Disclaimer: HP es pura exclusividad de Joanne-santa-Rowling. Yo únicamente poseo la trama.
Gracias a alissa-2012, yo (nombres anónimos donde los haya) y samfj por sus reviews.
ACTUALIZO TODOS LOS JUEVES.
Martes 13
- ¿Sabes? No he hecho nada de lo que puedas acusarme, Malfoy.
La voz de Cavil es ronca. Agradable para algunos. Irritante para otros. Molesta para Draco Malfoy. Draco frunce el ceño. Es un idiota. Y a los idiotas hay que ignorarlos. Mira hacia otro lado.
- Vamos, no finjas - insistió el chico -. Sé que me estás escuchando. Sé que estas pendiente de mis palabras - Esperó unos segundos. Pero el aludido siguió ignorándolo. Cavil suspiró: - Malfoy…
- ¿Qué quieres? - fue la escueta pregunta de Draco.
- Hablar.
- ¿Sobre qué?
- Sobre lo que pasó.
- No hay nada de qué hablar.
- ¡Claro que sí! Por supuesto que sí…
Draco se volteó y lo miró. Cavil tenía ese cabello castaño que invitaba a tocarlo. Ojos azules juguetones. Y una sonrisa de circunstancias. A todas luces, un Apolo moderno. Gruñó. Luego giró la cabeza.
- ¡No me dejes hablando solo, Malfoy!
- ¿Puedes callarte? - Draco se giró -. Es en serio, ¿puedes hacerlo?
- No.
Draco suspiró.
- Entonces espero que disfrutes del monólogo.
Volvió la cabeza hacia el lado contrario.
- Hay que hablar. Debemos hablar. Uno no pega a alguien por nada, ¿sabes? Hay que…
- Hay que hacer silencio, Cavil. Y dejar de tocarle las narices a los demás.
- ¿A quién le he tocado las narices, Malfoy? - Draco no contestó. Cavil frunció el ceño -. ¿A ti? ¿Te he tocado las narices a ti?
- No.
Silencio. Un silencio tenso. En donde ninguno entendía al otro. Cavil no entendía por qué el rubio le había pegado. Él sólo estaba hablando con Ava Kensington, y luego el rubio se le había lanzado encima. Un minuto antes, Henry estaba hablando con una de las chicas más lindas de Hogwarts y al siguiente un derechazo directo a su mandíbula lo impactaba en el piso. ¿Y Malfoy no quería hablar de ello? Iba listo si pensaba que iba a dejar el tema en paz. Frunció el ceño. Nadie tocaba su bello rostro y salía ileso.
Por su parte, Draco creía que Cavil tenía mucha caradura. ¡Él había sido el culpable! Si él no hubiera correspondido la mirada de Weasley, él, Malfoy, no hubiera cargado con su cara. Pero se había atrevido a mirar a Weasley, y eso no iba a permitirlo, no señor. Ella era suya. Suya para doblegarla. Suya para llevarla por el camino de las sombras. Suya para encerrarla en el infierno y botar la llave. Ginevra era suya, y de nadie más.
- Un hombre sólo golpea a otro por dos razones - siguió diciendo Cavil. Draco lo odió -. Bien, por proteger a alguien, bien para hacerle ver al hombre que golpea que esa chica es suya. ¿En cuál de los dos tipos estás, Malfoy?
Draco no contestó.
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La señora Pomfrey le dio de alta en la madrugada. Salió de la enfermería y se dirigió al despacho de Horace Slughorn, pues al ser Jefe de su Casa, era el encargado de ponerle un castigo.
Slughorn no lo recibió con alegría. Estaba muy molesto, pues el chico que tenía en frente se había metido con su fiesta, había insultado a sus invitados, y había dejado en entredicho la siguiente fiesta.
- Vas a destripar algunos gusanos - gruñó Slughorn -. Lo harás luego de la cena. Sé puntual.
Draco asintió, mientras que por dentro se debatía entre maldecir o torturar al profesor morsa.
- Ah, y Malfoy yo en tu lugar no comería mucho, no vaya a pasar que vomites en el barril de gusanos.
