Disclaimer: HP es de Rowling, derechos reservados.

Gracias por sus comentarios a samj (me alegra verte otra vez), kisa kuchiki, y muminSarita.


¡Imperio!

.

Años después, tendrían la vida que desearon. Ella sería la señora Potter, tendría una casa en el Valle de Godric, y será el ama de casa perfecta. Él sería un empresario exitoso, un esposo y padre excelente, pero siendo siempre analizado por todos puesto que había sido seguidor del Innombrable.

Pero en ese momento, se encontraban en el aula de la clase de Artes Oscuras. Ella en el suelo, retorciéndose de dolor por la maldición Cruciatus que Aymcus Carrow lanzaba sobre ella. Él apoyado sobre una pared mirando la tortura.

Ginny gritaba a todo lo que le daban los pulmones, mientras deseaba que el dolor se acabara o que ella se muriera, lo que viniera primero. Draco la miraba sonriente. Si hubieran analizado esa mirada, se hubieran dado cuenta que estaba sonriente porque era otro y no él quien recibía la maldición imperdonable.

Ginny no suplicaba. No rogaba porque la tortura acabase. No rogaría piedad a Carrow. Draco se alegraba de sólo oír los gritos de Weasley, no hubiera soportado sus ruegos. Nunca había soportado los ruegos femeninos.

Cuando Carrow decidió que ya era suficiente, la liberó de la tortura. Ginny jadeó y respiró con dificultad. Carrow la miró con desprecio.

- Llévala a la enfermería, Malfoy.

- Sí, profesor.

Draco hizo una mueca de aborrecimiento. Ginny se retorció, intentando alejarse de Malfoy.

- Estate quieta, Weasley.

Ella gruñó. Intentó morderlo. Draco evitó los dientes de Weasley. Agitó su varita y la levitó.

- Bb-aj-aaa… ¡Bájame, Malfoy! Te exijo que…

- No estás en posición de exigir nada, Weasley.

- ¡Auch! - exclamó Ginny al golpearse con una armadura.

Draco rió. Insensible a los movimientos que Ginny hacía para zafarse del hechizo de levitación. Insensible también a las miradas rencorosas de algunos alumnos de su año y del año de Weasley. Insensible a los insultos, las protestas que cosechaba a su paso.

El hechizo de levitación dejó de funcionar, pero Malfoy reaccionó a tiempo para evitar que Ginny cayera. Ginny gruñó ante la humillante sensación de ser alzada por Malfoy. Quedó suavemente en el piso. Los músculos le dolían (por la reciente maldición), y no quería levantarse. Se quedaría en el suelo.

- Levántate - gruñó Malfoy.

- No - replicó Ginny.

Draco no le rogaría a Weasley. Qué vergüenza sería.

- Vale, quédate ahí.

- Así lo haré.

Al instante sintió un sentimiento de confusa placidez. Todos los problemas desaparecían de su mente. Nada le dolía. Todo estaba bien. Escuchó una voz: Levántate. Escuchó la voz de Malfoy. Levántate. Y entonces se dio cuenta. Malfoy había lanzado la maldición imperius. La maldición manipuladora. Ginny gruñó e intentó resistirse. Pero ella nunca había podido resistir la maldición imperius. No pudo resistírsele al falso Moody. Y tampoco podía resistirse a Malfoy. Gruñó mientras se levantaba. La orden cambió: Camina. Volvió a gruñir. Pero aceptó seguir, aceptó caminar hacia la enfermería. Alguien intentó detener la maldición imperius, pero quien haya sido fue impedido por alguno de los Slytherin.

Entraron en la enfermería. La señora Pomfrey lanzó una exclamación de sorpresa, al ver a Malfoy y a Ginny Weasley juntos.

- Cúrela - ordenó Malfoy. - Madame Pomfrey fue replicar, pero Malfoy fue más rápido: - O la cura por las buenas o la cura por las malas.

- No hace falta ser tan arrogante - gruñó Pomfrey. - Siéntate aquí, Ginny.

Draco le quitó la maldición y la empujó hasta la camilla que madame Pomfrey señalaba. Draco se quedó allí mientras curaban a Weasley.

Ginny gruñía y jadeaba. Se quejaba del dolor.

Madame Pomfrey rezongó molesta. Le habían obligado usar métodos muggles contra los rebeldes del régimen. Debía limpiar las heridas, coserlas, y rezar para que el curso rápido de Medicina Muggle que había tomado diez años atrás todavía funcionara. Madame Pomfrey fulminaba a Malfoy con la mirada. Él y su grupo de sangre puras eran los culpables de no poder usar la varita ni las pociones que sanarían a los estudiantes rápidamente. Ella estaba harta del régimen. Le faltaba muy poco para hacer sus maletas y despedirse de Hogwarts, pero siempre había algo que la detenía: la consciencia de que si se iba los rebeldes no tendrían oportunidad alguna. Nadie garantizaba que contrataran a otra enfermera. Así que Pomfrey apretaba los dientes y seguía en el colegio.

