¿Me extrañaban? La verdad lo dudo, porque de fanfiction no me he desaparecido xD La pregunta debería ser, ¿han extrañado esta historia? Ya que se acabó abril, seguimos con estas publicaciones :3
Espero saber sus opiniones en los reviews, ¡yo sé que ustedes piensan y sienten tanto como yo!
Escribo sin fin de lucro.
Disclaimer: Hetalia Axis Powers y todos sus personajes -los que se calman y agitan - pertenecen a Hidekaz Himaruya.
Nota: No soy una experta en onomatopeyas, y el "clic" de los teléfonos es algo más bien actual, de cuando se presiona el botón para contestar. Desconozco la onomatopeya del deslizamiento de la bocina del teléfono al levantarlo... así que quedó en clac :) si alguien me indica cuál es, le estaría muy agradecida.
Generación a Generación: Capítulo 5:
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En las últimas semanas (meses) Arthur destinaba más tiempo a divagar que a leer o tocar su guitarra. Su voz, enronquecida por el cigarro, se oía a cualquier hora reprendiéndolo. Francia, entonces, lo miraba por encima de su hombro, del libro de turno o sacando el rostro de la almohada, y levantaba una ceja, a lo que Arthur únicamente negaba, bufaba un poco, y regresaba a lo que fuera que estuviera haciendo.
El culpable de su distracción era, claramente, Francia.
Lo sabía, y lo consideraba normal. Eran compañeros de habitación, el francés le cocinaba y compartían cama y fluidos, no era cosa de simplemente ignorarlo, de hecho, ya lo hacía bastante.
Lo que llamaba su atención, era la idea fija de conocerlo de antes.
- Ven aquí.- Lo llamaron. Arthur, mordiendo su uñeta distraídamente, arrugó la frente, alzando sus cejas, buscando a quien le hablaba. Francia tenía en sus manos una de las camisas que el mozarabe del fin de semana le había llevado.
Mordisqueó la uñeta un poco más, emitiendo un sonido gutural, advirtiéndole al francés que tenía su atención. Este le hizo una seña para que se acercara, Arthur se quejó sin palabras, cerró los ojos y ladeó la cabeza, sin querer hacerlo.
- Ya, no seas tonto, ven.-
Frente al tono levemente exasperado, Arthur se levantó para acercarse al mayor. Este tomó el borde inferior de su polera y la levantó, estando todavía sentado junto a la mesa.
Ya con el torso desnudo, Francia le extendió la camisa.
(- Francia, esa ropa no es tuya.-)
- Pruébatela.-
(- Esto no está bien...-)
- Te queda bastante decentemente a pesar de todo; es tu talla.-
(- ... Aunque lo vistas como Inglaterra, no será Inglaterra, Francia.-)
- ¿Sabes? Te la regalo.-
- ¿De verdad? Gracias.-
Ante la sonrisa sincera, Francia toma la nuca del mortal y lo atrae para besarlo.
Se escucha la sirena de un carro de bomberos pasando por la calle, rompiendo la semana y el agradable y sereno clima que ha habido, tanto entre ellos como en el tiempo usualmente lluvioso.
Sentándose a horcajadas, Arthur le cuelga los brazos al cuello. Cierra sus ojos, ladeando la cabeza, moviendo los labios, para amoldarse a Francia. Su respiración, cálida y húmeda, choca regularmente contra la mejilla rasurada hace dos días.
Territorialmente (instintiva, íntima, desesperádamente), Francia aprieta sus dedos contra la piel bajo la vieja camisa, abrazando (poseyendo, sintiendo, aprisionando) al que ha buscado por décadas.
La tela, vieja, guardada desde que quedara olvidada en una casa ajena, tras ser desposeídas de este mismo modo antes de ser arrojadas a un lado de la cama en un día demasiado antiguo para recordarlo, roza con las mismas manos de siempre.
Arthur asimila que Francis (Francia, pero él no lo sabe) es alguien especial. Quizás no para el mundo (no hay forma que sepa qué tan importante es para el mundo, Francia se lo oculta), pero sí es especial para él.
Este hombre le provoca ira, deseos de venganza, (¿venganza por qué? ¿Por robarle siempre su ropa interior?), instintos de tenerlo para siempre, por la eternidad, (pero si la eternidad no existe, Arthur no cree en la eternidad), le provoca impulsos asesinos (ahogarlo con la almohada cuando en las mañanas continúa durmiendo a su lado...), y esa horrible dependencia (... y termina por despertarlo y hacer el amor).
