Disclaimer: Todo lo que reconzcan es de JK Rowling, la trama es totalmente mía.
Gracias asamj, nachi123, y aalisa-2012, por sus comentarios en el capítulo anterior.
Interferencia
Tú eres mi capricho,
yo soy tu capricho
Chayanne-Caprichosa
Astoria Greengrass le sonrió al reflejo en el espejo. Este la halagó diciendo:
- Estás tan preciosa que vas a tener a todos los chicos a tus pies.
Astoria sonrió más ampliamente. Pero de repente su sonrisa decayó. Sus ojos se volvieron tristes. Y sus hombros perdieron fuerza. Se apartó del espejo antes que este le reprochara su actitud. En ese momento le valía muy poco el estúpido espejo.
Astoria se sentó en su cama y miró a su alrededor. Su cuarto tenía la clara decoración de Slytherin: el verde y el plata eran los colores predominantes. Por la ventana se podía ver el azul claro de un lago siempre presente, siempre permanente en su sitio. No como ellos, que debían moverse por el colegio, arrastrándose algunas veces, cuidándose para que las cosas no se les vayan de las manos. No como ella, que debía jugar muy bien sus fichas si quería ganar aquella partida de ajedrez que se había prometido ganar.
Y era esa bendita partida de ajedrez la que la ponía de los nervios. Astoria suspiró. De todos los hombres… de todos los hombres de Hogwarts ella debía fijarse en el que menos le convenía. En el más arrogante, en el más presuntuoso, en el que cargaba más peso sobre su espalda aunque él se empeñara en no verlo. Astoria suspiró hondamente. Draco Malfoy. Rubio, altivo, sangre pura, y heredero de una de las familias más importantes de Gran Bretaña mágica. A todas luces un buen partido. Pero si lo mirabas más de cerca, sabrías que era alguien del que debías alejarte como a la peste. Astoria, sin embargo, no había hecho caso.
Siempre había mirado a Draco. Desde chiquitica. Desde que Draco visitaba su casa junto con sus padres en el día de cumpleaños de Daphne. Daphne… ¿Qué diría ella si supiera lo que estaba planeando hacer? ¿Lo que quería de Draco? Negó con la cabeza y apartó a su hermana de sus pensamientos. A Astoria siempre le había gustado Draco. Le gustaba su porte altivo, su cabello rubio corto y manejable, le gustaban aquellos ojos grises que parecían contener los secretos del mundo. Pero a Draco no le gustaba ella. Nunca la había mirado más de dos veces seguidas. Para él sólo era la hermana de Daphne y nada más. Astoria lo sabía. Por eso le había hecho saber que ella tocaba el piano, y que lo tocaba muy bien, para que él supiera cosas de ella. Para que la conociera por algo más que la hermana de una amiga.
Astoria miró hacia el techo. Todo le había salido bien. Sabía que todavía tenía que esforzarse más, pero había conseguido la atención de Draco y eso ya era algo, ¿no? Ella negó con la cabeza. Era paradójico que Draco le prestara atención precisamente por aquello que Astoria hubiera querido evitar. Pero no había forma. No podía obligarlo a alejarse de Weasley, ¿verdad? No, no podía. Como tampoco podía alejarlo de Pansy. Pero podía, o claro que podía, darle el empujón que necesitaba para alejarse de ellas dos y estar con ella, con Astoria Greengrass.
Sonrió. Era hora de mover otra ficha.
-o-
No insistas.
Eso era lo único que decía la carta. Ni nombres. Ni señas. Ni remitentes. Nada. Pero Draco sabía muy bien a quién pertenecía esa nota. Se trataba de una chica pelirroja que en ese momento comía tranquilamente sus gachas de avena en la mesa de Gyffindor, bastante alejada de él.
