El metal perforaba la carne como si no obtuviese resistencia alguna. El fragor de la batalla invitaba a gritar o a perderse en los más bajos instintos de supervivencia.

Metal contra metal. De nuevo ese sonido cuando ambos fríos y afilados sables se encontraban. A lo lejos un sonido de cañón indicaba que podías morir en una explosión segundos más tarde pero no había tiempo para intentar huir pues otro de tus rivales intentaba acabar con tu vida con su espada.

Saqué mi espalda del estómago del último enemigo que había matado y sin limpiarla corrí hacia el próximo que parecía increíblemente ajeno a todo lo que acontecía a su alrededor. Estaba limpio y tan solo se limitaba a esquivar los golpes como todo un fanfarrón.

El acero de mi espada rozó su mejilla y en un rápido movimiento se giró quitándome la poca ventaja que hasta entonces había tenido.

Apoyando una de sus manos tras su espalda se dispuso a comenzar con aquel duelo, como si no existiese nadie más. Solamente nosotros en todo el campo de batalla.

Sus ojos fríos estaban fijos en los míos pero transmitía una seguridad tan escalofriante que invitaba a santiguarse puesto que sería el final de mi vida.

Tragué la que sabía sería la última vez que lo hiciera. Tras ello blandí mi espada y comenzó el duelo.

Aquel rival era el más diestro de cuantos había conocido y batallado. Sus movimientos eran ágiles y seguros. Realizaba florituras en el aire entre estocada y estocada hasta que el afilado acero rasgo mi piel en uno de mis brazos.

Llevé mi mano hasta la herida intentando taponarla para que no saliese más sangre de la debida pero aquel ser extraordinario no me dejó ni un instante para recomponerme, al contrario, atacó aún más fuerte que antes.

Sus movimientos a cada cual más rápido que el anterior se me hacían sumamente difíciles de seguir y de parar. Intentaba pensar tan solo en su maestría pero la herida por la que sangraba quemaba como una condenada.

Tan solo un instante bastó para que mi pierna fuese herida con aquella espada. No tenía piedad alguna pero bien mirado, ¿acaso había tenido piedad alguna con todos a los que ya había arrebatado la vida?

El duelo nos separó del resto de los contrincantes del campo de batalla. La guerra se daba mientras nuestros pasos, los míos dados con dificultad, nos guiaban hasta el bosque que rodeaba aquel claro donde se estaba dando la matanza.

Tras unos choques de acero más, pude sentir el suyo perderse en uno de mis hombros haciendo que gritase de dolor.

Sonrió malévolo y en sus ojos algo extraño sucedió. Sus pupilas cambiaron del marrón al tono de la sangre. Sus rasgos se endurecieron y su ser comenzó a dar mucho miedo.

- Debo reconocer que esperaba una batalla mucho más sencilla -comenzó.- pero si no llego a mala conclusión, sé que esos cortes harán las delicias de Lorette. ¿Cómo se le ocurre matar a uno de nosotros y no hacerlo en condiciones? Podemos regenerarnos hasta regresar nuevamente. Los no muertos tenemos esa facultad.

No comprendí lo que quería decirme ni tampoco quien era esa tal Lorette pero ahora sé que aquella mujer a la que había creído matar había vuelto a la vida que llevaba. Esos eres que se autodenominaban no muertos eran vampiros, vampiros que se alimentaban de sangre humana, que cazaban de noche o durante las batallas. Unos seres horrendos y despiadados.

- Siempre me he preguntado cual podría ser la mayor venganza ante alguien pero créame, alguien que nos odie no desearía ser como nosotros eternamente… ¿Ve a donde deseo llegar? ¿Vislumbra el final?

Se acercó a mí con una sonrisa de superioridad y tras apretar mis heridas hasta hacer que llorase de dolor, sus colmillos se clavaron en mi cuello y me arrebató el conocimiento.

- Desde entonces soy… esto -murmuró en tono despectivo y asqueado consigo mismo.

Apreté su mano entre mis dedos con suavidad y observé aquella expresión que me indicaba que había tenido que sufrir mi hermano mucho tiempo en silencio aquella pesada carga de ser diferente a nosotros.

- ¿Por… por qué no dijiste algo?

- ¿Hubiese servido, Helen? Hubiesen huido todos de mí y sobre todo tú. Me hubiesen tratado de loco o incluso hubiesen terminado, si es posible, con esta horrible vida. ¿Cómo podía haber cumplido todas las promesas que tantas veces te hice? ¿Cómo podría haberte traído estando en el limbo, ese reino en el que se te trataría como quien eres? -resopló- No, Helen. Ahora, ahora no eres tampoco tú misma. Estoy controlando tus emociones para que no salgas huyendo gritando "vampiro" por todo el palacio, para que me escuches y reflexiones y sobre todo para que entiendas que ese conde Byron no es trigo limpio.

Todo volvió a mi mente en ese momento y una vez que mi hermano dejo de observarme fijamente sentí todos mis miedos florecer al instante. Quise gritar, chillar, huir de él. Era un monstruo del que nadie podía salvarme según lo que me había contado.

Me miró una última vez devolviéndome esa calma que sin su mirada me había arrebatado y besó mi frente levantándose de la cama. Sus pasos eran rápidos y decididos hacia la puerta.

- Te dejaré a solas -murmuró-. Quiero que asimiles todo esto por ti misma y si después deseas seguir hablando conmigo, te estaré esperando.

Dicho lo cual cerró la puerta tras de sí. Sentía como si mi cabeza estuviese a punto de estallar. Mis ojos no miraban a ninguna parte pero a todos lugares a la vez. Volvía a sentir las lágrimas sobre mis mejillas y todo lo que deseaba hacer era huir, huir de alguna manera pero ¿quién era ahora normal y quién un monstruo semejante?

Mi respiración estaba desacompasada con mis latidos. Una sensación de hormigueo recorría mis entrañas y sentía como iba perdiendo poco a poco el sentido. ¿Acaso podía ser Cronsworld un lugar más horrible de lo que hasta ahora había conocido?

Dejé que entre mis labios se perdiera un suspiro y mi cuerpo cayó sin sentido sobre mi cama.