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Capítulo 9: Hacerse cargo puede ser peligroso.
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Definitivamente, todos los magos y brujas de Gran Bretaña deberían ir en masa a un psicólogo, psiquiatra, loquero o lo que sea a la vez y al mismo tiempo. ¡Absolutamente todos están dementes! Harry ya lo había sospechado desde hace mucho, casi seis años en aquel más que extravagante mundo te permiten darte una pequeña idea de cómo es la gente; pero nunca creyó que sería todo hasta este punto.
O sea, es conveniente hacer una aclaración, él ya se había enfrentado a la locura antes, pero era de esa locura desquiciada, la que tiene impopularidad como la de Voldemort o sus Mortífagos que nada más que destruirlo a él y conquistar el mundo es lo que ocupa sus mentes. Sin embargo, él no estaba preparado para el otro lado de la locura, la que enfrentó pocos minutos atrás, esa locura dónde no sabes si el tipo que tienes al frente es un puto genio o un maníaco que de un momento a otro va a saltarte encima y mutilarte con los dientes.
Francamente no sabía qué situación lo había impresionado más, si el intento de, eh, su nuevo profesor, Slughorn, por simular un ataque de los Mortífagos para no obtener el trabajo en el lugar más seguro en aquellos momentos, o sea, Hogwarts; o Dumbledore, por utilizarlo de aquella descarada manera para convencer al otro. Era tan extraño todo, una locura de proporciones épicas.
Era impresionante, si se miraba en perspectiva. Tenebrosamente impresionante, de hecho.
Y para variar, él había estado nuevamente en el medio sin hacer ni decir nada.
No es que tampoco hubiera querido hacerlo, de todas formas, no iba a opinar nada referente a la situación, aún le tenía algo de respeto a los mayores y con el tiempo ya había aprendido que al estar al lado de Dumbledore simplemente hay que dejar que las cosas sigan su curso, le agradara o no la idea (además, no tenía ni el más remoto indicio de lo que estuvo haciendo, simplemente fue y lo hizo. Es todo). Y, de todas formas, él no se podía quejar de lo acontecido. No negaría que le gustó el conocer al fin a alguien que hablara de su madre (a pesar de que el profesor le desagradaba un poco), era de esos momentos hermosos y pequeños y preciosos donde esos detalles tan banales para otros significaban todo un mundo para él.
Fue bonito, de alguna forma. Sólo la parte de su madre claro está, el resto no.
En realidad, eso había sido lo único bueno hasta el momento, porque ahora seguía caminando con Dumbledore supuestamente en dirección donde los Weasley. Se sentía sumamente incómodo al lado del viejo profesor, debido a la situación recientemente ocurrida y a que no todos los días caminabas al lado de aquel mago tan peculiar. También, podría ser, que la culpa que había sentido en casa de los Dursley influyera un poco en su situación actual. No estaba seguro.
Sin embargo, tragó su incomodidad, haciendo una pregunta que desde que salió de la casa de sus tíos se moría por hacer:
—Señor, ¿dónde serán las clases con Snape?
Después de haber pronunciado aquellas palabras, se percató de lo imprudente que estaba siendo al hacer aquella pregunta en un lugar desconocido, donde estaba atardeciendo. Cualquiera podría escucharlo, a pesar que nadie estaba en las calles; pero eso no significaba ningún impedimento para un mago o Mortífago, en el peor de los casos. Harry hizo una mueca, aunque el profesor Dumbledore nunca pareció contrariado por su pregunta, de hecho, con la misma amabilidad de siempre, corrigió su pronunciación al añadir, el ya típico "el profesor Snape, Harry", como si fuera habitual que le preguntaran por sus profesores espías en lugares abiertos.
—Molly se ofreció a arreglar un cuarto para que ustedes trabajen. Ella está muy entusiasmada con tenerte todo lo posible bajo su ala, Harry. Fue imposible convencerla de ir a otro lugar para darles más espacio —dijo con una sonrisa, aparentemente divertido con la actitud de la señora Weasley. Harry, que ya conocía la fiereza de ella con respecto a la gente que quería, no podía dejar de pensar que si era divertido.
—Oh.
Fue todo un alivio, no quería admitir que tener clases espeluznantes con el terrible y odioso profesor se hacía menos pesado al saber que iba a estar en un lugar conocido y seguro. De pronto la perspectiva de las horrorosas clases de Oclumancia se vio un poco —mínimamente— mejor.
—Y ahora que mencionaste al profesor Snape, acabas de recordarme un asunto importante —continuó el profesor y agarró a Harry suavemente por un hombro, desviando el camino que estaban haciendo por una avenida vacía, a un más vacío callejón—. Sirius te dejó su hogar en su testamento y por ende, Kreacher, también es tuyo.
A veces, uno espera que las cosas te las digan por orden de prioridades. Que ciertos asuntos suelen ser muchísimo más importantes que otros y para Harry, eso último —que fue dicho directamente al grano, sin ningún titubeo ni entrada o palabras de consuelo—, estaba sin duda en lo más alto de su escala de importancia; quizá incluso más alto que el escabroso asunto de la profecía.
