Las aldabas sonaban contra la madera de la dura puerta de mi residencia. Dejé los papeles que estaba leyendo esperando que alguna de las mujeres que tenía a mi servicio o mi mayordomo corriese por el vestíbulo para abrir la puerta y saber quién perturbaba nuestra tranquilidad, aunque yo ya conocía quién era.

Pasaron varios segundos pero que a mí se me hicieron eternos por lo que me levanté de mi asiento y furioso porque parecía que nadie trabajaba en aquella casa, llegué raudo y veloz hasta la madera labrada.

Me di la vuelta y vi con expresión de sorpresa a Poope. Enseñé mis dientes al igual que un animal enfadado los mostraría a su enemigo para indicarle que no se metiese con él o saldría perdiendo.

Poope me hizo una reverencia y se quedó a unos metros esperando alguna orden mía o incluso un castigo.

Me giré sobre mis talones y abrí la puerta para encontrarme con el rostro de la joven más hermosa de la tierra. Helen, estaba allí y me sonreía con amabilidad. Su cabello recogido mientras unos mechones se deslizaban por sus mejillas. Llevaba un vestido rosado que no dejaba ver prácticamente nada de su fina piel.

Mi furia desapareció enseguida. Hice una reverencia y le correspondí la sonrisa de la misma manera.

- Buenos días -dijo con aquella dulce voz.

- Buenos días, alteza.

- ¿Cómo se encuentra, Sr. Byron? Lamentablemente no pude hablar mucho con usted salvo en el baile pero me dijeron que se ausentó por lo que espero que la fiesta haya sido de su agrado.

- Me encuentro de maravilla y más teniendo el honor de volver a verla. ¿Me permitiría invitarla a pasar a mi humilde morada?

- Muchas gracias -sonrió de nuevo y tomó con una de sus manos enguantadas la falda de su vestido para así poder moverse con mayor soltura.

Pasó el umbral del edificio y entregó al mayordomo el adorable sombrerito que adornaba su peinado haciendo más que perfecto el modelo que llevaba puesto.

Le ofrecí mi brazo para así guiarla por los pasillos de mi nuevo hogar. Ella posó su mano sobre la mía y me dejó guiarla sin que nuestros cuerpos se tocasen. Mantenía mi mirada en ella mientras sus ojos azules contemplaban todo sin ojo clínico, solo con mera curiosidad.

- ¿Es de su agrado? -me aventuré a preguntar.

- Está llena de exquisiteces. Cualquier persona pensaría que es un museo. Por lo que veo posee gustos similares a los de mi querida madre -musitó sin tan siquiera mirarme.

- Dígame, su alteza, ¿a qué debo el honor de su visita?

Llegamos a la casa antes de que contestase y se giró hacia mí haciendo que sus faldas sonasen de manera bastante audible para cualquiera. Frunció suavemente los labios y tras ello extendió su brazo ofreciéndome un sobre perfectamente sellado con el escudo real. Tomé el sobre entre dos de mis dedos y la miré esperando que me explicase.

- El rey deseaba mandarle esta misiva, no obstante, al ser el momento de mi paseo, decidí hacer yo ese recado. Si le molesté lamento mucho haberle perturbado. Supongo que estarán en preparativos para recibir a los señores Gallagher en breve, ¿verdad? De ahí que tardasen tanto en abrir la puerta.

La miré sorprendido. Pude entender que lo preguntaba ya que la señorita Ammber Gallagher había hecho circular ese rumor esa mañana cuando había ido a visitarlas.

- De modo -comenzó a caminar por la habitación- que su debilidad son las mujeres pelirrojas y con poca autoestima. Por lo que tengo entendido, abandonó el baile por sucumbir a los encantos de otra dama.

- ¿Acaso para usted es importante a las damas que les ofrezca mi afecto? No está en mi conocimiento que sea algo tan malo que una mujer se sienta arropada en momentos de debilidad -respondí.

- ¿Es eso lo que hace? ¿Ser el consuelo de las jóvenes o meterse entre sus sábanas para robarles lo único que las hace puras antes la mirada de un hombre?

La tomé del brazo y la empotré contra la pared mientras sus ojos me miraban con incredulidad. Apretó su puño y pude sentir el exquisito aroma que se desprendía de ella, cual bofetón al haberla acercado con tal ímpetu.

- No hable de lo que desconoce, alteza.

- ¿Piensa negarme que sus intenciones no son nada más que desflorarla para tras ello alejarse de ella y fingir que no la conoce? He escuchado acerca de hombres como usted que utilizan a las mujeres, tanto estén a su cargo como sino. Las dominan, las vuelven estúpidas enamoradizas pero ese amor solo existe en sus fantasías. ¡Oh, como sea capaz de deshojar a la joven Ammber su padre no tendrá piedad con usted!

Noté como su pulso se aceleraba como me miraba con odio. ¿Podría ser que ella supiese lo que yo era? Reflejaba asco, conocimiento sobre mi condición y lo que hacía. No, no podía saber de mi naturaleza pero si de mis artes con las mujeres. Habría llegado a sus oídos la historia de mi anterior vida siendo solamente un hombre.

- ¿Es envidia lo que veo en sus palabras por no ser usted la dueña de mis sentimientos?

- ¿Cómo osa…?

- Le diré que en mi corazón, las presuntuosas y jóvenes creídas ni tan siquiera pueden permitirse soñar con el hecho de que fije una sola de mis miradas en ellas más allá de lo cordialmente considerado.

- Ni me interesa su corazón, ni estar en él. Ojalá no se fije en mí nunca y tenga lejos sus manos. ¡Y ahora suélteme!

- No pienso soltarla hasta que no admita. Me desea como la que más en este reino. Sus ojos centellean cuando me mira y su corazón se acelera. Se siente dispuesta a ser poseída como toda mujer pero quizá desconozca ese sentimiento por ser la primera vez que lo experimenta – susurré mientras acercaba mi rostro al suyo.

- Deje de tener tan creído que por el hecho de ser hombre toda mujer tiene que pisar el suelo por donde pisa. No le amo, ni le deseo, ni le necesito pues ni tan siquiera le conozco y tenga por seguro que no volveré a dirigirle la palabra por muy conde, duque, archiduque o el título nobiliario que diga usted que tiene -respondió.

Tras ello se escabulló y corrió hacia la puerta de mi hogar mientras mi respiración acelerada aún podía llenar los pulmones de sus esencia. Aquella fragancia me estaba volviendo loco y sin más salí tras ella.

Helen, tan hermosa como salvaje. Esa mujer había conseguido saber más de mí en unas horas que cientos en años. Podría ser quizá el mero hecho de no despertar lo que al resto de mujeres, la respuesta a su aguda descripción.

Al no verla, abrí el sobre al percatarme que aún lo tenía en mi mano. Descubrí una hoja en blanco. ¿Qué era aquello?

Daniel Simmons… tu obsesión, será tu perdición.

Aquella voz en mi cabeza me asustó. Miré para todos lados e intenté encontrarla pero no hubo manera. ¿Qué me estaba sucediendo? ¿Me estaba volviendo loco?