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Gracias amuminSarita yBasileya, por sus reviews del capítulo anterior.

Actualizo TODOS los JUEVES


Sorpresas en Navidad I

Ninguno de los dos regresa a Hogwarts para el siguiente año. McGonagall dice que es seguro y todo eso, pero ninguno de los dos quiere oír hablar de volver. Sus amigos los comprenden; pasaron mucho en Hogwarts: Ginny perdió a su hermano, Draco perdió a uno de sus mejores amigos… es normal, es lógico, dicen ellos. Y tienen razón. Pero si supieran…

Si supieran que en cada esquina del castillo, Draco ve a Ginevra (a Ginevra, nunca a Weasley), apoyada en una columna, mirándolo fijamente, a veces señalándolo, a veces ignorándolo, a veces simplemente mirando a través de él…

Si supieran que en cada pasillo, Ginny ve a Draco (su Draco, el de nadie más), sentado con los ojos cerrados, aspirando el humo de un cigarrillo, o tocando las teclas de un piano invisible, siempre sin mirarla, siempre ignorándola…

Entonces, si supieran les pedirían explicaciones.

Pero ellos no sabrían contestar. No lo supieron antes. No lo supieron después. No lo supo Draco cuando Severus Snape lo increpó acerca de su fatal relación.

-o-

- No creí que tuvieras tantas ganas de verme, Snape.

- ¿Qué te hace pensar que quiero verte? - te replicó el profesor.

Esbozaste una sonrisa irónica.

- Que me citas sólo una hora antes de partir en el tren.

- Ah, eso.

- Sí, eso - replicas.

- ¿Eso te parece importante?

- Sí.

¿Cuál es el puto problema de Snape? ¿Por qué no puede decir las cosas como son, y ya? Bufas, exasperado por la actitud del profesor. Exasperado por la actitud que tiene contigo. Molesto por toda la situación.

Él esboza una sonrisa burlona.

- ¿Te preocupa que te cite?

- No - contestas rápidamente, tal vez demasiado rápidamente.

Snape alza una ceja, y tú tienes ganas de golpearte la cabeza fuertemente.

- ¿Por qué esta reciente preocupación, Draco? ¿Algo que debas… ocultar?

- No, profesor, nada.

- Mientes.

Así, nada más, un pequeño silbido, un susurro siniestro que te estremece. Jadeas en busca de aire. Snape se levanta y empieza a caminar en círculos, rodeándote, asemejándose a un murciélago gigante y diabólico. Respiras profundamente, cerrando los ojos, intentando calmarte, intentado frenar el latido desbocado de tu corazón.

- ¿Sabes por qué mientes, Draco?

Sí, lo sabes, pero no te interesa que él lo sepa. Y apartas de un plumazo la imagen de cierta pelirroja. Ahora no es el momento, te dices, ahora no es el momento de pensar en ella. Eres consciente de que tus defensas mentales están bajas, así que intentas otra cosa: difuminar el rostro de Ginny, desdibujarlo, hacerlo poco visible.

- No estoy mintiendo, profesor - te atreves a decir, con la voz tomada por el miedo y la tensión. Te recriminas ese tono de voz.

- Mientes, Draco. Y mientes muy mal. ¿Pero qué es lo que no quieres que vea?

Consigues subir tus defensas, Snape no puede penetrar en ellas. No puede saber lo que piensas. Te felicitas por tal hazaña. No hay muchos magos que puedan ser buenos oclumánticos. Ginny no lo es. La pelirroja es como un libro abierto, un libro un poco más interesante que Harry Potter, o tal vez es interesante debido a Harry Potter.

- Descuida, Draco.

Levantas la mirada, Snape ha vuelto a su posición detrás del escritorio. Tragas saliva al ver su mirada; es oscura, vacía, desprovista de sentimiento alguno. Te preguntas como logra hacer eso. Cómo parece que no puede ser perturbado por nada ni por nadie. Te preguntas que ha pasado en su vida que lo ha vaciado de lo poco humano que pudo haber en él.