- Pasarás la noche aquí - le dijo a Ginny.

Sin ganas de replicar, ella asintió. Pomfrey se fue y Draco se quedó a su lado.

- ¿No tienes cosas que hacer, Malfoy?

- No.

- Entonces déjame dormir.

-o-

Draco se quedó allí, mirándola dormir. Sabiendo que era estúpido lo que hacía. Sabiendo que era irracional quedarse a verla dormir, en la enfermería, donde cualquiera podía verlos. Donde cualquiera podía señalarlo y delatarlo con los Carrow. Donde cualquiera podría formular teorías estúpidas. A estas alturas a Draco no le importaba lo que dijeran de él. Le resbalaban los comentarios que le lanzaban, los insultos que le dedicaban, las malas miradas que lo fulminaban.

Con ese pensamiento sacó una cajetilla de cigarrillos y tomó. Colocó el pitillo en la boca y lo aspiró con fuerza. Cerró los ojos mientras fumaba. Mientras sus pulmones se llenaban de ese aire tóxico y oscuro. Mientras su mente viajaba meses atrás.

.

.

.

- ¿Por qué?

Severus Snape no respondió de inmediato. Se limitó a mirarlo. Draco hubiera preferido que no lo hiciera. La mirada de su padrino lo ponía nervioso y flaqueaba su resolución de pedir respuestas. Sin embargo, no flaqueaba su escudo mental. Después de lo mucho que le costó proteger su mente el año pasado, no estaba dispuesto a volver a mostrar sus pensamientos libremente. No iba a ser débil, no otra vez. Ahora él decidía, él tenía las reglas de su vida. Ahora él podía elegir.

- ¿Por qué? - repitió con molestia.

Snape suspiró.

- Debía hacerlo.

- ¿Por qué? - gruñó Draco.

- Nunca mataste a nadie - contestó -. Yo sí. Muchas veces. Y como tu padrino y tutor legal ahora que tu padre se encuentra en Azkaban, debía hacerlo.

- ¡Pero me quitaste mi victoria! ¡Me…!

- No seas tonto. Jamás hubieses matado a Dumbledore. Jamás.

- Conozco la maldición, yo…

- ¿Pero en quienes la utilizaste? ¿En ratas? ¿En muggles vagabundos? ¿En magos pocos listos? Ninguno de esos llegaba al potencial mágico que tenía Dumbledore.

Draco apretó los labios. Lo sabía. Sabía que era cierto lo que Severus decía, pero eso no le hacía sentir mejor.

- Pero de todas formas… De todas formas me quitaste la gloria.

Snape lo miró con ojos entrecerrados. Draco sintió que podía perderse en aquellos túneles oscuros y terribles que eran los ojos de su padrino. Se preguntó si intentaba leerle la mente. Revisó sus escudos, pero no encontró nada que los hiciera tambalear.

Snape rió.

- No necesito legeremancia para saber lo que piensas, Draco. Eres un libro abierto para mí.

Draco gruñó.

- Tú…

- No hay ninguna gloria… Ninguna gloria en matar a alguien. - Hizo una pausa -. Sé que tu padre te ha hablado de su labor como mortífago, y sé que en algún momento tú creíste que era un trabajo perfecto, lleno de gloria y poder. Pero la gloria es más rancia de lo que parece a simple vista. La gloria no es más que matar a quién Él te diga, torturar a quien Él señale, y darle el culo siempre que Él lo pida. No hay gloria en eso, Draco.

Draco se quedó lívido ante esa respuesta. No esperaba palabras tan crudas de su padrino. Le parecía irreal. Pero él mismo había experimentado la presión, los nervios, el miedo… Todo el curso buscando la forma de matar a Dumbledore, con inventos cada vez menos elaborados. Él había tenido una pequeña probada de lo que significaba ser mortífago y no era nada agradable.

El rubio sentía que su padre lo había engañado. Que había sido víctima de alguna cruel estafa. Lucius Malfoy le había hablado con cariño de los años en que Voldemort estaba en el poder. ¿Qué había cambiado? ¿Por qué él no podía saborear la gloria que le había prometido su padre? ¿Por qué no había gloria?

- ¿Y entonces…? ¿Entonces por qué…?

- ¿Por qué lo mate yo? - lo ayudó Snape.

