Disclaimer: Harry Potter no es mío.
Gracias a Soul Neko-Natsu, Teddy Mellark, alissa-2012, y Guest. Con ustedes el 15º capítulo de esta historia.
Huevos de pascua
La habitación era un desastre. Las sábanas estaban el piso, sucias de tinta y lágrimas. Las almohadas estaban rotas, las plumas estaban flotando en el cuarto. Libros desparramados. Envoltorios de ranas de chocolate. Dos botellas de whisky vacías. Y en centro, una adolescente de poco más de dieciséis años, permanecía boca abajo, gritando y llorando el dolor de su corazón roto. Se trataba de Astoria Greengrass, y odiaba al mundo, odiaba a la chica que le estaba quitando al hombre de sus sueños, y odiaba al hombre que era tan estúpido que no podía ver más allá de sus narices. Vamos, estaba allí, en frente de él y él no podía verlo. ¡Es qué no había derecho!
La puerta se abrió Ava Kensington y Areusa Murry estaban en el dintel de la puerta. Suspiraron al ver el caos instalado en su habitación.
- Cariño - llamaron.
- ¿Qué? - gruñó Astoria poco amablemente.
- Tienes que reponerte - empezó Areusa -. Tienes que salir de aquí y volver a ser la misma de siempre.
- Sí, cariño, te extrañamos - dijo Ava -. Astoria, no puedes quedarte así. Tienes que salir de ese abismo en el que estás metida.
- No tengo ganas de nada. De nada. ¿Me oyen? ¡De nada!
Ellas negaron con la cabeza, pero no se rindieron. Sino que ambas se sentaron a los lados de su amiga. Areusa le acarició los cabellos. Ava le masajeó la espalda. Astoria sollozó con más fuerza.
- Vamos, no puedes rendirte. Eres una chica fuerte, esto no es nada para ti - susurró Ava.
- Siempre hay otra oportunidad, Tori. Ya lo verás - dijo Areusa.
- Pero… ¿Pero no lo entienden? Se ac… Se acabó. Ya no hay más. Ella ganó. Y yo…
- Nadie gana hasta que no hay anillo de boda, linda - dictaminó Ava.
- Y hasta que eso momento no ocurra, tú aún tienes chance de ser la mujer de Draco Malfoy - afirmó Areusa.
- ¿Ustedes creen? - preguntó Astoria esperanzada.
Se había incorporado y las miraba anhelante. Estaba irreconocible. Tenía los ojos rojos. Las mejillas empapadas en lágrimas. El maquillaje corrido. También estaba borracha y le hacía falta un baño.
- Absolutamente.
Astoria sonrió. Esas eran sus amigas. Las que siempre estaban para ella. En un segundo, se levantó y se dirigió al baño. Se quitó la ropa. Se metió bajo el chorro del agua caliente y respiró profundamente. En la habitación, Ava y Areusa usaban hechizos de limpieza para acomodar todas las cosas, papeles y ropa que había por allí.
Cinco minutos después, las tres chicas salían de su cuarto. Estaban hermosa, bellísimas y encantadoras. Nadie que la viera diría que Astoria había llorado. Ni que había tomado una decisión. Era la hora de empezar la segunda ronda. Mientras veía a Draco Malfoy, sentado con sus amigos, sonriendo por alguna clase de broma, se dijo que no podía dejarlo escapar.
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Oye el piano de nuevo. Esta vez no huye. No se tapa los oídos. Se queda. Escucha la extraña melodía. Ve al hombre sentado en el taburete. Frunce el ceño en un gesto de concentración. Toda su atención está puesta en el piano. Como si no estuviera en esa sala. Como si estuviera más allá de todo.
Ginny se estremece. Siente la extrañeza, la confusión de oír esa música de manos de aquel hombre. Siente miedo. Angustia. La música es lenta, triste. Llena de demonios internos. De problemas. De niños que lloran escondidos en sus camas, de madres enfermas, de rencores. Ginny cierra los ojos, en una súplica silenciosa a Merlín para que la libre del suplicio de escuchar esa música. Sus manos tiemblan y toman con dificultad la taza de té que sostienen sus dedos. Todo su cuerpo tiembla. Un sudor frío le recorre la espalda. Sus dientes castañean.
