Gracias a Mumin Sarita por sus reviews, a samj y a los que me leen y no se presentan.
Punto muerto
- ¿En dónde estabas, Draco? - preguntó Pansy.
- Por allí - respondiste simplemente.
Te sentaste a la mesa de Slytherin. Miraste a tu alrededor y luego centraste tu atención en las fuentes doradas.
- ¿Por allí? - repitió Pansy - ¿Tú te piensas que yo soy tonta?
Tú alzaste la mirada y enarcaste una ceja. ¿Eso responde a tu pregunta, Parkinson?, pensaste. La morena hizo una mueca. Sí, lo había entendido. Sonreíste.
- Te fuiste luego de la clase de Transformaciones, fuiste a no sé qué en la clase de Artes Oscuras, y luego te desapareciste. ¡Nada! Ni una nota. Ni un mensaje. ¡Puf! Como si te hubiera tragado la tierra.
- Tal vez lo hizo - replicaste con indiferencia.
- ¡Eres increíble! - estalló Pansy. Blaise Zabinni se alejó unos cuantos para que Parkinson no lo dejara sordo. - Todavía que me preocupo por ti. Todavía que le invento una excusa al Profesor Flitwick porque no apareces. Todavía que…
- Nadie te pidió que hicieras eso.
Pansy abrió y cerró la boca repetidas veces. Como un pez fuera del agua. Te encogiste de hombros. La comida apareció en los platos y empezaste a comer.
- El estofado sabe rico, Pansy - le dijiste cuando te percataste que la morena no había probado bocado.
Ella tomó los cubiertos. Comió pero a duras penas. Casi parecía que con saña.
- ¿Qué mal te ha hecho la comida, Pansy? - reíste.
Ella te fulminó con la mirada. Te volviste a reír y la ignoraste. No te importaba, te dijiste, no te importaba nada. Seguiste comiendo, tranquilo, casi diseccionando los elementos, convencido que nadie comía con mayor elegancia que tú. Ni siquiera Theodore-jodidos dedos largos-podía comer como tú comes. Crabbe y Goyle no te llegan a los zapatos. A Zabini sólo lo ignoras y pasas de él. No te importa, no te importa nada. Daphne Greengrass te mira y hace una mueca. Ella tampoco te importa, te dices. Es sólo una rubia más que no merece tu atención. Nada te importa, te dices. Nada.
Entonces levantas la mirada. Y la nada desaparece ante tus ojos. Ginny Weasley se está sentando en la mesa de Gryffindor. Con mucha tranquilidad, como si tuviera todo el tiempo del mundo. La cruciatus sigue doliéndole, te dices. Y sonríes.
- ¿Qué te pasa con la Weasley?
- Nada que te incumba, Zabini - respondes sin mirarlo. El moreno se encoge de hombros y sigue dando cuenta de su comida.
Pansy te mira con dolor. Suspiras. Parece que ella sigue sin entender que no tiene cabida en tu vida. Se lo dijiste el año pasado. Le dijiste que tenían caminos diferentes y que ella no estaba en el tuyo. Ella lo entendió. O fingió hacerlo, convencida que sólo era una fase. Negaste con la cabeza.
No, no es una fase. Pansy no puede estar en tu vida. Su padre no pertenece al círculo más allegado del Señor Tenebroso, el Señor Tenebroso no vive en su casa, su única tía no practica maldiciones torturadores en ella, su familia no está amenazada por un sádico. Pansy no puede estar en tu mundo.
¿Y la Weasley sí?, te pregunta una voz en tu cabeza. Pero no le respondes. Y terminas de comer.
-o-
Fumas. Y contemplas las volutas de humo que salen de tu boca. Estás acostado boca arriba en el suelo de la torre de astronomía, en el mismo lugar en que Dumbledore murió. Estás solo, no quieres la compañía de nadie. No necesitas a nadie. Disfrutas de la soledad. Te haces uno con la soledad.
Oyes pasos. Pasos que te suenan familiares. Sonríes. ¿Es mera casualidad que sus pasos le acerquen a ti? Cierras los ojos y dejas que el humo se introduzca en tus pulmones.
- No pensaba que hubiese nadie - dijo ella.
- Eso es lo malo, querida. Piensas demasiado.
No tienes que verla para saber que hará una mueca, que fruncirá el ceño, y que se morderá la lengua para no maldecirte. Los pasos de ella se acercan al barandal del balcón. Te la imaginas apoyando sus brazos, pálidos y llenos de horribles pecas, sobre la baranda, mientras suspira y piensa en tiempos mejores.