Draco apretó los puños. La detestaba. Con toda su alma. Detestaba su arrogancia. Su continuo mirar sobre el hombro. Aquella mirada que decía: "No eres digno de mí". La detestaba, sí, pero también la necesitaba. Necesitaba su aire. Necesitaba su integridad. Necesitaba su fuerte personalidad. La necesitaba para no ahogarse en su propio pantano. Para seguir siendo ligeramente humano.
No insistas.
Pero ella esperaba que él la dejara en paz. Que se olvidara de ella. Ella esperaba que con esa nota se cortase la relación que mantenían desde que la encontró en ese pasillo del tercer piso. Ginevra Weasley estaba muy pero que muy equivocada.
Ella no entendía que él nunca aceptaba que no. ¿Cómo le había dicho ella? Que era un mimado. Y los mimados no cejaban en su empeño hasta conseguir lo que querían.
Volteó el pergamino y escribió con su elegante letra.
Vestuarios de quiddicth. 7:00 pm.
Ginevra iba a saber que con él, no se jugaba.
-o-
Las 7:30 y Ginny entraba en los vestuarios. Se quería dar cabezazos contra la pared. ¿Qué nunca aprendería? ¿Qué nunca aprendería que lo mejor era alejarse, abandonar a Draco a su suerte, no acudir a sus citas? ¿Por qué seguía yendo cada vez que a él se le antojaba?
Porque lo necesitas, le replicó una voz en su cabeza. Lo necesitas igual que me necesitaste a mí cuando hubo la ocasión, le dijo Tom. Necesitas que él te ensucie. Que te contamine. Que te abra las puertas del infierno. Porque no soportas verte al espejo. No soportas la pureza de tus ojos y el brillo de tus cabellos. No soportas tu vida de paz, de alegría, de colores. Quieres gris, quieres llenarte de gris, Ginny. Tom se rió, con su risa fría y desprovista de sentimientos. Quieres llenarte las manos de sangre. Quieres quemar el mundo. Quieres ser distinta a lo que todos piensan de ti. Quieres dejar de ser la niña buena. Y para eso necesitas a Draco, lo necesitas igual que me necesitaste a mí.
Ginny cerró los ojos. Aturdida. Confundida. La mano sin anillos de Draco se posó sobre su palma. Ginny alzó la cabeza. De inmediato se topó con aquellos orbes grises que presagiaban tormenta. Jadeó. Draco apretó su mano. Ginny se mordió los labios para evitar el quejido que pugnaba por salir de su garganta. Draco empujó hacia sí mismo y pronto se encontró contra el pecho masculino.
- Hola Ginevra - susurró.
La besó. La besó con fuerza. Con furia. Con enojo. La besó con el ansia de la semana en la que habían dejado de verse. Con la frustración que sentía por no poder besarla. Con todos sus problemas. Sus pensamientos. Sus molestias. Con todo eso y se lo lanzó a ella. La hizo depositaria de todo su desespero, de toda su furia.
Ginny jadeó. Y alcanzó a sostenerse de los hombros del rubio antes de recibir aquel vendaval de sentimientos. Gruñó y lo besó ella a su vez. No iba ser pasiva, no señor. Draco no iba a lanzarle todos esos sentimientos y vivencias y luego irse tan tranquilo. Ginny lo besó con sus miedos. Con su miedo de la guerra. De la salud de todos sus seres queridos. Con sus celos. Con sus angustias. Lo besó con sus pesadillas, esas que seguían perturbándola. Lo besó con todo lo que tenía.
Cuando se separaron, cansados y aturdidos, se miraron a los ojos: chocolate contra gris. Gris contra chocolate. Y el cúmulo de sentimientos entre ellos.
- Vamos a volar - dijo Draco.
La tomó de la mano y la arrastró fuera de los vestidores. Él llevaba en la mano dos escobas. Le dio una a ella, se montó sobre la que quedaba y dio una patada en el piso. Se elevó diez metros del suelo en cuestión de segundos y siguió subiendo. Ginny se planteó la posibilidad de dejarlo allí y marcharse. Pero decidió que le hacía falta volar. Se montó sobre la escoba y voló. Alcanzó a Draco y siguió subiendo. Y Draco también la alcanzó.