- Descuida - repite -, no es necesario que me ocultes tus pensamientos. Ya los sé.

- ¿Lo sabes? - preguntas más asustado de lo que te pretendes. Te recriminas por ser tan evidente, tan palpable.

Snape te mira por unos segundos. Jadeas nuevamente. Él esboza una sonrisa irónica.

- Eres un tonto, Draco. Un completo y estúpido tonto. - Frunces el ceño ante esas palabras, pero Snape continúa: - ¿Has olvidado a tu madre? ¿A tu padre? ¿Has olvidado que tu familia, la salud de todos, depende de ti? Tus acciones, Draco, repercuten en tu familia. Tus acciones que hoy por hoy son inconscientes, repercuten en tu familia. ¿Quieres cargas las muertes de tus padres en tu consciencia? -. Niegas con la cabeza, asustado por lo que eso implicaría -. ¿No? ¿Y entonces qué piensas que estás haciendo? -. No contestas, abrumado por tus propios pensamientos, por las palabras de Snape, por las imágenes de tus padres muertos. Snape lanza un bufido de burla - ¿Piensas que te vas a librar? ¿Qué te vas a salvar? ¿Qué vas a poder salvar a tus padres por un simple milagro? Qué gran idea.

- Yo… - intentas decir.

- La única forma de que tú y tus padres estén tranquilos es que la dejes. ¿Sabes? Es la única forma. - Te mira fijamente -. Dejarla, abandonarla, no verla más… ¿No es tan difícil, verdad? ¿O lo es? -. Te da la espalda y mira hacia los terrenos de Hogwarts. - ¿Es difícil dejarla, Draco? ¿Es difícil olvidarla? ¿Tus pensamientos están llenos de ella? ¿Tu olfato la reconoce en una multitud de perfumes? ¿Ya has podido vislumbrar las diferentes tonalidades en sus ojos? ¿Harías lo que fuera por conservarla?

Silencio. De repente, tienes la impresión de que Snape no está hablando de Ginny. De que no está hablando de la pelirroja. Te preguntas de quién. ¿Quién podría ser tan importante para no olvidarla? ¿Para hacer ver a Snape como alguien humano? Más silencio. Te empiezas a desesperar. Snape no voltea, no te mira. Tal parece que no existes. Siempre te ha molestado que te ignoren, que te echen a un lado. Snape lo sabe, y de todas formas… Bufas. Te levantas.

- Bueno, si no hay nada más… Es mejor que me vaya.

Tomas el pomo de la puerta y la tiras hacia ti.

- Ten cuidado, Draco.

Volteas a mirarlo. Pero Snape no te mira. Tal parece que se va a mimetizar con la ventana del despacho. Pero algo sí notas: Snape tiene los hombros caídos. Eso es algo extraño porque en todos los años que lo conoces, diecisiete en total, jamás has visto sus hombros caídos. Snape siempre erguido, siempre enhiesto, siempre imperturbable. ¿Por qué en nombre de Merlín ahora es diferente?

¿Por qué, cuando ya te haces una idea de todos los que te rodean, viene algo o alguien a cambiarte la perspectiva? Primero Ginny: Ginny y sus conversaciones estúpidas sobre la estupidez de la pureza de sangre, la estupidez de seguir a un Señor Tenebroso, la estupidez de seguir creyendo que los Gryffindor son tan idiotas como parecen; Ginny y su voz; Ginny y sus besos que son como una droga que te dejan descolocado; Ginny y sus torpes hechizos. Luego Snape: Snape y sus hombros caídos; Snape y tus citaciones; Snape y su mirada el día en que mató a Albus Dumbledore.

Entonces te das cuenta.

- La muerte de Dumbledore… Él tenía ya un pie en la tumba, pero se podía recuperar, ¿cierto? Se podía… ¿Pero por qué? ¿Por qué lo mataste? ¡Y dime la verdad!