- ¿No te ha dicho tu madre que fumar es malo para la salud?
- ¿No te ha dicho tu madre que fumar es malo para la salud? - la remedas - ¿No te ha dicho tu madre, Weasley, que no debes meterte en asuntos ajenos?
- ¿Cuáles asuntos? - pregunta ella, y sabes que se está burlando de ti -. ¿Cuáles asuntos tienes que sean tan importantes que no los pueda saber?
- Cuidado, Weasley - le adviertes en un tono muy suave -. No olvides nunca quien soy yo.
- Eres… Eres… ¡Eres depreciable! - dice ella.
- Tal vez - dices luego de unos minutos. - Tal vez - repites.
Silencio. Un pesado silencio cae entre ustedes como si fuera una cortina.
- De todas formas, ¿qué diablos haces aquí, Malfoy?
- Tú misma lo viste, Weasley. Fumo.
- Puedes fumar en cualquier otra parte. - Ella hace una mueca -. Estoy segura que a tus compañeros serpientes les importa un rábano si fumas junto a ellos.
Sí, es cierto. A Blaise y a Theo no le importaría, básicamente porque tú has tenido que aguantar que fumen frente a ti sin ningún reparo. Pero no quieres fumar frente a ellos. No te explicas por qué, pero no quieres.
- Quiero fumar acá.
Ella hace un gesto de exasperación. Tú ríes. Ella te oye y te fulmina con la mirada. ¿Hiero tu sensibilidad, Weasley?, te preguntas.
- Como quieras - dice ella con los labios apretados.
- ¿Y tú qué haces aquí, Weasley?
- Eso no te incumbe.
- Creo que la última vez que diste un paseo nocturno, te encontraste con Carrow…
Ella abre los ojos al máximo y te señala con un dedo acusador.
- ¡Fuiste tú! - grita - Tú le dijiste a ese imbécil en dónde estaba, y…
- Te dije que te entregaría los Carrow, ¿no? - dijiste con indiferencia.
- Eres un…
- Es tu palabra contra la mía, Weasley - le advertiste. - A ti no te creerán nada. Si yo digo que me estás atacando, nadie diría que…
Te interrumpes cuando sientes la mano de la Weasley sobre tu cuello. Está apretando fuerte. Jadeas en busca de aire. Intentas detenerla poniendo tus manos sobre la de ella, pero no te deja. Evita tus intentos. Y sonríe. Una sonrisa maníaca que te pone los pelos de punta. Una sonrisa muy parecida a la de él, la del Señor Tenebroso. Y te estremeces. Poco a poco, la Weasley afloja su agarre.
- Es tu fuerza contra la mía, Malfoy - te dice con sorna.
- ¿Cómo…? ¿Cómo putas hiciste eso?
Ella hace un gesto como quitándole importancia al hecho.
- Tengo seis hermanos - dice con indiferencia.
- Ah.
Los volteas y te pones sobre ella. Estiras sus brazos por encima de su cabeza. Ella hace un gesto de dolor, pero no grita. Le sonríes.
- ¿Y tus seis hermanos? - la provocas.
- No voy a ponerme a gritar si eso es lo que piensas.
- ¿Por qué no? - preguntas.
Estiras sus brazos hasta lo imposible. Ella se arquea, buscando zafarse de tu agarre. Pero ese movimiento ha hecho que repares en sus senos. Son pequeños, redondos, probablemente quepan en tus manos. Te preguntas cómo serían al tacto.
- No te atreverás - masculle ella entre dientes.
Te ríes. Eso ha sonado casi como un reto para ti. Mantienes las manos de la pelirroja en el suelo con tu mano derecha, y con tu mano izquierda acaricias el torso de Weasley. Puedes ver los beneficios del quiddicth en la chica. Aprietas tu mano en la piel, ella se queja, acabas de presionar uno de sus cardenales.
- Perdón - le dices a pesar que no lo sientes en absoluto.
Ella busca zafarse con más fuerza. Ves como sus piernas se mueven para darte el toque de gracia en tu entrepierna. La detienes. Colocas una de tus manos sobre las piernas femeninas y cortas sus movimientos. Y a pesar de ello, ella sigue moviéndose.
- ¡Estate quieta, maldición!
- ¡No quiero!
- ¡Te comportas como una niña pequeña!
