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Gracias por sus reviews a samj, TeddyMellark y alissa-2012. Con ustedes el sexto capítulo de Infierno VIP.


Combustión

- Hola, Malfoy.

Draco levantó la vista. Su repentina interlocutora lo sorprendió totalmente.

- ¿Greengrass? ¿Qué haces aquí?

La aludida entrecerró los ojos. Draco se quiso dar de cabezazos contra la pared. ¿Cómo se le ocurría tratarla de esa forma? Era una chica, por Dios. Y era una sangre pura. Aunque eso no te importa con Weasley, ¿no?, le dijo aquella molesta voz de su consciencia.

- Quiero decir, ¿todo bien?

- Sí, bien.

- Pues me alegro…

La mirada que le dedicaba la castaña era inquisitiva. Draco sentía que podía traspasarlo si ella quisiera. Lo miraba como si lo estudiara. Y al rubio le reventaba que lo trataran como una rata de laboratorio. Ya bastante tenía con ratas, Peter Petigrew por ejemplo. Draco bufó y mandó al demonio los buenos modales.

- ¿Qué se te ofrece, Greengrass? - preguntó con voz dura.

Ella tardó en responder. Lo estaba poniendo nervioso. Y a propósito. Seguro que la muy maldita estaba disfrutando de lo lindo viendo como Malfoy se ponía nervioso por una simple mirada. Pero es que no era una simple mirada, se dijo, tratándose de una Slytherin nunca era una simple mirada. Draco no conocía a Astoria de nada, excepto por ser la hermana menor de Daphne, más allá de eso… Pero el Sombrero siempre tenía sus razones para enviar a alguien a una casa. Y si Astoria fue a Sytherin…

- Nada, Malfoy. No se me ofrece nada - contestó con voz suave.

Draco no le creyó. Había algo en esa mirada verde que le ponía los pelos de punta. Algo oscuro y peligroso que hacía que no se sintiera seguro. Ella sabía algo que él no, que él ignoraba. Un enigma. La misma Astoria Greengrass parecía un enigma. Era silenciosa, pero no tímida, Draco siempre la veía hablar con sus amigas, las cuales eran tan silenciosas como ella. Siempre vestía de suave azul, y cuando vestía la túnica del colegio siempre cargaba un cintillo o unos pendientes azules. Astoria tocaba el piano, Draco lo sabía porque una vez había escuchado la música del piano en la casa de los Greengrass, había bajado a observar y había encontrado a las pequeñas de las hermanas en frente del teclado. Pero ella jamás había tocado en el coro de la escuela, no entraba a hurtadillas al salón de música para practicar, y parecía que nadie, aparte de él y de Daphne, sabía que Astoria tocaba. Ella no destacaba, ni por su cabello castaño, liso y ondulado en las puntas, ni por sus ojos verdes, enormes y tan brillantes como los de Potty, ni tampoco por sus notas. Draco no sabía porque Astoria Greegrass había entrado en Slytherin. Pero ese día se dio cuenta.

- Me gustaría saber que te traes entre manos, Greengrass - advirtió el rubio con su voz más peligrosa.

Ella ni se inmutó. Seguía mirándolo, casi inexpresiva, sólo sus ojos delataban algo, una intención oculta tras esa mirada.

- Córtalo y ya - dijo Draco, incapaz de seguir esperando a que la chica hablara.

- ¿Y en dónde estaría la gracia de eso, Malfoy?

- Tú sabes algo que yo no - admitió Draco exasperado.

- Ajá.

- Y me lo dirás ahora.

Astoria negó con la cabeza.

- No, creo que no. Dejaré que te rompas la cabeza especulando sobre lo que yo sé sobre ti.

- ¿Sobre mí?

Astoria asintió, pero no respondió. Le dirigió una última mirada al rubio y se alejó de su puesto. Draco siguió sus movimientos hasta que la chica se sentó al lado de sus amigos. El rubio bufó. Había varias teorías: o bien Astoria estaba lanzándose un farol; o bien era cierto que sabía algo sobre él que podía hacerlo temblar; o simplemente ella estaba confundiendo lo que sea que haya visto. Tratándose de una Slytherin, cualquier cosa podía pasar.

