Gracias por su infinita paciencia, rly. C:
·
Capítulo 8: Traslados inesperados.
·
El saludo pareció seguir varios segundos, rebotando en el aire, burlándose de la cara de idiota que Harry puso al ver a Dumbledore en la puerta de su casa, con su cara afable, con el brillo enceguecedor de sus ropas y sus ojos. Por un momento ilógico, tuvo el impulso de tirarse al piso, rodar y reírse hasta que se le acabara el aire de los pulmones.
Oh no, los signos de la locura ya se estaban presentando. ¡Debería de tener más cuidado!
Torpemente, hizo entrar al profesor, invitándolo a una casa que no era suya y tratando de lucir como un buen anfitrión a medida que se preguntaba la razón de la visita del director. Cuánto se odió en ese minuto por no haberse dignado a actuar como un Gryfffindor imprudente y haber leído la carta, seguramente si así hubiera sido no estaría en estos problemas ni pensando cosas que le hacían, más que nunca, correr agitando los brazos y huir a la Antártida inmediatamente. Entre todas las cosas que corrían, como una manada de hipogrifos salvajes sobre su cabeza, pensaba que quizás habían descubierto su comunicación con Voldemort, que venían a hablarle de las odiosas clases de Oclumancia, que quizás era momento de enfrentar su destino en una épica batalla en Hogwarts o que iba a ser castigado, de por vida, a fregar los pasillos del colegio con su cepillo de dientes por haberse permitido escribir a su enemigo en lugar de dedicar todas esas horas a odiarlo en un amargo silencio por haber estado destruyendo su vida desde que tenía un año.
Tantas posibilidades y él allí comportándose tan idiota.
Dudley, por fortuna, había desaparecido, seguramente armando una barricada en su habitación para protegerse de los terribles magos que ahora estaban sentándose cómodamente en los sillones de la sala. Harry, nervioso, comenzó a jugar con el pie, moviéndolo de un lado a otro sin saber qué decir, aún pensando en lo inverosímil de la situación que se estaba desarrollando frete a él.
Por suerte, el director era lo suficientemente conversador por los dos y comenzó a hablar antes de que el silencio le volviera más loco aún:
—Entonces, Harry. He oído que has conocido a un nuevo amigo…
¡Tenía que comenzar con eso! Eso. Y más encima colocar esa cara risueña que a Harry —inexplicablemente— le provocó un sonrojo. No lo suficiente para parecer el pelo de Ron, pero lo bastante para ser notado, sin embargo, el director no dijo nada al respecto. No es que hiciera falta tampoco, la forma absolutamente pícara en que entrecerró los ojos y le sonrió radiante ante la absurda reacción fue toda la respuesta que necesitó.
—Eh… sí señor —dijo y tosió para cubrir con la mano el ridículo rojo de sus mejillas—. Un amigo del AD, un Hufflepuff. Es bastante agradable, ¡podemos hablar durante horas de temas irrelevantes! Y ha sido una entretención increíble estos días…
Guardó silencio, atragantado al impresionarse con la sinceridad de sus palabras. Se mordió la parte interna del labio, en un gesto nervioso. ¿Por qué hablaba así de Voldemort? O sea, tampoco era que podía ir y decirle al director "bueno, no es un amigo. Es el Señor Oscuro. Es un hijo de puta que me pasa insultando, pero es entretenido; este último tiempo ha pasado volando…". No podía y condenarse a sí mismo a quizá qué tipo de vida por prácticamente, violar todas las reglas aplicadas a su protección; pero de allí a decir que Voldemort era un tipo agradable había un camino muy, muy largo. Infinito, en realidad.
Era oficial, él estaba loco. Completa y desquicidamente loco. Y no sabía si su locura se debía por el tener que obligadamente ocultar a Voldemort entre sus palabras o la manera en que lo estaba haciendo.
Sin embargo, Dumbledore no parecía darse cuenta de su inminente pérdida de razón, pues simplemente le miró con —si es humanamente posible— los ojos más brillantes y una sonrisa que como siempre, parecía saber más de lo que debería, como si ni siquiera Harry mismo fuera completamente conocedor de lo que estaba diciendo. Bueno, al menos dentro de su demencia era capaz de reconocer que era un beneficio que el director parecía satisfecho y al parecer la identidad de su misterioso amigo iba a seguir en secreto por alguna razón inexplicable. Podía inventar cosas a Remus, pero decirle al hombre que conoce todos los nombres de Hogwarts era imposible. Algo, era algo, por lo menos.
No tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando pero ya estaba resignado a seguir la corriente al mar de la vida.
Pero, a pesar de la evidente satisfacción de Dumbledore respecto a su nuevo "amigo", Harry no puedo evitar el ya tan conocido discurso o palabrería que le advertía de las precauciones que debería de tomar y que si él no podía enviarle cartas a sus amigos reales era por algo, para evitar riesgo y por ello, era lógico que Harry tendría que obedecer, a pesar que el profesor reconoció la brillante manera de pasar por el vacío legal que el propio hechizo permitía al no tener contacto con amigos pero si con desconocidos. Harry, después de aquella mención se sintió ligeramente rebelde por ser capaz de ingeniárselas y hacer lo que quería. ¡Bendito el momento en el que se le ocurrió la idea!
—A pesar de que debió haber sido divertido; esto tiene que terminar, Harry —advirtió nuevamente, mirando al muchacho con severidad. Aunque una suave sonrisa, pícara, seguía adornando su rostro y Harry por alguna razón no terminó de tomárselo completamente enserio. Quizás era culpa de su repentina rebeldía adolescente.
—Sí, señor —respondió de todas maneras, intentando parecer todo lo buen muchacho que supuestamente era.
Harry no tenía duda que iban a asegurarse que no pudiera mandar a su lechuza a ninguna parte. Vagamente, pensó que debería abrazar su lado muggle y utilizar el servicio de correo como la gente normal; el único inconveniente era que no tenía la dirección de Voldemort. O de sus amigos, dado el caso. Pero estaba seguro que iba a buscar una forma; después de todo, las protecciones solamente estaban en la casa y él perfectamente podría coordinarse con Hedwig —Merlín bendijera la inteligencia de su mascota— para reunirse con él lejos de los ojos vigilantes de la Orden y seguir enviando su preciado correo.
No era una mala idea, pensó encogiéndose mentalmente de hombros y ocultando una sonrisa.
(Definitivamente el sabroso y regocijante sentimiento de rebeldía que le estaba inundando se le subió a la cabeza).
Apenas terminó aquella ingeniosa idea de cruzar por su cabeza, una punzada de molestia le azotó, dándose recién cuenta del rumbo de sus pensamientos; él no debería, sin duda alguna, estar utilizando el cerebro para planear la manera de enviar correo a su enemigo, no importa lo deliciosamente perfecto que sonaban los planes en su cabeza; en su lugar, debería estar quemando neuronas buscando la manera de destruirlo, ideando planes locos y peligrosos, completamente mortales para desaparecer la vida del Lord y después hacer su baile de la victoria sobre su serpentino cadáver.
Estaba bien tener diversión y hacer que el tiempo no pasara tan lento que hasta una tortuga se aburriría y moriría; pero al punto que estaba llegando era demasiado lejos; aun habiendo admitido momentos atrás su extraña locura; incluso considerando eso esto no estaba bien, no importa por dónde lo viera.
¡Era como si a él, a Harry Potter, el Niño-que-Vivió, le gustara estar en aquella situación con Voldemort! ¡Completamente absurdo! A él no le gustaba. NO. Una cosa era la entretención y el ligero agrado de tener una persona con quién hablar y charlar extrañamente (insultarse también), pero definitivamente no el gusto. Primero se arrancaría la lengua y se sacaría los ojos con una cuchara antes de pensar en admitir aquello como una posibilidad. No era gusto, absolutamente y en el caso hipotético que así fuera, si dijera, por un momento que le gustara... Bueno, no podría llegar a la misma respuesta, pues no era tanto como eso, más bien algo más bajo.
Si tuviera un sinónimo lo suficientemente bueno para definirlo, lo pondría.
…Quizás si le gustaba, un poquito. No mucho. Sólo que no sabía que expresión darle a ello; simplemente por ello, podría aceptar decir —únicamente en sus pensamientos, claro está— que le gustaba todo el asunto.
Merlín, debería pensar en comprarse un diccionario, o algo. Sería el único medio por el cual podría negar lo suficiente que le estaba cogiendo cariño a lo que estaba haciendo.
Tal vez por la forma en que lentamente, sin darse cuenta formó una sonrisa en el rostro, el director le preguntó si le ocurría algo y que fuera lo que fuera, podría contar. Harry pensó que quizá no estaría mal realmente expresar un poco de lo que estaba sintiendo, un poco de lo que le estaba pasando; si bien no era algo incre
—No, señor —dijo negando con suavidad, poniendo toda la convicción que tenía—. Sólo…Sólo pensaba que escribir a personas que antes no conocía, es toda una experiencia.