Hizo una mueca al pensar en Sirius — ¡dejó eso sí, atrás cualquier tipo de culpa! — y en el molesto elfo doméstico que no hacía más que generarle las ganas de agarrar su pequeño cuello y apretarlo hasta que sus ojos saltones de pelotas de tenis dejaran de tener ese tenebroso brillo horrendo. Automáticamente comunicó que no lo quería y estaba seguro que el sentimiento entre él y el elfo era más que mutuo, pero, para su fortuna desgraciada, Dumbledore le dijo que era suyo y que para evitar cualquier tipo de uso que otros parientes sedientos de necesidad de conocer sobre la Orden del Fénix usaran al elfo, Harry tendría que asumir el control de ese pequeño ser.
Fue así que, gruñendo en voz baja una maldición, invocó al elfo; pasando por alto otra vez que estaba haciendo cosas realmente peligrosas en un pueblo donde podría ser visto por cualquiera.
(Igual, no negaba que era ligeramente adrenalínico. Quién más que él sabía disfrutar ese pequeño retorcijón de goce en las tripas al quebrantan conscientemente las normas establecidas).
Dicho y hecho, cuando el pequeño elfo apareció frente a sus ojos, todo lo que había descrito segundos atrás revoloteó en su estómago con desagrado. Oh, cuánto detestaba a ese ser y éste, en aquel minuto no estaba exactamente ayudando a que su estima aumentara; al menos que estuvieran en un mundo al revés y decir frases como "La ama Bellatrix es la única digna de todos mis servicios" funcionara para hacer que le agradara y no quisiera hacerle daño.
—Señor, realmente, realmente, no lo quiero —casi suplicó, con el entrecejo fruncido.
—Dale una orden, Harry —dijo Dumbledore por toda respuesta.
Molesto, tanto por no ser escuchado como por tener que hacer algo de todas formas, hizo caso. Ordenó a Kreacher que se callara y éste, para su regocijo eterno — ¡en serio! Realmente no lo olvidaría nunca—, cerró la boca por arte de magia.
Amaba la magia. Realmente la amaba y la idolatraba con locura.
Su molestia desapareció, siendo a velocidad luz reemplazada por alegría al tener a Kreacher dispuesto a sus órdenes, como legítimo dueño del elfo. Aún así no lo quería. Dudaba que realmente alguien lo quisiera bajo su servicio. Pensó un poco al respecto, ¿dónde podría enviarlo? La idea de que fuera compañero de Dobby en Hogwarts, trabajando en las cocinas todo el día sin duda era deliciosa y maléfica y le daban ganas de reír como un villano; sin embargo, antes de lograr manifestar una opinión sobre ello, pensó en la familia Weasley y en lo numeroso que eran y las molestias que siempre se tomaban para atenderlo como si fuera parte de ellos.
También pensó que a la señora Weasley le vendría bien un poco de ayuda, para variar. ¿Y no le había dicho Ron lo mucho que a su mamá le gustaría un elfo doméstico que planchara? Quizás Kreacher no era tan simpático como Dobby, pero si le ordenara que sirviera bien en la casa de su mejor amigo, quizás podría ser útil.
—Hum, ¿señor? —Preguntó al darse cuenta que llevaba algunos minutos mirando a Kreacher sin decir nada—. Creo que tengo una idea sobre qué hacer con él.
—¿Cuál es, mi querido niño?
Y Harry sonrió con maldad, sus ojos brillando de aquella forma cuando sólo las ideas más oscuras cruzan por su cabeza.
—Yo no quiero que Kreacher me sirva en este momento—sentenció y el elfo le miró como si le hubiera dado la libertad. La sonrisa malévola de Harry se acentuó—. Por eso, te ordeno Kreacher, que sirvas mientras yo no te necesite al señor y a la señora Weasley en su casa. Y a ellos los obedecerás tanto como a mí —terminó con una sonrisa, viendo como el elfo le dirigía tales miradas de odio que varias personas se pondrían a llorar de alegría.
Era una ironía completa. Un elfo oscuro sirviendo en casa de los "traidores a la sangre". Que sus ideas sean benditas, de hecho. ¡Tan maravilloso se veía todo!
El director le observó con un aire satisfecho, profundamente satisfecho de hecho, como si la idea que Harry llevó a cabo hubiera sido muchísimo mejor de la que él tenía. El muchacho pensó que era probable que fuera así y aquello le alegró muchísimo. Harry hizo que Kreacher desapareciera, aún con la satisfacción de saber que lo encontrará en casa de Ron. No pudo evitar seguir sonriendo, aún cuando el profesor anunció que ya habían caminado lo suficiente y sería mejor desaparecerse. Ni siquiera allí, con la molesta sensación que llevaba su estómago a las orejas dejó de sentirse feliz.
(Por un momento pensó que estaba siendo tan malo como ciertos magos oscuros, pero deshecho el pensamiento al considerarlo inapropiado).
Regresar a la Madriguera siempre resultaba infinitamente reconfortante y con alegría Harry caminó junto al director por el camino que llevaba a la casa que, en aquel momento seguramente estaba con todos sus habitantes al interior, terminando de cenar. Realmente Harry no se había dado cuenta de lo tarde que era y se tomó unos segundos para mirar algunas estrellas que estaban titilando en el cielo.