Ulises, su búho eligió ese momento para aterrizar en frente de él. Distraído, Draco tomó la carta que traía. La abrió y leyó la primera línea:

Querido Draco

Tu madre está bien. Está en cama en estos momentos, demasiada presión para sus pobres nervios. Me ha recordado que te diga que le escribas. Está muy preocupada por ti, en especial con los Carrow cerca. Te sugiere que pases tiempo con Severus, o que al menos busques su protección.

El Señor Tenebroso no se encuentra en la Mansión en estos momentos.

Tu tía Bella te manda saludos y te recuerda que debes seguir practicando tu oclumancia y tus hechizos. Dice que te va a examinar en Navidades. Tu madre quiere impedirlo, le he dicho que no debe meterse en ello, ya que eso es algo entre tú y tu tía. Si puedes aguantar a Bellatrix, creo yo, podrás aguantar a cualquiera.

Tu padre.

Lucius Malfoy.

Draco bufó al leer esa carta. Breve y conciso, ni un "hola, ¿cómo estás?", ni un "estamos preocupados por ti", ni un "¿has dejado de tener pesadillas?". No, su padre estaba por encima de todo eso. Admitir que estaba preocupado por su hijo era demasiado para él, admitir que temía por su vida, o que no dormía pensando en su heredero… no, eso nunca lo haría Lucius Malfoy.

Draco ya se había acostumbrado a la indiferencia de su padre. A los curiosos y caros obsequios con que llenaba el vacío de su ausencia. A las frases cortas y escuetas que siempre salían de su boca. A la distancia que marcaba su padre. Suspiró. Ya se había acostumbrado, pero a veces no era tan fácil aceptarlo.

Un poco frustrado consigo mismo, levantó la mirada y la fijó, sin quererlo, ni proponérselo, en Ginny Weasley. Estaba en el otro extremo del Gran Comedor, dándole la espalda, y ajena a sus pensamientos. Draco sonrió. Le gustaba esa indiferencia de la que hacía gala la chica. Él le gustaba, Draco lo sabía, gustaba a Ginny Weasley. Aunque ella no lo aceptara, o se resistiera a hacerlo, él le gustaba. Pero a diferencia de muchas, no lo demostraba. No era como Pansy que parecía sentirse como una reina cuando él le tomaba de la mano o simplemente la miraba. No era así, y Draco lo agradecía.

De repente, la Weasley volteó. Clavó sus pupilas chocolate en el rostro de Draco. Él alzó una ceja. Ella sólo se encogió de hombros. Draco bebió de su jugo de calaza. Algo había comenzado entre ellos. Algo que pintaba interesante.

-o-

No era lo que planeabas. No era lo que querías. Pero ahí estabas. En frente de él, de Draco. Él apoyado en una columna, su corbata cayendo lánguida sobre sus hombros, su camisa desabrochada los tres primeros botones, dejando a la vista una porción de piel blanca y pálida. Él con los ojos cerrados, su rostro afilado y pálido luce relajado. Él con sus dedos sujetando un cigarrillo encendido, con sus labios rodeando el pitillo y expulsando el humo de sus pulmones. Él con sus pantalones ajustados, sus zapatos lustrosos, y ese aire de elegancia y prestancia que parece rodearlo todo.

Y lo envidias. Envidias su facilidad para estar, como si el mundo fuera suyo, como si se sintiera pagado de sí mismo (y probablemente así era). Envidias lo que él representa: un sangre pura, todavía respetado y temido en ciertos círculos donde la sangre importa más que la personas. Envidias lo que tú nunca podrás ser. Y suspiras. Retuerces tus dedos entre tus manos con nerviosismo. Te preguntas si es la última vez. Te preguntas si a la mañana siguiente, los Carrow te atraparán y te darán el castigo del siglo. Te preguntas, pero casi al instante dejas esos pensamientos de lado. Malfoy ha abierto los ojos y te mira fijamente. Sus ojos grises presagian tormenta. Te advierten: vete de aquí, aléjate de aquí. Sabes que deberías hacerle caso. Sabes que no deberías quedarte. Pero te quedas. Te quedas y no sabes exactamente el porqué. Tal vez sea cierto lo que Malfoy dice: eres impulsiva, y a veces no piensas con claridad; esta es una de esas veces. Te vuelves a retorcer a las manos. El nerviosismo tensándose como una cuerda e tu interior. Y asientes.

