Las gotas que descendían desde el techo chocaban con fuerza contra el suelo. Aquel era el único sonido que rompía el silencio del lugar.

Mi tobillo encadenado contra la pared rocosa mientras la luna entraba por alguno de los recovecos naturales de la gruta. La humedad crispaba los cabellos y los aplanaba contra el cuerpo cabelludo.

Notaba una sensación como de sudor por todo mi cuerpo pegajoso. La espalda apoyada contra la dura roca me recordaba que no debía dormir. El frío del metal sobre mi tobillo en ocasiones era agradable tras varios intentos de haberlo arrancado sin éxito alguno.

Mis ropas se pegaban a mi cuerpo causándome agobio mientras miraba a la luna que gobernaba el firmamento con su haz de luz blanca y pura.

Suspiré pesadamente y contuve el aliento al escuchar un sonido. Estaba allí. Podía sentirle tan cerca pero sabía que no podría verle aunque estuviese pegado a mí.

Sus ojos rojos me observaban desde algún lugar. Parecía divertido al verme en aquella situación.

A mis pies llegó un sobre y lo rocé con mis dedos mientras él desaparecía. Tenía suerte que al menos me dejase mantenerme en contacto con alguien.

Abrí mis ojos y después me acurruqué entre las sábanas. Aquel sueño me había puesto sumamente nerviosa pero haría lo que pudiera para volver a conciliar el sueño.

Cerré mis ojos rápidamente temerosa de poder ver algunos rojizos fijos en mí y deseosos de mi sangre. Agarré con fuerza las sábanas intentando controlar mis lágrimas. Quería huir. Necesitaba huir de allí, no me sentía segura. No quería que me encontrara.

Sentí una mano rozar mi mejilla y supe que mi hermano estaba allí. Me apreté contra su pecho sin abrir los ojos por temor a que alguien más estuviese allí.

- Tranquila -susurró suavemente.

El sueño se volvía a apoderar de mí y mientras bostezaba acurrucada contra sus pectorales.

Mis pasos me guiaban lentamente hasta una puerta inmensa. A ambos lados las estatuas de piedra parecían fundirse con el tenebrismo del lugar. La dulzura de rostros griegos se volvía maldad según las velas los iluminaran.

Mis pisadas se multiplicaban con el eco que recorría todo el pasillo. Mi respiración se aceleraba conforme iba llegando a aquellas enormes maderas labradas tras las que estaba mi perdición.

Abrí las puertas ligeramente y observé entre ellas, en el pequeño hueco que me dejaban. Sus jadeos inundaban la habitación. Los cabellos enmarañados de mi hermana se perdían entre las sábanas y los brazos de él. Pude ver al conde besando la piel descubierta de sus senos.

Cerré la puerta y me giré encontrándome con Daniel que me miraba con desaprobación. Le miré con mis ojos llenos de lágrimas y tomando mis faldas comencé a correr en dirección contraria pero cuando pensaba que estaba a salvo, Daniel me tomó de la cintura y apretándome a su cuerpo me besó apasionadamente haciendo que me perdiese en la locura de sentirse amada y deseada.

La fiebre me hacía delirar. Gabriel puso una mano sobre mi frente y suspiró mientras hablaba algo que no llegaba a entender. Ardía todo mi cuerpo y sentía un intenso dolor en mi pecho.

- Tiene mucha fiebre -dijo Gabriel.

- Le he puesto varios paños fríos, pero no mejora -respondió Kristin.

- Avise a Whitlock. Que vaya a buscar al médico -ordenó mi hermano.

Tomando las sábanas me taparon bien. Sentí unos labios sobre mi frente y suspiró. Sabía que Gabriel estaba preocupado.

- Todo esto ha sido demasiado para ti, Helen -murmuró.- Lamento haberte causado todo esto. No debí decirte nada. No debí importunarte. ¡Oh, Helen, soy el culpable de enfermarte!

Intenté responderle pero no podía. Estaba sumergida en un estado de semi inconsciencia. Apoyó su mano sobre mi mejilla y la acarició lentamente para después buscar algo con lo que abanicar mi rostro intentando dar un poco de frescor a mi cuerpo.

- Debes estar muerta de miedo intentando asimilar todo lo que desconocías. Ojalá pudiese llevarte lejos pero me temo que nuestro padre no permitiría nada. ¿Y si fuesen los rebeldes lo que te llevaran? No, aún no hay suficientes y no puedo mostrar a nadie mi naturaleza -suspiró- No sé como pero haré lo posible para que te sientas más segura. Para que vuelvas a confiar en mí como antes…

Aquello fue lo último que escuché porque la inconsciencia volvió a llevarme. Mi cuerpo estaba agotado. La fiebre era sumamente desconcertante y me hacía desear que el frío rodeara mi cuerpo una y otra vez hasta bajar aquella temperatura.