Disclaimer: Sólo la historia es mía.
La calma antes de la tormenta
Tratas de no pensar en lo molesto que está Neville contigo.
Se suponía que esto lo haríamos juntos.
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Se suponía que los tres íbamos a ser los líderes de esta revolución.
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Se suponía que me ayudarías más ahora que Luna no… que Luna no estaba.
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Esas y otras frases eran las que te martilleaban el cerebro en este momento. Tiene razón, te dices. Tiene razón. Cierras los ojos. Te sientes culpable. Neville está decepcionado de ti. También está muy preocupado, aunque lo niegue, aunque diga que es mentira. Se preocupa por tus ojeras, por tu seño de preocupación, por tu irritación, todo producto de la falta de sueño. Neville trata de buscar excusas: la guerra, la maldita guerra que los tiene a todos cansados. Pero hasta él mismo sabe que la guerra deja treguas, descansos donde puedes dormir sin soñar. Algo le ocultas, él lo sabe, y tú te sientes mal por engañarlo:
- No es nada, Nev. Quédate tranquilo.
Él ignoró tu petición.
- ¿Estás segura que estás bien?
- Sí. Muy segura.
- Está bien - cedió Nev.
Te sentías miserable al tener que mentirle. Al tener que darle excusas. Al culpar a la guerra. Pero también sabes que no puedes hacer otra cosa. No puedes decirle que estás con Draco. Ni siquiera debe enterarse que para ti es Draco, y no Malfoy. Neville no lo entendería. Por supuesto que no. Si tú le contaras de tu relación con Malfoy, él creería que estás loca. Y no lo estás. Bueno, crees que no lo estás.
Suspiras y masajeas tus sienes. En el salón de entrenamiento de la Sala de los Menesteres, pagas tu frustración con un saco de boxeo. "El mejor invento de los muggles", dice Seamus con voz soñadora.
Hanan es la que me ha estado ayudando, ¿sabes? Ella no ha huído como tú.
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Como te gustaría replicar. Como te gustaría decir que no huyes. Que simplemente tienes la cabeza en otra parte.
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Deberías avergonzarte, Ginny. Todos nosotros nos ocupamos de la guerra. ¿Y tú? ¿Qué has hecho tú?
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Ese es Zacharias Smith. Hasta el mismo Zach está en mayor estima que tú. Y todo porque Hanan dice que es de fiar. Todo porque Neville confía en el "buen criterio de Hanan.
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Esta guerra parece que no es para ti
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Y ahí vuelve aparecer la cara de decepción de Neville. Tú bajas la cabeza y hundes los hombros. Como duele. Como molesta no poder replicar.
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Hanan sí me ayuda, ¿sabes?
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Iluso. Iluso Neville. Si él supiera… Si él supiera que Hanan Abbot está enamorada de él. Pero por temor a quién sabe qué, nunca se lo ha dicho. Nunca se ha atrevido a hacerle partícipe de ese amor. Y tú te preguntas cuánto más tardará en decírselo.
Te preguntas si les deberías dar un empujoncito. Luego niegas con la cabeza. Intentaste darle un empujoncito a Ron y Hermione, y todo salió mal. Aún puedes recordar la cara de indignación de tu hermano cuando supo que Hermione había tenido su primer beso. Lo que tú quisiste decir es que se apresurara porque si no le iban a quitar la novia. Pero Ron decidió darle celos a Hermione usando a Lavender. Así que no, no ibas a darle empujón a nadie para que reconociera sus sentimientos.
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Hogwarts está lleno de caos y destrucción. De niños que quieren ir con sus madres. De adolescentes que luchan por un futuro mejor. Y Hogwarts está lleno de amor.
Hanan y Neville son unos. De un tiempo para acá pasan mucho tiempo juntos. Y aunque Neville aún no reconoce que ama a Hanan, si la necesita, sí quiere estar con ella. Y tú crees que se lo merece, de verdad que sí. Hanan es una chica dulce, es la chica que Neville necesita para tener ese amor que le ha sido negado en su infancia.