Draco salió de allí con el estomago revuelto. Odiaba los gusanos, tanto como odiaba las estúpidas lechuzas. (De ahí que hubiera querido matar lenta y tortuosamente a Astoria Greengrass por dejar suelta a su mascota). Y el hecho de tener que pasar una hora todos los días destripando a esos estúpidos… bueno era más de lo que creía que podía soportar. Y…
- ¡Arggggghhh!
Tropezó. Perdió el equilibrio y cayó llevándose consigo a a persona con la que había tropezado. Gruñó al sentir el piso frío en su espalda. Gruñó al sentir a Ginevra entre sus brazos. Ella alzó la mirada, estaba azorada, azorada y un poco molesta también. Fulminaba a Draco con la mirada. Y Draco no entendía el porqué. ¿Qué le había hecho? Ginvra intentó levantarse, pero no pudo. Draco la tenía fuertemente sujeta.
- ¡Déjame ir!
- No.
- Estamos en un pasillo, y…
- No.
- Pero…
Draco sonrió. Qué fácil era sacarla de quicio. Qué fácil era llevarla al límite. Qué fácil era…
- Es en serio, Malfoy, déjame ir.
La sorpresa de escucharla decir su apellido antes que su nombre, fue lo que hizo que bajara la guardia. Ginevra aprovechó ese descuido y se levantó. Se alejó de Draco y le dio la espalda. El rubio se incorporó y le impidió que se alejara un paso más.
- ¿Qué…?
- Es Draco, Ginevra. Draco.
- Es Weasley, Malfoy. Weasley, no Ginevra - le retrucó.
Draco gruñó. En un rápido movimiento se levantó del todo y acorraló ala pelirroja entre la pared más próxima y su cuerpo. Ella intentó moverlo. Draco se lo impidió. Volvió a gruñir y metió sus dedos por el borde de la falda. Ella jadeó de la sorpresa. Luego luchó con Draco. Luchó para liberarse. Luchó para alejarse de esos dedos invitadores.
- Estate quita, Ginevra.
- Es Weasley.
- Es Ginevra. Quédate quieta.
- No.
- Hazlo.
- No.
Ella le mordió el lóbulo de la oreja hasta hacerle sangre. Draco lanzó una maldición. Ginevra aprovechó ese momentáneo descuido y salió corriendo. No duró mucho. Draco la volvió a acorralar, esta vez entre una esquina, una armadura y su cuerpo. La armadura cayó al piso. Se incorporó y se alejó de allí murmurando algo en contra de los jóvenes de ese día. Por su parte, Draco y Ginevra se miraron fijamente. Estudiándose. Fulminándose con la mirada. Luego, el rubio gruñó y se apoderó de su boca. Ella levó las manos a la espalda masculina y clavó sus uñas a través de la tela. Él jadeó. Le mordió los labios con saña. Ella alzó las piernas y las rodeó en la cintura de Draco.
Él metió las manos por debajo de la falda de Ginevra. Ella jadeó. Él le subió la falda, sólo lo suficiente para que no le molestara. Ella metió sus manos entre ellos, desabrochó los pantalones y liberó la erección que pulsaba contra su vientre. Él se introdujo dentro de ella en una sola estocada. Ginevra cerró los ojos, de dolor, de placer, y nuevamente de dolor. Draco cerró los ojos y le mordió el cuello.
Eran animales. Llevados por un instinto tan primitivo como el tiempo. Con sólo el ansia del placer recorriendo sus cuerpos. Él embistiendo dentro de ella. Ella yendo a su encuentro. Ambos gruñendo y jadeando. Demostrando su dominio. Ella arrancó unas hebras rubias de su cabeza platinada. Él apretó su agarre hasta estar seguro de que dejaría marca. En un momento cambiaron los papeles. Draco debajo de ella, y ella montándolo como una experta amazona. En el pasillo sólo se oía sus jadeos, sus gemidos, la piel contra piel. Nada más importaba. Sólo ellos dos en un pasillo desconocido. Sólo ellos dos comportándose como los amantes que eran. Ahí no estaban ni Astoria Greengrass ni Henry Cavil. Tampoco estaban Weasley y Malfoy. Estaban sólo Draco y Ginevra, gritando a los cuatro vientos su orgasmo final.
