Las puertas rechinaron al abrirse. Ante mis ojos se encontraron las maravillosas exquisiteces que allí se guardaban. Sin duda la familia real tenía un gusto inmejorable.

Me erguí todo lo que mi altura me permitía. Espalda recta. Sacando pecho. Actitud vigorosa. Podía tener todo para triunfar en aquella velada si aquella maldita voz que había sido causante de mis desventuras me permitiese estar tranquilo.

Mis pasos seguros se dejaron guiar por el anciano mayordomo que parecía mucho más joven de lo que en realidad era. Cabello blanco recogido en una coleta a la altura de su nuca con un lazo negro que destacaba en el contraste. Ropajes blancos con bordados de oro y en sus puños gemelos del mismo material.

Los pasillos del lugar parecían interminables y en mi mente tenía claro lo que quería conseguir con aquella visita. Deseaba poder observar a Helen durante horas e intentar pedirle explicaciones de lo acontecido en mi hogar.

Tomando con sus dos manos el picaporte de las puertas, mi guía hizo que se abriese paso al pasillo la luz que salía de los enormes ventanales de aquel salón.

Me quedé un instante absorto viendo la escena que allí se estaba llevando a cabo pues era igual que un cuadro. La familia real al completo tomando té y mirando hacia donde nos encontrábamos los infames que habíamos osado interrumpir semejante ceremonia.

- El conde Byron -me anunció el mayordomo.

Dí unos pasos hacia delante y la puerta comenzó a cerrarse a mi espalda para darnos privacidad.

La familia real al completo estaba observándome. El rey sentado en un sofá antiquísimo había dejado la taza sobre el platillo de porcelana de aquel juego de té. Sus ojos estaban clavados en cada gesto que hacía. Las ropas tan lujosas, hechas de las más exquisitas telas, cubrían su cuerpo.

La reina no había levantado la mirada. Su semblante enfermo era más que evidente. La mujer no debía sentirse para nada bien y la obligaban a realizar las rutinas de siempre. Su cabello estaba recogido en un moño sencillo. Sus manos temblorosas sujetaban la taza de té y sus ropas no eran ni la mitad de lujosas que las del rey. A su lado estaba Helen. Ella sujetaba sus manos cuando el temblor era demasiado grande como para que la taza no fuese a caerse o el té se derramase sobre el cuerpo de su madre.

Los cabellos rubios de Helen se deslizaban por sus sienes rozándolas con delicadeza y en ocasiones cuando se movía en exceso tenían la suerte de ser rozados por sus labios.

Alzó sus ojos azules hacia los míos. Pensaba recibir de ellos hostilidad pero sin embargo ocurrió todo lo contrario. Su mente recordó tan solo el momento en el baile en el que nos habíamos visto por primera vez. No recordaba su altanería, tampoco lo acontecido en mi hogar. Aquello era sumamente extraño porque le costaba acordarse de mi nombre como si hacía poco no lo hubiese pronunciado sin problema alguno.

Había cinco personas más en esa sala pero me olvidé por completo de mirarles mientras me sumergía en mis pensamientos.

Helen no me recordaba salvo de ese momento durante la fiesta en el que rocé su mano. Se había olvidado de todo o podía tener memoria selectiva cuando no quería causar rechazo en alguien delante de su familia pero, ¿qué importaría que esos recuerdos estuviesen en su mente? Nadie podría leer lo que ella pensaba.

Tantas cosas sin sentido que te dejarán pensando ¿qué de todo lo que he vivido es real y qué inventado?

Aquella voz de nuevo. Cerré mis ojos para controlar el gruñido que quería salir de mis entrañas.

Hice una reverencia ante sus majestades y fue en ese momento cuando todas se movieron para saludarme. Se levantaron por sus refinados modales a pesar de no ser necesario.

- Conde Byron, al fin llega -sonrió el anfitrión mientras caminaba hacia mí-. Pensaba que había decidido olvidarse de esta invitación. Le presentaré a todos mis hijos. Venga, no se quede quieto tan lejos de ellos.

Seguí al rey hasta que él se paró quedándome quieto a su lado percatándome de que era el centro de atención de toda la familia en ese instante.

- Pocos tienen este privilegio. Toda la familia real esperando para ser presentada ante un humilde caballero -sonrió como si lo que hubiese dicho no fuese humillante para nadie-. Le presentaré uno a uno para que tenga la oportunidad de quedarse con el nombre y su aspecto sin problema alguno.