Jugaron a ese juego. Alcanzarse y adelantarse. Adelantarse y alcanzarse. Hasta un momento en que Draco atrapó el mango de su escoba. Ginny volteó su cabeza y lo miró. Draco lucía una sonrisa totalmente cínica. Soltó la escoba y voló lejos de la pelirroja. Ginny asintió para sí misma y voló en pos de Draco. Cuando lo alcanzó, lo detuvo agarrándolo de la escoba. Así duraron.
Atrapándose y alcanzándose. Alcanzándose y adelantándose. Hasta que en un momento quedaron frente a frente. E hicieron lo que siempre hacían. Besarse. Comerse la boca. Expulsar sus demonios en la boca del otro. Draco se las arregló para meter su mano derecha por el borde de la falda de Ginevra. Y ella se las arregló para aflojar su corbata y morder su cuello. Morderlo hasta hacerle una marca.
- Mío - susurró.
Draco sonrió.
-o-
- ¿Qué estaban pensando? - gruñó Severus Snape.
Se encontraba sentado en su despacho de director. Su presencia llenaba la sala. Y su mirada hacía que tanto Ginny como Draco supieran que estaban en problemas, serios problemas.
- Estoy esperando una respuesta - siguió diciendo.
- Pues nosotros… - intentó decir Ginny, pero se interrumpió cuando sintió el peso de la mirada del profesor Snape. Balbuceó y bajó la cabeza.
No eres tan valiente con Snape, ¿eh?, se burló Draco para sí. Un placer indescriptible le recorría las venas al ver a la pelirroja nerviosa, sin poder hablar, balbuceante. Como una bebé. Como una niña. Como la niña que todavía era, aunque se esforzara por lo contrario.
- Señor Malfoy.
- ¿Sí, señor?
- ¿Qué respuesta puede darme?
- Pues…
No, no podía. Los ojos negros de Snape parecían taladrarlo. Draco gruñó. ¿Estás disfrutando de lo lindo, verdad?, pensó. Pero no dijo nada. Se limitó a mirar a Snape. A aguantarle la mirada. Y Snape sonrió, malévolamente, maléficamente.
- ¿Y bien? - preguntó. Pero ninguno de los dos contestó. - ¿Qué justificación pueden tener dos estudiantes que a media noche están fuera de sus camas? - Siguieron sin contestar. Snape esbozó una sonrisa irónica - ¿Un paseo a la luz de la luna montados en escobas, besándose sin control? - Se estaba burlando de ellos, por supuesto. Ginny apretó los labios. - ¿Un paseo romántico, tal vez?
- Jamás - aseguró Draco.
- Nunca - gruñó Ginny.
Se miraron por un segundo, pero luego se evadieron.
- Señorita Weasley, se puede largar. Ya tiene bastantes castigos en su haber. Márchese ya.
La pelirroja se levantó, miró por última vez a Draco. Pero él no la miró. Ella suspiró. Y se marchó.
- Yo también me puedo ir, ¿no, señor?
- Sabes que no, Draco.
El rubio bufó: - Vamos, acabe con esto, ¿quiere? No tengo ganas de quedarme. ¿Me puedo ir?
Snape lo ignoró.
- ¿Qué pasó esta noche?
Draco suspiró.
- Nada, nada pasó. Simplemente… estuvimos volando, eso fue todo. ¿Ya me puedo ir?
Nuevamente Snape lo ignoró.
- Te llevas bien con ella, ¿eh?
- No, no realmente - admitió. - Nos llevamos, simplemente eso. Por favor, sólo quiero irme.
Snape no le contestó. Draco se levantó y se dirigió a la puerta.
- Ten cuidado.
El aludido frunció el ceño.
- Siempre lo tengo.
Snape esbozó una sonrisa irónica.