Su corazón late con velocidad. El miedo recorre sus venas. Se siente abrumada. Invadida por una melodía que tiene algo de siniestro, algo de muerte. Es una sinfonía del infierno. Algo que le pone los pelos de punta. Abre los ojos. El pianista no se detiene. Es inmutable, imperturbable. Ginny está segura que si cayera un rayo sobre su cabeza, el rubio pianista no dejaría de tocar. Calor. Ginny siente calor, sofoco, ansias de salir de allí. De estar en otro lugar.
La música se detiene. Las manos del pianista se detienen en el aire. Lentamente, el hombre se voltea hacia ella. Ginny ahoga un grito con sus manos abiertas. Y luego, despierta.
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- Mañana nos vamos de pascua - dijo Draco pensativo.
- Así es.
- Vacaciones. Salida de Hogwarts. Un respiro.
- Huevos de pascua.
- ¿Te gustan los huevos de pascua?
- Me encanta el chocolate - admitió Ginny. - El chocolate derretido. El chocolate en tabla. Um… el chocolate caliente. Mi favorito es el chocolate caliente. Me gusta sentarme frente a la chimenea y tomarme un chocolate en las noches frías. - Ella suspiró -. Es como si volviera a ser niña de nuevo, ¿sabes? Sin preocupaciones, sin angustias, sin una guerra a mis espaldas…
La guerra es un tema delicado. Draco frunce el ceño y Ginny se recrimina mentalmente por hablar de la guerra en un momento como ese. Es un momento de tregua. Donde no hay discusiones, ni sexo, ni silencios incómodos. Casi es un momento dulce. Casi. Porque la guerra sigue tras esa habitación.
Ya no utilizan la Sala de los Menesteres. Neville permanece escondido allí para que los Carrows no lo aprehendan. Hanan lo presionó para "que no sea un valiente estúpido", "para que viva otro día", y "porque me importa", siendo esta última la razón de más peso. Ginny piensa que la relación de esos dos va viento en popa, aunque ellos sigan teniendo sus dudas y miedos. Pero es normal, se dice la pelirroja. Lo que no es normal es lo que ella hace con Malfoy, sea lo que sea que hacen.
- A mí también me gusta el chocolate.
- ¿De veras?
Draco asintió
- ¿Por qué crees que mi mamá me enviaba un gran cargamento de dulces? Más de la mitad eran ranas de chocolate, manzanas de chocolate, y varitas de chocolate.
- Um… ¿Y por qué ya tu mamá no…?
- Está enferma, Ginevra.
- Ya…
La enfermedad de Narcisa Malfoy también es un tema delicado. Ella no quiere saber. No quiere que Malfoy piense que ella quiere sacarle información sobre su familia. Se muere de ganas de saber qué es lo planean Voldemort y sus secuaces, pero no utilizará a Draco para ese fin. Menos con algo tan bajo como es la delicada situación de su madre. Jolín, si ella tuviera a su madre enferma tampoco le gustaría hablar sobre eso.
Draco revisó la hora.
- Es tarde. Debemos irnos antes de que se den cuenta que no estamos. - Se permitió sonreír: - los Carrows empiezan a sospechar que no hago todas mis rondas, ¿sabes?
Ginny se encogió de hombros
- Qué los jodan.
- Sí, yo también pienso eso. Pero hasta mis amigos sospechan, Ginevra.
Ella asintió.
- Sí, los míos también. Sobretodo Neville, que piensa que me he vuelto loca por estar con Cavil.
- ¿Creen sinceramente que estás con ese pedazo de idiota?
Otro tema delicado… Ginny suspira.
- Ya hemos hablado de esto, Draco. Henry no me gusta.
- Pero le dices Henry.
- Sólo somos amigos…
- Hablas mucho con él.
- De cosas insignificantes, eso es todo.
- Sí, claro.
Ginny hizo un gesto de exasperación.
