Tomé las cartas dobladas y redobladas de tanto leerlas. Respiré profundamente apoyando mi espalda en el respaldo de la silla en la que estaba sentada. Mi vestido hacía que estuviese apretada en el asiento.
Mi adorada Helen, Lamento haber tenido que abandonarte en estos momentos tan dolorosos para ti. Si pudiera regresar sin poner tu vida en peligro te traería hasta donde estoy. Solamente espera un poco más en esa horrible prisión y haré que nuestro padre desee estar muerto. Los rebeldes no soportan más la tiranía del monarca y planean poner fin a la pobreza inmensa en la que está todo el reino sumergido. Ten paciencia, mi dulce hermana, pronto gozarás de una incontrolable libertad. Gabriel Devonshire.Mi hermano planeaba llevarme con los rebeldes pero temía que mi propia madre sufriese las calamidades de toda la locura de una batalla. Por ese motivo prefería estar encerrada. Quizá mi padre en algún momento comprendiese que no era ningún tipo de amenaza para sus planes. Por esa misma razón deseaba que el conde Byron regresara y se desposara pronto con mi hermana.
Las lágrimas recorrieron mis mejillas ante mi desgracia. Estaba aislada por algo que no había hecho en aquella parte del castillo como una marginada a la que ni su propio padre quería.
Las cartas se cayeron entre mis dedos al suelo y un viento huracanado abrió de un solo golpe todas las ventanas de mis aposentos.
Mi cabello se movió con fuerza y algunos mechones se pegaron a mi rostro. Me incorporé de la silla pero esta calló al suelo en el momento que levanté mi peso de ella y eso hizo que tropezara sintiendo todos mis huesos golpear contra el frío suelo de piedra.
El viento hacía que todos los papeles volaran por la estancia y las armaduras que había en la puerta como custodias vibraban por la fuerza de aquella ráfaga.
Las cortinas se alzaban hacia el techo rozándolo y ondeando como vestidos lujosos observados desde arriba. Las sábanas de mi cama se levantaron y terminaron vistiendo al armario que estaba a su derecha.
A mis pies la alfombra deseaba levantarse llevándome con ella hasta la pared más cercana.
Estaba tan sorprendida que ni tan siquiera pude pensar que todo lo que estaba sucediendo no era normal.
Las lanzas de las armaduras cayeron y se cruzaron haciendo más que imposible abrir la puerta de mis aposentos.
Intenté ponerme de pie y a duras penas luché contra el viento para que no me hiciera volar en contra de mis deseos. La alfombra se enrolló en mis pies y me hizo caer nuevamente pero esta vez sobre mi estómago. Pude sentir como estaba clavándome algo bajo mis costillas que no era piedra.
Giré sobre mí misma para buscar un lugar donde sanar mi angustia que prácticamente no me permitía respirar.
Aquella nueva posición me dejaba ver como las armaduras estaban tomando vida. Movían lentamente sus dedos agarrando con fuerza aquellas lanzas.
Mis labios se abrieron asombrados y me levanté tan rápido como fui capaz del suelo. Debía estar soñando pero no lo parecía aquel dolor era demasiado real.
Apoyé una de mis manos sobre el lugar que me molestaba y giré mi rostro hacia un ruido que zululaba a mi espalda. Las ventanas vibraban violentamente contra las paredes de piedra. Miré entre ellas el lugar que estaban dejando ver. Una especie de nube oscura era el centro de un remolino que acercaba a mí ese viento fuerte.
La nube comenzaba a tomar una forma cada vez más pequeña mientras que el torbellino se hacía más grande en comparación.
El viento golpeaba con fuerza mi rostro y se hacía prácticamente imposible respirar y ver con claridad. Entrecerré los ojos y cuando toda la nube oscura parecía desaparecer, un rayo de luz roja soltó una onda expansiva que rompió los cristales y me tiró al suelo.
Jadeé al sentir un gran dolor en uno de mis costados y notar como mis brazos quemaban. Prácticamente todo mi cuerpo me dolía tras los golpes recibidos.
Llevé mi mano hasta el costado que me dolía y grité asustada al sentir un gran pedazo de cristal clavado en él. Cerré mis ojos y apretando mis dientes tiré de él para sacarlo gritando tras ello. Apoyé mi mano en la herida taponándola intentando de esa manera que no saliese más sangre.
- ¡Auxilio! -chillé mientras una de mis lágrimas iba rozando cada uno de los cortes que otros cristales me habían producido.
Podía escuchar a lo lejos golpes contra la puerta de mis aposentos pero nadie era capaz de entrar.
- No canse su voz, mi querida princesa -siseó una voz grave y espeluznante.
Alcé mi mirada hasta un hombre vestido de negro que permanecía de pie en el alfeizar de la ventana. Su piel pálida contrastaba con sus ojos púrpura y su cabello negro como el azabache.
¿Qué era aquel ser con unos ojos tan morados impropios de un ser normal? ¿Acaso era otra criatura?
Blandió su capa y me ofreció la mejor de sus sonrisas mientras se inclinaba ante mi cuerpo yaciente en el suelo.
- Vengo a por ti -susurró sonriente señalándome con el dedo- Helen Devonshire.
Abrí mis ojos como platos intentando moverme pero aquel ser con una cicatriz en su mejilla derecha ya siseaba unas palabras en un lenguaje ininteligible.
Sabía que ese era mi final. De alguna manera estaba segura.