Ella se dejó caer sobre él. Jadeando en busca de normalizar su respiración. Él rodeó la cintura masculina con un brazo. Así tan rápido como empezó. Así tan rápido terminó. Ginevra se levantó, Draco se incorporó. Sin mirarse, acomodaron sus ropas. Ella peinó sus cabellos, él ordenó su corbata. Draco les echó ambos un hechizo de limpieza, luego apuntó al vientre de Ginevra y lanzó un hechizo anticonceptivo.
Un silencio incómodo los rodeó. Había demasiadas preguntas. Demasiados reproches. Demasiadas cosas sin decir. Y Draco pensó que podrían empezar ahí mismo a descubrir el pastel.
- ¿Por viste a Cavil anoche?
Ginevra parpadeó, entre sorprendida e incrédula. Luego recordó que debido a Draco y a su número de anoche, ella estaba molesta. En la soledad de su cama ayer (cortinas de dosel cerradas y el insomnio como único compañero), había decidido que nunca volvería a cruzarse con Malfoy. Apartó esa promesa de su mente y fulminó a Draco.
- Yo podría preguntarte lo mismo, ¿no crees?
- Yo no lo estaba mirando en espera que me mirara a mí. En espera que dejara a la boba que era su acompañante y se fijara en mí.
- No, tú simplemente fuiste hacia él y le diste la paliza de su vida - lo acusó.
Draco se encogió de hombros.
- Lo hice, sí. Se lo merecía.
Ginevra lo miró como si estuviera loco.
- ¿Se lo merecía? - preguntó -. ¿Se lo merecía? - repitió.
- ¡Sí, se lo merecía! Cada golpe que le di era bien merecido.
- Eres un… Eres un…
- ¿Un qué, Ginevra? Dime. Dime qué soy.
- Eres un maldito. Maldito y mil veces maldito.
- Woa, eso duele.
- Eres un bastardo. Un hijo de puta, con todo el respeto a la mujer que te parió. Eres un idiota…
- ¿En serio? ¿Eso es todo lo que tienes?
- ¡Arrrrggghhh! ¡No te soporto! ¡Juro que no lo hago! No puedo…
- Creí que me reservabas lo peor, como deje inconsciente a tu novio…
- ¿Mi novio?
- Cavil, ¿no? ¿Ahora me dirás que no es tu novio? ¿Qué no es importante para ti? Por cierto, gran novia que eres. Defendiendo a tu noviecito, y luego enrollándote con el malo de la película. Pero claro, ¿qué se puede esperar de una zorra?
¡PAF!
La bofetada hizo que la cabeza le girara. Se mordió la lengua para no gritar de dolor. Y sonrió, burlándose de ella. Burlándose de Ginevra. La pelirroja estaba molesta, furiosa, fuera de sus casillas.
- . .zorra - gruñó con todo el veneno que pudo reunir, que era bastante -. Yo no ando acaramelándome a los tipos. Yo no ando jodiendo con todos. Yo no soy una mentirosa. ¡No lo soy! Y es un insulto… Lo que acabas de decir es tan terrible que…
- Tranquila. Eso es lo que sucede cuando eres una zorra, te dicen cosas terribles. Pero tranquila, te acostumbrarás tanto que…
¡PAF!
La segunda bofetada hizo que cayera al piso. Malfoy se mordió los labios para no gritar de dolor. Y se cruzó de brazos para evitar el impulso de sobarse la mejilla. Pero nada de eso vio Ginevra. Ella sólo vio a Draco riéndose. Riéndose a mandíbula batiente. Burlándose de ella. Y eso fue más de lo que pudo soportar.
- Te odio - le dijo, antes de darse media vuelta y alejarse de ese pasillo.
Draco echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Seguía riéndose. Y la risa se transformó en ira. Golpeó la pared. Una. Dos. Tres veces. Hasta tener los nudillos llenos de sangre.
- ¡Maldita Ginevra! ¡Maldita y mil veces maldita…!
