Disclaimer: Como de costumbre, JK es ama y señora del universo potterico y yo no gano nada con esto.
Gracias aSoul Neko-Natsu, a , aalissa-2012, aVenetrix, y aNachi-123, por sus comentarios en uno o varios de los capítulos anteriores.
Sorpresas en Navidad
Las mujeres vemos, por eso nos maquillamos. Los hombres escuchan, por eso mienten.
Anónimo.
Querido Tom
Qué extraño es esto. Por un instante pude jurar que las frases desaparecerían. Como antes. ¿Te recuerdas? Es raro, en serio. Algo falta, ¿sabes? Hay demasiado silencio aquí. Demasiado silencio con sólo mi voz. Con sólo mis palabras para llenar el vacío de la hoja de papel… No, no es eso. Porque después de todo, mis palabras desaparecían al terminar de escribirlas, y aparecían las tuyas. ¡Sí, eso es! Faltan tus palabras, Tom. Faltan tus palabras. Tus palabras para reconfortarme. Tus palabras para decirme que todo estaba bien. Tus palabras para engañarme.
Sí, es lo que ha dicho Dumbledore. Que me engañaste. Y que no soy la primera (probablemente tampoco la última) en ser engañada por tus suaves y hermosas palabras. Tu voz era como un susurro que me arrullaba, que alejaba las pesadillas, que me tranquilizaba. Pero me usaste, Tom. Yo sólo era un vehículo. Un mero instrumento para recuperar tu poder, tu cuerpo, tu fuerza. Me usaste. Me engañaste. Te aprovechaste de… De todo.
Llenaste todos mis espacios. Todas mis preocupaciones de niña. Todos mis sueños. Te apropiaste de todo…
Tom, es tan extraño este silencio, en verdad. ¿Desde cuándo eres tan mudo? ¿Desde cuándo…? Tom necesito que me hables. Te necesito aquí. Lo vuelvo a olvidar, Tom. Vuelvo a olvidar que ya no existes. Y me hace preguntarme si realmente exististe. 1
Si realmente… Ya no importa. Ya no importa, ¿cierto? Tú destruiste todo. Y ahora yo tengo que destruir el vínculo que me ata a ti. A ti y a tu recuerdo. Supongo que esta es la despedida, Tom.
Adiós. Hasta nunca. Adiós, Tom.
.
Arrugaste el pedazo de pergamino. Luego con toda la calma de la que eras capaz a tus once años (casi doce si se piensa que cumples en agosto), llevaste tu despedida al fuego y la tiraste. Dos lágrimas cayeron cuando viste cómo se quemaba tu carta. Era el final de todo, te dijiste. Aún sabedora de que aquel recuerdo te perseguiría por siempre.
-o-
Otra vez el mismo sueño.
El bosque sombrío y terrible.
El hilillo de sangre de la roca.
Y aquella digna mujer dirigiéndose a la muerte.
Querías gritar, querías detenerla. Alertar a alguien. Preguntarle por qué lo hacía. Porque iba tan tranquila. Por qué no protestaba, no se quejaba, no hacía lo imposible por soltarse. Pero en vano.
La mujer seguía su marcha inexorable hacia la roca.
Y el hombre seguía empuñando el cuchillo asesino.
Otra vez el mismo sueño, y tu frente perlada por el sudor.
-o-
La siguiente noche viste el rostro de la mujer. Era pálido, traslúcido. Sus ojos eran azules, redondos y enormes. Era una mujer muy bella. Con serena calma, con profunda calma. No era muy alta. Pero era delgada, mucho, y la clavícula asomaba su hueso por entre la piel.
Un escalofrío te recorría siempre con esa visión. Un escalofrío que paralizaba tu cuerpo en el sitio en el que estaba y te impedía hacer cualquier movimiento.
-o-
La cuarta noche, el hombre que portaba el cuchillo reparó en ti. Estaba cubierto por una pesada túnica que cubría su boca y su nariz. Sólo podías ver sus ojos. Pero fue suficiente para que no quisieras ver más. Sus ojos eran rojos. Los ojos de Tom. Los ojos de Voldemort.
Y te estremeciste.
Al despertar, era Navidad.