Zacharias y Padma son otros. De ellos te enteraste ayer. Pasan también mucho tiempo juntos y en una que en otra ocasión los has visto besándose. Tú no crees que Zach sea el chico que Padma necesita, pero si a ella le hace feliz…
Y por allí también están Seamus y Lavender. Lavender no te cae nada bien, no después de que fuera novia de Ron, pero también parece que hace feliz a Seamus. Él por su parte tampoco es santo de tu devoción, nunca aceptó que Dean y tú fueran novios. Sin embargo, si ambos estaban juntos…
- La única que falta eres tú, Ginny - dijo Parvati.
- ¿La única en qué?
- Pues en enamorarte, ¿en qué más?
- Ah.
Si ellos supieran. Si ellos supieran lo que haces por las noches. Quién es tu acompañante. Cuál es el nombre que gimes. Si ellos supieran…
- Déjala en paz. Ella esperará a Harry - dijo Susan soñadora.
No, Susan, hace mucho que dejé de esperar a Harry, quisiste decirle. Pero callaste y lo dejaste pasar.
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En la soledad de tu cama, seguiste pensando en las palabras de Draco:
- Volvamos al inicio de nuestra relación, Ginevra. No a cuando sólo éramos apellidos. Un poco más acá. Cuando entramos en los primeros besos… - bajó su voz hasta convertirla en un susurro -. ¿Recuerdas? Esa emoción electrizante por tus venas, el corazón bombeando sangre lo más rápido que podía, y el calor entre ambos… ¿Lo recuerdas, no? Podemos volver al principio, Ginevra.
Respiraste profundamente. Tratando de organizar tus ideas. Tratando de salir de la dulce neblina que habían sus palabras. De la telaraña que tejía el rubio entorno a ti.
- ¿Sin celos? - preguntaste con voz ronca.
Él te miró fijamente. Como si lo pensara. Como si lo sopesara. Frunció un segundo el ceño. Luego suspiró, como si le resultara mucho esfuerzo:
- Sin celos - repitió.
Así que ese era el trato. No celos. No reproches. No reclamos. Ustedes eran sólo amantes. Nada más importaba. Nada más había. Asentiste para ti misma. El trato era fácil.
- ¿Pero cómo funcionará en la práctica? - le preguntaste al techo de la cama.
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Yo vivo en la desgracia que el cielo me entregó
En llamas cristalinas siempre me quiso ver.
¿Quién puede ayudarme?
A vencer a este demente.
Alguien que esté escuchando
Que sea diferente.
Quiero un ángel.
Necesito un ángel.
- ¿Las brujas de Macbeth?
- Así es.
- No me gusta.
Tú frunciste el ceño. ¿Y él quién se creía? ¿El juez de la música?
- No se trata de lo que te guste o no, cariño. Se trata de lo que a mí me guste. Y a mí me gustan ellas.
- No digo que te gusten o no te gusten. Las brujas de Macbeth están… bien, supongo. La canción es la que no…
- ¿A quién le importa si te gusta o no, eh? - espetaste.
Él parpadeó. Luego frunció el ceño.
- A mí no me… Si tienes problemas, resuélvelos. Pero no me lances tu mierda. Yo no soy ninguno de tus chicos lindos de Gryffindor. Y no voy a aceptar que me jodas, Ginevra.
- ¡Pues o no voy a dejar que cuestiones mis gustos!
- ¿Pero quién te entiende? - preguntó Draco exasperado -. Primero porque según tú no me interesaba por tus gustos…
- ¡No lo hacías! No te atrevas a decir que…
- No me interrumpas - gruñó el rubio - Primero, porque no me importaba lo que te gustaba. Ahora que lo sé, te molestas porque no me gusta lo que te gusta. Dime, ¿te parece lógico?
- Pero somos…
- No somos iguales, Ginevra, por favor. Tú tienes tus gustos, yo tengo los míos. Tú tienes tus amigos, yo tengo los míos. Compartimos un momento, ¡no nuestras patéticas vidas!
- ¡Mi vida no es patética!
- ¡La mía tampoco!