No era mentira, si se ponía riguroso solo estaba diciendo parte de la verdad. Y realmente, cuando lo expresó en voz alta, se sintió mejor. Tenía que decirle a alguien lo que estaba pasando y tal vez ese era el momento perfecto para expresar un poco de lo que estaba sintiendo, después de todo, él nunca fue bueno mintiendo, mucho menos ocultando cosas y si se conocía tan bien como lo hacía, pronto iba a estallar.
Conociendo su suerte cósmica ese estallido no iba a ser en el mejor momento.
Por lo tanto, decir, en parte, lo que le estaba pasando, fue sumamente liberador. Harry no sabía con exactitud si se debía a eso de que al reconocer algo en voz alta te hace aceptarlo también a ti mismo, pero fuera como fuera, sentía un peso extra que no sabía que tenía, liberándose de su espalda.
Experiencias extrañas, para variar.
—Lo es, Harry. Con las debidas precauciones podemos encontrar cosas inesperadas en desconocidos—comentó Dumbledore, sonriéndole con afabilidad y distrayendo a Harry de sus pensamientos—. Encontré un amor inesperado en un muy querido amigo mío mediante ese método.
Rió y Harry sonrió a su vez, porque si antes se sentía bien ahora simplemente se sentía más allá de lo que la palabra fenomenal es capaz de describir. Incluso sabiendo que el mago frente a él seguramente sospechaba que no le había dicho todo, no se sentía culpable por contar parte de la verdad; pues fueron las palabras que llegaron en respuesta las que le dieron la sensación extra —de afuera, algo que necesitaba sin duda— que lo que comenzó a formar con Voldemort —la mierda que fuera que tuvieran— estaba bien.
Era reconfortarte. Muy reconfortante.
(E incluso por un momento Harry se olvidó del enojo con Dumbledore, de la rabia insensata que en parte, había sido originaria a su situación actual. Por un momento, él se sintió conectado con el profesor, que no dejaba de sonreírle, como si entendiera de verdad lo que estaba pasando, aún sin saber ni la mitad de las cosas).
Un pequeño y breve silencio incómodo se instaló entre ellos y fue allí donde Harry recordó que el director no habría venido únicamente a hablar de sus travesuras a mitad del verano. La emoción agradable que inesperadamente se había asentado en él desapareció de golpe. Unas cuantas groserías pasaron por su cabeza, felicitándolo por la estupidez de no haber leído correo que debió de haber sido importante; después de todo, Dumbledore no le escribiría sólo para ayudar a calmar su consciencia y terminar decidiendo que su correo con Voldemort estaba bien. Nadie en su sano juicio lo haría, de hecho.
Incómodo, se removió en su asiento y puso la mejor cara de espera que era capaz de crear, dando así la ilusión que estaba aguardando a que el tema central de la reunión se llevara a cabo.
Si sus dotes de actor estaban mejorando o no, no le era posible saber, pero de todas formas el mago más viejo tomó la palabra; preguntándole al respecto de la carta que Snape le envió, Harry arrugando la nariz con disgusto, expresó su desagrado y subscrito en su tono estaba el desprecio y la consideración de lo estúpida que era la idea de retomar las clases de Oclumancia.
—Señor, francamente no creo que sea buena idea —comenzó con suavidad, buscando la manera de sonar convincente y no como un niño caprichoso. El profesor lo miró con aquella expresión exasperante que colocaba cada vez que daba sus argumentos y estos, de una manera u otra terminarían siendo inválidos. Aún así, continuó—. Las clases anteriores no funcionaron y dudo que Voldemort vuelva a meterse en mi mente. La posesión en el Ministerio debe de haber sido suficiente para evitarlo de por vida.
Trató de ignorar la punzada de desagradables sentimientos que le embargó al dar sus argumentos. Quería que el profesor entendiera que era prácticamente imposible que él y Snape estuvieran juntos en un mismo lugar sin intentar matarse o tirar tarros de cucarachas entre ellos; era francamente peligroso para todo aquel que estuviera cercano a ellos.
—Es probable que Voldemort no lo intente mi muchacho —respondió Dumbledore con una sonrisa, concediéndole la razón de su razonamiento—. Sin embargo nadie dice que el resto de los Mortífagos no trate de penetrar en tu mente.
Harry le otorgó la razón, en realidad ni siquiera se le había ocurrido pensar en alguien más que Voldemort invadiendo su privacidad.
