Aún veo sus hermosos cabellos. El dorado de lo mechones que se transforma en oro líquido hace más hermoso si cabe ese rostro cincelado por el mismísimo diablo para volverme loco de deseo.

Sus pechos redondos y turgentes de un majestuoso color crema solo invitan a ser devorados por mis labios sedientos de su piel. Ojalá pudiese estar más tiempo junto a ella para hacer que se enamore o comprender sus penas, sus anhelos más profundos y terminar consiguiendo que mi sed carnal de ella tenga fin sin importarme en ella ni la más remota de las posibles consecuencias…

La pluma se deslizaba con aquel ruido característico dejando a su paso la húmeda tinta por la que se podían ver las palabras allí trazadas. Tomé un poco más de tinta y volví a plasmar mis pensamientos en aquel trozo de papel.

Anoche volvió a entrar en mi mente como un pura sangre indomable destruyendo todo a su paso. Poco me importaba haber poseído hasta el delirio a la joven Gallagher, ella siempre encendía mis más bajos instintos.

Su cabellera rubia ondeando gracias a las caricias de la suave brisa que entraba por la ventana de mis aposentos. Ella escondida tras las sombras proyectadas por el mobiliario me miraba de una manera inocente. Mi sonrisa se incrementaba cuanto más tiempo contemplaba aquella escena. Era una venus en medio de lascivos deseos de recorrer sus curvas cada noche. Arqueé una ceja mientras esperaba que el producto de mis deseos se acercase más.

Sus ojos azules brillaban de una manera especial en el instante que dio un paso hacia la luz de la luna. Me quedé boquiabierto ante semejante descubrimiento. Toda su piel estaba siendo rozada por los rayos de aquel astro al que envidiaba con todas mis fuerzas en ese momento.

Mi mirada recorrió cada mechón de su cabello que descendía con suaves hondas por sus finos hombros ocultándolos casi por completo para después fluir como un río en el valle de sus senos que en su divina redondez finalizaban en un sonrosado pezón que juguetón se alzaba ante mis ojos.

La suave piel de su abdomen plano y marfileño hacían las delicias de cualquier osado que contemplase aquel cuerpo inmaculado para llegar hasta su entrepierna en la que guardaba el más hermoso de los tesoros para una mujer que todos los hombres deseaban robar.

Sus contorneadas piernas comenzaban en aquellas voluptuosas caderas para terminar en unos pequeños y adorables pies con dedos tan perfectamente cuidados como los de sus manos.

Aquel cuerpo de curvas imposibles se estaba ofreciendo para que pudiese grabar en él mi nombre a fuego. El fuego de la pasión que sentiríamos al entregarnos a la lujuria.

Me incorporé y permanecí contemplando cada centímetro de su cuerpo mientras sus mejillas se iban tornando de un adorable tono rojizo.

- ¿Le han dicho alguna vez que sonrojada es increíblemente más hermosa si cabe? -pregunté divertido mientras me deshacía de mi corbata.

No me respondió pero sabía cual era la respuesta. Su corazón comenzaba a desbocarse mientras desabrochaba uno a uno los botones de mi camisa. Le mostré mi torso y ella con cautela se acercó para rozar con sus delicados dedos mi musculatura. Cuando noté su rocé un gruñido escapó de mis entrañas. Ya estaba al borde de la locura solo con ese minúsculo tacto.

La tela blanca de mi camisa cayó al suelo mientras mis brazos rodeaban su pequeña cintura estrechando la distancia que nos separaba para volverla completamente nula. Sus pechos rozaron la parte inferior de mis pectorales y noté que su corazón iba aún más rápido. Aquella melodía era increíblemente hipnótica. Sus ojos seguían fijos en los míos a pesar de que estaba muerta de la vergüenza.

La alcé hasta que sus caderas quedaron a la altura de mi cintura y caminé con ella depositando su delicado cuerpo sobre las sábanas. Ella estaba impresionada por mi fuerza pero era exactamente que levantar a un alfiler. Apenas me había permitido rozar su piel. No la había acariciado tan solo la había tocado en un punto fijo pero aún así era tan suave que parecía terciopelo.

Solté su cuerpo y desabroché mi pantalón para después quitarlo tan rápido como la velocidad de mi naturaleza me permitía…

Unos pensamientos llegaron en ese momento a mis oídos. Parecían estar pensando en marcharse del lugar que les había designado en mi hogar como mi servicio. ¡Malditos criados! Debía haberles borrado por completo la voluntad pero me había parecido más divertido dejarles con un poco de sentido común.

Comenzaron a cuchichear y agudicé mi oído para escuchar aquella conversación que quizá podría ser interesante para mí pues se trataba de un tema que inmiscuía al Palacio Real.

- ¿Han escuchado? – preguntó la aguda voz de la ayudante de cocina-. Por lo que se habla en el mercado la familia real expulsó ayer al ayudante de cámara de la princesa Helen. Según Eloisa, la mujer del carnicero, su majestad el rey se enfadó tanto por permitir que su hija saliese más de las horas estipuladas al jardín. Al ser un incompetente recibió una soberana reprimenda de su alteza para después salir del palacio azotado.

- ¿Azotaron al joven Scott? -repitió escandalizada la Sra. Belmont, mi ama de llaves.

- Así es -respondió rápidamente la narradora, la Srta. Ockonell-. Parece ser que la princesa Helen, horrorizada, manda al hogar del señor Scott todos los ungüentos que puede para que se le curen cuanto antes las heridas. Ella misma se está encargando de la manutención y de entregar dinero a una de sus doncellas para que lleve lo indispensable pues se siente culpable del castigo que el joven ha merecido.

- ¿Por qué no va la princesa en persona? -preguntó curioso mi mayordomo.

- ¿Acaso cree que tiene posibilidad alguna? Está completamente encerrada en sus aposentos. El rey no permite que salga ni un solo minuto. Buscan ahora otro ayudante de cámara para que la vigile hasta mientras duerme si es preciso.

- ¡Qué horror! ¿Por qué detestará tanto a ese hermoso ángel? Parece mentira que un padre pueda ser tan cruel con su propia hija -comentó la Sra. Ockonell.

- ¿No lo sabía ya? ¿Por qué cree que la hermosa Helen no fue presentada en sociedad hasta esa edad tan tardía? En unos pocos meses, su segunda hermana cumplirá la edad suficiente para su majestad y si la hermana mayor no había sido anunciada no puede serlo la segunda -dijo con gesto cansino el Sr. Gilbert, mi jardinero.

Dejé de centrarme en aquella conversación. Fruncí mi ceño pensativo y tamborileé con mis dedos sobre mi escritorio de madera con cuidado de no usar más fuerza de la necesaria. Quizá podía ser ese el recurso para acercarme a Helen pero.. ¿cómo sería capaz de entrar como su ayudante de cámara si mi posición social no era la de antes? ¿La de antes? ¿Podría volver a ser el mismo de antes?