- ¡Dijimos que no ibas a ponerte celoso!
- ¡Y no lo estoy! Sólo… sólo no quiero que Cavil esté cerca de ti.
- ¡Qué es lo mismo que estar celoso! Yo puedo estar con quien quiera, Malfoy, y eso no me lo puedes impedir.
- ¡Ese tipo no cesa de seducirte! - acusó Malfoy.
- ¡A mí no me gusta Cavil! - gritó Ginevra -. No importa cuánto o cómo me seduzca, él no me gusta. Y si no me gusta, no puede seducirme. No soy ninguna zorra, Malfoy, que se acuesta con cualquiera sólo por que este le muestra algo de afecto. Creí que había quedado claro…
- Queda claro, por supuesto que queda claro - gruñó Draco.
Ya se había pasado el momento feliz. Se habían levantado de la cama (un par de pupitres que habían transformado en una cama) y se vestían mientras se recriminaban las cosas.
- ¿Y entonces por qué sigues dándome la lata? ¿Por qué no puedes simplemente…?
- ¡Por qué no confío en él! - gritó Draco fuera de sí - No confío en él tocándote, acariciándote, hablándote. No confío en que pueda entender que no le interesas. No confío en que pueda mantener su encanto a raya, y básicamente…
- No confías en mí - le cortó Ginny.
Lo dijo muy seria. Segura de lo que decía. Y segura de que Draco no lo iba a quedar. El rubio se quedó callado, mirándola fijamente. Ella asintió.
- Adiós, Draco.
- Adiós - le oyó decir antes de cerrar la puerta del aula de Historia de la Magia.
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El día de la partida a casa, ella al lado de Colin y Henry. Henry se ha convertido en su amigo. No es un mejor amigo, es sólo su amigo. Bromean juntos. Se sientan juntos en las clases. Hacen los trabajos en pareja. Conversan de todo. A veces, Cavil se pone un poco pesado y empieza a halagarla buscando que ella sea su novia. Pero Ginny le sonríe y cambia de tema.
No le miente a Draco: Cavil no está en la lista de sus prioridades. No le gusta y cree que difícilmente le gustará alguna vez. Es sangre pura, es orgulloso y también arrogante. Y no gracias, ya tiene más que suficiente de eso con el rubio.
Y hablando del rubio, ve a Draco al frente de ella. Está hablando con sus amigos: Nott, Parkinson y Greengrass. Davies y Bulstrode están un poco apartadas, quizás porque no fueron invitadas a la conversación de los otros cuatro. Parkinson se ríe de algo que sólo ella sabe. Greengrass pone los ojos en blanco. Y Nott tiene un gesto de indiferencia total. Sólo Malfoy parece abstraído de la conversación. Levanta la vista y la mira.
Se miran fijamente desde la distancia. Se estudian. Y luego él voltea hacia Parkinson, asiente ante algo dicho por la chica.
- ¿Entonces sí?
La voz de Cavil la trae a la realidad. Ginny aparta la vista de los Slytherins y se fija en su compañero.
- ¿Qué?
- Que si vas a ir a mi casa en Pascua.
- Eh… no sé. No lo creo… No sé…
- ¿Por qué no?
- Mi madre, mi padre… no sé si me dejen. Tengo que preguntarles.
- Bueno, hazlo. Hazlo y me dices. Así pasas unos días de forma diferente.
- Está bien…
Llegó el tren. Todos se suben. Murmullos de alivio y aprobación cruzan las caras de varios. Ginny no pudo evitar pensar que Neville se ha quedado en Hogwarts. Ella hubiera querido quedarse, pero Molly Weasley había insistido en verla. Así que la pelirroja, resignada, tuvo que aceptar e irse en el tren.
El tren avanzó suavemente. Ella habló con Colin, con Dennis, con Cavil. Todos están emocionados por volver a sus casas. Todos menos ella. Ginny sabe que no irá a la Madriguera, irá a la casa de tía Muriel para estar más seguros. Su padre ha dejado de trabajar. Fred y George también, con mucha tristeza han tenido que cerrar Sortilegios Weasley. Bill está en Sell Cottage con Fleur, parece que están felices. Charlie está en Rumania, papá no lo ha dejado regresar a Inglaterra. Y Ron aún está perdido con Harry y Hermione. Ginny no sabe en qué momento su familia se ha desperdigado por el mundo. Y teme el momento en que alguien se separe definitivamente.