- Ya, claro. Parece bastante serio…
Draco se volteó y lo fulminó con la mirada, o al menos trató de hacerlo.
- No tiene nada de serio. Es un capricho, como bien dijiste tú. Tan sólo un capricho…
- Por supuesto - concedió Snape.
- Buenas noches.
- Buenas noches, Draco.
-o-
Cuando el rubio se fue, Snape dejó caer su cabeza sobre las palmas de sus manos.
- Tal vez sea bueno - le dijo el retrato de Dumbledore.
Snape levantó la cabeza.
- No, no lo es.
- Pero tal vez…
- No, Dumbledore, sencillamente no - giró su silla y clavó su mirada en el antiguo director, deseoso de perturbarlo al menos una décima parte de lo que perturbó a la Weasley -. Es no, y punto.
El Dumbledore retratado se encogió de hombros.
- Yo sólo digo que puede ser. Eso es todo.
Snape alzó una ceja.
- ¿Ya no está preocupado porque Weasley y Potter estén juntos? ¿Ese no era su plan? ¿Qué Potter tenga suficientes personas a quien amar?
- Que conozca el amor de pareja, sí.
Snape volvió a esbozar su sonrisa irónica.
- ¿Y ahora cuál es el plan? ¿Qué Draco pierda la cabeza? ¿Qué Weasley la pierda? ¿Qué ambos caven su propia tumba?
- No, claro que no.
- Entonces no vuelva a decir que tal vez sea bueno que esos dos estén juntos. - Miró fijamente a Dumbledore en espera que el director negara lo dicho. - Es no, y es mi última palabra.
- Como quieras, Severus.
- Ajá.
Snape se volteó, y nuevamente dejó descansar su cabeza entre sus manos.
-o-
- ¿Contraseña? - preguntó la Señora Gorda.
- Monería - dijo Ginny sin mirarla.
Entró por el hueco del retrato y miró su sala común. El fuego consumiendo la leña, los estándares rojo y dorado, los cómodos sillones. Se fue a sentar en la poltrona más cercana a la chimenea. Se sentó y subió las piernas, posó su cabeza sobre sus rodillas y suspiró.
¿Qué estoy haciendo?, se preguntó. ¿Qué carrizo estoy haciendo?
- Hola, Weasley.
- ¿Cavil?
- Ajá.
- ¿Qué…? ¿Qué estás haciendo?
Cavil no contestó de inmediato. Se limitó a mirarla. Cuando Ginny ya estaba perdiendo la paciencia dijo:
- ¿A ti qué te parece que estoy haciendo?
- ¿Cómo…? ¿Cómo entraste?
- Digamos que alguien me hizo el favor de darme la contraseña y entré. Te estaba esperando.
- ¿A mí? ¿Por qué? - preguntó Ginny.
- Sí, a ti.
- ¿Por qué?
Cavil se encogió de hombros.
- Tenía curiosidad.
- ¿De qué?
- De ti.
- ¿De mí?
Cavil asintió.
- Tus compañeras se preguntaban en dónde estabas. Una dijo que tú siempre fuiste así. Que te perdías por largos periodos de tiempo, que nunca les decías a dónde ibas, que ellas no te importaban. Otra dijo que había que entenderte, que eres una chica tímida, y que te costaba hacer amigos.
Ginny esperó, pero Cavil no dijo más nada.
- ¿Y?
- Y eso es todo.
Ginny se cruzó de brazos.
- ¿Eso es todo? - Cavil asintió -. Simplemente ellas dijeron que yo no había llegado, por las razones que sean, y tú te dijiste: "Ah, estoy curioso, ¿a dónde se habrá ido Weasley?"
- Sí, algo así.
Cavil sonreía. Como si lo que había dicho tenía sentido. Como si estuviera satisfecho de sí mismo. Como si no luciera como un estúpido, ahí parado en la sala común de Gryffindor, donde desentonaba porque todo era rojo y dorado y él portaba en el escudo el tejón de Hufflepuff.