Sabes que es estúpido reclamar. Sabes que es estúpido pedir respuestas a eventos que sucedieron tiempo atrás. Lo sabes, pero de igual forma preguntas.

Snape se gira. Te mira. Te fulmina con sus ojos negros. Y tú aguantas el tipo. Te mantienes allí, parado en frente de la puerta, dispuesto a irte a la más mínima oportunidad. Porque no eres valiente, ni pretendes serlo.

- Porque alguien tenía que hacerlo.

Abres los ojos. Sorprendido, incrédulo. Porque te haya contestado. Porque te haya respondido. Pero más aún por lo que te había contestado. Alguien tenía que hacerlo. Alguien…

- ¿Así? ¿Nada más?

Hubieras preferido que te revelara todas las razones. Joder, Dumbledore y Snape siempre hablaban. Siempre estaban juntos. Siempre hablando en susurros. Snape casi siempre con un rictus en la boca y Dumbledore con una amplia sonrisa, pero siempre juntos. Y eso lo pudiste comprobar hace tres años, en el Baile de Navidad de cuarto año: mientras todos disfrutaban de los últimos vestigios de la fiesta, el viejo y tu padrino hablaban, paseaban por los jardines, conversaban. No pudiste saber lo que decían, pero pudiste mirarlo. Y llegaste a la conclusión de que si bien no eran amigos, sí eran aliados, colegas. Pero Snape mató a Dumbledore, lo mató, tú lo viste.

El Snape del presente asintió y te hizo un gesto para que te fueras.

- Feliz Navidad, Draco.

- Feliz Navidad para usted también, profesor.

-o-

Aquella Navidad fue la más triste de todas. Porque hubo quien te la echó a perder. Porque hubo alguien que te separó de ella. De Luna. Tu mejor amiga. La chica que te hace reír con sus creencias en criaturas que no existen. La que te hace reflexionar con sus palabras. La que parece entenderte sin problemas. La que te reconforta con una sonrisa. Aquella Navidad te la quitaron, la apartaron de ti.

Juraste que te vengarías, que les harías pagar. Juraste que sufrirían por lo que hicieron. Porque apenas ese día, ese preludio de Navidad, te diste cuenta que la necesitas. Que necesitabas a luna Lovegood.

Draco impidió que te lanzaras hacia luna, que la intentaras proteger. Te agarró de la cintura.

- Quédate quieta, pelirroja.

Pero forcejeaste. Forcejeaste con toda tu fuerza.

- ¡Luna! ¡Luna! ¡Déjenla en paz!

A tu lado, Neville era sujeto por Crabbe y Goyle, quienes se reían y apretaban sus brazos con fuerza. Casi morado por la presión, Neville seguía gritando:

- ¡Déjenla en paz, imbéciles hijos de puta!

Y Luna, la siempre especial y maravillosa Luna, simplemente se quedó allí, dejando que se la llevaran, con sus grandes ojos azules enromes y llenos de asombro, con su cuerpo lánguido, con esa cabeza que creía en cosas que no eran palpables a simple vista.

Los odiaste más que nunca. Odiaste a los que se la llevaban. A los que reían del espectáculo. Odiaste a Voldemort. Pero sobre todas las cosas, odiaste a Draco Malfoy. Porque era él y no otro, el culpable de que no hubieras salvado a Luna. Era él.

Te volteaste hacia Draco y empezaste a golpearlo. En el pecho, en donde debía estar su corazón, pero donde, (estabas segura), no había nada. Y él se reía. Simplemente se reía. Lo golpeabas más fuerte. Y más fuerte se reía. Ni siquiera te ocupaste de las lágrimas de rabia que derramaban tus ojos. Tú sólo querías destruir al rubio. Hacerle sentir una mínima parte del dolor que tú sentías. Y él seguía riendo. Hasta que un momento te sostuve los puños y te arrastró con él. ¡Literalmente te arrastró con él! Gritaste, forcejeaste, intentaste soltarte de su agarre. Pero sólo se quedó en intento.