- ¡Y tú eres un maldito sádico! - te grita.
Gruñes. Sientes ganas de hacerla callar. De maldecirla. De desaparecerla. Es que es tan molesta… Tan terriblemente molesta. Ella también gruñe. Gruñe debajo de ti. De repente de preguntas como gemiría debajo de ti. Ante aquel pensamiento, algo se empieza a despertar. Algo que está clavándose en el vientre de la Weasley. Ella abre los ojos al máximo.
Te empuja. Te empuja lejos de ella. Y tú se lo permites. Te sientas a su lado y ocultas la erección de tu vergüenza con la túnica. Ella te da la espalda. Ambos jadean en busca de sus respiraciones.
- Malfoy.
- No digas nada, Weasley. Nada.
Te levantas. La miras desde tu altura. Ella aparece confundida, aturdida, fuera de sí. Te alejas y bajas de la Torre de Astronomía.
-o-
El cuarto está lleno de humo. De decadencia. De caos. La ropa está tirada sin orden ni concierto. Aquí y allá se distinguen colillas de cigarro, cenizas, y vidrios rotos.
Un chico moreno está tarareando la nueva canción de moda en la radio mágica. Mantiene los ojos cerrados y un pitillo a medio quemarse entre los dedos de su mano izquierda.
Un chico de cabello castaño permanece boca abajo sobre su cama, mirando hacia el piso y descubriendo nuevos patrones en el rastro que dejan las cenizas. La boca misma parece llenarse de ceniza.
Dos chicos grandes y voluminosos juegan a ser los niños que dejaron de ser. Juegan a comerse los dulces que ya olvidaron. Juegan a sentirse.
El último chico está sentado, apoyado en las cortinas del dosel de su cama. Mira al cuarto sin mirar y suspira profundamente.
- Somos los últimos que quedamos - susurra Theodore Nott a nadie en particular, mientras con sus dedos borra los dibujos de la ceniza y hace otros. - Somos municiones pérdidas. Lo que dejaron al irse.
- Somos caos - susurra Blaise Zabinni - Somos los olvidados - sigue la canción en la radio.
- Ni siquiera somos - dice Draco Malfoy cerrando los ojos.
La madre de Blaise se fue a Italia. Como muchos, está escapando del país. Es una mujer inteligente, no elegirá un bando en aquella guerra suicida. Y al final del semestre, Blaise la seguirá.
- Ni sangre - dice el moreno.
- Ni ceniza - dice Nott.
La abuela de Nott está muy enferma, el medimago que la atiende, no le asegura mucho tiempo de vida. Theodore prepara el sepelio. Es el único que puede hacerlo. El señor Nott está internado en San Mungo, en una de pacientes mentales. Theodore no parece preocupado por ello.
- Ni luz - dice Draco.
Sus padres sólo sobreviven. Sólo viven un día más. Mientras aguantan al Señor Tenebroso en su casa. Mientras aguantan a la tía Bellatrix. Aguantan, sólo aguantan.
- Bueno, ¿pero qué somos? - dice Goyle.
- Mortífagos - le responde Crabbe con un tono oscuro y casi irreal.
Draco se encoge de hombros.
- Ni eso.
-o-
Te levantas. Sientes tu cuerpo pesado. Dormido. Cansado. Pero te levantas. Un día más. Sólo un día más. Quitas las cortinas de tu cama. Tus compañeras siguen dormidas.
Te recuerdas que nunca has tenido una buena relación con ellas. Siempre les pareciste extraña. Siempre metida en tus cosas. Siempre enfrascada en Tom. Recuerdas que alguna se te acercó a ti, pero la alejaste. Lo único que pensabas era en Tom. Él era tu mejor amigo. No necesitabas más. Tom lo llenaba todo. Ahora que lo piensas, Tom fue el que convenció de no tener más amigos que él. No le interesaba que la gente te conociera. No le interesaba que pudieras ampararte en otros, que pudieras contarles a otros sobre él.
Apartas esos pensamientos de tu cabeza. Te levantas. Pesada. Cansada. Pero te levantas. Entras al baño y te despojas de tu pijama. Te miras al espejo de cuerpo entero. Estás más pálida de lo normal. Tienes ojeras profundas y violáceas. Tu cabello parece un nido de pájaros. Cierras los ojos y te apartas del espejo. El agua de la ducha relaja tus músculos, o los relaja lo suficiente. Es agua fría. Helada. Tu piel se eriza. Tiemblas por el frío. Sin quererlo, lloras.