-o-
Navidad y sus regalos. Navidad y su atmósfera de alegría y color. Navidad y sus pasteles. Navidad y su tiempo en familia.
Aquella Navidad fue muy triste, porque las preocupaciones no dejaron tranquilo a nadie.
Bill no estaba, él y Fleur querían pasar las navidades solos, en pareja. Pero todos sabían que Fleur simplemente no podía soportar otra navidad escuchando a Celestina Warbeck.
Charlie seguía en el extranjero, no había podido regresar. Tú sabías que Charlie se estaba ocupando de sacar gente de Inglaterra y ubicarlos en el exterior. Era un trabajo peligroso, pero Charlie siempre se las arreglaba para mantenerlos tranquilos.
Percy seguía en sus trece. Había vuelto a devolver el jersey, y mamá había vuelto a llorar sin que nada ni nadie pudiese consolarla. Te daban ganas de golpearlo, y hacerlo saber cuánto hacía sufrir a tu madre.
Ron, Hermione y Harry seguían allá afuera, nadie sabía de su paradero. Lo único que los tranquilizaba en ese frío día, era que no estaban muertos. Todos coincidían en que El Profeta celebraría con bombos y platillos la muerte del héroe, el hecho de que permanecieran en silencio era motivo de tranquilidad.
Los gemelos eran los únicos que daban felicidad a la casa. Se las habían arreglado para que Molly esbozara una sonrisa triste, triste pero sonrisa al fin. Eran también los únicos que te animaban, los que te alejaban de las pesadillas. Y tú se los agradecías con una sonrisa.
La Navidad pasó rápidamente. No celebraron mucho de todas formas. Se los debían a los caídos en la guerra, y a Harry, Ron y Hermione.
-o-
La última noche en la Madriguera el sueño adquirió nuevos tintes. La digna y regia mujer se alejó del corrillo de gente, pero en vez de acercarse a la roca ensangrentada se dirigió a uno de los hombres con banderín.
La mujer le tendió la mano. El hombre tardó algunos minutos, pero al fin estiró su mano y estrechó la que se le ofrecía. El viento hizo que la capucha cayera. Y tú muda y asombrada, contemplaste el perfil de Draco Malfoy.
Sí, era él. Más pálido. Más ojeroso. Más encogido sobre sí mismo. Pero igual de imponente. Igual de gigante frente a la pequeña mujer. La mujer era rubia, pensaste en ese momento. La luna pasó e iluminó sus facciones. Los miraste, los estudiaste. Y te estremeciste.
El rubio no hizo ademán de subirse la capucha. La mujer no liberó su mano. Y tú no dejaste de mirarlos. Todo quedó en absoluto silencio. Inmóvil.
Y despertaste. Comprendías por fin. Comprendías los extraños sueños. Cerraste los ojos y sonreíste.
No volviste a soñar con aquella procesión en medio del bosque.
-o-
Te ordenaron vigilarlos. Sólo vigilarlos. Así que bajabas todos los días. Permanecías unos cinco segundos frente a ellos, y subías otra vez. Luego decidieron que era muy peligroso que los prisioneros se hicieran amigos, así que tuviste que bajar más. Bajabas cuatro veces en un día.
Lo detestabas. Odiabas el sótano, la humedad, el frío, la sensación de opresión que te atenazaba la garganta. Salías de ese lugar corriendo. Pero te obligaban a que estuvieras al menos cinco minutos allí. Y lo detestabas. Odiabas cada segundo que pasabas en el calabozo, únicamente en compañía de un anciano enfermo (Ollivander), y de los numerosos visitantes (todos aquellos que al Señor Tenebroso no le interesaba dejar en Azkaban) que llegaban y se iban.
-o-
Fumabas más que nunca, amparado en la soledad de la terraza. Con el viento quemándote la cara y con el cigarrillo haciendo volutas de humo. Cerrabas los ojos y disfrutabas de la droga.
Cuando llegó ella, nada cambió. Las mismas obligaciones: bajar y vigilar. Bajar y ver que los prisioneros seguían tan tristes como siempre. Ella, sin embargo era diferente. Siempre lo había sido. En lugar de entristecerse, siempre tenía una sonrisa, que reconfortaba tanto a Ollivander como a ti mismo. En lugar de quejarse, hablaba de las criaturas que sólo ella creía. En lugar de amargarse, inventaba juegos en aquel terrible espacio.