- ¿Entonces por qué dices que nuestras vidas son patéticas?
- ¡Era sólo un decir! Sólo un decir, ¡carajo! ¿Qué ya ni puedo decir nada sin que me cuestiones cada cosa que digo? Dime, ¿tienes que ser tan irritante?
- ¡Yo no soy irritante!
- No estás teniendo éxito en demostrar lo contrario.
- ¡Arggghhh! ¡Eres irritante, eso es lo que eres!
- ¿Ah, sí? ¿Sí?
- ¡Sí!
- Pues tú tampoco eres lo que se dice agradable. De hecho me atrevería a decir que agradable sería el último adjetivo que utilizaría para describirte.
- Qué te cepille un hipogrifo, Malfoy.
- Tira de la cadena y piérdete.
- ¡Púdrete!
- ¡Después de ti!
Jadearon en busca de aire. Ambos resoplando. Ambos fulminando al otro con la mirada. Su cara estaba sonrojada por la ira. La tuya no se debía quedar atrás. Cerraste los ojos en busca de la calma. Él también lo hizo a su vez. Cuando sus respiraciones se calmaron, Draco fue el primero en alejarse de ti.
- Cuando dejes tus días del mes, hablamos.
- No estoy en mis días del mes - gruñiste. -. ¿Por qué todos los hombres…?
- Mira, Weasley. Has lo que quieras.
Parecía realmente cansado. Hastiado de la discusión. Y tú te pregúntaste si te habías pasado. Pero es que simplemente… simplemente no querías tener sexo ese día. Estabas cansada del continuo sexo. Todas las noches tenían sexo, y ok, era genial, Draco Malfoy era un excelente amante (no podías decir que era el mejor porque sólo lo habías conocido a él pero…), sin embargo, estabas harta del sexo. Querías algo más. Algo diferente. Habías oído que si molestabas al hombre lo suficiente, este dejaría de darte la lata con el sexo. Parecía un buen plan, pero ahora…
Te negaste a sentirte culpable. Le estaba bien merecido por presionarte tanto. Lo único que querías era paz. Te sentaste en el alfeizar de la ventana y seguiste cantando:
Yo vivo en la desgracia que el cielo me entregó
En llamas cristalinas siempre me quiso ver.
¿Quién puede ayudarme?
A vencer a este demente.
Alguien que esté escuchando
Que sea diferente.
Quiero un ángel.
Necesito un ángel.
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- Hola, Ginny.
- Ah, hola Cavil.
No había visto a Henry desde el día de la fiesta de Slughorn. Un sentimiento de culpa nació en tu pecho, no habías ni ido a la enfermería a ver cómo estaba. No bajaste porque no querías toparte con Malfoy y su sonrisa torcida. Miraste a Cavil críticamente. No había ni rastro de las marcas que habían dejado los puños de Draco. Tal parecía que jamás lo había golpeado. Pero tú sabías que sí lo había hecho.
El recuerdo estaba aún en tu memoria. Si sólo cerrabas los ojos podías ver a Draco yendo hacia Cavil, apartando a Kensington, y lanzando el primer derechazo. Había sido cuestión de segundos, pero tu cerebro lo registró a cámara lenta. La sorpresa te había paralizado en tu sitio y no habías podido hacer nada. Gritaste y te tapaste la boca con las dos manos. Al igual que muchas chicas que estaban a tu alrededor. Algunos valientes habían intentando separarlos, pero habían sido impelidos con un muro transparente. Malfoy, pensaste. La magia de Draco estaba descontrolado y había creado un muro de protección a su alrededor. Hasta que no había dejado a Cavil inconsciente, no habían podido acercarse al centro de la pelea. Y mientras tanto la gente gritaba. La fiesta era un caos. Slughorn maldecía el momento en que se le había ocurrido invitar a Malfoy y a Cavil. Y tú sólo podías mirarlo. Impotente en tu posición.
- Siento lo de… lo de la fiesta - le dijiste.
Cavil hizo un gesto quitándole importancia.
- No te preocupes. No me dolió tanto.
- Me… alegro.