Y te llevó al Expreso de Hogwarts. En donde debiste entrar con Luna y Neville. Pero donde ahora sólo puedes ver a Malfoy.

-o-

Doce horas antes

La nota era escueta:

8:30 en los antiguos salones de Encantamientos

Había varias razones por la que Ginny no debería estar ahí: los Carrow, lo que dirían Neville o Luna, el que cualquiera podría verla. Pero no le importaba, o más bien, no quería q le importara. La curiosidad podía más que la prudencia. Quería ver a Malfoy, quería saber que se traía entre manos, quería entender por qué la citaba en aquel lugar.

Tomando una respiración profunda, empujó la puerta y entró. Acto seguido abrió la boca de la sorpresa.

Malfoy. Draco Malfoy estaba en frente de un piano. Ginny no sabía nada de pianos. Pero sentía que el piano no pertenecía a ese lugar. La sala estaba llena de polvo y moho. ¿Cómo rayos podía haber un piano allí? La respuesta, pensó Ginny, debía estar en Malfoy. El rubio se inclinaba sobre las teclas, mientras iba desgranando melodías, mientras iba llenando la habitación con su música.

No era Malfoy, pensó Ginny. El Malfoy que ella conocía no tocaba como los dioses, no estaba junto a un piano y no se interesaba por la música. Malfoy era un chico mimado y arrogante, más preocupado por su nariz que por lo que hubiese a su alrededor. Malfoy junto con un piano parecía algo irreal. Algo que no de este mundo. ¿Cómo era posible que Draco Malfoy tocara el piano? ¿Cómo?

- ¿Te vas a quedar ahí toda la noche, Comadreja? - interrumpió el rubio sin siquiera mirarla - ¿O vas a adentrarte en el salón?

Ginny reprimió la replica que tenía en su lengua y se acercó al piano. Este era elegante, elegante y hermoso. Pero había algo… algo oscuro y peligroso en él. Algo siniestro. Ella se sintió sobrecogida.

Bajo la luz titilante de la vela, Malfoy se veía más pálido, más traslúcido, más irreal. Como si no fuera de este mundo. Ginny acarició el piano de cola sin dejar de mirar a Malfoy, sin dejar de estudiarlo. Ceño fruncido, ojos entrecerrados, la lengua capturada entre sus dientes, una ligera capa de sudor, las mangas de la camisa arremangada hasta el codo… No parecía Malfoy, y a la vez sí lo era.

- Te llamas Ginevra.

- Ginny - corrigió ella.

Malfoy negó con la cabeza.

- Eres Ginevra, pero te haces llamar por todos Ginny - escupió su apodo como si fuera peste.

Ginny frunció el ceño.

- No me gusta mi nombre.

- ¿Por qué no?

- Es largo.

Malfoy enarcó una ceja. Seguía sin mirarla, su atención puesta en las teclas del piano.

- Qué lástima. A mí me gusta Ginevra.

Ginny no quiso preguntarle el porqué. En su opinión, aquel nombre era horrible y no entendía por qué su madre se lo había puesto. Si por ella fuera… Negó con la cabeza para apartar esos pensamientos.

- No sabía que tocaras - se atrevió a decir.

Malfoy asintió.

- Hay muchas cosas que no sabes de mí.

Ginny frunció el ceño. Él había sonado tan arrogante…

- Perdón majestad, no sabía que debía pasar el examen "¿Conoce a Draco-idiota-tonto-arrogante-jodido-Malfoy?"

- Olvidaste encantador - dijo Malfoy con indiferencia.

Ginny hizo un gesto quitándole importancia.

- No creo que seas encantador.

- Tal vez tú no, pero hay muchas otras que sí.

Ginny se encogió de hombros.

- Las otras no me importan.

- ¿En serio?

Ella alzó una ceja.

- ¿Tratas de ponerme celosa, Malfoy?