En el cómodo silencio que se instaló sobre los dos, Harry sintió la necesidad de romperlo al preguntar algo que llevaba todo el día carcomiéndole las entrañas: la extraña mano ennegrecida de su director. Se veía dolorosa y no pudo aguantar más el no querer saber qué había sido lo suficientemente fuerte como para hacer tremendo daño a uno de los magos más poderosos que conocía. Pero, para no faltar a la costumbre excéntrica de su acompañante, la respuesta que quería jamás llegó y lo único que le pudo sonsacar fue un "será una historia muy interesante para nuestra clases, así que ten paciencia".
No es que tuviera muchas esperanzas de respuesta, pero después de pasar tantas horas juntos, uno tendía a creer que la confianza instalada era más que suficiente para responder otras cosas que, para variar, tuvieran menos que ver con él y más con el propio profesor.
(Nada sabía Harry que en esta ocasión, como cruel juego del destino, la mano del profesor también tenía que ver, de cierta manera, con él).
Fue así que juntos acabaron en la entrada de la Madriguera.
—Al parecer, hemos terminado y aclarado gran parte de nuestros asuntos—anunció el profesor sonriéndole—. Creo, Harry, que ya no tengo nada qué hacer aquí. Si me disculpas, debo irme.
Por un terrible minuto, Harry estuvo a punto de retenerlo y decir a Dumbledore la verdad. Contar sobre las cartas, sobre los sueños, el acoso psicótico y la extraña sensación, ese tirón agradable de emoción que quedaba revoloteando en sus entrañas cada vez que Hedwig iba y volvía con una carta…
Sin embargo, lo único que salió de su boca fue un "adiós, profesor".
—Nos veremos en Hogwarts, Harry —se despidió sonriéndole una última vez y con un giro, desapareció.
Ya solo, tocó la puerta y esperó los gritos de la señora Weasley para darle la bienvenida y quejarse de su angustioso verano en casa de sus tíos a la misma medida que le agradecía por su flamante nuevo elfo doméstico. Naturalmente no fue decepcionado, apenas la puerta se abrió, la matriarca de la casa lo abrazó como si estuviera dispuesta a romperle las costillas y arrancarle los globos oculares a la vez.
No es que se quejara de recibir afecto, pero aún así, ¡tenía dieciséis años! O sea, aún faltaban unos días, ¡pero estaba lo suficientemente cerca ya! No debería a su edad estar derritiéndose en los abrazos de oso que la señora Weasley le estaba dando…pero, como no había nadie cerca para recriminar su actitud, quizás podría soportarlo un poco.
Solo un poco no más, lo suficiente para seguir adelante lo que quedaba de verano.
Disfrutó lo que quedaba de noche en compañía de los mayores de la casa, el señor Weasley le había dicho que los demás estaban durmiendo —Hermione incluso estaba allí, habiendo llegado hace unos cuantos días— y que desde mañana les esperaba un día bastante ajetreado, porque Bill y Fleur estaban allí, para mejorar la relación con la familia; con agradable sorpresa descubrió que ambos iban a casarse el otro verano (aunque a la señora Weasley la idea parecía no agradarle mucho, porque cuando se lo mencionó rechinó los dientes como si quisiera que se sacaran filo entre ellos).
Y, básicamente, pasó su recibimiento casi solo, aunque no le molestaba en absoluto; ya era lo suficientemente agradable estar en una casa acogedora como aquella como para quejarse. Y tampoco era como si no viera al resto los habitantes mañana en la mañana, por ahora prefería que todos descansaran como era debido.
Él también estaba muy cansado y no tenía los ánimos como para que alguien perspicaz como Hermione le viera el rostro y le preguntara si sucedía algo. Prefería aplazar las cosas para mañana y dedicar una noche completa a descansar como correspondía.
—Buenas noches —se despidió cuando las conversaciones entre él y los señores Weasleys estaban perdiéndose entre sus bostezos.
Con regocijo subió las estrechas escaleras para subir a su nuevo dormitorio, el que anteriormente era de los gemelos. Cuando llegó, prefirió admirar sin tocar nada de las cajas que allí había. Suficiente trato con los maliciosos muchachos como para si quiera acercarse a tocar algo, no fuera ser que con solo estar cerca esas cosas reaccionaran y conociendo su mala suerte, era más que probable que pasara. Pasó casi con cuidado por todos lados y se situó en una de las camas idénticas; teniendo como hermosa compañía a su adorada lechuza en el alfeizar, quién apenas entró, ululó con alegría, como si le diera la bienvenida.
Esto si era sentirse como en casa. Definitivamente.
Fue así que tomó su tiempo para relajarse, sacando un pijama del baúl y despreocupándose de todo, se acostó a dormir, dispuesto a soñar maravillas y con la hermosa perspectiva de no tener que levantarse ni temprano ni hacer ningún tipo de descabellada labor a horas inhumanas. Eso era vida de la buena.
Aquella noche, sin embargo, Harry no pudo dormir bien.
