Todo explicado. Completamente arreglado. Así esperaba ser el portador de la llave ya que ahora era el nuevo carcelero de la princesa. La criada muy a su disgusto me había dado la llave y la había cerrado en mi puño como si fuese un tesoro. Ahora sería capaz de poder llevar a cabo mi plan para enamorarla.

Caminé por los pasillos de palacio observando los retratos de todas las personas ilustres que habían sido reyes, reinas, príncipes o princesas de aquel reino. Algunos de aquellos cuadros eran igual que caricaturas. Rostros horribles mirándote fijamente que me causaban mucha risa.

Llegué a las enormes puertas de madera de los aposentos de Helen y saqué la llave mágica que me ofrecería mil horas junto a ella hasta que de su boca naciesen súplicas para tener la mía.

Abrí la puerta y sonreí entrando sigilosamente. Podía escuchar como cantaba suavemente mientras tocaba el piano. Era una mujer con muchas virtudes.

- ¿Alteza? -pregunté.

Las notas se pararon y giró su hermoso rostro hacia mí. Me sonrió ampliamente y alzando sus manos se levantó.

- Señor Simmons -tomó mis manos dándoles un leve apretón-. ¿Se ha instalado por completo?

- Perfectamente instalado -respondí con una sonrisa.

- Me alegra mucho. Supongo que ya sabrá que será la persona que me mantendrá cautiva ¿no? -rió divertida y caminó hacia los sofás donde nos habíamos sentado antes.

- Estoy perfectamente enterado. Pero desconozco los motivos -mentí.

Se sentó en el sofá y suspiró pesadamente mientras se quedaba un instante pensativa contemplando el fuego. Alzó su mirada a la mía después y la dejó fija.

- Mi padre no desea que salga de mis aposentos más de lo que él considera oportuno y la persona que antes ocupaba su cargo era tan amable conmigo que jamás me ponía límites. El rey se enteró de ese abuso y despidió al pobre hombre. Ahora está sin trabajo y herido -dijo con una gran tristeza en su mirada.

- Parece como si su padre la odiase, alteza -musité.

- Eso sería demasiado bueno para mí -dijo con una voz rota-. Me odia, me detesta, me repudia y si por él fuera hace tiempo que me hubiese expulsado del palacio.

- ¿Cómo puede decir semejantes cosas? No creo que así sea.

- Señor Simmons, ¿por qué debería responderle con nada que no fuese la verdad? El rey mima a sus hijas menores pero el único que cuida de mí es mi hermano Gabriel. Mi padre y él han tenido batallas enormes por determinados contratos que firmé con la corta edad de seis años. Para nadie tendrían validez pero el rey se rige a ellos y hace tan solo lo estrictamente necesario para que el pueblo no piense que existen otras intenciones en un padre que no sean amor por sus hijas. Todo mentira… -movió suavemente sus hombros y la tristeza desapareció de sus labios pero no de sus ojos-. Es mi vida y la vivo con la mejor de las sonrisas. Sé que estoy destinada y atada para siempre a esos papeles que condicionan mi existencia. Por ello todo lo que no tenga que ver con ello procuro desecharlo aunque lamentablemente no soy capaz de pasarme todas las horas hasta que me llegue la muerte encerrada entre estas paredes. Cualquiera se volvería loco.

- ¿Podría ver esos contratos? – pregunté curioso.

- Me temo que no, señor Simmons. No están en mi poder.

Fruncí mi ceño mientras me quedaba pensativo. No entendía porqué razón había decidido confesarme eso pero tenía claro que no dejaría de interesarme. Quería hablar de todo ello hasta entender la historia de aquel rey y porqué encerraba a aquella mujer en sus aposentos por tanto tiempo.

- ¿Cómo puede ser así con usted en cambio con su hermana completamente diferente?

- ¿Con mi hermana Susan? ¡Oh, por supuesto! Pero ella es un primor. No me extraña que la trate de diferente manera. Mis hermanas se merecen todo por lo que me alegra infinitamente que las trate como un padre amoroso que no le importa mostrar a todo el mundo que haría lo que fuese por ellas. De hecho tengo entendido que desea como esposo de mi hermana al joven conde Byron. Parece ser que él también aceptó y se lo comunicó a mi hermana la que está increíblemente feliz. Espero que sea un buen marido para ella. Al menos es atractivo.

Sonreí internamente al escuchar el nombre de mi segunda personalidad. Me gustó saber que me consideraba atractivo, al menos sería más sencillo entonces conseguir que la barrera física aceptase el intenso deseo que le haría tener.

- ¿Qué piensa sobre él? – pregunté curioso.

Decidí obviar la parte en la que consideraban que realmente me casaría con aquella coqueta presumida. Puede que lo hiciese solo por diversión para tener más dinero pero no tenía intención ninguna de serle fiel.

- Tiene un porte impresionante -se limitó a contestar.

¿Eso era solo lo que iba a decir de mí? Fruncí mi ceño y miré el calor del hogar hasta que noté como sus ojos azules miraban mi rostro. Giré suavemente mi cabeza hasta encontrarme con su penetrante mirada y me sonrió ampliamente.

- ¿Puedo preguntar ahora sobre usted?

- Preferiría que no lo hiciese, princesa -suspiré.

- No es justo que usted sepa sobre mí y yo absolutamente nada sobre usted -dijo en un tono suave y melodioso.

Está bien que preguntase lo que quisiese pero solo respondería sobre mi antigua vida. Me repudiaría. ¿Acaso me importaba? Me iba a amar de todas maneras aunque la tuviese que obligar a hacerlo con mi poder.

- Pregunte lo que usted quiera -suspiré mirándole.

Ella dio pequeñas palmas y sonrió con amplitud mientras se quedaba pensativa un rato. ¿Qué iría a preguntarme esa hermosa mujer? Seguro nada de lo que yo tenía planteado.