Malfoy se aleja de su puesto. Su mirada no cambia en ningún momento. Te preguntas cuanta droga hay detrás de aquel semblante relajado. Abre una puerta y te hace un gesto para que entres. Lo haces. Reconoces la sala como la Sala de los Menesteres. Lo haces porque la sala ha tomado la forma del sitio en que Harry les enseñó Defensa. Suspiras. Qué lejos parecen ahora esos momentos.

Volteas y encaras a Malfoy. Ha sacado su varita. Tú también lo haces. Pero Malfoy no te apunta a ti. Juega con la varita entre los dedos. Sonríe al palo de madera y parece pensativo. Luego alza la cabeza y te mira. Ladea su sonrisa.

Malfoy lanza el primer hechizo. Y tú lo sigues. Él te responde. Pronto, los hechizos llenan el aula. Pronto la adrenalina llena tu cuerpo como lava y se asienta entre tus dedos. Sonríes y lanzas una carcajada. Es lo que necesitabas. La emoción, la fuerza, el saberte útil para algo. Es una escaramuza de batalla, pero no importa. Te sientes viva. De reojo miras el semblante de Malfoy, él también parece vivo, dispuesto, listo para atacar y defenderse. Malfoy es bueno, te admites. Creías que era mediocre, pero te das cuenta que no. Y entonces asumes que nadie es lo que parece.

Un hechizo del rubio roza tu túnica; es una advertencia, debes prestar más atención a lo que haces, a la lucha. Consigues hacer tambalear a Malfoy. Su mirada se endurece, y te responde con un maleficio terrible. Lo esquivas por décimas de segundo y vuelves a atacar. Él lanza una carcajada que casi parece siniestra. Arrogante, te dices. Y te dispones a quitarle esa sonrisa que reboza confianza. Los hechizos prosiguen. La ventaja a veces es de él, y a veces es tuya. Caes dos o tres veces, Malfoy te da tiempo de levantarte, pero luego te ataca cuando pones los pies en el suelo. Es engañoso, te dices, engañoso y tramposo. Pero no te importa, el cambio es bueno. En los últimos meses has estado luchando con Neville. Neville es muy bueno, pero es muy leal, muy noble. Y nunca intentaría destruirte. Malfoy, por el contrario… Caes.

Un hechizo que no viste.

Un hechizo que fue lanzado con malicia.

Un hechizo que te dio de lleno en el pecho.

Y tu visión se oscurece.

-o-

Despiertas en la oscuridad de la enfermería. La Señora Pomfrey te revisa los huesos y los músculos.

- Todo en orden, señorita Weasley.

- ¿Puedo irme ya? - preguntas.

- Me temo que no, no sería una buena idea. Pasarás la noche aquí.

Asientes. Te acuestas y miras hacia el techo. Debes practicar más, te dices. Si Malfoy hubiera lanzado otro hechizo… ahora estarías muerta. Cierras los ojos. Resignada, sólo quieres olvidar. Olvidar la escaramuza. Olvidar que Malfoy pudo destruirte.

Alguien se mueve en la cortina. Te tensas. Te preparas para gritar. Pero cuando abres la boca, alguien te la tapa. Es una manos pálida de dedos largos.

- Malfoy - susurras.

Malfoy se quita su capa de invisibilidad.

- Hola, pelirroja.

- ¿Qué haces aquí?

Él no responde. Se sienta a tu lado en la cama y saca algo del bolsillo. Te incorporas. Malfoy saca un paquetico verde. Lo abre.

- ¿Sabes qué es?

- No.

- Es hierba. Se la robé a Snape de sus armarios privados.

- Qué lindo - ironizaste.

- ¿Quieres probar? - te ofreció.

Incrédula, lo miras.