El peso de todo lo acontecido recayó, ahora que no tenía nada en qué pensar, su cabeza daba vueltas en todo lo ocurrido durante el día y el último tiempo; en la forma en que estaba mintiendo por proteger a alguien que ni siquiera tenía el derecho a ser protegido y buscar una y otra vez el contacto con él. Era de cierta manera espeluznante. Eso sumado también a las emociones extrañas que sentía cuando algo relacionado con Voldemort le afectaba; era como interés, como necesidad de seguir sabiendo cosas de él de primera mano sin otra persona de por medio. Y lo peor de todo es que medio dormido como estaba ahora, era capaz de reconocer a sí mismo, mientras daba vueltas en la cama tratando de acomodarse, que ese sentimiento agradable que se esparcía por sus venas como sangre hirviendo, calentando su interior, era completamente ajeno y opuesto a aquellos sentimientos de odio que debería de tener.
Sentimiento de odio, que por supuesto, seguía teniendo. Claro, aún quería verlo muerto. Pero no era lo mismo. Ya no era aquel deseo tan fuerte como antes. O sea, en términos simples, ya ni siquiera quería hacer ese maravilloso baile de la victoria sobre su cuerpo muerto. Hasta ese punto había llegado.
Muy, muy preocupante, en realidad.
O sea, él sabía que entre la correspondencia, ese acercamiento tan extrañamente íntimo estaba creando un nuevo puente entre los dos, una especie de estima al menos desde su parte estaba naciendo. Nadie puede no evitar crear contacto al intercambiar palabras después de todo; y estaba más que seguro que a su querido enemigo también le estaba pasando, seguramente no de la misma manera, no con la intensidad que a él; a fin de cuentas, el Lord es un Señor Oscuro y tiene una reputación de ser despiadado y sin corazón que mantener incluso delante de sí mismo.
Esperaba que el hecho de esa cercanía agradable, que ya había admitido a regañadientes que le gustaba, no fuera un problema mental demasiado grande ni complicado. Ya estaba acostumbrado a manejar un montón de emociones —ser un Gryffindor tiene sus ventajas— pero esto que estaba sintiendo, esa estima y agrado fascinante por la persona definitivamente equivocada, sin duda no era lo correcto.
Pero no es tampoco que pudiera haberlo evitado, ¡era imposible! Voldemort había demostrado ser alguien dentro de lo que cabe, entretenido, que si bien no es mucho (estaba hablando del Señor Oscuro y entretención sin duda no es algo que pueble sus características exactamente), si era lo suficientemente interesante, por decir lo menos. A él en realidad le agradaba y siempre lo encontró una persona con la que podría conversar durante horas —quitando, incluso, el comportamiento homicida—. Eso sumado a que sus conversaciones tenían algo que sin duda le gustaba. Voldemort le gustaba, le agradaba y estaba seguro que en otras circunstancias podrían ser excelentes amigos. No podía evitarlo, el Lord tenía ese no sé qué que había escuchado tantas veces; sí, sin duda algo que podría definir la nueva perspectiva de su relación.
O por lo menos se acercaba bastante y él estaba bien con eso de alguna manera.
Pero para su desgracia toda esa confusa maraña sentimental no era lo único preocupante. Como si no fuera suficiente estaba también el asunto de la jodida profecía. Ser el asesino o el asesinado. Matar a Voldemort o dejar que él acabara con su existencia.
Había mucho riesgo, era consciente que a pesar de que todo estaba reducido a ambos, cada uno cargaba en sus espaldas los ideales y esperanzas de miles de personas que habían optado por sus respectivos bandos. Si ganaba, él luchaba por salvar a su lado del mundo, pero no al lado de Voldemort.
(Era como había dicho Sirius una vez: no puedes dividir el mundo en buenos y Mortífagos. Las cosas no funcionaban así y tardó demasiado en entenderlas).
Sin embargo, a pesar de eso, comprendía que no podía simplemente quedarse y hacer nada; su papel estaba definido completamente y tenía que cumplir con aquellas esperanzas. Pero no al precio de la muerte. No convertirse en lo que tanto ha renegado de su enemigo. No ser un asesino. No convertirse en el asesino de Voldemort en definitiva; no sabría explicar la razón, si era parte de los nuevos sentimientos que albergaba al respecto de él o simplemente basado en su forma de vida; sólo sabía que la muerte no era el camino, que eso solamente lo acercaría a ser más igual a Voldemort de lo que ya era.
No era el camino que quería para su vida. Definitivamente no.
Pensó que quizás, si pudiera Voldemort ser como él en ese exacto momento, con los sentimientos inusuales recorriéndole, podría ser todo más fácil, podría ir y tocar su corazón para enseñarle que las cosas no son solo sangre, destrucción y muerte; que está equivocado, que si quiere cambiar puede hacerlo sin la necesidad de castigos eternos en el infierno.
Y él de verdad quería, aquella parte pacífica de sí mismo que se dedica a promulgar amor y paz entre criaturas y personas, quería hacer caso a aquel impulso demente de ir y acercarse a Voldemort como nadie lo ha hecho…
Ojalá fuera tan fácil, ojalá fuera así de simple para los dos.
Se dio otra vuelta en la cama, quedando frente a la pared. Ya basta, pensó frunciendo el ceño y haciéndose una pelota entre las mantas. Demasiado sentimentalismo por el día de hoy.
Lo que hacía el no dormir, realmente.