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Sweet dreams are made of this
Who am I to disagree?
Travel the world and the seven seas
Everybody's looking for something
Some of them want to use you
Some of them want to get used by you
Some of them want to abuse you
Some of them want to be abused
Sweet Dreams - Emily Browning
Querido Diario - Agosto 1998
Para ser honestos nunca etiqueté mi relación con Draco. Sí, éramos amantes. Pero amantes extraños. Que teníamos celos por el otro. Que gruñíamos contra el otro. Que huíamos de los momentos dulces.
Nunca hubo confianza. Nunca confié lo suficiente en él como para dejarme ir. Como bajar la guardia. Caminábamos por un territorio de minas. Siempre pendiente de no hacer estallar la primera cabeza que destruiría lo demás. Éramos un edificio de naipes explosivos. La primera sacudida del viento jodería todo.
Amantes a escondidas. Nuestro mundo se reducía a pasillos vacíos, a aulas en desuso, a una Sala de Menesteres cada vez más impersonal. A horas muertas que le robábamos a la realidad para darnos consuelo mutuamente.
Pero repito, nunca confiamos el uno en el otro. El no confió lo suficiente en mí como para hablarme de sí mismo. Y yo tampoco lo hubiera hecho. Hablamos del clima, de las clases, de los huevos de pascua. Nunca de nosotros. Nunca de las personas que nos importaban.
Y así construimos una suerte de universo. Sólo para nosotros. Una burbuja que algún día debía estallar. Pues algún día debíamos terminar de crecer. Algún debíamos olvidarnos de esa pasión, esa excitación que nos recorría, ese deseo por lo prohibido que nos dejaba inquietos y estúpidos.
Nos usábamos. Ahora me doy cuente. Él me usaba. Llenaba mi cuerpo con sus demonios, pintaba mi piel con sus luchas, gritaba su llanto en mi boca. Yo le usaba. Le quitaba su aliento para metérmelo en la piel, me embebía de su maldad, de lo que yo creía que era su maldad. Buscando en el otro algo que no sabíamos que era. Y cuando lo encontramos, huimos.
Sólo otras dos personas sabían de nuestra historia. Pero la primera está en Francia, luchando contra sus propios demonios. Y el segundo… el segundo está muerto.
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Primer día de Pascua.
Vagaste por la casa de tía Muriel. No hay mucho que hacer. Aquella casa parece provenir de la época victoriana. Cuando las mujeres ricas no movían ni un plato.
Tus padres hablaron en susurros. No te hicieron partícipe de su conversación. Tu tía Muriel no hizo más que criticarte. Intentaste alejarte de ella.
Exploraste la casa. Encontraste un retrato de tía Muriel cuando era más joven. Tenía esa sonrisa maliciosa con la que la reconocerían años después.
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Segundo día.
No dormiste bien. Tenías ojeras y estabas muy pálida. Tenías el estomago cerrado. No pudiste comer. Y vomitaste cuando te obligaron a probar bocado.
- Son los nervios - dijiste. - Sólo los nervios.
Tu madre asintió, pero es obvio que no te creyó.
La tía Muriel anunció en la cena que un sanador de confianza vendría en la mañana del día siguiente.
Tampoco dormiste esa noche.
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Tercer día.
El sanador no pudo ir.
Seguiste explorando la casa. Encontraste un jarrón chino, un libro mohoso, y un juego de té de hace dos siglos. Ninguno de esos hallazgos te quitó el aburrimiento.
A media tarde, la tía Muriel te invitó a jugar al bridge con sus amigas: mujeres ancianas igual de chismosas y desagradables que ella. Intentaste denegar la oferta pero aún así fuiste obligada a soportar tres partidas.