Es un llanto silencioso. Un llanto del que nadie se da cuenta, al menos que te vean a la cara. Un llanto que se disfraza con el agua de la ducha. La gente se equivoca al decir que no lloras. Al decir que eres fuerte. Estás llorando de pánico. Toda tu familia está allá afuera, escondiéndose, arriesgando sus vidas, enfrentando al terror. Tú estás aquí adentro, tú también luchas. Tú también te enfrentas a la injusticia. Pero no es suficiente. No lo es, y lo sabes. Hay que hacer algo, tienes que hacer algo.
¿Pero qué? Y de repente aparece. Se ilumina en tu cabeza. Sube como un cosquilleo por tu cuerpo. Es una locura, una completa locura. Y ni siquiera sabes si haces lo correcto. Pero no te importa. Necesitas hacer algo. Algo más que hacer pintas y consolar mocosos de once años. Malfoy tiene razón, te dices. Ustedes son débiles, incapaces de enfrentarse a los Carrows. Son como niños rebeldes a los que nadie presta atención. Pero eso se acabó.
Hoy se acababa. Sales de la ducha y te secas con fuerza. Con toda la fuerza de la que eres capaz. Y esperas que esa fuerza te ayude a hacer lo que debes hacer.
-o-
Te enteras por Pansy:
- Ese trío de idiotas entró al despacho del profesor Snape y trató de robar una espada. ¡Una espada, por Merlín! ¿Para qué carajos necesitan una espada? ¿Piensan destruir al Señor Tenebroso con una?
Theodore Nott se encoge de hombros.
- Tal vez. ¿No crees que sería interesante de ver, Pansy?
- No, la verdad es que no.
- Me imagino la cara del Señor Tenebroso - intervino Zabini - Queridos míos, el día de hoy han atentado contra mi vida, con una espada. ¿Pueden creerlo?
Greengrass se ríe, y a su pesar, Pansy se ríe también.
- Eres un caso, Blasie. Sólo tú bromearías con algo así.
- Sólo yo, preciosa.
- ¿Pero qué intentaban hacer? - preguntó Goyle.
- Ni idea - le contestó Pansy -. No tengo ganas de inmiscuirme en la mente de un león.
- ¿Y cuál es el castigo, Pansy? - preguntaste.
Pansy te mira. Como si deseara no contestarte. Como si se replanteara dejarte con la pregunta sin respuesta. Pero suspira y responde:
- Van al Bosque Prohibido con Hagrid - ella se encogió de hombros -. Suena espeluznante, ¿no?
- Sí, por supuesto - concede Draco. Se come un guisante mientras reflexiona - Aunque Hagrid es amigo de San Potter y compañía, llámese la dientona sangre sucia y el pobretón de Weasley, también de Lunática, la Weasley y el payaso de Longbottom.
- Supongo que tienes razón, Draco.
- La tengo, Pansy, siempre la tengo.
-o-
- Snape.
- Cierra la puerta, Draco.
Azotas la puerta y miras fijamente a tu ex profesor favorito. Pero él no te mira. Sentado detrás de su escritorio, se inclina sobre unos papeles, y no te presta atención. Carraspeas para hacerte notar. Sigue sin mirarte. Gruñes. No estás acostumbrado a que te ignoren.
- ¿Me puedo ir o esta reunión va a ser algo que vale la pena?
- Estás siendo insolente, Draco.
Lanzas un bufido poco insolente.
- Tal vez no fuera tan insolente si no me llamaras tanto, ¿no te parece? Desde el año pasado me citas a tu despacho. Siempre con la misma cantaleta. Que si debo ser prudente, que si me tengo que mantener al margen, que si me ayudas, que no hay gloria en matar.
- Sabes que es cierto.
Por fin te mira. Sus ojos negros se clavan en tus pupilas grises. Y te estremeces por la indiferencia que esos ojos te muestran. Como si no le importara nada. Absolutamente nada.
- ¿Qué sé que es cierto?
- No hay gloria en matar. Ninguna.
Asientes. Más por hacer algo, que porque realmente se espera de ti. Snape vuelve a bajar la cabeza. Bufas de exasperación.
- ¿Sabes? A diferencia de ti, yo tengo cosas que hacer.
Snape lanza una risita.
- ¿Crees que yo no tengo cosas que hacer, Draco?
- ¡Entonces dime para qué coño estoy aquí! ¡Dímelo y ya, maldición!
