Aquel parecía mi hermano, a pesar de todo lo sucedido y de su nueva naturaleza. Quería protegerme tanto como antes. Sonreí aún más y me acurruqué entre los brazos de aquel dulce protector.

Podía notar como la tensión que había surgido entre nosotros durante unos instantes desaparecía. Tras haber estado tanto tiempo convertido en un ser semejante, Gabriel nunca me había hecho daño a pesar de las múltiples oportunidades que había tenido.

Mis pulmones se llenaron de su esencia y rodeando su cintura entre mis brazos permanecí estática contra su pecho, disfrutando de la sensación que había perdido esa misma mañana.

Los dedos de Gabriel se perdieron entre mis cabellos y apreté mi cuerpo al suyo intentando buscar esa seguridad que sentía cuando era pequeña.

- Adoro cuando haces eso -musitó.- Lo llevas haciendo desde que eras una niña. Siempre que te sentías mal apretabas tu cuerpo contra mi pecho y no me dejabas a penas respirar.

- Cuando era pequeña solamente tú me protegías de nuestro padre y cuidabas de mí a todas horas -respondí.

- Recuerdo aquel día que nos perdimos en los jardines fingiendo que era otro reino diferente donde tú eras la reina -rió.

- Y tú el rey -apoyé mis manos en su pecho.

- Ese sería un reino digno de vivir.

Tomó mi mano me hizo girar entre sus brazos haciendo que la falda de mi vestido se alzara suavemente y tuviera forma de carpa. Un sonido de campanillas similar al de aquellas tardes de verano llegaron a mis oídos.

Todo parecía ir más despacio de lo normal mientras mi sonrisa se ensanchaba y la habitación desaparecía en un torbellino de luces.

Los dedos de mi hermano ya no sujetaban mi mano. En un parpadeo la estancia se transformó en el gran salón de palacio. La música de la orquesta sonaba pero aquella habitación estaba vacía salvo por mi presencia.

Los violines tocaban la más hermosa de las melodías y al otro lado del lugar observé un porte conocido. Mi sonrisa se ensanchó aún más al ver a Daniel sonriéndome.

Caminó decidido hasta mí pero mientras lo hacía se iba transformando en aquel horrible conde Byron.

Abrí mis ojos rápidamente y me encontré con los de mi hermano ligeramente asustado. Le sonreí con suavidad y él comprendió que me había perdido en mis pensamientos como era común en mí.

El viento jugaba con mis cabellos al no haber cerrado aún la ventana y a pesar de temer a aquel ser en que Gabriel se había convertido sabía que podía confiar en él pese a todo.

- Helen, hay algo que debo contarte.

Su gesto se tornó más serio que antes y apreté con algo más de fuerza mis dedos con su enorme mano. Temí que fuese a transformarse de nuevo en aquel ser que siempre sería el motivo de mis pesadillas.

- Nuestro padre tiene planes para otro más de nosotros. Desea casar pronto a Susan -murmuró.

Le miré a los ojos visiblemente sorprendida. Pensaba que nuestro padre se reservaría a Susan un poco más hasta la llegada de alguno de los herederos de las familias reales que visitarían nuestro reino en las próximas semanas.

- ¿Debo adivinar a quién tendré como cuñado? -pregunté esperando que me dijese el nombre de una vez.

- El conde Byron, Helen. Ese es el futuro marido para nuestra hermana.

Negué al escucharle. No podía ser cierto. De ser así podría aparecer por palacio cuanto desease para cortejarla y ahora que Daniel no estaba para permanecer las veinticuatro horas conmigo ¿qué haría? Podría entrar a mis aposentos y arrancarme la vida en un suspiro.

- No le dejaré, Helen -respondió Gabriel a mis pensamientos- No ahora que sabes cómo soy. Te protegeré. Por esta razón es por la que he decidido contarte mi secreto. Mereces que pueda defenderte a su mismo nivel pues si he de controlarme y mantenerme como humano ese ser te tocará antes de que siquiera puedas gritar.

Observé la determinación en su mirada. Asentí entendiendo sus pensamientos. Puede que en mis aposentos se librasen batallas vampíricas en poco tiempo pero si así podría estar a salvo de semejante locura, no me importaba.

Mi corazón por otro lado pareció además sentirse maravillado ante la idea de tener más cerca a aquel conde, pues aunque su naturaleza me horrorizaba, aquellos sentimientos que habían aflorado al bailar entre sus brazos seguían vigentes en mi corazón obviando los dictados de mi mente.

- Pero… ¿y Susan? Ella correrá peligro viviendo con el conde -pregunté agitada al percatarme de la posición de mi hermana en todo aquel asunto.

- No lo creo, Helen. El conde Byron sabe a la perfección que si hace daño a Susan no podrá volver a acercarse a ti porque no tendrá carta blanca para pasear por estos lugares -respondió.- Ella no corre peligro. Es más, con su coquetería el único peligro que puede correr es que su inocencia le sea arrebatada antes del matrimonio. Susan es una libertina que desea a ambos, tanto a Norton como a Byron.

Completamente sorprendida llevé una de mis manos a mi pecho negando al escuchar aquellas palabras. Mi dulce hermana que tantas veces había sido avergonzada con los comentarios de los hombres no podía ser así.

- Eres tan inocente… -sonrió.- Susan adora jugar a la seducción deslizándose entre los hombres con escotes que rozan el descaro. Sabe que el rey no dirá nada a todo lo que haga y posee el privilegio de conocer su belleza y sus manera de atracción. Se mira y ella misma se fascina ante sus atributos pero no por ello deja que los hombres observen tan solo. Ella se permite regalarles más cuando se le antoja hasta que el asunto roza lo indecoroso y es entonces cuando les tacha de indeseables. Si juegas con fuego te quemas -sonrió- es tan simple como eso. Algunos de sus criados fueron despedidos porque ella misma tan inocente como es, le justificó a nuestro padre conductas impropias de ellos. ¿Acaso alguno ha osado acercarse a ti de manera impropia?

- Pero yo no soy tan hermosa como Helen -negué.

- Lo que no eres es tan permisiva. Pero en igualdad de coquetería créeme que vencerías a Susan sin problema alguno.

Bajé mi mirada recordando la cantidad de veces que me sentido despreciada mientras mi hermana con una sola mirada conseguía todas las atenciones que deseaba.

Quizá fuese cierto lo que Gabriel me decía dado que no tenía motivo alguno para engañarme.