—Lo sé, pero… ¿tiene que ser Snape?
—Es el único capacitado para hacerlo mi niño —Harry le miró expresando sin palabras una pregunta similar que había hecho antes. El profesor le miró sin dejar de sonreír—. Lo haría yo, pero ya tengo pensado darte unas clases especiales.
Harry iba a seguir argumentando en contra, pero lo último que dijo el profesor lo distrajo completamente de cualquier excusa que estuviera formando en su mente. Ligeramente exaltado por la información, esperó a que el director continuara. Lo de Snape pareciera haberse evaporado de su mente ante la nueva perspectiva que parecía avecinarse.
—¿C-Clases, señor?
—Exacto, Harry. Creo que ya es hora de que te enteres de ciertos misterios que conciernen a Voldemort.
Y entonces, una extraña emoción se manifestó en Harry. Una especie de ansiedad, su mente pensando únicamente en que no podía esperar a que llegaran esas misteriosas clases para conocer a Voldemort. Muy raro, el querer saber sobre él y estaba seguro, horrorosamente seguro que esa necesidad de conocer detalles sobre el Señor Oscuro no tenía absolutamente nada que ver con la intención real de las clases que Dumbledore iba a darle.
¿Qué le estaba pasando?
—¿Cómo cuáles? —Preguntó antes de darse cuenta realmente que lo estaba haciendo.
—No tendría sentido arruinar la sorpresa ahora. Sin embargo, sólo podré darte esas clases si vas a las del profesor Snape —advirtió y un deje de severidad se filtró por sus brillantes ojos—. Veremos información de vital importancia y necesito que tu mente esté protegida contra cualquier peligro, Harry.
La emoción dulce que se había expandido por su ser, la esperanza y el anhelo extraño de conocer cosas vitales de Voldemort se evaporó. ¡Vil chantaje! Con el riesgo de que un tic nada conveniente apareciera sobre su ojo derecho, suspiró y gruñó algo inentendible. ¿No podría conocer más sobre Voldemort sino enfrentaba a Snape? Joder con su vida, realmente.
Nada podía ser fácil para él, ¿cierto? Esto ya estaba en el colmo de lo frustrante.
—Supongo, que podré tomar las clases —admitió finalmente, de mala gana, sabiendo que no tenía una opción real de elegir.
Ante su declaración la cara de Dumbledore pareció iluminarse como si todos los días fueran Navidad.
—¡Excelente decisión mi niño! —Exclamó como si no fuera obvia la elección que Harry tendría que tomar—. Ahora, pasando a asuntos menos preocupantes y decisivos, tengo una buena noticia para ti; después de cumplir con nuestra misión el día de hoy, podrás ir a casa de los Weasley. Y antes de que nos vayamos, tengo que preguntarte algo importante.
Su expresión se volvió un poco más severa y Harry inconscientemente se sentó más recto, sumándose a sus caóticas emociones la preocupación, que parecía escalar rápidamente entre la montaña de ansiedad, miedo y extrañeza que le embargó desde que el profesor llegó. Por un segundo pensó que era extraño que no hubiera explotado como una bomba.
Dumbledore, efectivamente, le habló de algo importante (y Harry pensó que era parte de un efecto dramático, la punta culmine de la conversación inquietante), le preguntó al respecto de sus amigos y si ellos conocían el contenido de la profecía; ante su negativa le aconsejó que les dijera, que tenían derecho a saber porque eran sus amigos y para finalizar le advirtió de las extremas seguridades que serían utilizadas en la casa de los Weasley durante su estancia. Harry no lo tomó a mal, pero si estaba bastante incómodo al respecto de todo. Especialmente aquello que tenía relación directa con la profecía.
Era como si de un día para otro tuviera que revelar sus secretos y temores. Dumbledore no parecía afectado y buscó tranquilizarlo durante un rato. Funcionó relativamente bien, quizá aquello debiéndose a la inestabilidad que tenían su interior ligeramente mareado, como si en aquel minuto fuera a descompensarse a medida que cualquier cosa que le dijeran no le afectara. Así de extraño se sentía.
Fue un alivio que tuviera que ir a buscar sus cosas a su habitación, aún más el hecho de tener que guardar todo en el baúl.
Era, entre comillas, la mejor excusa para intentar pensar un poco.
