiado de orgullo por tener entre mis manos un nuevo juego-. Esta noche nos hemos visto en el baile real. Nuestras miradas se han encontrado y usted ha quedado prendada. Desea cada poro de mi piel y también que a mí me ocurra lo mismo. Ansía beber de mi boca como espera que en mí suceda lo mismo pero aquí tiene una ventaja. ¿No ve cuál es?

Ammber negó muchas veces con la cabeza mientras estudiaba su reacción. Estaba comenzando a creerme y sus ojos ya no estaban entrecerrados como en un principio pero tampoco había señales del pánico que habían tenido cuando noté como me miraba después de haber dejado a un lado mi fantasía con Helen.

La tela que cubría su cuerpo comenzaba a caerse recorriéndolo pues mi mentira, mi manipulación comenzaba a surtir efecto. Las manos no estaban en señal de ataque sino que mucho más relajadas.

Dejé el bastón en el suelo sobre la alfombra en la que estaba situado el sillón de lectura y me dispuse a seguir relatando.

- Al ser yo en este instante su fantasía usted tiene la posibilidad de hacer lo que más desee. Tan solo debe decirlo y yo lo cumpliré. Usted es la ama, la dueña de su subconsciente y la única capaz de hacer que yo me mueva para marcharme o que ese mito lo disfrute entre las sábanas.

En ese momento mis ojos se fijaron más en ella, en cada movimiento y mi expresión indicaba que sucumbiese. Me sentía igual que demonio convenciendo a alguien de que hiciese algo malo. ¿Pero realmente era tan horrible llevarla a las puertas del paraíso que se nos mostraba cuando el placer se apoderaba de nuestros cuerpos?

Ammber se incorporó y vi que su cuerpo tan solo estaba cubierto por un ligero camisón. No parecía tener malas proporciones y con su cabello suelto lucía mucho más atractiva que con él recogido pero aún así comparada con mi belleza rubia se quedaba escasa.

No sabía qué hacer. Permanecía mirándome intentando comprender cuál era la fantasía que le estaba regalando. Quizá era demasiado noble como para entender los instintos animales que se me habían agudizado con mi nueva naturaleza. ¿En verdad era tan pura que jamás había escuchado hablar del sexo? ¿No había leído sobre como nacían los bebés?

- Dime a quién desea -susurró con un hilo de voz.

- A vos, mi hermosa dama -sonreí mintiéndola.

- ¿Por qué… -comenzó a preguntar pero después hizo una pausa- por qué no dejó de mirar ni un solo instante a la princesa Helen? Es a ella a quién desea. ¡Admítalo!

Me quedé sorprendido por su razonamiento y porque hubiese sido tan obvio durante el baile aquella obsesión que tenía por su majestad.

- Si eso desea que diga, lo diré -sonreí ocultando mi nerviosismo esperando no ser descubierto.

- No, no lo diga -murmuró y bajó su mirada.

Me levanté y me apresuré a tomar sus manos mientras las besaba. Fingí devoción por ella cuando en mi mente eran otros dedos los entrelazados con los míos.

- ¡Oh, mi ama! No se ponga triste. No llore pues es a usted a quién deseo con todo mi corazón -murmuré- Déjeme demostrárselo. Le enseñaré lo que es el verdadero deseo, la única pasión prohibida pero por todos ansiada. Deme la oportunidad, ama mía.

Sus ojos se posaron de nuevo en los míos y los cerró acercando su rostro lentamente al mío. Tan lento que sabía que si continuaba mucho más aquel momento romántico insoportable me iría de allí para buscar los cariños de una cortesana.

Tomé el rostro de mi víctima intentando no ser rudo y besé sus labios mientras mantenía mis ojos abiertos. Tras el beso sentía como se estremecía por completo.

- ¡Oh, ama! Sus labios son tan delicados…

- ¡William, ámeme, ámeme William! -suplicó-. Haga lo que quiera conmigo.

Sonreí al escuchar sus últimas palabras y mientras bajaba mis besos por su cuello abrí mi boca, tapé la suya y clavé mis colmillos en su piel notando rápidamente el estallido de sangre en mi garganta.

Bebí bastante pero me controlé para dejarla con vida. Necesitaba mantenerla a salvo como mi esclava y estando enamorada eran mucho más dóciles. Lamí la herida de manera que se cicatrizó con mi saliva y me separé de ella dejándola acostada en la cama.

- Duerma pues esta no será la última noche que perturbe sus sueños.

Abrí la puerta y desaparecí de allí antes de que el servicio se despertase.