La ira pronto se transformó en llanto. Lágrimas saladas y silenciosas que cayeron por sus mejillas adoloridas. Patético, se dijo, eres tan patético, Malfoy. Pero se quedó allí, rumiando su dolor, recogiendo su estropeada dignidad.
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- Mírate esas ojeras, Draco. Deberías ir a la enfermería y…
- No.
- Pero…
- He dicho que no, Pansy - gruñó, dando por terminada esa conversación.
Pansy lo fulminó con la mirada. Ella sólo quería ayudar. Sólo estaba preocupada por él. ¿Y así se lo pagaba? Bueno, ella también tenía su orgullo.
- Como quieras entonces.
Draco asintió. Agradeciendo en silencio que la morena no insistiera. No quería escucharla. Y no quería dar respuesta de su mal aspecto. Sí, tenía ojeras. Sí, lo habían abofeteado. Sí, le dolía su orgullo. Pero ni por todo el oro de su cámara acorazada diría algo como eso.
- ¿En dónde estabas, Draco?
Ese era Nott. Más suspicaz que Parkinson. Más astuto que ella. Y por lo tanto más atinado que ella. Pero a Draco no le interesaba que Nott metiera su larga y afilada nariz en sus asuntos.
- En ninguna parte - contestó el rubio.
- ¿Esperas que me crea eso? - se burló Nott.
- No me importa si te lo crees o no. Sólo déjame en paz. Tú a tus asuntos y yo a los míos. ¿Está claro?
Nott se encogió de hombros.
- Como quieras.
- Hubo otro asesinato en Gales - dijo Daphne, cortando de paso todas las conversaciones.
- ¿Otro más? - gimió Pansy.
- Una familia completa. Muggles todos. Uno de ellos era un sangre sucia, pero no había venido a Hogwarts, era muy pequeño.
- ¿Cuántos años? - susurró Pansy.
- Nueve - respondió Daphne sin mirarla.
Pansy cerró los ojos. Su semblante se entristecióDraco sabía que ella no aprobaba los asesinatos. No le gustaban los muggles, los hijos de estos que podían hacer magia, los mestizos o los squibs, eso era cierto, pero no le deseaba la muerte a ninguno. A su forma (su retorcida forma), Pansy era la más comprensiva del grupo. La que no soportaba los asesinatos, las injusticias, ni las puñaladas por atrás. No le gustaba la guerra. Y sólo deseaba que ganara el bando que ganara, ella pudiera estar tranquila.
Daphne lanzó un bufido.
- Deja de pensar en eso, ¿ok? Sólo te lo digo para que lo sepas. No para que te perturbes - Pansy asintió, sonrió pero la sonrisa no le llegó a los ojos. Daphne hizo una mueca -. Hace falta Zabini, ¿no? Él haría que pensaras en otra cosa. Te distraería con cualquier broma, y luego lo amenazarías. ¿Lo llamo para que vuelva?
- No, por supuesto que no. No quiero que venga a este infierno.
- Como quieras.
- Como quieras parece la marca distintiva de los aquí reunidos - dijo Tracy, con su habitual descaro.
De todos, ella era la que mandaba a la mierda todos los prejuicios y convenciones. Le importaba un comino el conflicto de Inglaterra, la pureza de sangre y todo lo que eso conllevaba. Tracy hablaba a veces sin pensar, usaba pantalones de hombre (había insistido hasta que Snape le firmó el permiso), y no compartía con Pansy y Daphne sus numerosos "consejos de belleza". Pero a pesar de eso, Parkinson y Greengrass le tenían en mayor estima que a Bulstrode, de la cual continuamente se burlaban, bien sea por su gordura o por el gusto que le profesaba a Goyle.
- Cuando uno no quiere decir nada es mejor un "como quieras", Tracy - gruñó Draco -. Me voy. Te veo en clases de Pociones, Nott.
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Pociones y Encantamientos pasaron relativamente. Luego tenían una hora libre para hacer los deberes. Y más tarde volvían al Gran Comedor para almorzar. Pero cuando llegaron a este, se dieron cuenta que no podían pasar.
- ¿Qué ocurre? - preguntó Daphne.
Nott que era más alto que todos, fue el que contestó:
- Otra pinta del ED.