- ¿Algo así? - repitió Ginny -. Algo así… ¿Y no se te ocurrió pensar que si yo no dije a dónde iba era porque no quería que alguien lo supiera?
- Pues ahora que lo dices…
- Y en el hipotético caso de que lo hubiera dicho, ¿a ti en qué te afecta? ¿No pensaste en eso? ¿No pensaste en que si yo me voy o no me voy, a ti no te importa?
- Pues tal vez…
- Y en el hipotético caso de que te importara, primero deberías ser algo mío. Mi novio, por ejemplo, cosa que no eres y que no me interesa que seas. O mi compañero de clases, cosa que sólo eres a medias, porque ni vivimos en la misma casa, ni nos sentamos juntos, ni conversamos algo sobre las materias. Así que no, no tenemos ninguna relación para que te importe en dónde estoy, con quién estoy, o qué estoy haciendo. Y si es así, si es todo como estoy diciendo, ¿por qué se supone que sigues aquí?
- Eh yo…
Cavil entendió que esa noche no conseguiría nada de la pelirroja. Nada pero absolutamente nada. Asintió y se dirigió al hueco del retrato.
- Supongo que nos veremos mañana.
- Supones bien. Adiós.
- Hasta luego.
Cuando se vio sola, Ginny suspiró.
- Hombres… - susurró para sí.
-o-
Draco llegó maldiciendo a la Sala Común de Slytherin. ¿Por qué mierdas Snape no podía elegir otro para fastidiar? ¿Por qué le tocaban a él las estúpidas narices? ¿Por qué maldita sea debía aguantarlo?
- ¿Contraseña? - le preguntó aquella estúpida pared.
- Mortífago.
La pared se abrió y él entró. La sala común estaba vacía. Ya era muy tarde, hacía frío y la mayoría prefería calentarse en las camas. Draco se sentó en uno de los sillones y miró hacia el lago. Una sirena tocó el cristal, una verdadera sirena, no esas tontas criaturas que precedieron la segunda prueba del Torneo de los cuatro magos. Las sirenas eran hermosas, y estaban completamente desnudas, algo que le concedía mucho morbo. Ellas adoraban llamar la atención y por eso siempre iban a la sala de Slytherin.
- Hola Maryn- dijo Draco -. Hoy la verdad es que no tengo ganas de hablar. - Maryn hizo un puchero -. No insistas, de verdad no tengo ganas.
La sirena asintió y se alejó de la ventana.
- ¿Es verdad? ¿No tienes ganas de hablar?
- No, Astoria, no tengo ganas - dijo mientras giraba la cabeza para posar su atención en la castaña.
Astoria tenía puesta su pijama azul. Tal parecía que se acababa de despertar. Tenía el pelo ligeramente desordenado y no llevaba nada de maquillaje. Por alguna razón, Draco la odió. Odió su naturalidad. Odió que se viera hermosa cuando a todas luces acaba de despertarse. Odió odiarla. Porque odiar significa que te importa una persona y eso Draco no lo quería, no quería que le importara Astoria Greengrass.
- Es una pena entonces.
La voz de Greengrass lo devolvió a la realidad. A la realidad en que ellos eran sólo compañeros de casa y nada más.
- ¿Ah sí? ¿Y por qué?
- ¿Por qué es una pena?
- Sí.
- Porque yo sí quiero hablar.
- ¿Hablar con quién?
- Contigo.
- ¿Conmigo? ¿Sobre qué se supone qué quieres hablar conmigo?
Ella se encogió de hombros.
- De cosas.
- ¿De qué cosas?
- Pues de cosas.
Draco respiró profundo. Empezaba a perder la paciencia. Tal vez era lo que quería esa chiquilla. Pero él no lo iba a permitir, no señor. No perdería la paciencia por una estupidez como esta. Cerró los ojos y se masajeó las sienes.