- Sí, yo también. No hubiera querido que me quedara ninguna cicatriz.
- Las cicatrices son útiles - observaste, repitiendo algo que le escuchaste a Albus Dumbledore.
- Algunas tal vez - admitió Cavil - pero estas sólo me hubiesen recordado la vergüenza que pasé.
- Ya.
- Pero me está bien empleado.
Parpadeaste sorprendida.
- ¿Por qué?
- Porque me metí con la chica que quería Malfoy.
El miedo te perforó las entrañas. Ya los habían descubierto… ¡Pero cómo? Draco y tú habían sido cuidadosos, estabas segura de ello. ¿Cómo demonios entonces Cavil se había enterado de que…?
- ¿A qué…? - Carraspeaste y continuaste: -. ¿A qué te refieres?
- A Kensington. ¿Ava Kensington? ¿La conoces? - tú asentiste -. Bueno, estaba hablando con ella y Malfoy me vio. Como es lógico se molestó y se lanzó sobre mí.
Respiraste aliviada. Si Cavil creía que Malfoy estaba interesado en Kensington, mucho mejor. No serías tú la que lo sacara de su error, no señor.
- Pero de todas maneras Cavil, esa no es razón para que…
- Por supuesto que no - gruñó Henry -. Me dolió, ¿ok? Lo último que haría en el mundo sería justificarlo. No justifico a Malfoy, en ningún sentido. - Él negó con la cabeza -. Sólo te doy una explicación del por qué.
- Ya. Entiendo.
- Bueno, eso. Eh… ¿Tú estás bien?
- Sí, seguro.
- Bien.
Cavil se marchó, y tú lo viste irse. Pensando que estaba loco. Pensando que se tomaba muchas libertades contigo.
- ¿Te gusta, no?
Frunciste el ceño.
- No, Corner. No me gusta.
Te giraste para mirar el rostro de tu ex novio. Tenía ojeras y había adelgazado, pero seguía tan atractivo como siempre, tan atractivo como el primer día que te diste cuenta que existía.
- A mí no me lo pareció, Ginny. Se veían muy juntos.
- No me gusta - repetiste -. Y si me gustara, no sería de tu incumbencia, ¿verdad?
- A él si le gustas. Casi parece que babea al verte - gruñó -. Pero bueno, ¿quién puede culparlo? Siempre has sido hermosa. Como un brillante diamante entre un montón de carbón.
- Wao. Me siento halagada por tus hermosas palabras, Michael.
Él negó con la cabeza.
- Primero fui yo. Luego fue Thomas. Después te uniste a Potter. Ahora le tocó el turno a Cavil. Tranquila, no me molesta.
- Si no te molesta, si realmente dices que no te molesta, ¿por qué tienes la pinta de un despechado?
Michael no contestó. Te miró fijamente.
- Neville nos espera en la Sala de los Menesteres. No tardes.
- No lo haré - prometiste.
Él asintió y se marchó. Después de unos segundos, lo seguiste.
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- ¿Qué planean ahora?
- ¿Quiénes?
- El ED.
Te pusiste rígida. Lo miraste fijamente.
- ¿Por qué quieres saberlo?
Draco se encogió de hombros.
- Simple curiosidad. ¿Me dirás?
- No.
Draco alzó una ceja.
- ¿Por qué no?
- Porque no - fue tu escueta respuesta.
- Siempre eres así, ¿verdad? Desconfiada. Siempre lista para saltar a la más mínima provocación. ¿Nunca te dejas llevar?
Alzaste una ceja. ¿Él hablaba de dejarse llevar? ¿Y qué era lo que estabas haciendo?
- No lo sé, tú dímelo. Me arriesgo el cuello por escaparme todas las noches. Neville no confía en mí. Nadie del ED lo hace. Michael cree que tengo algo con Cavil…
- ¿Tu ex novio cree que tienes algo con el idiota de Cavil?
- Eso dije, ¿no? Es una estupidez, claro.
- Sí, claro estupidez. Sabes que le gustas, ¿verdad?
Te encogiste de hombros.
- No me importa.