- Sí.

- Por varias razones - contestó el moreno -. Muchas de las cuales, no puedo decirte a ti. Pero hay una de ellas que quizás te interese: tu madre me lo pidió. Hicimos un Juramento Inquebrantable.

- Que cumpliste - dijo Draco.

No sentía rencor, ni molestia ante su padrino. Ni siquiera ante su madre. Con sorpresa, se dio cuenta que sólo sentía alivio porque Dumbledore hubiera muerto y él no lo hubiera matado.

- Sí, que cumplí - dijo Snape.

- Dumbledore dijo que trabajabas para él.

Snape no contestó enseguida. Pareció escoger sus palabras con cuidado.

- Sí, eso dijo.

- ¿Y era verdad?

- Tú lo has dicho. Trabajaba. Pasado. Ya no lo hago.

- Ahora trabajas enteramente para el Señor Tenebroso.

- Sí, supongo que sí.

Draco sintió que había cosas que Snape no decía, pero no insistió. No era su problema al fin y al cabo. Cansado del viaje, de aquel año y de conversación, se dejó caer en un cómodo sillón. Miró hacia el fuego de la chimenea, que crepitaba con asombrosa calidez.

- ¿Qué va a pasar ahora?

Snape tardó unos segundos sin contestar.

- Bueno, sin Dumbledore, el Señor de las Tinieblas, probablemente se alce con el control de Hogwarts.

- ¿De Hogwarts? ¿Qué puede querer de ese colegio?

- No olvides que él estudió allí, hace mucho tiempo.

- Sí, lo sé… ¿Pero su colegio? ¿Qué tiene Hogwarts de especial?

A esa pregunta, Snape no contestó.

Debieron pasar varios minutos antes que la puerta del despacho se abriera. En el umbral estaba Narcisa Malfoy. Estaba en bata, desmaquillada, con el pelo recogido en una descuidada coleta. Ambos hombres se sorprendieron al verla así.

- Severus. Draco. ¡Oh, Draco tu padre ha regresado!

- ¿Ha regresado? ¿Ya?

Narcisa asintió. Emocionada y feliz. Draco se dio cuenta que parecía más joven que nunca, como si aquel año de presiones no hubiera existido. Draco sonrió, feliz por su madre, aunque no del todo emocionado por la llegada de su padre. Estaba más bien preocupado. Miró a Snape.

- ¿Y ahora qué va a pasar? Y dime la verdad.

- No creo que el Señor Tenebroso esté muy feliz por Lucius.

Ante esas palabras, Narcisa dejó de sonreír tan ampliamente. Asintió con desgana. Severus tomo ese gesto como una concesión para continuar y así lo hizo:

- Probablemente no le mande a muchas misiones por ahora. Si lo rescató de Azkaban no fue por generosidad, sino para tener la oportunidad de humillarlo más… directamente.

Draco asintió. Eso tenía sentido. Era cruel pero era la explicación más plausible para que su padre vuelva a ser libre.

- ¿Dónde está? - preguntó el rubio.

- Está en el salón - dijo Narcisa.

Y los dos hombres la siguieron afuera del despacho.

.

.

.

- Es de noche, ¿sabes?

La Weasley había despertado. Draco no sabía en qué momento y no le importaba. Miró hacia la ventana. Sí, el cielo estaba oscuro y el toque de queda ya debía haber terminado. Se encogió de hombros e ignoró la acusación de Weasley.

- ¿Dónde están tus amiguitos?

- ¿Mis amiguitos?

- Crabbe y Goyle.

Draco alzó una ceja.

- No sé qué entiendes tú por "amiguitos", Weasley, pero me parece que no pensamos igual.

Ginny hizo un gesto quitándole importancia. - La pregunta sigue siendo la misma, Malfoy: ¿por qué estás solo?

- Creo, Weasley, que eso no es de tu incumbencia.

Ella lo fulminó con la mirada.

- No sigues completamente la Maldición imperius - dijo Malfoy.

Lo dijo como si hablara del clima. Como si fuera de lo más normal hablar sobre esa maldición del demonio.

Ginny lo miró confundida. Un flash de imágenes llenó su cabeza. Las palabras de Aymcus Carrow sobre las artes oscuras, el castigo, luego la humillación de ir levitando por los pasillos, y después el seguir a rajatabla las órdenes de Malfoy.

- ¿De qué rayos hablas?

- Pude notarlo. Intentabas resistirla. Gruñías y te enfocabas en resistirla, pero seguías mis órdenes.

- ¿Y qué con eso?