- O me dices de qué carajos quieres hablar conmigo, o me marcho y te quedas sin interlocutor, ¿está claro?
- Sí.
Draco abrió los ojos. Astoria no decía nada. Ni parecía que se disponía a hablar. Él empezaba a ver todo rojo.
- ¿Y bien?
- ¿Te han dicho que cuando te enojas te ves gracioso?
El comentario lo pilló completamente de sorpresa. ¿Él gracioso? ¿De verdad él gracioso? O Astoria se había vuelto loca o qué. Él no podía ser gracioso, ¿verdad? Era imposible, ¿cierto? Draco abrió la boca para replicar…
- Espera. Ya sé lo que vas a decirme. Vas a decir que estoy loca. Que de ninguna forma luces gracioso. Que ser gracioso no es propio de un sangre pura, y todo eso.
Draco esperó, pero Astoria no dijo más nada.
- ¿Y eso es todo? ¿Me enojaste simplemente porque te resulto gracioso cuando me enojo?
- Pues sí.
Draco esperó. Aguardó a que Astoria dijera que era una broma. Qué tenía un motivo, un motivo más racional para enojarlo. Un motivo que no tuviera que ver con lo gracioso que se veía cuando enojaba. Draco sabía cómo se veía enojado: se le enrojecía las mejillas, la boca se le secaba, los nervios se le crispaban, a veces hasta se ponía a llorar… nada de eso le parecía graciosa.
- ¿Te han dicho que estás demente?
Ella se encogió de hombros.
- De vez en cuando.
- Pues deberías revisar que…
- ¿Y a ti te han dicho que no debe jugar con fuego?
- Yo no… Yo no juego con fuego.
- Sí, lo haces.
Astoria se sentó en sus piernas, a horcajadas, de frente a él, a Draco. Y Draco no entendía por qué. ¿Por qué ella no se iba? ¿Por qué él no se marchaba?
- No juego con fuego.
- Sí, lo haces. - Astoria se inclinó hasta alcanzar su oreja derecha -. Con una pelirroja que yo me sé.
Draco se levantó de un brinco. Astoria cayó al piso. Pero no se quejó. Levantó la cabeza y lo miró. Draco la miró desde su altura.
- No vuelvas a decir eso. Nunca jamás - gruñó -. Y si en algo valoras tu vida, no hablarás de mí a nadie, absolutamente a nadie. ¿Estamos claro?
Astoria asintió.
Draco se dio media vuelta para irse.
- Aún sigues jugando con fuego, Malfoy.
El rubio aceleró el paso. Llegó a su cuarto y se echó en su cama. Mañana era otro día.
-o-
La lechuza de ese día por poco le come los dedos. Draco gritó. Molesto. Asustado. Acojonado. Los profesores se apresuraron a acercarse. La lechuza era salvaje. Agitaba sus alas con violencia y daba picotazos a quien se le atravesara.
Voló por todas las mesas. En todas, alguien salía herido y gritando a los cuatro vientos el mal del que se iba a morir aquel bicho.
- ¡Que alguien haga algo con ese maldito pajarraco! - gritó alguien.
Se necesitaron diez minutos y tres buenos hechizos para reducir al ave. Al final todos estaban cansados. Maldecían al ave con los dientes y los puños apretados.
- ¿De quién es esa lechuza? - preguntó el profesor Snape. Nadie contestó. - No es del colegio. No es de los padres del señor Malfoy. ¿De quién es la lechuza? - No hubo respuesta. Unos y otros se miraron, tratando de reconocer al dueño de la estúpida lechuza. - No lo voy a repetir otra vez. ¿De quién es?
La tímida mano de Astoria Greengrass se levantó en el aire. Draco la fulminó con la mirada.
- Es mía, profesor Snape.
- Maldita…
- Señor Malfoy, por favor - le advirtió el director -. Señorita Greengrass, espero que tenga una buena razón para soltar a esa ave en el Gran Comedor.