- No - dijo el rubio. Un no rotundo que no dejaba lugar a dudas.

La pelirroja asintió.

- Bien… ¿Qué es lo que hace rato estabas tocando?

- Melodías inconexas, nada del otro mundo.

- Ah.

Malfoy la miró fijamente. Ginny jadeó. Jamás la había visto así. Jamás la habían visto así: como si la necesitaran… como si ella fuera la última gota del desierto. Y la asustó. La asustó la fuerza de esa mirada.

- ¿Quieres escuchar mi canción favorita?

Ella se obligó a hablar. Tenía la boca seca y tenía un nudo en el estomago. Luchó contra las ataduras que le impedían hablar, y luego luchó consigo misma.

- Sí - susurró.

Malfoy bajó la cabeza y empezó a tocar.

La música era triste. Todo ella: la melodía, el compás, el ritmo, todo. Era triste. Era desolador. Y Ginny decidió que no podía escucharla, que no quería y se marchó. Dio media vuelta y corrió hacia la puerta. Corrió por los pasillos, sólo con el objetivo de alejarse de esa triste música, de ese Malfoy solemne, de ese piano de cola.

-o-

Paraje sombrío.

Árboles oscuros y fantasmales.

Una niebla que cubre todo.

Vestido blanco, manchado de sangre, y sucio de tierra.

Maleza que rompe el vestido. Piernas heridas, piel destrozada.

Un suspiró saliendo de lo más hondo de ella.

La mujer camina por el bosque, adentrándose cada vez más. Hasta que llega al final. Aquí ya no hay maleza, aquí ya no hay árboles. El piso es de tierra. No crece nada. Sólo hay rocas.

Hay una roca gigantesca en medio de todo. Y sobre ella hay un rastro de sangre. La visión la sobrecoge pero sigue avanzando.

Música. Una música triste y solitaria. Desoladora. Ella cierra los ojos, se tapa los oídos. Pero la música se oye. Cada vez más fuerte. Cada vez más terrible.

A lo lejos una lechuza ulula con fuerza. Un cuervo grazna mientras planea el aire. Y una mariposa se posa sobre su hombro. Se pregunta cómo hay animales. Se pregunta cómo hay vida aquí.

La música se oye más fuerte. Un frío le recorre la piel. Se estremece. Abre los ojos. Una multitud se acerca a ella, a donde ella está. Los dos primeros llevan banderines negros. Ella se aparta del camino. Los segundos tienen cetros en las manos. Y los terceros… - ella abrió los ojos - los terceros estaban amarrados, esposas y grilletes adornaban sus muñecas y sus tobillos. Los cuartos volvían a llevar banderines. Todos iban desnudos, y sucios por el polvo y la sangre seca.

Se detuvieron en frente de la inmensa roca. Una mujer se separó de la multitud, cabeza erguida, espalda derecha y su nariz apuntando hacia arriba. Digna, regia, parecía una reina. Se acostó en la roca, sobre el hilillo de sangre. Y suspiró. Uno de los primeros dejó a un lado su banderín y tomó un cuchillo. El filo de la hoja brilló por un segundo antes de clavarse en el pecho de la mujer.

Alguien gritó. Un grito inhumano. Que parecía salir de las entrañas de la tierra. Y Ginny se despertó. Empapada en sudor y jadeante por la respiración. Se pasó la mano por la frente, estaba sudorosa. Levantó la cabeza y vio los ojos rojos. Los ojos que acompañaban sus pesadillas desde los once años. La sonrisa perfecta de Tom brilló por un instante. Luego su boca dijo las palabras que Ginny no pensaba oír:

- Ya es hora.

Ella abrió los ojos. Acostada en su cama, con el dosel corrido para que sus pesadillas no perturbaran a sus compañeras. Se incorporó y vio la nieve. Había sido un sueño.

- Ya es hora.

Ginny asintió. Comprendía.

Una hora más tarde se llevaban a Luna.


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