Estaba colérico. Por no haber estado pendiente de los pensamientos de aquel hombre sino de mis cavilaciones había conseguido de mí lo que había querido, un acuerdo verbal con un rey podría ser tan importante como uno escrito. No cabía en mi interior el intenso enfado que procuraba esconder.

Había salido del palacio y solo quería arrancar la vida de alguna persona que me encontrase por el camino. Puede que necesitase más que una vida para poder calmar aquella frustración encolerizada.

- ¡No diga eso! -rió musicalmente una voz a mi derecha.

Me quedé quieto. No pensé nada más solo contemplé la escena que tenía ante mis ojos. Allí estaba aún Helen, junto al estúpido hombre que parecía no entender que no estaba a su alcance. La joven tenía en su mano una rosa roja y acariciaba con suavidad los pétalos de esta. Su vestido aguamarina de escote cuadrado encajaba a la perfección en aquellas curvas tan sensuales. Su cabello estaba sencillamente recogido en su coronilla dejando algunos mechones sobre sus mejillas. A la luz del sol, su cabello era igual que el oro líquido. Su nariz estaba ligeramente arrugada mientras sonreía. Se había ruborizado con suavidad. Sus pómulos tenían un agradable tono melocotón.

Su acompañante, al percatarse de ello, deslizó su dedo índice por la curva de su mejilla. La mirada de Helen se alzó hasta los ojos del joven y pude ver como Christopher empezaba a inclinarse hacia el fruto de mi deseo con claras intenciones de besarle.

Caminé hacia ellos mientras los pensamientos de aquel estúpido hacían que mi enfado fuese en aumento.

Es la joven más hermosa que he visto en mi vida. Daría lo que fuera porque su padre me concediese su mano pero no cede en su negativa. ¿Quién no desearía besar sus labios hasta el final de los días?

Mis zancadas se hicieron más y más grandes. No sabía que diría pero sabía que si rozaba sus labios le arrancaría el corazón.

En un segundo, noté como me agarraban de la garganta y me empujaban hasta la pared del palacio en un recodo que hacía el edificio. Una fuerza sobrehumana pero de la misma magnitud que la mía, me mantenía rígido contra la piedra que acababa de romper por el golpe con mi espalda. Unos ojos escarlata miraban fijamente los míos en un rostro completamente rígido. Su mandíbula encajada y sus colmillos sobresaliendo de entre sus labios serían la pesadilla perfecta para cualquiera de los que allí vivían.

- Ni se le ocurra acercarse a mi hermana -siseó con voz grave mi atacante.

Entonces le reconocí. Era el heredero de la corona. Gabriel Devonshire, era un vampiro al igual que yo.

Mis ojos comenzaron a cambiar de color y de mi interior escapó un gruñido. Mis manos se situaron en aquel brazo que me mantenía prisionero y empujé con todas mis fuerzas a mi enemigo.

Me agazapé mientras él hacía lo mismo. Nos miramos fijamente durante un instante y después comenzó la batalla.

Intentó darme un puñetazo y paré su puño con mi mano comenzando a apretar sus dedos hasta que hice que un gruñido de dolor escapase de sus entrañas. Sus ojos centellearon hasta que se tornaron negros como el azabache y me lanzaron hasta la pared contraria. Me quedé en ella observándole risueño. Aquello era extremadamente divertido. Un hermano intentando que no llegase hasta mi víctima, jamás me había sucedido.

A la velocidad del rayo apareció frente a mí asestándome un gran golpe en mi estómago. Acallé mi respuesta y tomé su brazo. Con todas las fuerzas que poseía, le alcé y girándome, lancé su cuerpo contra uno de los árboles cercanos haciendo que el tronco se partiese en dos.

- ¡Oh Dios mío! -gritó una voz de mujer.

Me apresuré cambiar el color de mi mirada y a ajustarme el traje de manera que no se notase la actitud vampiresca que había tenido hacía unos segundos.