- Yo quería enviarle una carta a Draco, señor. No sabía… no sabía que la lechuza haría este desastre.
- ¿No lo sabías, en serio? - gruñó Pansy.
- No, lo siento. De verdad.
El profesor Snape lo meditó por unos segundos.
- Para la noche no quiero ver a esa maldita lechuza. ¿Estamos claros?
- Sí, profesor Snape.
Astoria silbó, la lechuza sobrevoló el Gran Comedor (algunos se protegieron con los brazos) y se posó sobre el hombro de la chica.
- ¿Y esa mierda no podía hacerlo antes? - preguntó Zacharias Smith.
Draco estaba seguro que en ese momento, el colegio entero odiaba a la pequeña de los Greengrass. Pero ella no pareció notarlo. Astoria buscó con la mirada al rubio, le sonrió y le guiñó un ojo, luego se marchó.
- Vamos a seguir con el desayuno - ordenó el director Snape.
Draco suspiró y se sentó, dispuesto a terminar sus gachas de avena. Levantó la mirada y se topó con los escrutadores ojos de Daphne Greengrass.
- ¿Qué? - gruñó.
- Le gustas.
- ¿A quién?
- A Astoria.
Draco dejó caer el cubierto por la sorpresa. ¿Le gustaba? ¿A Astoria? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿A qué hora?
- ¿Desde cuándo…?
Daphne se encogió de hombros.
- No lo sé. Pero le gustas.
- Oh.
- Astoria tiene mal gusto.
Draco entrecerró los ojos.
- ¿Qué quieres decir, Greengrass?
- Exactamente lo que escuchaste.
Se levantó y dejó la mesa de Slytherin.
- ¿No que no era nada, Draco? - inquirió Pansy.
- Pues… No es nada de parte de mí.
Pansy bufó.
- Oh, sí claro. Y yo te conozco desde ayer, sí como no.
La morena también se levantó y dejó el Gran Comedor.
Draco se sintió aturdido. ¿Pero qué carajos les pasaba a las mujeres? ¿Qué no podían ser normales? Sólo faltaba Ginevra y le pondría la guinda al pastel. Buscó con la mirada a la pelirroja. Pero ella también se había marchado.
Draco gruñó y masajeó sus sienes.
- Así que Astoria, ¿eh?
- Tú también no, por favor. Tú no, Nott. Tú eres el único normal… por favor, no te pongas en ese plan.
Theodore Nott se encogió de hombros.
- Como quieras. Ya yo decía que estabas cambiado.
- ¿Cambiado?
- Ajá.
- ¿Cómo qué cambiado?
- Cambiado, tú entiendes.
- No, no entiendo. Ilumíname.
Nott se tomó unos segundos para responder.
- Te importa esa chica. De verdad te importa.
- Eso no…
- Sí, te importa. Quiero decir…
- ¡Es sólo un capricho! - lo interrumpió Draco. - Sólo un capricho. ¡Sólo un maldito capricho!
Nott lo miró fijamente.
Draco bufó y se levantó. Se marchó. Lejos, lejos de todo ese atajo de locos en que se había convertido el colegio. No veía por dónde iba, sus pies lo dirigían. Al final se dio cuenta que estaba en la torre de Astronomía, en lo más alto de la torre. Se sentó en la baranda y apoyó la espalda en un poste. Tenía algo en el bolsillo de la túnica, algo que lo molestaba. Lo sacó y lo miró a la luz de la mañana. Era una carta. Era la estúpida carta que traía la estúpida lechuza que empezó la estúpida situación.
Molesto, abrió el sobre, tomó la carta y leyó:
¿Te gustó la función?
Draco frunció el ceño. Luego rompió el pergamino. Lo rasgó una, dos, tres veces… hasta que quedó sólo un montoncito de papelillos.
Maldita sea Astoria Greengrass.
Nota de la autora: Díganme en un bonito review que personaje les gusta más.