Les llevabas comida tres veces al día. Órdenes del Señor Tenebroso que quería mantener a sus prisioneros, no matarlos de hambre:
- Si comen, les damos esperanza. La esperanza de salir. La esperanza de salvarse. Comen y creen que algún día podrán volver a ver el sol. Es estúpido, claro, pero para alguien así…
Un día, arriesgándote más que nunca, bajaste una manta para Ollivander. Era una sencilla manta de un elfo doméstico (cosas de Lucius Malfoy), pero era más que suficiente para el viejo. No le hablabas y Ollivander tampoco buscaba conversación, sólo se miraban. Y el viejo (con el rudimentario conocimiento de oclumancia que tenía), ocultaba al señor los cuidados que le dabas.
A Luna también le bajaste una manta. Tu madre lo supo, pero nada dijo. Sólo asintió y miró hacia otro lado. Sonriente, satisfecha, orgullosa del hijo que había criado.
Otro día, arriesgándote más de lo recomendable les dejaste un viejo tablero de ajedrez. Así pasaron horas muertas, en continuas e interminables partidas de ajedrez. A veces Draco jugaba, pretextando que ellos no sabían y que por lo tanto debía enseñarles. Pero la verdad es que lo disfrutaba. Tanto Ollivander como Luna eran unos contrincantes formidables, que exigían la concentración de cada jugada.
- La vida es como un juego de ajedrez - dijo Luna en algún momento.
- Y nosotros sus peones - susurró Ollivander.
Tú asentiste, pues estabas de acuerdo.
-o-
La mañana de Navidad, luego de revisar sus regalos, bajaste al calabozo. Llevabas un pastel de dos días, un pan pasado de tostado, y unas fresas. Las fresas eran para Luna, que había dicho que aquella era su fruta favorita, Draco se las había arreglado para conseguírselas a pesar de que como Luna le dijo con una divertida sonrisa, no era temporada de fresas.
- Te arriesgas mucho, Draco.
- Sí, lo sé.
- ¿Por qué lo haces?
El rubio se encogió de hombros.
- ¿No has oído que los slytherins gustamos de romper las normas?
Luna sonrió.
- ¿No te han dicho que los ravenclaws no nos tragamos ese cuento?
Tú también sonreíste. Porque ella tenía razón.
Esa noche le preguntaste:
- ¿Por qué te dicen lunática?
- No lo sé. Tú dímelo.
Negaste con la cabeza.
- Es una tontería llamarte así.
- ¿Por qué?
- Porque eres mucho más inteligente que varios que yo me conozco.
- ¿No te han dicho que también los locos son inteligentes?
- ¿No te han dicho a ti que la inteligencia tiene muchas caras?
Ella te sonrió ampliamente. Sí, podría estar chiflada por una parte. Pero por la otra, bueno no tenía ni un pelo de tonta.
-o-
- Supuse que te encontraría aquí.
- Supusiste bien entonces.
Tu interlocutor se encogió de hombros.
- ¿En qué otro lugar de esta gigantesca casa podrías fumar sin reparos?
Observaste el pitillo entre tus dedos.
- ¿Quieres uno?
- No, yo traje.
- Claro.
Se quedaron en un silencio, roto únicamente por el ruido del humo.
- ¿Qué haces aquí, Nott?
- Visitarte.
Alzaste las cejas.
- ¿Y eso?
- ¿No puedo visitar a un amigo?
- Puedes, claro.
Él sonrió.
- Ya. Me voy a Grecia.
- ¿Por Navidad o para siempre?
- Navidad.
- Um… Bueno, supongo que mientras no te caigas bajo ninguna ruina mitológica…
- Descuida, no lo haré.
- Bien.
Nuevamente el silencio. Ambos miraban hacia el horizonte nevado. Ambos tenían pesados abrigos de piel sobre sus cuerpos.
- Zabini se acaba de ir a Italia.
- ¿Ah, sí?
- Acabo de despedir su traslador.
