Nuevo capítulo. Estaba en cama y me dije "una celebración por el fin del semestre, ¡escribe!". O eso fue hasta que... pasaron semanas y semanas y volvieron las clases.
¿Comentarios sobre este capítulo? Que se nota en una parte la influencia de Van der Banck, me ha gustado el tema y lo haré mío, como sólo pueden hacer suyos los amantes a los temas de sus amados.
Antes (no sé hoy en día), según tengo entendido, a los muertos en altamar los metían en sacos. Esos sacos se cosían para cerrarlos, y en el proceso, a los marineros les cosían la nariz.
Gracias a quienes comentan, les pido disculpas por mi tardanza, estoy hasta el cuello de cosas y estaba esperando que se apareciera alguien. Prometo que el próximo capítulo tardará menos. Este es.. todo o que quería escribir cuando empecé el fic :'D
Escribo sin fin de lucro.
Hetalia Axis Powers y todos sus personajes -Quienes recurren a otros- pertenecen a Hidekaz Himaruya.
Advertenias: OC.
Generación a Generación:
Capítulo Ocho:
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Parecía tratarse de un momento estático en el tiempo. La gente transitaba por la vereda, apenas a unos centímetros de su rostro que, desde detrás del vidrio, buscaba sin querer encontrar un destello anaranjado entre el gentío.
El segundero del reloj que vigilaba las mesas avanzaba a la misma velocidad que el del despertador que sólo utilizaban los días domingos cuando Arthur visitaba a Peter. Arthur entreabrió los ojos, buscando con sus pupilas el primer vicio del día, leyendo la hora para ubicarse y no dejar que la adrenalina le agite antes de tiempo al no encontrarlo.
"Debe haber salido temprano, eso es todo. Está nervioso desde que regresamos debido a mi fiebre... es comprensible; no pudo visitar a su madre por mi culpa. Necesita un tiempo a solas".
No.
"Debió dejarme e ir a París sin mí".
Peor.
"Me culpa".
Demencial.
"Me prefirió antes que a su familia".
Un escalofrío empieza en la parte baja de la espalda y sube, hasta la nuca, hasta la mandíbula, hasta el cráneo, hasta cada folículo piloso. Lo siente Arthur y lo siente Francia, quien contiene el aliento y por un segundo, un último segundo de mentiras a sí mismo, se hace el que no ha distinguido la cabellera pelirroja aparecer en la esquina.
Está atrapado y no puede salir, aunque así lo quiera, porque no debe. Sabe la razón, no obstante, se hace el desentendido. Necesita que otro se lo diga, otro que no sea el recuerdo marchito de Prusia o la verdad suave y tamizada de España. Necesita alguien que, sin piedad, le apuñale las ilusiones y lo traiga al mundo al que se ha acercado a pasos cortos.
"Es hora de despertar" se escucha decir en su mente. Y mira el reloj, porque Arthur ya debe estar despertando y así puede pensar que quien ha dicho eso no es su lado consciente que le alerta, sino el que aún está ilusionado y embotado pensando en el inglés.
Escocia, con su porte alto, sus pecas, su mal humor y una pipa que Francia pensaba perdida entre las pertenencias de Inglaterra, abre la puerta del local y se dirige, sin rodeos, a sentarse en su mesa. Entonces Francia es consciente de lo adultos que son y lo ansiada que parece la muerte cuando el cuerpo aún no tiene canas y la mente no ha cambiado de nombre en mucho tiempo.
Francis. Tantos meses usando ese nombre. Ya nunca más podrá nombrarlo en una salida nocturna: no le pertenece. Pronunciarlo evocaría sin lugar a discusión demasiados recuerdos. Francis era el nombre que pertenecía a Arthur, y que estaría ligado a su figura para siempre. Francia mueve la boca, la ene acaricia el paladar con su lengua y como sin poder evitarlo sonríe un poco, porque la a y la i le obligan a hacerlo. No hay sonido que se oculte en el ruido de las demás personas o el saludo de Escocia, que le da un apretón de manos. Sólo una voz se oye, como un susurro, con el movimiento de unos labios que están en lo más profundo de su pensamiento.
Arthur le llama.
- Francis.-
Pero él no puede responder, porque no es Francis y ya no puede seguir fingiendo que lo es. Francis se desgarra al escapar de sus uñas que le han retenido con tanta desesperación y Francia, con una voz que no es de quién tiene el corazón moribundo, procede:
- Encontré a la nueva personificación de Inglaterra. No lo mates o yo te mataré a ti.-
Escocia bufa, para nada complacido en apariencia. Deja el té con licor a un lado y con cuidado, llena la hermosa pipa labrada con tabaco, al que luego enciende. Francia entiende que ha comprendido la advertencia.
- El parecido es pasmoso -continúa explicando cuando es interrumpido.
- Inglaterra está muerto. Tú mismo lo mataste y yo mismo cosí su nariz como él habría querido. Ya no es más que polvo. Polvo y huesos. Como cualquier otro que ya no respire ni viva.-
El humo de la pipa sube. Los ojos de Escocia, abrasadores como siempre, queman los de Francia.
- Si lo vieras entenderías. Si Inglaterra estuviera aquí, sería como él. Es todo lo que su gente es.-
- ¿Cómo se llama? -pregunta Escocia con los labios fruncidos.
- Arthur Kirkland -y es como si ácido cayera en el rostro de Escocia por su expresión.
- Y tú le has encontrado cuando todos sus hermanos lo teníamos por muerto. Qué explicación no embustera o soez puedes darme.
Desviando la mirada hacia la calle, Francia siente lo nuevo que es todo y lo viejo que es él. No teme a la burla, por lo que responde.
- Jamás dejé de buscarle, hasta encontrarlo.-
Escocia contiene la respiración y el humo en sus pulmones, escuchándole y comprendiendo. Entonces saborea sus palabras, como una serpiente, sin que sea posible saber cuál es su verdadero sentir ante la noticia.
- Y jamás dejaste de amarle, supongo. Ni siquiera en este momento, mientras hablamos con un gusto que hace mucho no nos dábamos; le quieres de... esa forma.-
Francia capta el sarcasmo y el veneno en la voz de Escocia y asiente.
- ¿Que acaso tú has dejado de quererlo? Peor aún, ¿de quererlo del modo en que le quisiste antes siquiera de yo saber que le amaba?-
- Creo que el concepto que buscas es "cariño fraternal". Y sí, ¿por quién me tomas? Pero ese muchacho no es mi hermano. No le he visto llorar por las tormentas, ni le regalé su primer arco.-
Ante ello, Francia sonríe y niega. Sabía que no era necesario decirle a Escocia que Arthur no será jamás su hermano. Escocia sabe perfectamente que ese desconocido no creció junto a él, ¿cómo esperar su apoyo? Francia podía mentirse a sí mismo, mas Escocia no. Sus afectos eran distintos.
-Hablaré con Noruega y Rumanía -rompe el silencio el escocés-. Convenceré a quien conozca el arte verdadero, sea americano, asiático, o anda tú a saber. Reuniré lo necesario para darle la inmortalidad que a nosotros se nos concedió con el hechizo más antiguo: el que antecede a la muerte -Francia le mira incrédulo-. Tendrás a Inglaterra nuevamente junto a ti, y yo podré fumar tranquilo sin pensar que le robé a un muerto -Escocia sonríe, tomando su taza-. Ahora puedes ser feliz.
-Tiene un hijo.-
Escocia levanta una ceja.
- ¿Eso importa? -pregunta antes de beber.
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