- Estás aquí - dice el profesor sin variar su tono de voz ni un ápice -. Porque recientemente ha llegado a mis oídos que pasas mucho tiempo con la señorita Weasley.
Jadeas de la sorpresa. No esperabas eso. No esperabas que Snape supiera que… Además, no hay nada que… Absolutamente nada que… Y no es de la incumbencia de Snape, vamos.
- ¿Quién ha dicho esa estupidez?
Snape alzó una ceja. Tú te quisiste dar de cabezazos contra el escritorio. No habías respondido rápidamente. Snape sospechaba, y tú le habías dado alas para que la sospecha quedara convertida en algo más.
- Así que es cierto.
Sí, lo es. He estado con la señorita Weasley en tres ocasiones. La primera la entregué a los Carrows, la segunda casi la ahorco con mis propias manos, y la tercera me provocó una dolorosa erección. Pero eso, Snape, no te importa. ¡Así que aparta tu estúpida nariz ganchuda de mi mente!
- ¿Y qué si es cierto? - preguntaste a la defensiva.
Severus Snape endureció su mirada. Aún más si cabe.
- Entonces te tendré que preguntar si realmente estás loco. O te has vuelto idiota. O algo similar.
Te reíste. Una risa irónica, que sin embargo te costó sacar del pecho.
- Ninguna de las tres cosas, Snape. Tampoco me han dado esencia de locura. Ni me he golpeado la cabeza.
- ¿Y entonces?
Te reclinaste en la silla, en actitud despreocupada y desvergonzada. Snape enarcó una ceja.
- Estoy probando las posibilidades.
- ¿Las posibilidades de estar con una traidora a la sangre? -. No te molestaste en contestar. Snape se inclinó sobre el escritorio, haciendo que tu nariz y la de él estuvieran a sólo un palmo de distancia. Permaneciste imperturbable, no le ibas a dar el gusto de verte asustado y nervioso. - ¿Qué otras posibilidades hay aparte de que te maten? ¿O qué la maten a ella? ¿O que maten a las familias de ambos?
Ahí tu fachada se resquebrajó un poco. Tu familia… No podías vivir sabiendo que por tu culpa resultó muerta. No podías… Tu madre… Tu padre… Las personas que te dieron el ser, las personas a las cuales importabas. No, no podías darle la espalda.
Sentiste el impulso de negarlo todo, de decir que no tienes nada con la Weasley (lo cual sería una verdad absoluta), y salir de ese despacho. Pero la mirada burlona de Snape acabó con ese propósito. No, no le darías la satisfacción de manejarte a su antojo. No, no permitirías. No ibas a dejar que él supiera lo mucho que te afectaban sus palabras.
- Las posibilidades… Las posibilidades son infinitas - replicaste.
Snape gruñó.
- Sigues siendo un tonto - mascullo -. Más tonto que el año pasado. Eres arrogante y sólo ves lo que quieres ver. Lo que está sólo en tus narices, y no más allá. Si miras, te darías cuenta que… que es estúpido lo que planeas. Lo que quieres. - Snape hizo una pausa -. Sólo lograrás que te maten, Draco. O que maten a tus padres. ¿Es eso lo que quieres? ¿Es eso lo que mejor puedes hacer? ¿Pondrías la vida de tus padres en riesgo sólo por un tonto capricho? - Negó con la cabeza -. Te creí más inteligente, Draco.
Te levantaste.
- Y yo creí a usted menos entrometido, pero ya veo que me equivoqué.
- ¡Los muchachos de hoy en día son unos insolentes de primera! - gruñó un retrato. Lo reconociste como Phineas Nigellus, tu antepasado. Te encogiste de hombros.
- Acéptelo y sufra, abuelo.
- ¡Nunca me habían tratado con tanto desprecio! - gritó -. Primero esa sangre sucia de Granger… y ahora tú, es que francamente…
Miraste fijamente a Snape. Pero él no te miraba. Miraba a Nigellus como si se planteara la idea de destruir ese retrato. Sonreíste. Al parecer no eras el único que ocasionaba ira en Severus Snape.
- Yo me marcho.
Snape asintió. Saliste del despacho con una nueva información. Granger, Potty y la Comadreja estaban en algún lugar desde el cual podían acceder a hablar con Nigellus. Eso tal vez podía ser interesante. Tal vez…
-o-
- ¿Otro paseo nocturno, Weasley?