(Su terapeuta personal sin duda estaría orgulloso de estos avances).
Era de madrugada y ya estaba hastiado de tener que recorrer la cama entera para encontrar aquella posición o el cansancio necesario para dormir. Estaba cansado, su cuerpo pedía a gritos dejarse llevar al mundo de los sueños; pero su mente seguía despierta en todo lo anterior, sin parar de dar vueltas una y otra vez en la ridícula idea de acercarse tal y como lo estaba haciendo a Voldemort, para demostrarle que no todo está perdido, que incluso él puede cambiar y la única persona capaz de hacerlo era él mismo, pues está destinado, marcado por la profecía que selló el destino de ambos.
Pero hasta su mente terminó cayendo rendida bajo el peso de sus propios pensamientos y la idea que la última hora llevaba revoloteando se sumergió con agrado en su inconsciente, en la oscuridad del descanso previo al sueño. Pensando en Voldemort y él, fue que comenzó a soñar cuando simplemente no pudo más.
Los sueños son extraños, a veces, sucede que cuando te quedas pensando mucho en algo antes de dormir y ese algo literalmente te quita el sueño y te preocupa, esa idea queda rebotando contigo al ir a dormir y, efectivamente, sueñas con ello. A Harry le sucedió lo mismo, se durmió pensando en sus preocupaciones y como todas aquellas tenían origen en el epitome de la maldad misma.
(Claro que él nunca admitiría que se fue a dormir pensando en Voldemort, eso podría ser interpretado de muchas maneras sucias y si ni siquiera eso sucedía, la simple idea de él, Harry Potter, pensando en Voldemort antes de dormir, sonaba lo suficientemente horripilante por sí sola).
Nunca solía recordar demasiado los sueños, a no ser que estos fueran visiones tenebrosas y horripilantes que en general, ayudaban a aumentar su ya alto caudal de pesadillas; pero si de soñar normalmente se trataba, era bien poco lo que recordaba. Pero en aquella ocasión todo iba a ser distinto y nada sabía Harry que aquel sueño iba a estar noches después repercutiendo, transformándose en la base de una pirámide de eventos que trastocarían el mundo entero.
Se encontraba caminando por un sitio desconocido, rodeado de niebla y humo. El fondo dibujándose sobre algo negro de gran tamaño. Su alrededor nublado y de tonos grises que al respirar, la nariz se le llenaba de nostalgia, como si hubiera esperado y añorado una vida entera poder estar en aquel desconocido sitio y jamás fuera suficiente el tiempo que se tomaría para disfrutarlo. Avanzaba con el eco de sus pasos como compañía, la niebla espesa formando figuras imposibles a su paso y Harry siguió por aquel sitio, caminando sin rumbo fijo.
Así hasta que en algún momento, después de caminar durante lo que le parecieron horas, una figura envuelta en negro resaltaba entre toda la niebla gris.
Casi le dio un infarto cuando esa figura gris se dio la vuelta y le miró: Era Voldemort y no un Voldemort común, no era el ser horripilante y serpentino al que estaba habituado. Estaba diferente, mucho más diferente y cambiado de lo que podría recordar alguna vez.
—Potter —dijo a modo de saludo al reconocerle y Harry, dentro de su sorpresa, reparó en que la voz no tenía ese tono silbante de costumbre. Era más normal, más humano.
—No tienes nariz de serpiente —fue lo primero que salió de su boca. Aún anonadado—. ¿Esos son labios reales también?
No hubiera podido ser capaz de contenerse, de todas formas, ¡Es que era impresionante! Voldemort no era Voldemort si no tenía fosas nasales horripilantes y ausencia de labios para hacer juego, pero allí estaba él, viendo al Señor Oscuro con una nariz y labios normales, como si ser un medio hombre serpiente hubiera ya pasado de moda. Asquerosamente pensó en el hombre mutando, como un basilisco.
Lo que dijo simplemente se dio en una oportunidad demasiado buena como para dejarlo pasar.
Esperaba alguna respuesta tipo "y tú no tienes cerebro, Potter. Pero nadie dice nada al respecto", sin embargo Voldemort simplemente lo miraba de una forma que le hacía sentir incómodo, como si estuviera analizando cada centímetro de su persona y decidiendo si valía la pena o no dirigirle la palabra.
Mientras estaba bajo ese escrutinio intenso, admiró como el ahora nuevo Voldemort se parecía menos a una serpiente y más a un ser humano. Obviando la nariz humana que ahora estaba al medio de su rostro, no habían tantos cambios; la piel estaba con más color, si, bastante pálida todavía pero no al punto de verse gris y muerta como una cáscara vacía. El hombre frente a él casi parecía como si tuviera veinte o treinta años menos de la versión fea serpentina. Los ojos rojos seguían allí y ¿eso era pelo real? Se detuvo, mirando el cabello corto que parecía recordar muchísimo más a Tom Riddle —con varios años más, si, pero de que se parecía, se parecía—, como si ahora estuviera al frente de lo que pudo haber sido si hubiera envejecido apropiadamente.