- Alecto está furiosa - informó Pansy -. Se quiere comer vivos a los responsables.
- ¿Por unas cuantas pintas? - preguntó Tracy alzando la ceja derecha -. Qué estupidez.
Varios asintieron.
- Aymcus ordenó que buscaran a Longbottom y a Weasley - informó Crabbe mientras se acercaba a ellos -. Dicen que ellos son los únicos culpables. - Se frotó las manos con el triunfo pintado en su rostro - Yo voy a atrapar a Longbottom.
- Lo dudo - dijo Daphne sin mentir.
Crabbe gruñó pero nada dijo.
Draco giró y se encontró con los ojos de Ginevra. Estaba apoyada en una columna, fingiendo indiferencia ante lo que sucedía. Claro, la mayor forma de esconderse ahora es ser visible, pensó Draco con diversión. Sin decir ni una palabra, fue acercándose a la pelirroja. Ella lo miró. Sus ojos se abrieron al máximo, maldijo entre dientes y empezó a buscar una salida. Buena suerte con eso, Weasley, ironizó. Él la tomó de la muñeca. Ella jadeó de dolor. Pero no gritó. No protestó.
- ¿No vas a decir nada?
- No.
- Nada de nada.
- No - gruñó por toda respuesta.
Él afianzó su agarre. Una mueca de dolor recorrió su rostro. Ginevra siguió sin decir nada. Inmutable. Silenciosa. Estúpida valiente, pensó Draco.
- Estúpida Gryffindor - le susurró al oído - ¿Crees que aún tienes oportunidad?
Detuvo sus piernas cuando quiso dejarlo sin hijos. Y detuvo sus manos cuando quiso volverle a dar una bofetada. Draco la miró molesto.
- ¿Qué sucede, Malfoy? Ya no eres tan gallito, ¿eh?
Él la empujó. La empujó lejos de los curiosos, que estaban tan pendientes de lo que ocurría en el Gran Comedor que no los veían a ellos. La empujó hasta llegar a un aula vacía, el aula de Transformaciones. Draco sonrió ampliamente.
- El aula de McGonagall. Apuesto a que nunca has pesado tener sexo en esta aula.
- Claro que no, es el territorio de ella. En cualquier momento podría llegar, ¿sabes?
- ¿Qué? ¿Le tienes miedo a la vieja, Ginevra?
En lugar de contestarle, ella le retrucó:
- Tanto como tú le tienes miedo a Snape.
- No, no es cierto. Yo no le tengo miedo, en absoluto.
- Sí, claro - ironizó la pelirroja, muy segura de sus suposiciones.
- ¿Por qué habría de tenerle miedo a mi padrino, Ginevra?
Ella lo pensó por unos segundos.
- Buen punto - admitió.
- Por supuesto.
Luego se acercó a su boca y la devoró. Pero aquella vez fue diferente. No sólo porque estaban en el aula de McGonagall, (lo cual en opinión de Draco, era muy excitante). Tampoco fue porque esa vez estaban apoyados contra el escritorio de la vieja, (el sólo hecho de pensar en los muchos, muchos trabajos que McGongall había corregido allí, ponía a Draco a mil). Y mucho menos porque apenas era la hora del almuerzo (ellos eran amantes más bien nocturnos, o madrugadores en el caso de esa mañana). Fue diferente porque Ginevra no correspondió al beso. Por más que devoró, por más que intentó separar los labios femeninos, por más que intentó hacerle bajar la guardia… Nada. La pelirroja simplemente no cedía.
- ¿Qué? - rugió Draco fuera de sí.
- ¿Para eso me trajiste aquí? ¿Para follar? - Draco pensó que sería conveniente callarse. Ginevra bufó de exasperación -. ¿Para ti todo se trata de sexo, verdad? Nada de sentimientos. Nada de unión. Nada de nada, ¿cierto? Sólo sexo. - Draco siguió sin hablar -. ¡Respóndeme, maldición! ¡Respóndeme, carajo!
- ¿Qué quieres que te diga? - se atrevió a decir Draco.
Debía admitirlo, cuando Ginevra Weasley se enojaba lucía una apariencia muy peligrosa. Sexy, pero muy peligrosa. Y él no quería azuzar ese fuego que recorría las venas de la pelirroja. No, señor.