- ¿Se fue solo?
- Sí.
- Bueno, supongo que allá en Italia encontrará a una hermosa chica, dorada por el sol de la Toscana…
- Supongo que sí.
Negaste con la cabeza.
- Me da una sucia envidia.
- A mí también. ¿Qué harás tú?
- ¿Yo? Trabajo de niñera.
- ¿Qué?
- Cuido a los presos, Nott.
- ¿Eso no lo puede hacer alguien más?
- No.
- Lástima.
Te encogiste de hombros.
- Alguien tiene que sacar la basura.
- Ya.
- Sí, así es.
- ¿Y no te estará gustando ese trabajo más de lo que quieres admitir?
Lo miraste fijamente. Nott sonrió.
- ¿No te tienes que marchar?
- Claro. Adiós, Draco.
- Adiós.
-o-
- ¿No tienes miedo, Dora? - preguntaste.
- ¿De la guerra? Claro que sí, Ginny. Pero eso no importa.
- Yo creo que sí. Que sí importa.
Nymphadora Lupin se encogió de hombros.
- Tal vez. Tal vez… Pero soy auror, Ginny. Cazar magos tenebrosos es algo que hacemos regularmente.
- ¿Y nunca has tenido miedo? ¿Nunca has dudado?
- Claro que lo he hecho. He tenido miedo. He dudado. Me he acojonado. He pensado que no tendría los suficientes ovarios para salir ilesa. Pero aquí estoy, todavía estoy viva.
- Ya. Estás viva, estás casada, pronto vas a tener a tu hijo.
Dora sonrió. Su mano derecha se posó sobre su vientre. Y sonrió, en íntima comunicación con su hijo. Tú te sentiste enternecida con aquella escena. Segundos después, Remus se acercaba por detrás y abrazaba a su esposa. Tú sonreíste. Porque lo merecían. Merecían ser felices.
- ¿Ya han pensado que nombre le pondrán?
- Se llamará Ted, como mi padre.
El padre de Dora acababa de morir. Dolía, pero Dora se secó las traicioneras lágrimas y le sonrió a Ginny.
- ¿Y si es niña?
- Se llamará Sandra - Dora hizo un gesto quitándole importancia -. No me preocupa porque sé que será un niño.
Remus sonrió.
- Ha dicho eso desde que supo que estaba embarazada - le dijo a Ginny.
- Es conocimiento de bruja, Remus - replicó Dora.
Sonreíste. Tu madre te lo había explicado. Una bruja siempre sabía cuando estaba embarazada, mucho antes que en San Mungo se lo dijeran; y además una bruja siempre sabía si el bebé era niño o niña: eran muy raras las veces en que se equivocaban. 2
- Pero sí lo sé - dijo Remus.
- ¿Lo sabes? - preguntaste intrigada.
El hombre lobo te miró fijamente.
- Lily dijo en su oportunidad que era un niño. Las palabras que dijo fueron: "Es un niño, James. No importa cuánto quieras una niña. Nuestro primer hijo será un niño". Así que James se resignó, y empezó a buscar nombres para el niño. Quería algo especial. Fácil de acordarse, fácil de decir, y fácil de pensar.
Luchaste con el nudo que se había formado en tu estomago y dijiste:
- Y por eso Harry.
- Sí, por eso Harry.
Pero cuando te fuiste a acostar, en el único que pensaste fue en Draco, no en Harry.
1 Se refiere a que puesto que ella conoció a un Tom bueno, un amigo. Un amigo máscara, una charada de la que se sirvió Tom para sojuzgarla. Entonces si era una máscara, realmente no existió, ¿cierto?
2 No tengo ni idea cómo manejarán la maternidad y el embarazo en el mundo mágico, pero me gustó la idea de que cualquier bruja pueda saber el sexo de su bebé antes que en San Mungo se lo digan.
Notas de la autora: Este capítulo no me termina de cuadrar. Escrito más de dos veces hasta que por fin salió esto. Espero que realmente les guste.
En el próximo capítulo nuestros protagonistas volverán a encontrarse.
¿Reviews? ¿Tomatazos? ¿Crucios por correos? No sean tímidos, escriban en ese cuadrito de allá abajo.
