Quisiera decir que lamento la tardanza en la publicación de este capítulo, pero no es así, ya que la atrasé a propósito, pensando que los lectores necesitaban tiempo para leer y comentar. Luego pensé en simplemente enviarle el capítulo a quienes sí estaban interesados en leer, pero por alguna extraña razón, relacionada con que siempre les damos otra oportunidad a los lectores, estamos aquí.

Este capítulo contiene mucho sobre descolonización, especialmente la británica, y una visión quizás algo diferente a lo usual respecto al siglo pasado visto desde los ojos de un personaje de Hetalia.

Escribo sin fin de lucro.

Disclaimer: Hetalia Axis Powers y todos sus personajes- los que huyen- pertenecen a Hidekaz Himaruya


Generación a Generación: Capítulo Siete.

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Inhalaba profundo el olor a agua salada, mezclada con las esporádicas brizas frescas provenientes del continente. Francia lo miraba de brazos cruzados, apoyado en la baranda de precaución, sin emitir juicio alguno.

No hubiera servido de nada, Arthur estaba demasiado abstraído. Apenas parpadeaba, con los cabellos agitándose y el rostro recibiendo gotas que salpicaban. Francia supo que el reencuentro con esa probada de mar escapaba a todo entendimiento.

Arthur le había confesado que esa era la primera vez que salía de Londres. Que nunca había tenido necesidad de obtener pasaporte, o de viajar en avión. Y que la idea de confiarle su vida a alguien que no conocía no le agradaba.

Entonces Francia sugirió realizar un recorrido más largo, que fuera por tierra y por mar. Y ahora observaba el resultado: el reencuentro de dos amantes que no se han visto en demasiado tiempo.

Inglaterra y la mar. Una conexión que Francia nunca podría interrumpir. Podía observarla desde la distancia, esperando su turno, pero jamás destruirla.

Cuando Francia se alejó unos pasos para hablar con unos turistas, Arthur cerró los ojos y entreabrió la boca para respirar por ella, sin siquiera percatarse de la presencia o falta de presencia del francés. Se sentía acariciado y cuidado; la fiebre que iba creciendo era calmada amablemente por el viento fresco y el agua helada.

Sintió como si fuese a resfriarse y no renegó de ello; quizá se hubiese descuidado y no le quedaba más que tomarse unos antibióticos para no perturbar los días en que conocería París. Como fuera, ese momento se le antojaba increíblemente gozoso.

Fue Francia el que, al tomarle de la mano para desembarcar del transbordador, sintió su temperatura, y el que se alarmó al verle los ojos vidriosos y los labios partidos por la sal y la deshidratación. Decidió pasar la noche en un hostal y que un médico revisara a Arthur antes de continuar el viaje.

De todos modos, ya estaban en Francia.

La fiebre de Arthur subía a cada hora que transcurría. Sentado a su lado, Francia veía como su piel se volvía más blanca y cómo se dormía a ratos, hasta que llegó el médico y lo examinó.

Este le dijo a Francia que los bronquios estaban bien y que la garganta no estaba irritada. No se presenciaban toces ni congestiones, y que con un día de reposo Kirkland se recuperaría. Sin embargo, y a pesar del diágnóstico médico, Arthur no mejoró en los próximos días.

Francia, sintiéndose culpable de verlo en ese estado de inconsciencia debido a las altas fiebres, temió estar provocando nuevamente la muerte de Inglaterra.

Le tomó la mano y la acarició con los labios y la yema de los dedos. Sentado a su lado, intentaba bajarle la temperatura con paños húmedos que colocaba sobre su estómago y su frente. La fiebre provocaba que el inglés tiritara y tuviera pesadillas.

Pesadillas que llegaban a oídos de Francia.

- Mon lapin... duerme tranquilo...- Le susurró, siendo interrumpido abruptamente.

- France.- Francia apretó su mano inconscientemente, sintiendo un escalofrío ante la palabra, esperando que Arthur le hablara, que lo volviese a llamar por su nombre.- I hate France.-

Soltó una risita. No podía ser de otra forma: esas mismas palabras que tantas veces había escuchado decir a Inglaterra se repetían con otro significado. Si Arthur supiera lo que sus palabras significaban para el francés no sería él, sino otro.

Otro que ya no existe.

Los ojos aguados de Arthur comenzaron a lagrimear por causa de la luz de la lámpara, provocando que Francia malentendiera las lágrimas que de deslizaban desde sus lagrimales hasta el borde de sus ojos.

- Angleterre, perdóname.-

Volvió a besarle las falanges, comenzando a llorar por su parte, notando el hecho, mas sin hacer nada por evitarlo más que apretar los ojos.

- I want to go home.-

- Angleterre, no puedes regresar.-

- I want to see my child...-

- El está bien, todos ellos están bien. Los gemelos son potencias.-

- Peter.-

Detuvo sus caricias, con la boca entreabierta, alimentando por escasos segundos más su negación ante lo que Arthur no era.