De todas formas, el rasgo más distintivo era la nariz. No dejaba de impresionarle lo que una nariz era cambiar de hacer por una cara. Era más que probable que todo el efecto se debiera a eso, estaba seguro. Y ni siquiera era algo extraordinario, se parecía y seguramente era idéntica a la nariz fina y recta que recordaba de Tom Riddle. Pero aún así seguía conmocionándolo.
Voldemort se veía mucho mejor, era capaz de admitirlo. Se veía, casi decente, lo cual, viniendo de un loco psicópata obsesionado con un cuerpo destruido, era decir mucho. Naturalmente no lo admitiría ni a palos, pero con que lo reconociera en silencio era más que suficiente, no tenía tampoco que ir compartiendo sus secretos con el mundo entero.
—Te dije que ahora me veía mejor —admitió Voldemort con suficiencia, al parecer notando el examen al que estaba siendo sometido. Y seguramente, también viendo la aprobación inconsciente que estaba reflejándose en su mirada. Decidió, sabiamente, no hacer ningún comentario al respecto.
Harry tuvo la impresión que esa imagen mejorada estaba hecha a propósito, para impresionar y anonadar a partes iguales después de haberle visto antes en aquel estado deplorable. Ya podía imaginar el efecto después, todos se detendrían un momento para admirar con la boca abierta el cambio tremendo que Voldemort se hizo y ese momento crucial de admiración sería fatal, pues el Lord podría aprovecharlo para matar a quién se interpusiera en su camino.
Honestamente, si se miraba desde ese punto de vista, debió haber hecho eso muchísimo antes.
—Oh.
Tuvo la extraña necesidad de reírse y burlarse, recordaba que Voldemort le había mencionado lo de la nariz en una de sus primeras cartas. Pero pasar de parecer la muerte a un ser humano era un cambio radical y estaba seguro que jamás podría pasar el suficiente tiempo como para manejar la impresión del cambio.
—¿Cómo nos trajiste aquí, Potter? —Preguntó el Lord después de varios minutos de incómodo silencio, entrecerrando los ojos, ignorando la situación anterior. Harry decidió que ahora Voldemort se veía millones de veces menos amenazante—. Responde.
Harry hizo una mueca. No tenía ni la más remota idea de dónde estaba. No es como si pudiera controlar lo que soñaba, después de todo. El era sólo el que recibía las visiones, no quién las causaba. Aunque Voldemort parecía pensar lo contrario por la forma en que le miraba, como si quisiera traspasar su cara con los ojos rojos, que brillaban peligrosamente, casi como rayos láser.
Inconscientemente tragó saliva, Voldemort no se veía tan amenazante como antes, pero seguía siendo peligroso, eso bastaba con verlo.
—No lo sé —respondió encogiéndose de hombros. Miró alrededor y la niebla seguía formando una gran figura al fondo, la misma de antes pero más nítida. Voldemort parecía querer una respuesta más elaborada, porque no apartó la vista de él ningún segundo—. No me interesa, tampoco. Esto es un sueño, no como esas visiones extrañas tuyas.
Y él realmente sabía lo que se sentía en esas visiones, por lo general había dolor y todo era un torbellino de colores inestable que no siempre le permitía ver las cosas bien; ahora, en cambio, se sentía bien, bastante tranquilo aun considerando que el propio Voldemort estaba frente suyo. El lugar también le daba paz y definitivamente se sentía como un sueño normal donde tenía cierto control.
—Sí, un sueño —murmuró el Lord al rato como si no terminara de convencerle.
Harry no le hizo caso. Era absurdo que estuvieran en otro lugar que no fuera un sueño, porque, si estuvieran frente a frente, no estarían parados sin hacer nada e intentando llevar una especie de conversación. Mínimo, estarían matándose a maldiciones siniestras, destrozando todo ese bonito y nostálgico lugar.
Todo aquello por seguro, era un sueño suyo que su mente agotada planeó para él. Aquel Voldemort ni siquiera era real, terminó por convencerse, o sea, esos cambios tan radicales, esa manera de hablar sin sesear tétricamente y no estar apuntándolo con la varita entre los ojos… No era el Voldemort que conocía. Solo una creación de su subconsciente, nada más.
Entonces, si ese Voldemort no era el real, ¿qué mal podría hacer hablar con él? Seguir en ese lugar que parecía no cambiar y le llenaba de calidez. Nada malo podría suceder, de eso estaba seguro.
Aunque el pensar que soñar con Voldemort, aún cuando éste fuera una creación de su subconsciente, seguía siendo peligrosamente tétrico y estaba más que seguro que desde mañana mismo tendría la obligación y el deber moral de ir y plantarse con el primer psicólogo que encontrara. Esto ya estaba pasando lo subnormal, incluso si se trataba de su desmedida subnormalidad.
Se quedaron en silencio, Harry se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, mirando alrededor, las formas del fondo seguían intentando definirse, logrando únicamente parecer una estructura gigante que conocía pero aún no podía dar con el nombre.
—Se parece a Hogwarts —dijo de pronto, concentrándose en el fondo del lugar y reconociendo las sombras del castillo allí. Era hermoso, como una pintura. No supo cómo no se dio cuenta antes, si era tan obvio.