Draco sintió el impulso de reírse. Weasley era demasiado impulsiva para su propio bien. Actuaba antes de pensar. Se dejaba llevar por sus emociones e instintos. No era muy diferente a San Potter, se dijo. Tal vez por eso es que hacían buena pareja. Draco puso los ojos en blanco. Era estúpido pensar en Weasley y en Potter juntos. Weasley se estaba arriesgando cada vez más y Potter estaba huyendo de los problemas. Ellos dos no tenían futuro.

- Pude notar tus emociones. Iban desde la ira hasta la resignación.

- ¿Mis emociones? ¿Cómo…?

- La maldición imperius implica el control absoluto del otro. El cuerpo es el primer centro del control, el que hace la maldición fuerza a tus músculos a moverse de tal o cual forma. Es lo más fácil de controlar, claro está. La víctima se convierte en un títere del otro.

Ginny se quedó muda. Aquello parecía una clase sobre esa maldición, y no podía recordar a nadie que hablara de esa forma.

Tuvo el impulso de callar a Malfoy pero se contuvo. ¿No era eso lo que Tom le había enseñado? ¿Lo que a los Slytherin le habían enseñado? Conocimiento. La sed de saber. El conocimiento era poder. Ginny se mordió la lengua para dejar que Malfoy hablara.

- El segundo centro de control son las emociones - continuó Malfoy -. Las emociones primitivas son las más fáciles de controlar. El verdadero as en la maldición puede hacer que te sientas de tal o cual forma. Aunque de todas formas, cuando estás bajo la maldición sientes una gran placidez; eso es porque tus emociones se hacen una sola, llegan a un punto neutro, y no sientes más.

Todo aquello era genial, en serio. Y muy interesante. Pero sentía que volvía a escuchar a Michael Corner y a sus problemas aritmáticos otra vez. Eso es lo malo de salir con un Raveclaw, se había dicho, terminan haciendo siempre alguna tarea, y creen que todo el mundo debía estar tan pendiente como ellos. No quería volver a escuchar problemas que no tendía, asíq eu preguntó:

- ¿Por qué demonios me estás diciendo eso?

- No me interrumpas, Weasley - gruñó Malfoy. - ¿Por dónde iba…? Ah sí. El tercer y último centro de poder es la mente. El verdadero controlador puede obligarte a pensar de tal o cual manera. No necesita mover tu cuerpo, le basta con dar una orden de pensamiento a tu cerebro.

Ginny se quedó pensativa por unos segundos. Pensó en su experiencia con la maldición imperius. En la placidez que sentía, en el poco control que tenía. Pero también en la consciencia que hacía lo que hacía porque se lo ordenaban. Así había sido siempre, desde que el falso Moody la usó contra ella y sus compañeros. Había envidiado a Harry por su total dominio de la Maldición Imperius.

Oh, Harry… ¿Por qué era tan difícil pensar en él? Se recordó que debía estar vivo. Que si no estuviera, los Carrow serían los primeros en saberlo: armarían una fiesta y obligarían a todo el mundo a asistir. Suspiró molesta por sus pensamientos. Harry estaba vivo, vencería a Voldemort y todo estaría bien.

Debía estar vivo, se repitió. Harry tan noble, tan valiente, tan tierno. No era un as en las materias, pero era genial en Defensa. Y sabía repeler la Maldición Imperius. Aunque no era bueno en Oclumancia.

- ¿Y es por eso que la legeremancia y la imperius están fuertemente relacionadas?

Draco no había esperado que ella le preguntara algo. No directamente, al menos. Pero lo había hecho. Estaba sorprendido y confundido del porqué de la pregunta, pero decidió no darle muchas vueltas.

- Sí, es por eso contestó.

No dijeron nada más. Se quedaron mirándose. Intentando entender al otro. Comprender que pasaba por su mente.

Draco asintió.

- Debo irme.

- Ajá.

Pero no se fue. La miraba. Ginny se preguntó por qué rayos no se iba. ¿Por qué rayos no la dejaba en paz? ¿Por qué seguía allí? ¿Qué quería Malfoy? ¿Fastidiarla? ¿Molestarla? ¿Tener material para fastidiarla luego? Cerró los ojos, y aguardó. Pero seguía sin irse. Los abrió de golpe y lo fulminó con la mirada.

- ¿Por qué rayos todavía no te has puesto en observación?

- ¿Qué?

Draco hizo un gesto de impaciencia. La Weasley era lenta. No podía con su ritmo. No podía entender el movimiento de su cerebro.

- ¿Por qué no te han encerrado en las mazmorras? ¿Por qué no le han dicho a El Profeta que estás en peligro?

- ¿Por qué harían eso?