- No, gracias.

Él se encoge de hombros. Como si no le importara tu respuesta. Frunces el ceño. Él saca un pitillo y lo pone sobre la hierba. Aspira mientras cierra los ojos. Cuando levanta la cabeza, te das cuenta que sus ojos están dilatados y abiertos al máximo. Envidias esa sensación aún sin haberla probado. Le arrebatas el paquetico verde. Aspiras con su pitillo. La sensación es demasiado. Toses. Él se ríe. Se burla. Se burla de ti. Le fulminas con la mirada. Lo odias.

- Es así, Weasley.

Y te enseña. Tras varios intentos le coges el ritmo. La droga está en tu sistema. Lo rodea todo. Lo mezcla todo. Lo llena todo. Y te ríes. Te rías sin saber por qué, o por quién. Pero es divertido. Algo nubla tus pensamientos, y no te importa.

La guerra está allá afuera, y no te importa. Aquí sólo hay droga. Y cierras los ojos.

-o-

- Ginny. ¿Ginny, me escuchas?

- Sí, Nev, te escucho.

Neville bufó exasperado.

- Pues no lo parece.

Ginny puso los ojos en blanco.

- Te estoy escuchando, Nev.

- ¿Ah, sí? ¿Qué dije?

La pelirroja no respondió. Neville cerró los ojos y negó con la cabeza.

- Nev estaba hablando de las vacaciones de Navidad - intervino Luna.

- ¿Vacaciones de Navidad? ¿Piensas en vacaciones de navidad en estos momentos, Nev?

Ahora fue Neville el que no contestó. Se limitó a mirarla fijamente. Ginny se removió incómoda en su puesto. ¿Sabría Nev de legeremancia? No, no lo creía, pero por si las dudas… Por si las dudas, dejaría de pensar en Malfoy, eso es lo que haría. Pero decirlo era más fácil que hacerlo.

Las pesadillas con Tom estaban desapareciendo, para ser reemplazadas por recuerdos de de Malfoy. Malfoy y ella en algún pasillo oscuro besándose como si no hubiera un mañana. Malfoy y ella midiéndose con la mirada, prestos a atacar a la más mínima provocación. Malfoy y ella intercambiado hechizos, en una batalla de voluntades más que de poder. Malfoy con su piel pálida. Malfoy con el cigarrillo sujeto por sus dedos largos. Malfoy con aquel rictus de burla e indiferencia mezcladas. Malfoy con su túnica elegante y de primera calidad. Malfoy susurrando palabras sucias en sus oídos mientras cuela la mano traicionera por los bordes de la falda. Malfoy haciéndola gemir, de dolor y de placer, y de humillación y triunfo.

Ginny cerró los ojos. El aula abandonada de Transformaciones quedó vacía. El silencio sólo era roto por dos pares de pisadas que se situaron en frente de la pelirroja.

- ¿Qué te pasa, Gin? - preguntó Luna.

Ginny parpadeó. Sorprendida, arrobada, avergonzada de sí misma, molesta por no poder controlar su mente, su cerebro, por no poder alejar a Malfoy de ella.

- ¿Qué te pasa, Gin?

Era cierto. ¿Qué le pasaba? ¿Se había tomado alguna poción de locura? ¿Se había golpeado la cabeza? ¿Le habían lanzado una Imperius? Bueno, Malfoy había usado la maldición manipuladora dos o tres veces con ella. Pero Ginny estaba segura que estaba con todas sus facultades. ¿Entonces por qué putas no podía dejar de pensar en Malfoy?

- ¿Qué te pasa, Gin?

Ella no sabía lo que le pasaba. No podía definir el choque, la electricidad que le recorría cuando desplazaba sus dedos por aquella piel pálida, albina y casi traslucida de Malfoy. No podía definir la emoción que corría por sus venas con cada roce, cada gemido, cada mínimo toque que podía sacar de él, de Malfoy. Por Merlín, estaba loca, completamente loca. Debían obligarla a vestir camisa de fuerza. Debían llevarla a Sam Mungo y golpearla hasta que perdiera el sentido, hasta que volviera a ser la misma, hasta que volviera a odiar a Malfoy…

- ¡GINNY, MALDICIÓN, CONTESTA!