Mientras subió las escaleras para arreglarlo todo, intentó no ahogarse con la pelota de emociones que le recorrían frente a todas las noticias que la visita del profesor le reveló. Sin duda la más preocupante de todas —incluso ante el hecho de revelar su trágico destino de héroe griego a sus mejores amigos—; era su ansiedad frente a las clases del profesor Dumbledore y eso terminaba desencadenando todas las demás, sus clases con Snape, la profecía…Y aunque no tenía relación alguna con esos eventos en particular, estaba el hecho de irse de la casa de sus tíos e ir a la de Ron.
Era una de las pocas veces en la que él recordaba que ir donde su amigo iba a desencadenar tantas cosas.
Resulta que, aparte de librarse de la indeseable familia que tenía y poder vivir ese pedacito de verano que le hacía sentirse menos como un elfo doméstico de los Malfoy y más como un mago normal, significaba también que su aislamiento con el resto del mundo iba a llegar a su fin y por ende, su aburrimiento (los días en la casa de los Weasley después de todo son como un sueño); por eso, si no estaba aburrido, él ya no tendría la excusa de enviarle correo a Voldemort.
Sabía, reconoció mientras ausentemente echaba las cosas que tenía esparcidas por la habitación en su baúl, que no debería sentirse tan ¿cómo decirlo? Mal por la posibilidad de no cartearse con su enemigo, pero había algo que realmente estaba equivocado en la opción de tener que dejar el intercambio de palabras. Quizás el equivocado era él —con su recién descubierta demencia no lo dudaba ni un segundo—, pero no podía evitarlo. Algo en su interior estaba decididamente en contra de no poder seguir carteándose.
(Quizás esa pequeña parte de sí mismo que abajo le admitió sin querer realmente expresarle a Dumbledore que estaba bien con lo que hacía).
Se mordió el labio y lo más silencioso que pudo le reveló sus temores a Hedwig, quién le miraba con curiosidad al verle echar todo en el baúl. Su lechuza, de todas formas, parecía estar de acuerdo con él, porque la idea de no seguir enviando correo le desagradaba. O al menos eso supuso al oír el chillido de molestia y ver la mirada de desprecio que le dirigió.
—De todas formas, Hedwig, le enviaré otra carta —hizo una mueca y encestó con satisfacción un par de calcetines en el lado de la ropa de su baúl—. No quiero parecer un maleducado al cortar todo de la nada y darle la excusa de una tortura extra cuando nuestra épica batalla final llegue.
Su lechuza, naturalmente, pareció encantada con la idea.
—Sabía que me aprobarías, hermosa —elogió mientras se colocaba a gatas y sacaba sus pertenencias más importantes debajo de la tabla suelta. Un fajo de sobres seguí allí enrollado; se aseguró de envolverlos lo más discretamente posible, sabía que sería extraño que alguien se metiera en su baúl, pero ante las posibilidades prefería tener las cartas del Lord bien escondidas. Las guardó entre el montón de libros del año pasado y se dedicó a examinar debajo de la cama, por si quedaba algo olvidado. Satisfecho, se irguió y se sentó unos segundos en el suelo antes de ponerse de pie—. Creo que lo tengo todo listo. Deja revisar el armario, de todas formas.
Él no quiso reconocer que el mismo entusiasmo de su mascota le embargó. Además, enviar otra carta explicando su situación o parte de ella le daba el pretexto adecuado para seguir estableciendo comunicación. Nadie decía que estando con la familia Weasley no significaba que no se aburriría en algún momento y de todos modos Hedwig necesitaría salir de vez en cuando para vivir esa divertida vida de lechuza que tenía y que él le vedaba tanto por su falta de amigos… y si eso no fuera poco, enviar una carta, al mismo Señor Oscuro desde un hogar opositor era un desafío absolutamente delicioso. Tanto por el hecho de enviar una carta desde allí como ingeniar el modo de poder enviarla sin que nadie se diera cuenta.
Absolutamente perfecto.
Más animado revisó que todo estuviera en su lugar y comenzó a arrastrar su equipaje fuera de la habitación, disfrutando del dulce sabor a venganza que las marcas de su baúl dejaban en el brillante piso de la casa.
Dumbledore estaba abajo esperándole y asegurando que tenían todo listo comenzaron a partir. Harry gritó un adiós rápido a Dudley desde la base de la escalera y sonriendo, llevando todas sus preocupantes emociones al fondo de su mente, salieron de la casa.
—Entonces, Harry, nos vamos a una deliciosa aventura.
Harry tragó saliva al ver el brazo que le ofrecía y esa cosa de la Aparición le fue dicha.