- Y ese Harry Potter - dijo tía Muriel en un momento de la conversación -. Apuesto a que ni siquiera le importa lo que está pasando aquí…
Sus amigas asintieron. Muy seguras de lo que dijo tu tía. Pediste permiso para ir al baño, mientras mantenías los puños apretados por la ira.
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Cuarto día.
El sanador siguió sin poder ir.
Dos elfos domésticos interrumpieron en tu cuarto y tocaron tus cosas. Te irritaste, no soportas que alguien toque lo que te pertenece. Y con palabras más, palabras menos, los sacaste de tu cuarto.
Casi en la noche, Fred y George llegaron. Con sus bromas pusieron la casa de tía Muriel patas arriba, hicieron reír a tu madre, y te sacaron del letargo. Incluso comiste en la cena. A medianoche expulsaste tus entrañas en el inodoro.
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Quinto día.
El sanador llegó. Se encerró contigo dos horas. No te dijo nada. Sólo te miró. Y te palpó con sus instrumentos. Te irritaste, pero no dijiste nada.
Se encerró otras dos horas con tu tía. Cuando salió, tenía el ceño fruncido.
- Su enfermedad es muy rara… No estoy seguro de lo que sea… Puede ser cualquier cosa…
- ¿Qué recomienda, sanador?
- Que guarde reposo. Que no haga movimientos bruscos. Y que se aleje de cualquier cosa que pueda perturbarla.
- Así se hará, señor Perkins.
Y tú sentiste que de alguna forma te habían embaucado. No ibas a regresar a Hogwarts.
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CINCO DÍAS ATRÁS
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Primer día.
Tocaste el piano por horas. Confesándote en la música. Alejándote del terror que es tu casa.
Tu madre no habló en el almuerzo. Nadie lo hizo la verdad. Tu tía estaba en una misión. En casa, sólo estaban tus padres y tú. De reojo miras a tu madre:
- Estoy mejor - te dijo -. Mucho mejor.
Pero aún estaba débil. Intentaste pasar la mayor parte de tu tiempo con ella. Pero no pudiste. Tenías órdenes. Órdenes que contemplaban bajar al calabozo y cuidar a los prisioneros.
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Segundo día
Luna Lovegood cambó. En tu ausencia cambió. Ya no habla de criaturas fantásticas. Tampoco de fenómenos que sólo existían en su frugal imaginación. Era otra, era distinta. Y aún así seguía siendo irreal.
Ollivander estaba muy enfermo. Si seguía allí iba a morir. Por enésima vez, te planteaste sacarlos de allí. Pero no podías. Luego la culpa caería sobre ti.
Cuidaste de tres enfermos: tu madre, Ollivander, y Luna.
Y volviste a encerrarte en tu piano.
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Tercer día.
Pasaste la noche en vela. Tu madre lució preocupada.
- Todo está bien, tranquila.
- No, no está bien - replicó ella.
Un sanador llega ese mismo día. Te examinó por cinco segundos. Luego te recetó una poción para dormir y una poción calmante. Frunces el ceño, pero no quieres darles más disgustos a tu madre.
Empezaste a detestar a los que estaban en la Mansión. Antes sólo estaban tu padre y tu madre. Pero ahora está Cologusano, la tía Bella, el tío Rodolphus, y el hermano de este, Rebastan. Todos eran desagradables.
La tía Bella insiste en probar cuán bien vas con la cruciatus. No quisiste probar nada, pero no querías problemas con tu tía.
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Cuarto día.
Tu madre tosió mucho. Le administraste una sencilla poción para la tos. No funcionó. Tosía más. Casi hasta ponerse roja.
- Delicada, Cissa siempre ha sido delicada - se burló la tía Bella.
Al mediodía, tu madre pareció calmarse. De todas maneras se quedó en cama. Se durmió. Tocaste el piano para ella.
Y luego tocaste el piano para tranquilizar a Ollivander. Tenía crisis. Gritaba y se retorcía sobre sí mismo. En una pesadilla constante.
- Tocas muy bien, Draco.
- Gracias, Luna.