Simplemente habló, una mala costumbre que años de vivir sin amigos le había dejado y lo hacía sentirse menos solo. No le importaba que Voldemort (aunque fuera uno hecho producto de su atrofiada mente) estuviera a su lado de pie, mientras él intentaba agarrar con las manos las volutas de niebla que estaban por todas partes. Repitió para sí que estaba en un sueño y realmente no era exactamente consciente de las palabras que solas iban escapando de su boca, sin permiso alguno de su cabeza, mucho menos de su lengua que pareció haber cobrado vida propia.
—El castillo es mi hogar. ¿Recuerdas lo que te conté de mis tíos? Allí nunca conocí un hogar como tal. No hubiera sabido lo que se siente si Hogwarts no estuviera siempre allí para recibirme.
Era extraño estar allí, hablando de aquello con Voldemort entre todas las personas. Pero no importaba, de alguna manera sabía que estaba bien y que justamente que fuera Voldemort quién le escuchaba, le hacía sentir que no iba a ser juzgado por lo que dijera o hiciera y realmente podría decir que muy pocas personas lo dejan hablar sin cuestionar sus pensamientos e ideas.
Podría haberse preocupado por pensar aquello, pero le daba lo mismo. Era la misma sensación que en la mañana había tenido al sincerarse con el profesor Dumbledore en la casa de los Dursley.: Que todo estaba bien.
(Y esto seguía siendo un sueño, por lo que no tenía de que preocuparse).
—Crecí en un orfanato —dijo Voldemort, Harry se sobresaltó al oírlo hablar. No pensó realmente que le estuviera escuchando. Mucho menos que podría recibir alguna respuesta—. Sé de lo que hablas.
—Suena casi tan terrible como los Dursley.
—Lo es, Potter.
De alguna manera no le sorprendió que justamente él le entendiera. Trató de no imaginarse a Voldemort, con la apariencia de un Tom Riddle apuestamente joven y pequeño, viviendo en un orfanato. Nunca había conocido uno a pesar que su tío lo amenazó millones de veces con enviarlo a esos lugares; pero se le figuraba como un sitio triste, donde crecer seguramente no era agradable. Levantó la vista del suelo y vio al Señor Oscuro con la mirada perdida en el infinito y una mueca en la cara que parecía ser una sonrisa amarga, las puntas de los labios repletos de una tristeza profunda, de la que el otro parecía no ser consciente.
—Hogwarts es nuestro hogar, supongo —murmuró sin apartar la vista y Voldemort giró el rostro para verle y Harry pudo ver en la expresión de su cara más emociones de las que jamás había visto allí. Quizás se reflejaban inconscientemente, un entendimiento mutuo, una comprensión que solo pocas personas pueden tener al respecto de aquel tema, al experimentar el dolor del abandono y su sufrimiento en carne propia—. Todo lo que somos lo formamos allí. Es increíble si lo miras en retrospectiva, ¿No crees?
—Tonterías sentimentales, Potter.
—Naturalmente —respondió y sonrió. Voldemort bufó.
Cayeron en el silencio. Harry se puso de pie, ambos quedando frente a frente y de alguna manera no estaba incómodo, como si fuera natural que los dos se reunieran a charlar sobre la importancia de su primer hogar auténtico. Como si todo estuviera bien aunque la verdad estuviera muy lejos de ello.
Por un momento, pensó que parecían amigos de toda la vida reuniéndose después de mucho tiempo y aprovecharan el momento para conversar en silencio. Nuevamente creyó que si las cosas fueran distintas, si el mundo no estuviera afuera buscando los caminos para destruirse y ellos no tuvieran que cargar con un peso tan grande, podrían llevarse bien y ser amigos y él lo sentía de verdad, porque nadie más, jamás, lo había conocido como Voldemort y no era el hecho de que supiera cosas sobre él o no; era algo diferente, algo más íntimo y bastaba únicamente con mirarlo para saber que el hombre frente a él sabía mucho de su persona, como si fuera la otra cara de la moneda que los unía. Como si fueran iguales esperando encontrarse desde siempre.
Quizás era por el asunto de la profecía. Quizás.
(Cómo quisiera encontrarse en otro tiempo, donde nada de sus destinos existiera y solamente estuvieran ellos dos, conociéndose en alguna vieja estación de Londres y esperando ir juntos en búsqueda de un castillo mágico al cual llamar hogar.
Cuánto deseó en aquel momento con toda la fuerza de su corazón que las cosas fueran diferentes. Que el destino fuera menos cruel con ellos y no tuvieran un futuro incierto teñido de rojo en el horizonte).
Oh, como le gustaría que fuera tan fácil, así todo podría estar bien.
—En realidad nada está bien, ¿sabes? —murmuró Harry, expresando sus pensamientos y rompiendo el silencio que se había formado. Seguían parados frente a frente y él simplemente habló porque necesitaba sacárselo de la cabeza y expresarlo en voz alta—. Todo se está yendo por el caño y nosotros ni siquiera hemos peleado realmente —rió con amargura, consciente de que estaba demostrando debilidad, pero era un sueño, ¿qué importaba? Además, esa no era su noche y aún todo lo ocurrido seguía mezclándose y él estaba tan confundido—. La profecía esa nos está jodiendo la vida a los dos.
