Escondido entre las ramas del árbol que estaba a escasos metros de su ventana, observaba como su pecho ascendía y descendía al ritmo de su respiración calmada.

Aquella diosa rubia estaba durmiendo soñando con algún príncipe encantador pero la vida le había puesto frente a ella un vampiro deseoso de matarla aunque antes saborearía los placeres prohibidos de la carne con aquella piel suave y tersa.

Sus ondulados cabellos descendían por entre sus pechos sobre el camisón blanco que tapaba el pecado más grande conocido por el hombre. Ella, todo en sí misma, era la personificación del deseo, de la sensualidad y la lujuria aunque sumida en la inocencia.

Miré a mi alrededor percatándome que no hubiese ningún guardia que pudiese darse cuenta de mi presencia allí. Apretando mis dedos en una de las ramas, coloqué mis pies sobre el tronco de mi inanimado amigo para así ser capaz de tomar impulso para el salto que debía dar.

Mis pies aterrizaron silenciosamente en el balcón que poseía aquella ventana a la que tan agradecido estaba.

Podía notar como el pitido ensordecedor parecía estar ahogándose por lo que mi víctima no lo llevaba encima. Típico en muchachas, no dormir con joyas por miedo a posibles ahogamientos. Reí para mis adentros, podía sucederle gracias a eso una muerte mucho peor pero siempre habiendo sucumbido a un pecado que condenaría su vida eterna.

Empujé poco a poco la ventana sorprendiéndome de mi facilidad para allanar hogares ajenos aún con las medidas de seguridad oportunas.

Puse un pie dentro de la sala y el embriagador aroma de su cuerpo llegó hasta mis entrañas. Cerré mis ojos con fuerza conteniendo un gemido de necesidad y de excitación. Quería saber como sería oler aquel dulce perfume mezclado con la intensa e inconfundible fragancia del sexo.

Abrí nuevamente mis ojos y supe que estarían de un negro azabache pero eso no me detendría para nada. Caminé poco a poco hasta la inmensa cama con dosel sin quitar mi mirada de la dulce princesa yaciendo plácidamente.

Sería tan fácil en ese momento, solamente taparle la boca y tocar donde nadie había tocado, hacerla rendirse, gemir, suplicarme por más pero ¿no deseaba que fuese ella misma la que se entregase?

Me quedé frente a los pies de su cama y me incliné lo suficiente como para tomar entre mis dedos las sábanas. Una vez que me iba incorporando la sábana bajaba por su cuerpo haciendo que vislumbrara aquellas formas tan redondeadas y las curvas de mi desesperación.

Un gran gemido escapó de mi garganta en el instante que pude observar como por el escote uno de sus pechos se salía delicadamente. ¡Oh, maldita diosa! Hasta dormida la tentación era más grande que mi propio control.

Lamí mis labios y agarré con fuerza las columnas de la estructura del dosel que estaban a los pies de la cama para contenerme a no saltar sobre ella y despojarle de su virtud.

Podía notar como mis pantalones no eran capaces prácticamente de retener aquello que deseaba salir desesperadamente. Pero quería más, necesitaba más. Quería torturarme aún más.

Encontrando un control que creía perdido, paseé alrededor de su cama y con mucha lentitud fui inclinándome hasta quedar sobre ella sin plantar ni un gramo de mi peso en su cuerpo. Respiré profundamente su esencia inundando mis pulmones de ella y con mis ojos cerrados tuve que buscar algo que me hiciese no arrancar sus prendas.

Bajé mi nariz hasta su cuello y con la punta de ésta lo acaricié, a penas un roce, mientras podía sentir como la sangre recorría sus venas bajo fina piel tan fácilmente perforable.

Abrí mis ojos y contuve mis deseos de tomarla allí mismo pues sus labios ligeramente abiertos incitaban a besarla apasionadamente recorriendo su boca con mi lengua.

De un rápido movimiento me coloqué en la posición que había tenido antes de invadir su cama. Alguien se acercaba y era una mujer. Puede que ella me sirviera para dejar marchar aquellos intensos deseos.

Abrí la puerta de la habitación de Helen y tras echarle un último vistazo, salí de ella para caminar por un gran pasillo hasta las caderas enfundadas en un camisón blanco que me habían hecho alejarme de mi perdición.

Agarré aquel cuerpo de criada con un brazo para después tapar su boca con la otra mano. Apreté su cuerpo al mío y noté como aquella buena moza estaría dispuesta a todo.

- Tranquila -susurré con mi voz más seductora- estoy aquí para cumplir tus fantasías.

Y metiéndonos en la sala más cercana, cerré la puerta y la empotré contra ella arrancando sin miramientos su camisón. Gruñí al sentir sobre mi erección aquellas nalgas y comencé a restregarme contra ellas mientras estiraba sus pezones en mis dedos.

Helen, maldita Helen. Tan deseable y arrebatadoramente imposible para mí.

Besé el cuello de aquella mujer que soñaba que fuese Helen, que fuese la diosa rubia dueña de mi perdición.

Sus gemidos se mezclaban el aire y a mis oídos llegaban con la voz de Helen. Tapé su boca con una de mis manos nuevamente y la otra descendió por aquel cuerpo, metiéndose entre sus senos, recorriendo su vientre y después perdiéndose entre sus labios vaginales.

Penetré con fuerza con dos de mis dedos para sentir cuan húmeda estaba y sabía que estaba lista para mis deseos.

Bajé mi pantalón y alzando una de sus piernas la penetré sin piedad moviéndome desesperado y gimiendo el nombre de Helen en el oído de aquel cuerpo que estaba siendo el sustituto del que yo deseaba.

- Gime, gime, mi Helen -susurré sin parar de embestirla con todas mis fuerzas.

Una, dos, tres veces más fueron suficientes para derramar mi esencia en aquel lugar que demasiadas personas habían encontrado. Ella gritó y yo simplemente pude recordar el cuerpo con los senos ligeramente fuera de la diosa rubia, sacando mi miembro del interior empapado de aquel cuerpo, abrí sus nalgas y taladré aquel otro agujero con él.

La haría mía de todas las maneras. Helen sería mía como de ningún hombre. Ella ya no gemía de placer, pero me daba igual. Quería eso, necesitaba eso, algo estrecho que me recordase que mi Helen sería tan difícil de penetrar y a la vez tan sumamente enloquecedor para mí.

Las penetraciones eran más fuerte, más duras y solo podía gemir contra aquella espalda que en mi imaginación era de la rubia que jamás me diría que no. La que sería mi esclava sexual como yo el suyo.

Una sola visión más de sus senos y como estos botarían sobre mí hizo que volviese a llegar a la cúspide del orgasmo. En ese instante mordí el cuello de la joven bebiendo hasta la última gota de su sangre para evitar así que se transformase en un monstruo como yo.

Su cuerpo sin vida y desnudo calló a mis pies. Eso deseaba con Helen y lo tendría, me costase lo que me costase.