- Y a ti también te gusta.
- Sólo hablamos, Draco.
- Hablan mucho - gruñó el rubio.
Era verdad, pero sólo en parte. Desde el día en que hablaron sobre sus cicatrices, Cavil buscaba cualquier pretexto para estar cerca de ti. Para conversar contigo. No parecía captar tus indirectas. Él no te interesaba. Te gustaba sí, pero sólo hasta ahí. Sin embargo, parecía que nadie te creía. Todos pensaban que el gusto era mutuo y que pronto le dirías que sí a Cavil, ¡por favor!
Te preguntabas por qué había gente que gustara tato de los rumores. Porque sólo los que oían y fabricaban rumores eran a los que le interesaban si les daba la hora a Cavil o no.
- No es cierto.
- Como tú digas.
- Ajá.
Se quedaron en silencio. Draco acariciándote la espalda en un gesto mecánico, y tú apoyada sobre tus hombros mirando el diseño de la sábana.
- ¿Quieres más? - te preguntó mientras te señalaba la bolsa de hierba.
Asentiste y acercaste la bolsa a tu nariz. Aspiraste. Cerrando los ojos y llenándote los pulmones con eso. Nada más importaba. Sólo la nebulosa en la que te introducías. Sólo aquella nada que se hacía cada más espesa y te rodeaba toda.
Parpadeaste y viste a Luna. Estaba toda vestida de blanco, con un listón azul rodeando su cintura. Su cabello rubio era mecido por la brisa. Sonreía, aunque su sonrisa no llegaba a sus ojos. Parecía estar sufriendo.
- Luna - susurraste.
No te contestó.
- Luna - volviste a llamar, esta vez más alto.
Miró hacia los lados. Pero no te contestó, ni siquiera te vio.
- Luna - gritaste ya desesperada.
Luna se dio media vuelta y te dio la espalda. Empezó a caminar lejos de ti.
- No, espera. ¡Espera Luna!
Corriste tras ella. Corriste con todas sus fuerzas. Cuando alcanzaste el listón azul, ella se hizo humo.
- Luna…
- Ginevra, despierta. ¡Ginevra!
Abriste los ojos. Asustada. Aturdida. Draco Malfoy estaba sobre ti. Te daba palmadas en las mejillas. Estaba desnudo y tú también. Te incorporaste, alejándote de él. Cuando se acercó, posaste tu mano izquierda sobre su pecho. Sentiste el latir de su corazón. Sentiste la sangre recorriendo sus venas.
- Yo…
- ¿Estás bien?
- Sí. Creo que sí…
- Bien.
Silencio. Se miraron a los ojos mientras que el silencio caía pesado sobre ustedes.
- ¿Qué pasó?
- Vi a Luna…
- ¿A Lovegood? - Asentiste -. ¿Pero…? ¿Pero cómo?
- Fue un sueño. Una pesadilla… No era ella. Era simplemente… un producto de mi imaginación.
- Entiendo…
- Ajá.
- Debo… Creo que debo irme.
Se vistieron en silencio. Sin mirarse. Sin tocarse. Sólo la respiración del otro les indicaba que no estaban solos.
- Luna y tú son muy amigas, ¿no? - preguntó Draco.
No te miraba. Tal parecía que le preguntaba al viento.
- Sí, lo somos.
- ¿Muy buenas amigas?
- Muy buenas amigas - confirmaste.
- ¿Es por eso que la ves en tus sueños?
Te encogiste de hombros. No sabías la respuesta a esa pregunta. Y te daba miedo contestarla.
- Quizá.
- Ginevra, yo también tengo buenos amigos. Y te aseguro que no los veo en sueños.
- Sí, bueno - dijiste con incomodidad. Y luego como en una inspiración, replicaste: - pero no tienes a Luna como amiga.
- Ya. Supongo que eso es cierto.
Asentiste.
- Buenas noches, Draco.
- Buenas noches, Ginevra.
Cuando saliste de la Sala de los Menesteres, rumbo a tu sala común, te diste cuenta que esa era la primera vez que se hablaban sin tirarse insultos a la cabeza.