Alzó una mano y señaló a una joven morena, con la mirada agachada por la vergüenza. Sus mejillas sonrojadas indicaban que estaba en lo cierto. Levantó una de sus manos hacia mí, la cuál tomé con suavidad y deposité un pequeño beso en ella soltándola poco tiempo después.

- Mi joven hija, Leonor – presentó el rey.

- Encantado -murmuré con compasión y suavidad al saber que la muchacha deseaba irse de allí cuanto antes.

- Igualmente -susurró con un hilillo de voz mientras se separaba.

Su cuerpo era menudo. Era una simple niña aún, con inocencia y temor del resto del mundo. Su piel era suave y lisa pero sus dedos en cambio era un poco ásperos, seguramente de haber sido usada durante horas una pluma para escribir.

Su cabello hacía imposible ver sus rasgos con claridad pero decidí no importunarla más con mi mirada analítica pues a cada segundo se ponía más nerviosa que el anterior y podía escuchar su corazón latiendo con fuerza y desesperación.

- Eleazar, el varón más joven de la familia.

Vi al joven al cual presentaba su padre. Era un niño aún. No tenía mucho vello facial. Me sonrió fríamente pues no parecía un chico que estuviese muy acostumbrado a recibir visitas. Su cabello era moreno, corto y desordenado. Sus ojos azules tan profundos que los de su hermana pero ni la mitad de hermosos.

Inclinamos ambos nuestra cabeza y continuó presentándome a los allí presentes.

- Mi hermosa hija, Susan -murmuró con una amplia sonrisa.

Se le notaba orgulloso de ella como si esa fuese la única persona que desease que conociese.

Observé los ojos marrones de la joven que sonreía coqueta sin apartar su mirada ni un segundo de mí. Sus facciones eran exquisitas, dulces y delicadas. Cualquiera pensaría que su belleza era mayor que la de su hermana mayor pero lamentablemente para ella, la forma de ser de su hermana hacía que fuese increíblemente más atractiva. Sus pestañas revoloteaban de manera que me intentaban seducirme. Sonreí como respuesta y sin apartar mi mirada de la suya deposité un beso entre sus nudillos.

Aquella joven deseaba ser conquistada y era imposible para mí no caer en ese juego de fingida inocencia que estaba comenzando. Decidí que me divertiría con ella hasta lo que me permitiese. No era estúpido.

- Michael, mi hijo más dicharachero -continuó su padre.

Posé mi mirada en el fornido descendiente. Su rostro tenía una sonrisa burlona y supe enseguida que le encantaba conocerme pues parecía de su misma edad. Podríamos ser buenos amigos y seguramente me interesaría tener algún contacto dentro de palacio para mis planes. Le devolví la mirada de la misma manera para que sintiese que en mí tenía un aliado.

- Helen -me presentó secamente el rey.

La joven rubia hizo una pequeña inclinación y antes de que pudiese tomar su mano para besarla su padre me llevó hasta el último de sus hijos. Detestaba a su hija, estaba seguro pero no entendía el motivo cuando era tan… deseable. Suspiré e incliné mi cabeza ante el joven que estaba delante de mí.

Su mirada era severa. Pensaba solamente en su hermana Helen todo el tiempo y en que no le dedicase ni una mirada más de la necesaria pero también en lo furioso que estaba por la falta de modales que tenía con su adorada protegida.

- Encantado -musitó con un tono firme dispuesto a que si fuese necesario atacaría y le arrancaría las entrañas al primero que apareciese.

No pude creer lo que sentía. Era como si no fuese como los demás. Él era diferente. Me costaba no mirarle con la misma manera desafiante pero desconocía los motivos.

Pensé en Helen y pude escuchar con claridad un gruñido escaparse del joven que estaba frente a mí. ¿Quién era ese joven?

- Ahora, le presentaré a mi hermosa y adorable esposa -sonrió y me guió hasta el sillón en el que ella permanecía aún sentada.

Alzó una de sus manos y besé suavemente su delicada piel para después ver como me miraba.

Me sentí un instante paralizado mientras ella abría y cerraba sus labios muy rápidamente.

- Sé qué eres y lo que te propones. No dejaré que destroces a mi hija -murmuró pero nadie había podido oírle.

Me separé en cuanto sentí que volvía a ser dueño de mi cuerpo y podía moverme. ¿Cómo sabía lo que pensaba hacer? En ese instante varios flashes comenzaron a gobernar mi mente. No deseaba recordar aquello pero no sabía porqué no podía pararlo. ¿Sería aquella mujer quien estuviese haciendo todo ello o la voz malévola que escuchaba cuando menos lo deseaba?