Jamás había escuchado a Neville maldecir. Nev era un caballero, un chico correcto, que decía palabras correctas, que era valiente y tenaz, que tenía principios.

- ¿Desde cuándo maldices?

- Desde ahora - replicó - Desde que una de mis mejores amigas se encuentra ida, alejada de todo, indiferente a todo. Desde que tienes ojeras, desde que tienes sueños raros que no te dejan dormir, desde que te escapas por la noche… Desde que no pareces tú, Ginny Weasley.

Ginny no pudo ocultar su sorpresa. ¿De verdad era tan obvia? ¿O es que Neville era muy observador? ¿Cómo se había enterado de todo? Ella había creído que era discreta, que nadie se enteraba de sus actividades nocturnas; que implicaban a un Malfoy demasiado colocado y a ella misma viajando en una nebulosa.

- Yo…

- ¡Y lo peor es que no lo niegas! No niegas que estás diferente, que no eres tú, que te escapas por la noche a quién sabe qué lugar. Te arriesgas, Ginny, y lo sabes, y parece no importante. Te arriesgas y…

- Todos nos estamos arriesgando, Neville - lo interrumpió -. Todos. No sólo yo.

- Pero tú eres la única que sale de noche, sin protección, y que además no informa de adónde va.

Ginny puso los ojos en blanco.

- Oh, disculpe su majestad, no sabía que debía decirle qué mierdas pasa en mi patética y estúpida vida.

Neville abrió los ojos sorprendido. Ginny lo ignoró. Luego, luego se disculparía. Se levantó del viejo pupitre y caminó hacia la puerta del aula. Antes de irse, giró y dijo:

- Si me necesitas, me encuentro en el baño. Sólo en caso de que me necesites.

Salió de la vieja aula de Transformaciones. Y cerró la puerta tras de sí.

-o-

No había mentido. Sí iba al baño. Sólo que ni Neville, ni Luna, sabían a qué baño se dirigía. Empujó la puerta y entró en los aseos de Myrtle La llorona. Había estado tantas veces ahí… En esos baños había conocido la dicha de tener un amigo, la dicha de sentirse comprendida, contenida, confortada por una voz amable y cálida. Había conocido la alegría, la felicidad, el calor y la confianza. Pero también había conocido la tristeza, el dolor, la humillación de haber depositado su confianza en alguien que no la merecía, la traición, la concepción de que por el poder podía hacerse cualquier cosa.

Acarició con sus dedos la serpiente plateada que marcaba la entrada a la Cámara de los Secretos. El lavabo inservible por donde aparecía el Basilisco. Las gotas de agua que dejaban las lágrimas de Myrtle. Ginny cerró los ojos.

- No creí encontrarte aquí - dijo una voz masculina que ella conocía muy bien, pues era la misma que se colaba en sus extraños sueños.

- Ya ves que sí, Malfoy.

Sintió las manos frías del rubio posarse en el borde de su camisa blanca, en aquella porción de piel que dejaban los botones de la misma camisa. Ginny apoyó su cabeza en el hombro de Malfoy y abrió los ojos. Gris y chocolate se encontraron en un segundo. Para que al segundo siguiente miraran cualquier cosa menos a los ojos del otro.

Malfoy fue el primero en acortar las distancias entre sus labios. En inmiscuirse en la boca de la pelirroja, tal como se había colado en sus pensamientos. En tomar el aire y desplazarlo entre ambas bocas. Ginny fue la primera en suspirar, en enredar los cabellos rubios en sus dedos y en inclinar la cabeza de Malfoy, sólo un poco, para profundizar el beso. Ya no eran demonios. Ya no era el toque de Potter. Ahora era una droga, una droga de la que no querían separarse.

Cuando Myrtle llegó, cinco segundos después, Ginny le lanzó un hechizo de Depulso sin siquiera mirarla.


Notas de autor:

Este capítulo sigue sin terminar de cuadrarme, de todas formas espero que les guste. En el próximo capítulo llega la Navidad.