- ¿Qué te importa, Malfoy? - te replicó con la voz tomada.
La miraste fijamente. La luz titilante de las velas del pasillo, la hacía ver muy pálida, enferma, impresión que se acentuaba por las grandes ojeras que portaba.
- Tienes un aspecto lamentable, ¿lo sabías?
Ella se encogió de hombros.
- Todo el mundo tiene mal aspecto en estos días.
- Sí, tú lo dices…
- Tú no, por supuesto - gruñó ella -. El Gran Draco Malfoy nunca luce mal. Siempre está presentable. El prefecto de su casa, el Príncipe de las Serpientes… El príncipe no se puede permitir lucir mal. Siempre tiene que estar perfecto… Siempre. El Príncipe de los idiotas deberían llamarlo. O de los estúpidos… ¡hip!
Tuviste el impulso de reírte. - ¿Weasley, estás borracha?
- ¿Qué mierda… ¡hip!... te importa? ¿Qué putas te importa si me emborracho o no? ¿A nadie le importa? ¿Por qué a ti sí? ¿Por qué… ¡hip!?
- Miren a la Salvadora del Mundo Mágico - te burlaste -. Borracha perdida. Te ves graciosa, Weasley.
Ella frunció el ceño. Entrecerró los ojos, como si le costara enfocarte. Te reíste.
- No soy ninguna Salvadora. Esa mierda no es… ¡Hip! No estamos haciendo nada… Lo de la espada fue una tontería. Debí saberlo… El puto castigo no importó… ¡Hip! Me duele el orgullo… ¡El puto orgullo que no me deja en paz! No soy ninguna Salvadora. Esa mierda es para Harry, para mi hermano, para Mione, no para mí… ¡Hip!
- Eres inútil entonces, ¿eh?
Ella lanzó un grito. Mezcla de banshee con despecho. Te estremeciste al oírlo.
- No soy inútil. No lo soy… ¡Y no te atrevas a decirlo de nuevo! Yo… No soy inútil… Eso me lo decía Tom. Tom… estúpido de Tom. Estúpido él y estúpida yo por… ¡Hip! No soy una inútil. No lo soy… Tú eres el inútil… Tú eres el…¡Hip! Te ordenaron hacer algo y no… No lo hiciste…, Inútil demasiado inútil.
Gruñiste. Tú no eras inútil. Y no ibas a dejar que la Weasley te dijera así. No ibas a dejar que…
- ¿Qué es lo que…? ¡Argg!
La interrumpiste. Golpeaste su boca con la tuya y la besaste, furiosamente, terriblemente. Buscando la manera de callarla, de demostrarle una lección, de destruirla… Buscando una manera de fundirte en ella, de hacerle pagar, de joderla… La boca de Weasley sabía a alcohol, whisky barato y rancio… Su lengua batalla con la tuya. Era una lucha. Una verdadera lucha para ver quién podía a aguantar más. De destruir más… De hacer más daño… Ella te mordió la lengua hasta hacerte sangre… Tú le mordiste el labio hasta llegar al mismo resultado.
- Te odio - susurró ella. Y volvió a besarte.
Su boca sabía a glorias perdidas… A niños que luchaban por un mundo mejor… A silencios gritados en la almohada… Gruñiste en medio del beso. Tus manos tomaron su cintura, fuertemente, salvajemente, mañana le quedaría un cardenal… Sus manos agarraron tu cabello, sin delicadeza alguna, sin preocuparse por desprender hebras de cabello rubio… Gritaron en medio del beso… Gritaron sus demonios, sus molestias, sus miedos… Ella te mordió el cuello… Tú le mordiste la oreja… Hacerse sangre… destruirse… destruir al otro…
La boca de ella sabía a Potter… Al héroe del mundo… Al Salvador… Sabía a él… A ideales, a valor Gryffindor, a besos dulces a las sombras de los árboles… Sabía a tu Némesis… A tu enemigo… Y arrasaste con él… Con el rastro de su boca en la de la Weasley… Con los besos de amor que le dio a ella… Con las promesas que vertió en los besos… Y gruñiste de felicidad…
- Bienvenida al infierno, Weasley - susurraste mientras la tocabas por encima de la ropa.
Ella se quedó callada, inmóvil por unos segundos. Luego te susurró en la oreja.
- ¿Me estás abriendo la puerta, querido?
Entre las sombras del pasillo, sin que ninguno de los dos se percatara de ello, los ojos verdes de una chica los estaba mirando.
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