Arthur tiene miedo de esta persona que llena ese espacio (espacio que Arthur no puede elegir cómo llenar). No lo tuvo su padre, ni lo tendrá su hijo, pero él (el que existe ahora, el que ha nacido con esta herencia, el que la cargará hasta el día de su muerte para traspasarla al próximo heredero) jamás podrá llenarlo, porque no es suyo.
El no decide , porque esa herencia conlleva ese espacio vacío.
(Ese espacio es de Inglaterra. Es el vacío que todos tenemos. El que no podemos llenar nosotros mismos. Es el vacío que sentía Inglaterra, que lo ha heredado).
Francia llena ese espacio vacío, y Arthur teme, porque no lo entiende. No entiende que sólo se sienta completo con ese hombre que no debería ser nadie en su vida.
Y ahora, que Francia se siente pleno teniéndolo sobre su falda, abrazándole y besándole (¡iguales! Esos labios son iguales, ese torso es igual, ese sentimiento es el mismo que ha buscado durante veintitrés años) el tiempo parece detenerse.
El tiempo permanece estático mientras se besan, mientras Francia le quita la camisa recién puesta, mientras sus pieles se tocan, intentando traspasarse (encontrando una pared suave que se los impide, quedándose así un momento).
El tiempo no transcurre mientras reinventan cómo unirse (cómo si no lo hubiesen hecho ya tantas veces, cómo si el cuerpo de Arthur no estuviese adaptado desde antes al de Francia, cómo si Francia no recordase dónde tocar, o dónde acurrucarse.
Cómo si los dos no supiesen que el momento acabará, como siempre acaba, y que el tiempo volverá a ser tiempo.
Que volverá a cobrarles lo ocurrido).
Arthur no entiende. No conoce a Francia de nada. Francia no le importa. Cuando el tiempo transcurre es sólo un desconocido (un desconocido que está allí, que es su desconocido).
Cuando el tiempo se detiene (y él sabe que lo hace, porque lo siente, lo vive), Arthur no se siente él.
+'+'+'+'+
Ring. Ring. Ring.
Ring. Ring. Ring.
Ring. Ring. Ri...
Clac.
- ¿Diga?-
- Bonjour.-
- Francia.-
- Escocia.- Se detiene, y luego, tras una pausa apenas notable- Tenemos que hablar.-
- ¿Dónde estás?- Pregunta, apenas separando los labios.
- En Londres.- Confiesa, tenso, asustado, sintiendo el corazón pesado. Apoya una mano en la pared de la cabina telefónica en la que está encerrado. Está solo; afuera llueve a cántaros. Escocia permanece en silencio.
Las gotas resuenan contra el vidrio y el metal.
- ¿Qué haces aquí?- El tono es más mordaz y frío. La lluvia, por un minuto, cae con más fuerza.
- Tengo que hablarte sobre Inglaterra.- Se escucha un temblor opacado casi absolutamente. Francia se esfuerza por mantener su garganta firme.
- ...-
Francia jadea un poco, se retira el cabello empapado del rostro, sintiendo sus manos desagradablemente húmedas, al igual que su sobretodo.
- ...-
- ¿Escoc...?-
- ¿Qué has hecho?-
- Tenemos que hablar.-
- Qué has hecho, Francia.-
El vapor de su cuerpo y su aliento empañan el vidrio. Afuera nada se ve, sólo la lluvia.
- Está lloviendo.-
- Siempre llue...-
- Escocia, tenemos que hablar.-
- ...-
- ¿Vienes o voy?-
- Yo voy, dame una fecha y una hora.-
Francia no sale inmediatamente. El aire dentro de la cabina roja está cálido y afuera llueve muy fuertemente.
Pero esa semana el tiempo había sido verdaderamente muy agradable, y la lluvia se había desatado poco después de haber salido del edificio.
Debía regresar a calmar a Arthur.
(- Desperté y no estabas.-
- Perdón.-
- Pensé que no volverías.-
- Perdón.-
- No necesitas pedir perdón, no me interesa, no me importa.-)
Y a pesar del rostro apático que le abre la puerta cuando se presenta chorreando agua, y de las palabras que intercambian buscándose calor mutuamente, no le replica a Arthur que el afán por besarle los labios hablaba por sí mismo.