La princesa asustada corría con sus faldas en sus manos para alzarse el vestido lo suficiente para no tropezarse. Se metió entre las plantas y fue a socorrer a su hermano. El mayordomo también llegó junto al heredero y su hermana con los ojos llenos de lágrimas le pidió que fuese a buscar un médico.

Sabía fingir que continuaba siendo humano pero esperaba ver como explicaría que no se hubiese roto ni un hueso de su cuerpo ante tal golpe. Sonreí divertido mientras todos los allí presentes comenzaban a moverse. Entre los criados trasladaron al príncipe hasta el interior del palacio, estaría bajo la supervisión de los médicos por lo que no podría arruinar de nuevo mis planes y el hombre que había intentando besar al objeto de mi deseo, decidió irse a su casa para que así la joven Helen pudiese estar junto a su hermano en esos momentos. Era el momento en que comenzaría mi jugada. Los ojos azules que me volvían loco se posaron en mí un segundo, lo suficiente como para que los míos consiguiesen que no desease seguir avanzando, que se olvidase de lo sucedido con su hermano y así permanecer en el jardín junto a mí.

Caminé hacia la belleza rubia y le sonreí tomando su mano con suavidad para depositar un beso en su dorso.

- Buenos días, alteza -murmuré con un tono aterciopelado que sabía que atraía a todas las mujeres.

- Buenos días, señor -respondió ella cordialmente mientras sonreía.

- ¿Cómo se encuentra, milady? -sonreí de la manera más provocadora que pude.

Ella como si no lo hubiese notado desvió su mirada hasta la rosa que aún tenía entre sus dedos y alzó más tarde sus ojos azules hasta encontrarse con los míos.

- Podría decirle que de maravilla -musitó y comenzó a caminar hacia el lado contrario donde había ocurrido el "accidente" de su hermano.

- ¿Existe alguna razón por la que pueda estar triste? -pregunté intentando parecer atento.

- En absoluto -sonrió y después clavó sus ojos en los míos de nuevo-. Me encantaría felicitarle, ha causado tal buena impresión en mi padre que solo desea que usted tome en matrimonio a mi hermana. Es la mujer más hermosa de la familia según todos comentan y me alegra ver que su esposo estará en igualdad de condiciones pues ella es sumamente coqueta y necesita que todos sus complementos sean de su agrado. No me malinterprete pero cuando se van a actos sociales, la pareja, para alguna personas, tiende a ser un mero accesorio más. En mi caso, lo desconozco pues no acudiré a otro acto público tras mi presentación.

¿Cómo podía tener en tan buena estima a su hermana? Estaba claro que desconocía su propia belleza. Todos sabían que su hermana era hermosa, sí, pero por pura coquetería como ella misma había dicho antes. En cambio, la belleza que poseía solo era equiparable a la de un ángel.

Al recordarme mi compromiso verbal, por el momento, noté como la ira empezaba a invadir mi cuerpo. Sabía que si accedía a aquel lugar con mi título nobiliario poco podría hacer para mantenerme cerca de la joven que atormentaba mis fantasías. Tendría que pasar el tiempo junto a su hermana, sería divertido pero no podría llevar a la que deseaba a mi lecho.

- Gracias por sus felicitaciones. Desconocía a quien me ofrecía como esposa. Es más, incluso pensaba que ya que en su dedo no veo anillo de compromiso fuese usted la que estuviese en busca de esposo -respondí sinceramente.

- ¿Yo? ¿En busca de esposo? -sonrió con tristeza mientras dejaba la rosa sobre una de las rejas de los aposentos de algún criado- Milord, eso sería más que imposible.

Escuché a lo lejos como su hermano gruñía porque permanecía con ella. Tenía que buscar otra manera de poder seguir hablando sin despertar sospechas. Agarré sus hombros para que se girara y me miraba convenciéndola que corriese hasta donde estaba el heredero. Después, caminé solitario sumido en mis pensamientos hacia el carruaje que me esperaba en la puerta del edificio.

Demasiados obstáculos para llevar acabo mi plan. Demasiados contratiempos que iba a superar.