La joven con la cofia miraba a diestro y siniestro mientras sonreía observándola colocándome el nuevo uniforme. Sus mejillas estaban encendidas por la vergüenza que le daba. Seguramente no había visto a un hombres desnudo en toda su vida.

Reí y terminé. Me puse a su lado y ella resopló. Tomó unos cuantos manuscritos bastante usados por ellos para no comer faltas en el protocolo y los puso sobre mis brazos.

- Deberá aprenderse todo eso. Por suerte su alteza Helen no es tan severa en protocolo como el resto de sus familiares -suspiró y agarrando mi brazo me guió con soltura hasta otra habitación.

En aquella parte del castillo los pasillos no estaban amoquetados ni tampoco el suelo de piedra estaba tapado por ninguna alfombra carísima. Por lo visto el rey dejaba que sus criados tuviesen bien claro lo que eran. Nada de lujos. Habitaciones en las que prácticamente solo cabía la cama. Pasillos completamente lúgubres que daban la sensación de estar llegando a la sala de torturas o incluso caminar por mazmorras.

La joven tomó sus faldas y subió las escaleras delante de mí. Bajé mi mirada a los lomos de piel de aquellos libros que tendría que leer. Por suerte tenía toda la noche para concentrarme en aquella lectura. Mientras tanto solo deseaba enterarme de todo y cada uno de los movimientos que Helen haría. No quería perder oportunidad alguna de estar a su lado para saber de ella y poder conquistarla. Sería mucho más humillante que se entregase a un simple sirviente.

Los peldaños eran numerosos. Jamás había subido una escalera tan enorme. La joven se arregló la cofia y al llegar al último escalón, agarró de nuevo mi brazo con fuerza y me llevó ante unas enormes puertas. Sacó de su bolsillo una llave y la introdujo en el cerrojo. La giró varias veces y abrió una puerta mucho más pequeña que estaba escondida en la gran madera. Cualquiera pensaría que hubiese necesitado a muchos hombres para moverla tan solo unos milímetros por con ese ingenio se entendía todo.

- ¿Alteza? -preguntó mientras penetraba en la estancia llevándome a mí con ella.

Mi mirada navegó por todos los rincones de los aposentos de la princesa. Sus paredes eran lujosas con ribetes dorados. Tres puertas a la izquierda y en aquella instancia se podían contemplar cientos de libros, también dos fantásticos instrumentos y un inmenso piano de cola negro. Un escritorio al fondo en el que varias plumas de distintos colores y aves, reposaban tranquilas sobre sus soportes.

- ¿Alteza? -repitió la joven que iba conmigo.

- ¿Kristin? -dijo una vocecilla a lo lejos.

- Alteza, sí, soy yo. Vengo a presentarle a su nuevo ayudante de cámara.

- ¿Ya escogieron otro? ¡Oh! Eso destrozará mis planes. Deberé buscar otra salida -suspiró.

Dobló la esquina que había a la derecha del escritorio y sonrió ampliamente mientras me contemplaba. Seguía igual de hermosa. Al percatarse de que era aquel joven al que había deseado suerte su sonrisa se tornó feliz.

- La reverencia -me dio un codazo la criada.

- ¡Oh, si! Claro.. -susurré.

Hice una reverencia ante semejante belleza y después volví a levantarme en el instante que las delicadas manos de Helen se ponían sobre mis bíceps.

- Oh, Kristin. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no asustes a la gente con cuestiones de protocolo? -rió musicalmente-. Ni se preocupe si se le olvidan las reverencias. Es algo que detesto pues no me siento más que usted como para que tenga que agachar su cabeza a mi paso. ¿Desea tomar asiento?

Me sorprendió la calidez con la que me recibía y en su mente no había maldad alguna. ¿Podría una mujer tratar así solamente por ser cariñosa pero sin segundas intenciones?

- Por supuesto -respondí.

Me mostró unos sofás en los que podía sentarme y esperé a que ella lo hiciese primero. Me sonrió y puso sus manos en sus rodillas mientras me estudiaba atentamente. Parecía notar en mi rostro algo que la hacía sentirse segura. ¿Cómo podía estar tan equivocada?

- ¿Puedo saber cómo se llama o prefiere que intente adivinar su nombre, caballero? -rió suavemente divertida.

No pude evitar unirme a su risa. Era realmente encantadora y me trataba como a un igual cosa que ni tan siquiera la criada lo había hecho. Aquello me hizo sentir bien, cómodo. Podría llevar a cabo con menos problema esa conquista.

- Me llamo Daniel Simmons -respodí con la misma sonrisa que ella me brindaba.

- ¿Puedo preguntarle algo? Espero que no se enfade pero me gustaría saber si es usted el joven que habló conmigo durante el tiroteo que hubo en la parte trasera del castillo o el joven que saludé en desde mi ventana mientras esperaba en la fila.

- Ambos, su alteza -sonreí de soslayo.

- ¡Oh, magnífico! Sabía que mi memoria no me fallaba tanto -rió y bajó mi mirada hasta los libros que tenía en mi regazo-. En cuanto a las leyes de protocolo, le recomiendo que se las aprenda por si en algún momento debe tratar con mi padre o alguno de mis hermanos. Mi padre suele ser bastante estricto pero imagino que le mandará las órdenes por alguno de sus criados como es costumbre en él -suspiró suavemente-. El rey no es muy sociable salvo cuando debe -hizo una pequeña pausa mientras su ceño se arrugaba y dejaba escapar un suspiro de disgusto-. Por favor, si necesita algo, cualquier cosa, hágamelo saber. Me encargaré de que una de mi doncellas se lo consiga. Lo haría personalmente pero no tengo posibilidad alguna de salir de mis aposentos. Para serle sincera creo que su única misión aquí será darme conversación. Espero no serle demasiado… ¿sosa? ¿superficial? Sí, superficial en aspecto. Puede hablarme de todo lo que quiera y siempre que esté en mi mano le responderé sus dudas o seré yo misma la que le pregunte sobre sus aventuras, si me lo permite, claro está.

- Por mí perfecto, alteza. Deseo conocerla en profundidad, como también quiero que sepa encontrar en cada rincón de mi personalidad algo atrayente que siga haciéndole desear conocerme por completo.

Mis palabras tenían una segunda intención pero ella tan solo se percató de la peculiaridad de las palabras escogidas. Por lo demás tomo como algo normal lo dicho.

Sonrió de nuevo y se levantó en el instante que la joven criada me sacaba a empujones de los aposentos pues aún tenía mucho que explicarme. La joven princesa divertida aguantó la risa y se despidió de mí con una inclinación de su cabeza que hizo que sus hermosos cabellos rozasen sus prominentes pómulos.