Apoyé mi cabeza en el respaldo de butaca en la que estaba. La luz de atardecer del tercer día de lectura se deslizaba por la habitación como si se tratasen de sombras tenebrosas deseosas de adueñarse de mi mundo una vez más. Una lluvia de tonalidades se mezclaba en el firmamento entre las nubes.

Todos los tomos de los diarios manuscritos estaban esparcidos por el suelo los cuales habían vuelto a dejar que otra persona disfrute de una historia completamente desquiciante, que cualquier persona si pasease su vista por esas palabras intentando imaginar lo sucedido.

Ahora tenía claro que una persona podía convertirse en vampiro si la mordía un vampiro sin quitarle toda la sangre de su cuerpo. Los vampiros tenían miles de habilidades que se debían practicar y los que más antiguos eran más poder tenían sobre los fenómenos naturales y las fuerzas de la naturaleza. Podían crearse nieblas espesas, también se podía jugar con los pensamientos de las personas de manera que incluso eran capaces de borrar las mentes por completo y convertirles en esclavos.

Alin también había sufrido por amor. Aquella mujer que lo convirtió era una de las secuaces de un vampiro que llegó a odiar tanto que se entrenó solamente con el deseo de destrozarle para siempre. Había aprendido como matar a uno de nosotros. Podría usar eso en caso de que el hermano de Helen me causase complicaciones.

¡Helen! Tanto tiempo sumergido en la lectura me había hecho olvidar aquella preciosidad de ojos azules y pelo dorado. ¿Cómo habría estado sin mí? Suponía que Alin se había ocupado de todo pero aún esperaba saber para qué quería que leyese toda su vida.

Me quedaban aún las últimas páginas del diario que había escrito hacía tres años. Ahora sus planes no tenían nada que ver con los primeros. Seguía sufriendo por amor pues el desconsuelo de no ser correspondido por aquella mujer que te había llevado a la vida eterna aún destrozaba su corazón. Alin había arrancado la "no vida" al hombre que más amaba aquella dama despreciablemente loca que había llevado también a ese estado al hombre que tanto la había deseado. Presa del dolor por haber perdido a su amado, había terminado con su vida lanzándose a la boca del lobo.

Debía ver a Helen. Algo en mi interior me decía que al haber pasado tanto tiempo separado de ella podía haber corrido peligro pero de ser así Alin podría haberse ocupado de todo. ¡Oh, maldita Helen! Había puesto su rostro a la joven de la que aquella horrible voz había estado enamorado y en el momento que leí sobre su muerte había gritado de espanto. ¿Qué ocurriría si algo le sucedía a ella? Era difícil pero no imposible.

Me levanté mientras podía sentir mi garganta seca lo que me indicaba que debía volver a alimentarme. No tenía ganas de salir de caza y por lo que había leído se podía aprovechar cualquier tipo de sangre para alimentarnos a pesar de ser la humana la que más poder nos concedía.

Caminé por el pasillo que llevaba hasta la escalera. Los retratos que antes me miraban con desaprobación ahora lo hacían con miedo. Por fin sabía todo lo que podía llegar a ser y me hacía sentir infinitamente poderoso.

Bajé sigilosamente las escaleras mientras escuchaba como todos los criados hablaban de que no había comido ni bebido durante tres días mientras había estado encerrado. Que yo recordase ni uno solo se había atrevido a llamar a la puerta y cruzar el umbral lo que había hecho mucho más fácil que me abstrajese del mundo.

Si no recordaba mal, podíamos mantenernos fuertes con una toma semanal de sangre pero como no sabía si me enfrentaría a aquel infernal ruido que escapaba del collar que llevaba Helen debería estar lo suficientemente bien alimentado para soportar lo que fuese.

A mi criadas les gustaba hacer un plato extraño en el que necesitaban sangre de animal, dejar que se coagulase y demás. De humano seguramente hubiese detestado saber que ese plato estaba hecho de carne pero ahora, era la mejor manera de poder comer como un humano pero alimentándome de lo que más necesitaba. Con suerte aún no se habría coagulado y podría disfrutar de la sangre recorriendo líquidamente mi garganta.

Pasé por un estrecho pasillo con grandes zancadas y llegué hasta la cocina. Mis criados se callaron de golpe y se pusieron de pie dándome una reverencia. Hice una seña y esperé a que todos se marchasen.

Caminé hasta la despensa y busqué lo que necesitaba. Había tenido suerte y la sangre aún estaba líquida pero envuelta. Me acerqué el paquete a la boca y lo rompí para dejar que aquel maravilloso néctar recorriese mi garganta.