Escribo sin fin de lucro.
Disclaimer: Hetalia Axis Powers y todos sus personajes -los que han sido padres o hijos - pertenecen a Hidekaz Himaruya.
Generación a Generación: Capítulo 3
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Como cada domingo, Arthur despierta temprano. Ignorando el brazo de Francia que intenta retenerlo en la cama se levanta, se da una ducha rápida, se viste, y cuando ya se dirige a la puerta Francia lo detiene.
- ¿Vas a ver a tu otro amante?- Su tono de broma es realmente congoja disfrazada.
- Le daré tus saludos.- Se despide, sin hacerle mucho caso. Francia se levanta apresurado, y así, desnudo como está, lo alcanza hasta el dintel mismo de la puerta y aunque el inglés resopla y hace los ojos en blanco, no se queja.
- ¿Puedo ir contigo?-
- Será aburrido, tiene tendencia a dormirse en mitad del acto.-
- No me importa.- Se cruza de brazos, mirándole fíjamente.
- También tiene fetiches extraños, siempre dice querer hacércelo al cadáver de un hombre rubio de cabello largo.- Insiste el inglés, disfrutando un poco de ser malintencionado con su huésped.
- Hacerme el muerto es mi especialidad.-
- Nunca.- Y tras esta sentencia, Arthur le cierra la puerta, se ríe un poco ante las quejas de dolor del francés que estuvo cerca de dejarse apretar un dedo y baja por las escaleras. Más o menos dos pisos más abajo se detiene, un impulso que no es el suyo le susurra "alto" y lo abandona allí, con ideas en su cabeza. Resopla irritado y vuelve a subir.
Encuentra a Francia acostado nuevamente, ojeando un libro ajado que reconoce como su tomo de Otelo. No le grita que suelte el libro, aunque por un instante teme que se lo robe (el instante que tarda en recordar que vive con él).
- Si quieres venir tienes que vestirte ahora. Me estás retrasando.-
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Lo que sorprende a Francia es el cambio de ambiente. Ha acompañado a Arthur a bares, a tocatas, a robar cigarros e incluso a buscar trabajo cuando estaba claro que la guitarra de Arthur no podría darles mucho. Pero jamás fueron a un lugar como éste. A una casa que parecía la perfecta imagen de una familia tradicional y perfecta.
Les abrió la puerta un niño.
- ¡Arthur!-
- ¡Pequeñajo! Peter, cuanto has crecido esta semana.- Exclamó el inglés, recibiendo al niño que se arrojaba a sus brazos. El muchacho miró a Francia, frunció el ceño y se revolvió incómodo en los brazos de Arthur.
Tenía seis años, el mismo cabello y cejas de Inglaterra y unos preciosos ojos azules. Entró, seguido de Arthur.
Francia esperó en la puerta, sin estar seguro de si debía entrar, ¿era esa la casa de los padres de Arthur? Podría preguntarles por la historia familiar y, al fin, confirmar si tenían parentesco con Inglaterra.
Un hombre se le acercó y le pidió que entrara. Con una sonrisa le preguntó si era amigo de Arthur y él respondió que sí, que lo era. Peter se había llevado a Arthur al segundo piso, jalándolo emocionado. Minutos después Francia lo vio asomarse a la baranda del segundo piso, con cara de enojo. El hombre que lo atendiera ladeó la cabeza un poco, suspirando, mas el muchacho miró el suelo, se mordió el labio inferior y golpeó con la punta de su zapato el piso, sin estar seguro de bajar.
Francia supuso que Arthur lo llamó, puesto que se dio la vuelta y regresó de donde vino.
El hombre dijo llamarse Tino, más por sus rasgos Francia supuso que algo no estaba bien. Siendo Tino y Arthur tan distintos, se dijo, la sangre de Inglaterra debe venir del lado materno. Pero en ese caso, no comprendía por qué Arthur se apellidaba Kirkland, tal como Inglaterra cuando firmaba las cartas en tiempos de guerra y los poemas en tiempos de paz.