- Angleterre, perdóname...- inició repitiendo- Perdóname por envenenarte. Perdóname por no detenerme cuando pude. Por no hacer caso de cómo te veía.-

Como parecía que no lo escuchaban, Francia suspiró, se secó las lágrimas y volvió a suspirar.

- Arthur.- Lo llamó, aceptando que el Inglaterra que estaba enfrente suyo no era su Inglaterra. Ni el de España, ni el de los que son inmortales.- ¿Escucharías mi confesión?-

No hubo mayor respuesta que la respiración dificultosa del mortal.

- Hubo un tiempo en el que estuve muy enfermo. Y no era el único, muchos de mis amigos tenían el cuerpo lleno de heridas sin cicatrizar. Costras que se arrancaban para buscar debajo de ellas a sus muertos. Cuerpos yermos, que no daban fruto alguno. Uno de mis amigos... tuvo que morir. Lo mataron, por decisión de quienes... le habían hecho tales heridas, que a su vez eran a quienes él había lastimado.-

Francia se mordió la mano, por el simple gusto de apretar con fuerza algo entre sus dientes, porque ahora venía la parte más difícil de su relato, y el tener que revivir las circunstancias, como llevaba haciendo desde que conoció a Arthur (cada vez llegando más profundo en sus meditaciones) no le provocaba felicidad.

- Otro amigo mío.- Se detuvo y rectificó.- Un enemigo mío cayó en cama. Partí a verlo, extrañado de su enfermedad siendo que todos los demás, incluso los que estábamos peor malparados que él, continuábamos activos.-

Se inclinó a besar los labios resecos del mortal, quien le correspondió apenas.

- Su enfermedad no estaba en su cuerpo, sino en su mente.-Apartó la mirada, porque si veía el rostro de Arthur, de Inglaterra, regresaría a sus ilusiones anteriores.- Siempre fue una persona inteligente, y se dio cuenta antes que yo que lo que acabábamos de vivir era sólo el inicio de una nueva época. Las atrocidades que para nosotros fueron inimaginables durante siglos ahora eran palpables, existentes. Y era sólo el inicio de una época de hostilidades.-

La luz de la lámpara titiló un instante.

- Me contagió su enfermedad.-

Apartó unos mechones de cabello del rostro de Arthur, los cuales sentía humedecidos por el sudor, junto a su piel caliente.

- Ya antes él había vivido, o mejor dicho, experimentado, una amputación a su cuerpo. Yo también.- Mencionó, recordando cuando perdió a Canadá.- No es visible, pero se siente. Sientes que te hace falta una parte, que has perdido fuerzas.-

Porque Estados Unidos fue parte del Imperio Británico y le dio fuerzas. Fuerzas que Inglaterra perdió cuando se independizó, cambiando su economía, sus territorios, su número de habitantes. Y luego Australia se fue. Y las colonias en Sudáfrica. Y ¡já, cómo no recordarlo! Irlanda se separó de sus hermanos. Podía soltar una risa ahora al recordar el rostro de Inglaterra ante el acontecimiento, y cómo a medida que el irlandés conseguía más y más independencia la arruga del entrecejo de Inglaterra se marcaba más y más.

Y cuando su pequeño Canadá recibió junto a Nueva Zelanda y otras colonias la independencia.

Fue un siglo de desmoronamiento familiar, si a Francia se le permitía hacer la comparación.

- Es ser un imperio que se desmorona. A todos nos ha pasado.- Comentó, algo más sanado del corazón, pensando en España y un poco en sí mismo.- Imagino que a él se le juntaron demasiadas cosas.-

Porque en ese momento se veía venir que India se iría, al igual que Pakistán. Los gastos de la guerra, las nuevas formas de matar, el conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética que los tenía a todos en un constante estado de preocupación.

- Y luego estaba yo. Estuve allí cuando lo fusilaron.- Dijo, refiriéndose a Prusia. Olvidando que estaba hablándole a Arthur, y siguiendo su corriente de conciencia, Francia confesó.- Te mentí, Espagne. Prusse no estaría feliz de verte ahora. Siempre fue un militar, fue el mayor defensor del nacionalismo que haya conocido. Lo sabes tan bien como yo.-

Afuera la mar chocaba contra la costa, con la marea nocturna que se acerca cada vez más. La amante eterna de Inglaterra buscaba protegerlo y envolverlo aunque estuviera fuera de su alcance, puesto que sentía que debía regresar a sus tierras para acabar con su fiebre.

- Creo que él ya lo sabía. Angleterre no me habría mostrado los lugares de su jardín en que crecía la cicuta de otro modo. Quiero creer que él no se lo esperaba, que pensó igual a mí.-

La ventana tembló por causa del viento, con fiereza, como si alguien llamara a una puerta de vidrio.

- No era la primera vez que nos envenenábamos mutuamente. El veneno nos hacía un daño similar a la muerte, pero días después dejaba nuestro organismo. El día en que desperté junto a él, después de ese simulacro de suicidio...-

No se esperaba despertar junto a un verdadero moribundo.

Al aire, Francia prometió regresar a Londres con Arthur.

La mar, como si supiera que Francia cumpliría, se calmó.