- ¡No lo sé! - gritó Ginevra. De repente toda su ira se esfumó por la ventana abierta del salón -. No lo sé. Yo sólo… Sólo quisiera entender. Entender qué carajos nos pasa. Entender por qué… Si es sólo sexo… Si ambos estamos de acuerdo en que… ¿Estamos de acuerdo en eso, verdad?
- Sí - contestó Draco, aunque no tenía ni idea de lo que afirmaba.
- Sí… Bien, si sólo es sexo porque… porque demonios… ¿Por qué los celos, Malfoy? ¿Por qué le pegaste a Cavil? ¿Por qué…?
- Eso no…
- ¡No te atrevas a decir que no fueron celos! Claro que fue celos. Ese es el problema, los celos. Me celas. ¿Crees que no he visto como me fulminas con la mirada cada vez que hablo con Neville o con Colin, o incluso con Dennis? ¡Con Dennis, por el amor de Merlín! - exclamó Ginevra exasperada -. Son celos estúpidos. Eso es lo que es.
- ¿Y eso qué? ¿Si son celos o no… qué importancia tiene eso para… para mí? Nada, ¿me oyes? No tiene importancia para mí. Yo…
- ¡Al menos admite que tienes celos!
- ¡Tú no admites que estás celosa de Pansy, de Astoria, de cada mujer que se acerca a mí!
- Eso no…
- ¡Esos son celos quieras o no, Weasley!
- ¿Así que vuelvo a ser Weasley, no?
- Tú… Tú… ¡Tú me llamaste Malfoy! ¡Dejaste de decirme Draco, para referirte a mí con mi apellido! Tú fuiste la que…
- ¡Sí! ¡Por supuesto que sí! Porque no vale la pena que te llame por tu nombre de pila. ¡No quiero! Así que te llamo Malfoy. Es más fácil. Es mucho más fácil.
- Lo que quieres es desligarte de mí - acusó Draco.
- ¡Sí! ¡Por lo que más quieras sí! Estoy harta de ser dependiente de ti. Depender de la droga que… que me das. Depender de tus impulsos. De tus estúpidos caprichos. De tus escuetas notas. ¡Estoy harta la coronilla que me mandes! Que me ordenas. Que me digas que hacer. A ti te gusta tener el control, y a mí me revientas que lo tengas. ¡Harta! ¿Me oyes? ¡Harta de ti, Malfoy!
- ¡Pero entonces empiezas una estúpida conversación sobre los celos! Si te quieres desligar de mí… Si tan malo te parezco… ¿Por qué hablas de celos conmigo? ¿Por qué? ¿No sería mejor que hablaras con Cavil acerca de esos celos locos que tienes?
- ¿Ves? ¿Ves? ¡Tú eres el que saca el tema! ¡Tú! Con tus celos a Cavil. ¡Por Merlín! Cavil es atractivo, sí, y divertido, y simpático, y…
- Y no se parece en nada a mí, ¿verdad? Por eso es que estás con él, ¿no? Porque no se parece a Draco-idiota-Malfoy. Porque…
- ¡Sí! Él no se parece a ti. Él nunca me diría que soy una zorra. Él nunca me insultaría. Él nunca me abandonaría. Él…
- Sería el marido ideal - ironizó Malfoy.
- ¡Sí! Me querría. Realmente me querría. Y no sólo para joder. Se preocuparía por mí. Por mi placer. Por si estoy llorando al final del orgasmo. Por si estoy preocupada por mi familia. Por si temo por mis amigos. Se interesaría en mis gustos, mis aficiones…
- ¡Y tú te aburrirías como una ostra! - acusó Draco. - Te aburrirías, Weasley. Empezarías a sentir malestar. Huirías de tanta perfección. Te defenderías con uñas y dientes de la monotonía. Serías desgraciada. O bien serías infiel. ¡Y serías desgraciada por ponerle cuernos a tu perfecto marido! No tendrías un solo momento de paz. Te llenarías de obligaciones para no sentir el vacío de la soledad. Dejarías de mirarlo a los ojos para no ver el perfecto amor que te tiene. Te marchitarías como una uva pasa. Sola, triste y pensando en las cosas de las que pudiste disfrutar y no disfrutaste por estúpida. Por querer alcanzar un amor puro.