Cuando Arthur y Peter bajaron nuevamente, coincidieron con un hombre. Uno alto, más alto que Tino incluso. El descendiente de Inglaterra lo saludó ("hola, Berwald, ¿todo bien?") y se despidió antes de llevarse a Peter. Le preguntó a Francia si los acompañaba. Respondió que se adelantaran, que lo esperaran en la heladería unas cuadras más abajo, él invitaba.
- ¿Eres su pareja, no?- No pudo soslayar la mirada profunda de Tino. Abrió la boca para responder, mas tardó lo suficiente para que ellos se adelantaran.
- N' n's mol'sta.- Aseguró Berwald, con una expresión que parecía decir todo lo contrario, al tiempo que ponía una mano en cada hombro de Tino.- 's un b'en chico.-
Francia apretó los puños. Su palmas estaban sudorosas, débiles.
- Sí.- Asintió, más por sentimentalismo que por objetividad.- Lo es.-
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- Tienen a Peter desde que cumplió los dos años, el setenta y dos.-
- ¿No quisiste criarlo tú?-
- No quiero hablar de eso, Francis.- Respondió, mirando como el sujeto de la conversación se acercaba.
Peter corrió hacia ellos, trayendo apretado en su puño el vuelto y sus caramelos. Arthur le dijo con una sonrisa que podía guardarse el dinero, pero que debía prometer que no se lo gastaría únicamente en dulces. El niño estuvo de acuerdo, y Francia le señaló que fuera a elegir los sabores de helado que más le gustaran. En cuanto se alejó, Francia preguntó:
- ¿Cuántos años tienes, Arthur?-
El inglés se mordió el labio inconcientemente, arrugando la punta de una servilleta.
- Veintitrés.-
- Creo que fue la mejor decisión que pudiste tomar.- Valoró, inclinándose hacia el inglés y acercando una mano a la suya. Arthur movió los dedos de ésta, como espantando a la cercana mano francesa, con un movimiento brusco y repentino, idéntico a los que hacía Inglaterra al negar.
- Como Tino y Berwald son gays, sigo teniendo su tuición legal. Por eso vengo cada semana, a firmar permisos, a informarme.- Sentenció, aunque en su voz se notase el titubeo de todo lo que no decía. Que iba a verlo crecer, a estar presente en su vida. Francia, por supuesto, supo todo lo que Arthur ocultaba. Inglaterra adoraba a sus hijos y verlos lejos de él, sin depender de su figura, era un golpe fuerte.
- ¿Y la madre?-
- Tenía un año más que yo. Convivimos unos meses y luego desapareció. No terminé de estudiar por cuidar a Peter.-
- Podrían haberte ayudado. Tus padres.-
- Mi error, mi responsabilidad. Tampoco dejaría que le llenaran la cabeza con sus mojigaterías y su moral arcaica.- Arthur se recostó en el respaldo de su silla, girando la cabeza en dirección contraria a Francia, para vigilar a Peter.- Son una familia muy tradicional, se casaron jóvenes, mi madre es dueña de casa. Ahora mismo no podría decirte cómo están. Tampoco me interesa. Aquí cada cuál se las arregla como puede.-
Francia, levantando una mano para acariciarle la sien al menor, abrió la boca, sin embargo todo lo que sentía, no emitió sonido alguno. Arthur cerró brevemente los ojos, aún con el ceño adusto, coincidiendo con la caricia. Francia no tentó a la suerte más que unos segundos.
- Me odia. Me quiere, pero en cuanto se acuerda, sale de la habitación en la que estamos y me ignora.-
Francia no dijo nada, porque se notaba que Arthur no quería hablar más del tema. En silencio se humedeció los labios, porque el inglés no es el primer padre ausente, ni el último. Como él mismo con Canadá, o Inglaterra con Estados Unidos.
- Deberías terminar de estudiar.- Sugirió dulcemente.
- ¿Para qué?-
El inglés le echó una mirada resignada, se levantó y llamó a su hijo, estirando la mano para que el niño se la tomase. La nación, desganada, se levantó, pagó por el helado del niño y los siguió en el recorrido alrededor del parque.