—Las cosas son como tienen que ser, Harry —dijo Voldemort por respuesta y Harry pudo ver durante una fracción de segundo una especie de emoción flotando en los ojos rojos al hablar, como si hubiera querido decir algo más que eso.
Sabía que era imposible, pero tuvo la impresión que Voldemort tenía la intención de decir que todo iba a estar bien; pero era absurdo, primero porque nada con Voldemort iba a estar bien y segundo, básicamente por lo primero, nada iba a estar bien en ningún sitio con Voldemort cerca. Y es probable que por creer que el Lord iba a decir eso, se dejó llevar y asintió al mensaje oculto, a la idea de que si bien no todo iba nunca jamás a estar bien, si podría existir la posibilidad de que lo estuviera, que ellos podrían hacerlo que todo se arreglara.
Que todo tenía que ser como debe ser, de hecho.
(Él podría ser parte de los cambios).
Fue como una revelación, actuó movido por uno de los mayores impulsos de su vida, dejando depositado en sus sentimientos que en aquel momento, en aquel sueño singular, estaban conectados y entendibles más que nunca; como si la realidad de la vida fuera una niebla que no le permite conocerse a sí mismo todo el tiempo. Por ello lo siguiente que dijo escapó de sus labios como si hubiera estado esperando toda la vida para decirlo y solamente hasta ahora, el momento adecuado se hubiera presentado ante él:
—Tenemos un destino juntos.
Era eso. Aquellas palabras que parecieron flotar durante varios segundos entre ambos definía si situación. El destino, ese extraño cruce que la profecía dejó para los dos.
Harry no quería creer que ese destino tenía que necesariamente ser fatídico para uno y estando soñando, vagando en aquel limbo donde los deseos más profundos de su mente estaban despiertos, danzando a flor de piel, se permitió reconocer que quería hacer algo, quería alejarse del horror de la profecía, quería tomar el control y cambiarla, buscar la manera imposible de cumplirla pero sin la necesidad de la muerte; deseaban tomar el control, la oportunidad de controlar y ser dueño de los cambios que podría hacer si decidiera seguir con la idea que en la noche, entre sus pensamientos vagos buscando dormir, germinó: quería llegar a Voldemort, a su corazón, acercarse a él lo suficiente para poder darle lo que jamás nadie fue capaz de otorgarle.
(Él podría hacerlo. Podría hacerlo y sabía la respuesta, la manera de llegar a cumplir con su objetivo…)
Tomó una decisión y miró a Voldemort, quién no había dejado de observarlo, como si jamás antes se hubiera tomado el tiempo necesario para verle. Harry le sonrió, vacilante, sacando, arrancando de lo más profundo, ese valor impertinente que lo llenaba de impulsividad y le hacía realizar las cosas más extrañas. Más imposibles que siempre podría hacer realidad.
—Tenemos un destino juntos —repitió— Y haré que estemos unidos, que ese destino se cumpla más allá de lo que dice la profecía.
Y esta vez las palabras no salieron vacías, estaban impregnadas de anhelo, de una esperanza rota que quería construirse a pedazos de sueños imposibles.
(Él iba a lograrlo. Estaba decidido a hacerlo. A ser el constructor de esa esperanza. A tomar el destino por sus propias manos sin nadie para elegirlo por él. No iban a morir. Ninguno de ellos iba a morir…
Él iba a encargase de evitar la muerte aunque no supiera todavía cómo).
Siguió mirando a Voldemort, como si solamente sus ojos verdes fueran capaces de alimentar al Señor Oscuro con la fuerza de su convicción, con la idea que había nacido de poder cambiar las cosas, de tomar la oportunidad que vacilante estaba brillando entre ellos y no parecía poder esperar más para realizar los cambios.
Vio como Voldemort movió los labios, formando una sonrisa pequeña, casi invisible, pero que allí estaba para quién supiera buscar, para que él fuera el único capaz de verla. Como si hubiera sabido siempre que era Harry quién tenía la opción de dar vuelta las cosas.
—Sí, Potter —susurró, la voz extraña, silbante y reconfortante, llenando los rincones de su mente, de aquel espacio que no hacía más que expandir todo como un eco—. Lo tenemos.
Y Harry se quedó allí, perdido entre la sonrisa inmóvil y los ojos rojos brillantes como la sangre que jamás dejaron de mirarle como si nunca lo hubiera visto antes.
Notas finales:
Estuve de vacaciones antes de publicar el cap anterior, andaba en el sur de mi país, en una maravillosa ciudad llamada Coyhaique (si son de Chile y no la conocen, deben ir antes de morir. Si son extranjeros...también D8) y el lugar hizo maravillas con mi inspiración y mis musas, que se han puesto las pilas de una manera descomunal. Resultado de esas vacaciones, de hecho, es este capítulo, que en lo particular ha sido mi favorito hasta el momento, también el más largo.
Es probable que dentro de poco vuelva con el siguiente, como que ya va siendo hora que me ponga constante a la hora de publicar xD. Y francamente, quiero aprovechar las semanas que me quedan antes de entrar a estudiar otra vez~.
En fin, nuevamente, gracias por seguir leyendo. Son un apoyo muy, pero muy importante para mi. ¡Nos vemos 8D!
