El galopar del caballo hacía mella en mi cuerpo que cansado permanecía de pie junto al resto de mis oficiales hasta que llegamos al campamento donde el resto del ejército estaba esperando que llegásemos.

Bajé del caballo agradecido pues mis posaderas no resistirían ni un solo minuto más sobre aquella silla. Nada más descender me entregaron una normativa de nuestro padre y me quedé sorprendido al comprobar que había decido que realizásemos unas maniobras sumamente absurdas y que harían que terminásemos todos los asistentes muertos.

Llamé a al segundo al mando, el general Bertson. Nos metimos en la tienda que me habían armado previamente para que así pudiese descansar y hablar en privado.

- Todo esto no tiene sentido alguno -dijo al fin tras haber leído la misiva.

- Lo sé -respondí.

- ¡Quiere que muramos en el campo de batalla!

- A mi parecer la única forma de salvarnos sería desobedecerle pero… es la orden del rey -siseé apoyando mis manos sobre la mesa donde estaban los papeles y cerrando mis ojos pensativo.

Ambos permanecimos callados durante un largo tiempo pues sabíamos que estábamos renunciando a nuestra vida en la batalla que acontecería. Resoplando le insté a que diera la orden y salió de mi tienda.

Me senté en la silla tomando papel y pluma para mandar una misiva suplicando a nuestro padre que accediera a cambiar la táctica antes del amanecer pues sería el suicidio de toda la compañía.

Apresurándome ordené al emisario que galopase lo más rápido que su caballo le premitiese y entregase aquella carta al rey.

Todo estaba en manos de nuestro padre. Las horas pasaban y no había rastro alguno de aquel joven que había mandado al recado pero eso podía significar dos cosas, una buena y otra terrible. La primera, que nuestro padre estaba considerando aquello que le hube pedido y redactando otras directrices que nos salvaran la vida y la segunda, que hubiese optado por eliminar al emisario antes de que cualquiera pudiese enterarse del contenido de aquella carta.

De noche, mientras me obligaba a cenar para la batalla, mis esperanzas habían quedado derrocadas por la ira que me producía saber que ni tan siquiera a nuestro propio padre le importaba la vida de uno de sus hijos.

Lleno de rabia, dormí para estar descansado jurándome a mí mismo que arrancaría el corazón del rey aunque fuese en otra vida.

Aquella noche, me despertaron pues el mensajero trajo una contestación de su alteza, y todas las esperanzas antes revocadas volviendo a mí con más fuerza. Abrí aquel sobre perfectamente sellado y buscando una vela para poder leer mejor las letras allí escritas y firmadas por el rey.

" Usted no es nadie para dictaminar otra orden o pretender que cambie de idea. Debe hacer lo que se le ordena sin rechistar. Le recuerdo que el rey soy yo y no usted.

Suerte en la batalla,

Clément Devonshire I rey de Cronsworld"

Arrugué aquella carta entre mis dedos y la ira invadió cada milímetro de mi anatomía. Mi propio padre me estaba mandando a la muerte sin tan siquiera importarle.

Decidí no esperar al alba. Debía arrancar de mí todo aquel odio y sería contra los enemigos.

Me vestí con el uniforme colocándome todas las insignias oportunas y con espada en mano salí de mi tienda. Mis ojos chispeaban de dolor y furia. Metí mi espada en su vaina y mientras me colocaba el sombrero escuché unos ruidos extraños.

Caminé a paso lento en su dirección con mi mano sobre el puñal de la espada. Unos gruñidos llegaban hasta mis oídos, unos gruñidos extraños, parecía un animal alimentándose.

Una vez que podía escuchar hasta la respiración del animal, saqué unos centímetros mi espada de su vaina. Escondiéndome en la esquina de la tienda y protegiéndome de esa manera de ser visto, alargué el cuello para mirar tras el doblez de la tela.

Me quedé horrorizado. Una mujer con el cabello como el fuego subida sobre la virilidad de uno de mis hombres, mordía el cuello de este dejando que la sangre recorriera parte de la espalda de mi soldado.

Petrificado por lo que estaban viendo mis ojos me quedé contemplando la escena. Ella sedienta parecía beber de aquel líquido espeso y cuando se sintió saciada dejó caer el cuerpo inconsciente de aquel hombre que había sido su presa por aquella noche.

- Es una lástima que no supieses ser mejor amante -siseó ella- puede que entonces te hubiese perdonado la vida.

Se levantó y relamió las comisuras de sus labios mientras que colocaba sus ropas.

Salí a su encuentro con mi espada alzada hacia ella. Tornó sus ojos carmesí en mi dirección y sonrió haciendo que sus dientes blancos se entreviesen por sus gruesos labios.

- Tenga cuidado con esa espada, oficial -rió.- Puede hacerse usted más daño que el que desea procurarme.

- ¿Qué eres?

- Buen término, qué -se carcajeó- ¡Oh, general! Simplemente soy una dama en busca de un poco de amor.

- ¿En busca de amor? Está muerto.

- Hmmm un castigo por no haber sabido complacer mis deseos.

- Eres un monstruo -gruñí- Una bruja.

- No -sus ojos se volvieron más grandes y brillaron en la oscuridad- las brujas hacen pociones. Yo devoro corazones -relamió sus labios.

Dio un paso en mi dirección y blandiendo mi espada corté su cuello dejando que su cabeza cayera al suelo.

En mi vida había sentido tanto asco por una mujer y seguramente contase algo de lo acontecido nadie me juzgaría por haber matado a un monstruo comedor de corazones que alimentose de sangre humana.

Limpié mi espada y volví sobre mis pasos despertando a todos los que allí dormían. Era hora de librar la batalla, de prepararse y plantarle cara a la muerte, enfrentarse a ella y vencer.

No tardó mucho en estar todo mi ejército preparado. Busqué mi caballo montándome en su lomo para comenzar a trotar hasta el lugar donde comenzaría la matanza. Serían ellos o nosotros pero aún así la imagen aterradora de aquella mujer bebiendo sangre humana hacía que mi corazón temiese algo peor dentro de aquella prueba de fuego.