No sabes en qué momento, la dejaste que te llamara Draco, pero ahí estaba. Casi podrías considerarla tu amiga. Casi.
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Quinto día.
Fuiste a casa de los Greengrass. Los elfos estaban empacando con mucha rapidez.
- ¿Y eso?
- Nos vamos a Francia - te contestó Daphne.
- ¿Por qué?
Ella te miró fijamente.
- Por la misma razón por la que Blaise se fue a Italia, por eso.
- Oh.
- Ve al salón de música. Tori quiere hablar contigo.
Por un momento pensaste en decirle no. Tú seguías tus órdenes, no las de ella. Pero Pansy te miró con una ceja alzada, como retándote a hacer algo. Gruñiste y te acercaste al salón de música.
Astoria Greengrass estaba inclinada sobre las teclas del piano. Pero dejó de tocar cuando pusiste un pie en el umbral.
- Tus pisadas son inconfundibles.
- Ah… gracias.
Ella se encogió de hombros.
- De nada.
- ¿Qué tocabas?
- Algo.
- ¿No me dirás?
- No. Fue inspirada en alguien especial.
- Ya.
Silencio. Roto solamente por las respiraciones de ambos. Tú mirabas la nuca de la castaña. Y ella miraba el teclado. Ella giró la banqueta y te miró fijamente. Sus ojos verdes clavándose en ti.
- Ven.
Caminaste sin pensar lo que hacías. Sólo acerándote a esa ninfa.
Ella te tomó de la mano. Escalofrío. Tu corazón bombeaba con rapidez, como queriendo salir de tus costillas.
- Me voy a Francia.
- Lo sé.
- No volveré a Hogwarts.
- Eso también lo sé.
Ella sonrió. Tú te quisiste golpear contra la pared. Demasiada atención. Demasiada atención a la Greengrass. Tú no le prestabas atención a nadie. A nadie.
Ella estaba tan cerca. Sólo a un palmo de ti. Alzó la mano y acarició tu rostro. Frío. Sus manos eran frías. Nada que ver con las manos cálidas de Ginevra. La miraste fijamente. Eras más alto que ella. También más fuerte. Pero no te alejaste.
Ni tampoco la alejaste de ella. Sus labios sólo podías ver sus labios: delgados, esbeltos, rojos… Rojos como la sangre. Rojo como la inocencia de la virgen. Ella parecía una virgen. Inocente, ingenua, inconsciente… Una tentación.
- Bésame… - te exigió.
Pero fue ella la unió sus labios son los tuyos. Fue ella la que movió sus labios contra los tuyos. La que encendió algo, un fuego helado en tus entrañas. Fue ella la que pidió permiso para entrar en tu boca.
Fuiste tú quien se lo denegaste. Quien la besó a ella a un vez. Quien pidió permiso para entrar en su boca.
Fue ella la que te dejó entrar, la que te dio la bienvenida a su boca húmeda y fragante. Fue ella la que se inclinó de puntillas. La que tomó tu cabello entre sus dedos.
Fuiste tú quien la agarró por la cintura. Quien la sentó en la tapa del piano. El que saqueó su boca y peleó una batalla con su lengua. Fuiste tú el que gemiste dentro del beso.
Y fue ella la que bebió de ese sonido. La que te rodeó con sus piernas. La que se arqueó contra tu cuerpo.
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Pascua pasó como una exhalación. Pronto estabas en el expreso, rumbo a Hogwarts. Faltaban Daphne, Tracy y Zabini, (Davies estaba en América) pero quedaban los demás. Nott leía un libro. Pansy así su varita y jugaba a hacerse diseños en la uña. Crabbe y Goyle hablaban entre sí mismos, nadie sabe muy bien de qué. Millicent seguía muda la conversación de esos dos. Y tú… tú mirabas por la ventana. Sin saber que esperar. Sin saber qué iba a pasar ahora en Hogwarts.
Una cosa era clara, mientras tuvieras a tu droga particular, a tu chica de cabellos rojos, no ibas a preocuparte por nada.
Notas de la autora:
- La música Sweet Dreams es de la película Sucker Punch, la recomiendo totalmente.
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