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- ¿Desde cuándo pintas? - le preguntaste con curiosidad.
Estabas otra vez en el salón de piano. Él acariciando las teclas, y tú sentada a a su lado mirándolo. Draco había tratado de enseñarte, pero eras una negada para aprender a tocar. No es que no querías, es que no podías. Tus dedos se movían con torpeza por el teclado. Como si tus manos no pertenecieran allí.
Ver a Draco tocando el piano era algo especial. Era el mismo Draco, pero algo se transformaba en él cuando tocaba. Como si fuera menos humano. Menos imperfecto. Menos asible. Como si fuera irreal. Todo su rostro parecía iluminarse cuando tocaba, cuando desgranaba sus propias melodías. Eso lo sabías. Se sabían partituras de los clásicos pianistas, pero también hacía sus propias partituras.
- Desde que era muy pequeño. Mamá siempre dijo que tenía aptitudes para pintar, que venía de familia. Decía que su tía fue la que le enseñó a tocar. Luego ella me enseñó a mí. Mi padre no lo aprobaba, decía que sólo los maricones tocaban al piano. Pero mi madre lo convenció, y él decidió que puesto yo era un Malfoy, debía tener al mejor profesor de piano. El señor Holmes. - Draco sonrió, como si el recuerdo lo llenara de alegría. Una alegría sincera que dibujaba sonrisas sinceras, no sus clásicas sonrisas torcidas -. Era un viejo simpático. Ciego, pero con todas sus habilidades enteras. Decía que lo importante no era ver las teclas, sino sentirlas. Me enseñó mucho.
- Ya.
- ¿Y a ti, Ginevra?
- ¿A mí qué? ¿Quién te enseñó a volar?
- Nadie - contestaste -. Fui autodidacta. Cuando mis hermanos no me veían, yo iba al cobertizo de las escoba y jugaba por turnos con ellas. El año en que Ron entró a Hogwarts, volar me salvó de la soledad. Me salvó del aburrimiento.
- Eras hija única - observó el rubio.
- Jamás había sido hija única. Tengo seis hermanos, ¿lo recuerdas? Mi madre se debe dividir entre sus siete hijos y a veces no le resulta fácil. Además, no me gusta estar sola.
- Ya.
Le sonreíste casi con timidez. Luego frunciste el ceño. No eres débil, Ginny, no eres débil, te repetiste en tu cabeza como si un mantra se tratara. Y como cada vez que se querían alejar de los temas muy comprometidos, lo besaste.
Él te correspondió casi en seguida. Te besó a placer. Disfrutando del beso, de tu boca, del contacto de tu lengua con la suya. Cerraste los ojos y te dejaste hacer. Luego sentiste una corriente fría. Abriste los ojos. Tu camisa estaba desabrochada, Draco lo había hecho así. Lo miraste con la pregunta muda en tus ojos.
- Vamos a hacer arte, Ginevra Weasley.
Te ayudó a levantarte. Te recostó en la tapa del piano de cola. La sensación era excitaste. Te obligaste a concentrarte en lo que querías. Desabrochaste su camisa a tu vez. Disfrutaste de sus músculos, de la piel que ibas dejando al descubierto, del corazón latiendo contra tus palmas. Él te sonrió. Te desabrochó la falda y la bajó por tus piernas. Sólo vestías tu sujetador y tus pantaletas. Como un experto, Draco te quitó el sujetador y dejó tus senos al descubierto.
Los miró fijamente. Los contempló. Los sopesó entre tus manos. Los acarició levemente. Todo esto mientras contenías la respiración. Jadeaste en busca de aire. Y volvió a besarte. Te devoró la boca y demás. Le bajaste los pantalones. Él deslizó tus pantaletas por tus piernas. Tú le quitaste sus boxérs. Luego se metieron uno dentro del otro. Jadearon. Gimieron. Se movieron uno contra el otro. La tormenta los recorría, los llevaba a la cima, cada vez más alto, cada vez más fuerte. Y luego explotó como un montón de estrellas sobre sus cabezas.
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