- Porque eres la novia de Potter. La queridísima novia del Elegido. La pareja del hombre más buscado de Inglaterra.

- ¿Por qué te interesa eso, Malfoy? - masculló la pelirroja.

- Sólo responde, Weasley.

- No quiero.

- Weasley - advirtió Malfoy.

- ¡Qué no quiero! Y no vas a obligarme. Te prohíbo que…

Draco tuvo ganas de reírse. Ella le prohibía. Ella… Precisamente ella…

- ¿Tú me prohíbes algo? ¿Tú de entre todas las personas? ¿Tú una sucia traidora a la sangre?

- ¡Sí! ¡Yo, Malfoy! ¡Yo! ¡Yo te prohíbo algo! ¡Te prohíbo que me obligues a decirte una respuesta! ¡Te prohíbo que te quedes a mi lado…!

Ginny se interrumpió cuando sintió la mano de Malfoy sobre su cuello. Jadeó buscando aire. Llevó sus propias manos a su cuello, intentando aflojar el agarre de Malfoy. Él sólo sonrió. Un demonio en busca de su destrucción.

- No tienes poder para prohibirme nada, Weasley. Absolutamente nada.

Ginny cerró los ojos. Sabiendo que era verdad, pero negándose a creerlo. Poco a poco, el agarre de Malfoy aflojó. Ella tosió.

- ¡Eres un imbécil! ¡Eres un…!

- Sí, lo sé. Ahora respóndeme.

Ella lo miró sorprendida. Después de todo… Después de cómo la trataba. Después de su agarre… Después de casi matarla… ¿Malfoy aún le pedía respuestas? Sí, lo hacía. Una especie de revelación llegó a su mente en ese momento: Malfoy no se iría al menos que ella le respondiera. Suspiró, resignada a contestar.

- ¿Cuál era la pregunta?

- Potter y tú.

- Amigos, simplemente eso.

- ¡No me hagas reír!

- ¡Es cierto! - protestó Ginny. - Es completa y totalmente cierto. Harry y yo no somos nada. Sólo amigos.

Draco alzó ambas cejas.

- A ver si entendí: dices que Potty y tú son sólo amigos, solamente amigos. Que luego del noviazgo del año pasado se convirtieron en amigos, y listo. Eso es lo que quieres decirme, ¿no?

- Sí, eso exactamente.

Malfoy hizo una mueca. Si la Weasley creía que él se tragaría ese cuento, estaba lista. Ella había estado colada por Potter por años. Nadie que tuviera un cierto sentido del humor (y del gusto), podría la olvidar la horrorosa tarjeta que la comadreja le había enviado a Potty en San Valentín de su segundo año. Tampoco nadie olvidaría la cara de gastroenteritis aguda que lucía la Weasley cuando Potter se cayó de la escoba en tercero. Y mucho menos se olvidaría la expresión pálida y estúpida del rostro de la pelirroja en la víspera del Baile de Navidad de cuarto año, cuando ella guardaba la vana esperanza que Potter la invitara.

Que a él no le intentaran convencer de que habían quedado sólo como amigos. No se los creería. Weasley y Potter eran Gryffindor, eran impulsivos y apasionados, ambos fuego… Jamás podrían quedar sólo como amigos. O bien habían terminado con hechizos y gritos en la Sala Común de Gryffindor, a plena vista de todos. O bien, la Weasley había decido que Potter era un idiota. O bien, y Draco se inclinaba más por esta, Potter la había dejado para protegerla.

Cualquiera de las opciones era válida, se dijo Draco, el caso era saber cuál era, para después tener material de chantaje.

- Eso no te lo crees ni tú - le dijo, y se marchó sin volver a mirarla.

Ginny respiró aliviada. Malfoy se había ido por fin. Ella podía estar bien. Ella podía estar tranquila. Pero no lo estaba. No del todo. El corazón le latía fuertemente. Estaba segura que incluso la señora Pomfrey, encerrada en su despacho de la enfermería, podría oírlo. Si Malfoy iba con el cuento de que Harry y ella habían sido novios, ambos, ella y Harry podrían estar en peligro. Ella, porque como bien dijo Malfoy, la usarían como carnada para atraerlo, y él, porque como ella bien sabía, Harry no soportaría no hacerse el héroe.

Ginny apretó los puños. Debía hacer algo, y debía hacerlo pronto.


Nota de la autora: Creo que al final me quedó muy largo... Ustedes dicen si prefieren capítulos largos o cortos.

Otra cosa, no creo poder actualizar hasta la próxima semana. El capítulo lo tengo casi listo, pero me falta un poco. El miércoles posiblemente actualice. Saludos!