- Eso no…
Pero Malfoy siguió implacable. Botando el veneno que se había guardado esos meses. La frustración. La exasperación. Todo se lo lanzó a Weasley. Todo.
- ¿Para qué entonces aceptaste al estúpido de Michael Corner? Porque era un chico inteligente. Uno que sobrepasaba cualquier pretensión. Que se la vivía con la cabeza encerrada en los libros. Un chico tan parecido a Potter, que sólo necesitaba sus ojos y la cicatriz en su frente. Te enrollaste con él porque lo creíste más inteligente que tú, que eres tan mediocre, y luego te diste cuenta que era tanto o más mediocre que tú.
- ¡Deja de insultarme! - gruñó Weasley. Pero no pudo parar aquel vendaval de veneno.
- Luego lo abandonaste con una excusa de quiddicth. Y él dolido y humillado buscó consuelo en los labios de Chang, la ex de Potter, ¿eh? ¡Si hasta parece una radionovela! Entonces te enrollaste con Thomas. Y este era tan perfecto como el anterior. No era muy inteligente, pero era un excelente dibujante. ¡Oh, apuesto a que te dibujaba desnuda y húmeda para él! Pero mientras tú querías una follada, Thomas se contentaba con sujetar la pluma sobre el pergamino.
- Eres… Eres - intentó decir Weasley, pero la furia que sentía, se lo impedía. Malfoy se alejó de ella, sólo para que no arremetiera contra él, y siguió hablando:
- Pero Thomas tampoco te duró mucho. Ya que pronto lo sustituiste por Potter. Y este era el premio gordo, el pez más grande del lago. Potter era todo lo que siempre deseaste. Lo que siempre quisiste. Como una vulgar fan que se arrastra por su ídolo para que este la tome en cuenta.
¡PAF!
La tercera bofetada del día resonó con fuerza en el aula de transformaciones. Draco gruñó. Se apoyó en una columna y se sobó la mejilla.
- Pero la verdad es que ninguno de ellos es inteligente. Porque tú jugaste con todos. Jugaste a la pareja perfecta con cada uno de ellos. Hasta que se fue el más perfecto y te hundiste en la mierda. En el infierno. Te revolcaste conmigo. Follaste conmigo. Pero tampoco es suficiente, ¿eh? No quieres sólo sexo. No quieres sólo una relación animal. Quieres un Apolo en tu vida. Ya te cansaste del chico malo y ahora quieres un poco del chico bueno. Por eso Cavil, ¿no? Dime, Weasley, ¿te abrirás de piernas para él en la tercera o la cuarta cita?
Draco la detuvo cuando le iba a dar la cuarta bofetada del día. La inmovilizó contra el piso. La fulminó con la mirada. Ella jadeó y se retorció entre sus brazos pero no pudo soltarse.
- Última oportunidad, Weasley. ¿Con Cavil te sientes igual que conmigo?
- No - admitió Ginevra.
- Bien.
Y ahora sí devoró sus labios. Sin ninguna resistencia por parte de la pelirroja.
Notas finales:
- Casi doce páginas en World, yupi!, y estoy muy satisfecha con este capítulo, yupi otra vez!
- Martes 13: Se dice que cuando hay martes 13, es un día de mala suerte. Yo no soy muy supersticiosa, pero creo q ese título les quedaba perfecto a este capítulo.
- No tengo ni idea de lo que hacen los magos para protegerse de un embarazo no deseado. Supongo que es algo más complicado que un hechizo anticonceptivo. Como aquí las reglas las hago yo, sí los personajes utilizan simples hechizos anticonceptivos. De todas maneras, no les van fallar, nadie en esta historia va a salir embarazada, eso lo garantizo.
- Apolo es un dios griego. A veces el Sol. Es el dios de la medicina. Del respeto, del orden. De las facultades adivinatorias. También apoya a los troyanos en la guerra de Troya. Es dios de la peste y los infortunios.
- ¿Me comentan?
