Tres semanas habían pasado desde aquel día en el que el mundo cambió a mis ojos. Descubrir la existencia de seres monstruosos me llevó a una gran enfermedad en la que veía vampiros por todas partes.

Todo había cambiado en palacio en esas semanas. El conde Byron había desaparecido y la locura de mi padre había ido en aumento tanto que me habían trasladado hasta uno de los últimos cuartos que habían estado deshabitados en las últimas décadas tras la muerte de mi abuelo.

Para lo único que se me permitía salir era para cuidar a mi madre y para alimentar a alguno de los habitantes del reino pero siempre junto a carabinas.

Mi padre había ordenado buscar al conde por todo el reino y encerrándome esperaba que fuese en mi busca. Por lo visto alguien nos había visto bailar en el lago y el rumor de un posible matrimonio entre nosotros se había extendido como la espuma en Cronsworld.

Susan como venganza había decidido pedirle al rey casarse con Christopher Norton el cual se negó a pesar de desconocer que estaba prometido a la menor de mis hermanas.

A pesar de los intentos porque sus deseos se convirtiesen en realidad, Susan permanecía las horas con Christopher cuando él venía a visitarme. Tras darle esquinazo subía por una de las escaleras externas que subían hasta la ventana del torreón.

- Helen, ¿está usted bien? -preguntó inmensamente preocupado la primera vez que se enteró de los acontecimientos.

- Sí, Christopher, pero el rey decidió aislarme en esta zona de palacio.

- ¿Por qué?

Negué sin poder responderle a los pensamientos que habían llevado a mi padre a encerrarme prisionera en aquella parte donde nadie sabía ni podía llegar sin su consentimiento.

Suspiré apoyando mis manos sobre el escritorio recordando como mi padre había gritado a todos los allí presentes para conseguir lo que a mi hermana Susan se le había antojado.

Antes de meterme en aquella habitación mi hermano Gabriel… ¡Oh, Gabriel! Nos habían separado. Podía recordar los ojos rojos como el rubí en aquel rostro demacrado. Tiró a varios de los guardias a una pared matándolos y mientras todos los allí presentes chillaban me encerraron teniendo después él que huir donde los rebeldes para evitar que intentasen acabar con su vida.

Miré el montón de cartas que yacían sobre mi escritorio. Algunas de mi hermano, otras de Christopher y las últimas de Daniel de las que tenía más cantidad. Aún no le había contado que había sido encerrada en otra parte del palacio. No creo que lo hiciese jamás. Tenía claro que Daniel no volvería, no regresaría a palacio y tan solo era un receptor de mis pensamientos.

Suspiré resignada a vivir aquella vida para siempre. Escuché la puerta abrirse detrás de mí y agarré mis faldas sabiendo que mi madre necesitaba mi ayuda.

Corrí hasta la habitación de al lado escuchando aquella tos tan dolorosa. Al verme me sonrió.

- Hola, mi niña.

- Hola, madre -besé su mano apretándola con fuerza.

- ¿Estás bien, hija mía? Tienes ojeras de no haber descansado bien.

- No me ocurre nada, madre. ¿Cómo está usted? -susurré.

No necesitaba respuesta. Tomé uno de los paños secos que descansaban sobre la mesilla y lo mojé para después limpiar el rostro sudoroso de la preciosa mujer que me había concebido.

Aquella mujer se había disculpado por su marido por todo lo que me había hecho a pesar de ser otra de las víctimas de aquel hombre.

Acaricié su mejilla tras limpiarla y sonrió suavemente al sentir mi caricia. Besó la palma de mi mano y se perdió en el sueño al no tener fuerzas ni tan siquiera para estar más de diez minutos despierta.

Me levanté de la cama y fui hasta la ventana abriéndola para que se ventilase un poco la estancia. Me giré sobre mi misma y me maravillé al contemplar aquella habitación a la luz del sol sin la trémula atmósfera que le daban los rayos al atravesar las cortinas.

Era una de las habitaciones más grandes que había visto nunca. Las paredes decoradas con ribetes dorados en sus aristas. De estas mismas sobresalían candelabros de los que colgaban lágrimas de cristal por los que la luz pasaba iluminando a su alrededor de todos los colores del arcoiris.

En el centro de la estancia una enorme cama con dosel hacía las delicias de cualquiera que tuviese que pasar allí todas esas horas. Las sábanas de seda y el colchón bordado con exquisitos motivos sobre el fondo burdeos.

Había que reconocer que a pesar de todo el rey debía amar con locura a aquella mujer para tenerla en la mejor habitación de todo el lugar. Cada ciertas horas subía los cientos de escalones de distancia que había entre las estancias principales y aquella para saber sobre su estado.

Si estaba en ese momento dentro mi padre ni tan siquiera me dirigía la mirada mientras recogía mis enseres y salía de los aposentos de mi madre.

Apoyé mis manos en el corsé de mi vestido verde y salí de allí pues a esa hora Clément realizaba su aparición. Observé una última vez el rostro sereno de mi madre descansando mientras cerraba la puerta.

Caminé por el pasillo nuevamente hasta llegar a mis aposentos y cerrar la puerta tras mi espalda. Cerré mis ojos con fuerza y contuve mis lágrimas nuevamente como hacía cada día desde que había descubierto la maldad que residían en las almas de todas las personas que había conocido.

Deslicé mi espalda hasta sentarme en el suelo rompiendo a llorar. Necesitaba a mi hermano. Quería volver a la condición que antes tenía pero ahora no podía darse marcha atrás. El rey me aislaría de toda persona. Él me quería lejos a pesar de no ser el motivo por el que el conde Byron había abandonado la idea de desposarse con mi hermana Susan. ¿Qué culpa tendría yo de su desaparición si a penas había cruzado palabra con él?

Sequé mis lágrimas y me levanté del suelo. Llegué hasta el escritorio y tomé las cartas de todos y cada uno de aquellos que parecían sentir aprecio por mí. Necesitaba releerlas para sentirme fuerte. Saber que no estaba del todo sola.